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Saber mirar - Santiago Arellano / La amistad. La parábola de los jardineros
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 SABER MIRAR

LA AMISTAD. LA PARÁBOLA DE LOS JARDINEROS

No vives de lo que está almacenado en ti, sino de lo que transformas. (A. Saint-Exupéry)

 

El sol, Edvard Munch

Os presento esta deliciosa narración que se encuentra en el capítulo 219 con el que Saint-Exupèry concluye la obra “La ciudadela”. Es el mismo Rey el que nos cuenta en tono solemne y sagrado esta delicada historia de amistad verdadera entre dos jardineros.

El propio narrador hace suya la lección universal y la aplica a su vida que el cuentecillo encierra. No dos sencillos jardineros, el mismísimo Emperador considera que el contenido de la carta que se han escrito entre los dos amigos después de muchos años de separación, le sirve de epitafio para una vida ante los ojos de su Dios: “Terminado mi trabajo, he embellecido el alma de mi pueblo. Él, terminado su trabajo, ha embellecido el alma de su pueblo. Y yo, que pienso en él, y él, que piensa en mí, aunque ningún lenguaje nos era ofrecido para nuestros encuentros, cuando hemos juzgado, o dictado el ceremonial, o castigado o perdonado, podemos decir, él para mí, como yo para él: "Esta mañana podé mis rosales..."

Extraña historia. Pocas explicaciones aclaran el sentido. Los jardineros hablan poco, lo que se escriben es menos todavía. Lo suficiente para saber lo que el amigo necesita escuchar del amigo.

Primero se forjaron. Se hicieron amigos en el tiempo hasta el extremo de no necesitar de las palabras. Cuando dos almas se compenetran, una mirada, un gesto lo dice todo. No nacieron almas gemelas. Se hicieron. Lo que vale para la amistad, todavía vale más para el amor. Habían llegado a considerarse hermanos. Así confiaban mutuamente. La enumeración de los peldaños de la amistad es genial: primero tomaban el te, segundo celebraban las mismas fiestas, tercero se pedían consejo mutuamente y en cuarto lugar se entregaban confidencias. La identidad fue tanta que no necesitaron pronunciar palabra. Los más elementales signos eran suficientes para la comunicación más completa.

La vida los separó. ¿Habrían acabado tantos avatares (de jardín en jardín hasta el confín del mundo) con una amistad tan acendrada? Imposible. Su amistad no se basaba en sentimientos ocasionales. Ni en veleidades oportunistas. Ellos estaban unidos por la perfección de un trabajo bien hecho. No sabemos el nombre de los jardineros. Ni la historia de sus amores. Ignoramos sus dolores personales. Sabemos que son dos jardineros identificados con su profesión. Estén donde estén, son jardineros. Si los rosales están podados, todo lo que corresponde en obligaciones, a esa persona, también estará atendido con la misma perfección.

Historia de amistad verdadera entre dos jardineros que se encuentra en el capítulo 219 con el que Saint-Exupèry concluye la obra “La ciudadela”. Dos amigos unidos por la perfección de un trabajo bien hecho.

Uno y otro saben que su ansia de perfección sigue en pie. Su amistad sigue impertérrita. Aunque no se vean. Aunque los separen guerras, tempestades y naufragios. Aunque un tonel en medio del mar, los lleve de jardín en jardín.

La respuesta del amigo, después de darle mil vueltas, no podía ser otra: “Esta mañana, yo también podé mis rosales..." Han pasado tres años. ¿No había otros asuntos más interesantes que contar? El que sabe leer, comprende que le está diciendo todo.

Nos cuesta entenderlo, porque hemos separado el trabajo bien hecho como razón de ser de nuestra vida. No te digo nada si además mi corazón va por un lado y mi vida profesional por otro. ¿Y si los rosales somos nosotros mismos? Sería maravilloso ir al encuentro de nuestro Dios diciéndole: "Esta mañana, yo también podé mis rosales ..."

La parábola de los jardineros


“Conocí un viejo jardinero que me hablaba de su amigo. Habían vivido los dos como hermanos antes que la vida los separase, juntos tomaban el té por la tarde, celebraban las mismas fiestas, se buscaban el uno al otro para pedirse consejos o entregarse a confidencias. Y ciertamente, poco tenían que decirse y pronto se los veía pasear, terminado el trabajo, y mirar sin pronunciar palabra las flores, los jardines, el cielo y los árboles. Pero si uno de ellos movía la cabeza palpando con el dedo alguna planta, el otro a su vez se inclinaba, y al reconocer la huella de las orugas, movía la suya. Y las flores muy abiertas proporcionaban a los dos el mismo placer.

Mas ocurrió que un mercader ocupó a uno de ellos, y lo asoció por algunas semanas a su caravana. Pero los salteadores de caravanas, luego el azar de la existencia, y las guerras entre los imperios, y las tempestades, y los naufragios, y las ruinas, y los duelos, y los oficios para vivir, traquetearon a aquél durante años, como un tonel en el mar, llevándolo de jardín en jardín hasta los confines del mundo.

Mas he aquí que mi jardinero después de una vejez de silencio recibió una carta de su amigo. Sabe Dios cuántos años había navegado. Sabe Dios qué diligencias, qué caballeros, qué navíos, qué caravanas, uno tras otro, lo habían encaminado con la misma obstinación de los millares de olas del mar, hasta su jardín. Y esa mañana, como estaba radiante de su dicha y quería hacerla compartir, me pidió que leyese, como se pide que se lea un poema, la carta que había recibido. Y ciertamente no había más que algunas palabras porque los jardineros eran más hábiles para la azada que para la escritura. Y leí simplemente: "Esta mañana podé mis rosales...", después, meditando sobre lo esencial, que me parecía informulable, moví la cabeza como lo hubiesen hecho ellos.

He aquí, pues, que mi jardinero ya no conoció reposo. Lo hubieses podido oír enterándose de la geografía, de la navegación, los correos y las caravanas y las guerras entre los imperios. Y tres años después llegó el día fortuito de cierta embajada que yo enviaba al otro extremo de la tierra. Cité , pues, a mi jardinero: "Puedes escribir a tu amigo." Sufrieron un poco mis árboles y las legumbres del huerto, y hubo fiesta entre las orugas, porque él se pasaba los días encerrado, garabateando, raspando, volviendo a empezar la tarea, sacando la lengua como un niño sobre su trabajo, porque encontraba algo urgente que decir y necesitaba transportarse entero, en su verdad, a su amigo. Necesitaba construir su propia planchada, sobre el abismo, alcanzar la otra parte de sí a través del espacio y el tiempo. Necesitaba decir su amor.

Y he aquí que, ruborizado, vino a someterme su respuesta para espiar una vez más en mi rostro un reflejo de la alegría que iluminaría al destinatario, y probar así en mí el poder de sus confidencias. Y -porque en verdad no había nada más importante para dar a conocer, porque se trataba para él primeramente de eso en que se transmutaba, tal como las viejas que gastan los ojos en los manejos de agujas para florecer a su dios- leí que confiaba al amigo, con su letra aplicada y torpe, como una súplica convencida, pero de humildes palabras: "Esta mañana, yo también podé mis rosales..." Y me callé, sobre mi lectura, meditando sobre lo esencial que empezaba a aparecerme mejor; porque ellos te celebraban, Señor, uniéndose en ti, por encima de los rosales, sin saberlo.”

No vives de lo que está almacenado en ti, sino de lo que transformas.

(A. Saint-Exupéry)

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