EL ASOMBRO DE LA CREACIÓN
Pintura de Munch y Retórica de Fray Luis al contemplar este asombro universal
La mirada del hombre sobre el universo a lo largo de todos los tiempos ha despertado asombro. Juan Pablo II nos recordó en su Tríptico Romano que a ese asombro se le llamó Adán. El arte de todos los tiempos ha dejado constancia. Recordemos cómo la noche se lo susurra a la noche y esa voz de cascadas que salta gozosa para proclamar la maravilla de la Creación y la de su Autor. Mirar para admirar. En nuestro tiempo lo que no se ve por medios artificiales no existe. ¡Qué perdida! Ignoramos la belleza a raudales que nos envuelve. Salinas en el poema nº XII de “El contemplado” denuncia:
No hay nadie, allí, que mire; están los ojos
a sueldo, en oficinas.
Vacío abajo corren ascensores,
corren vacío arriba,
transportan a fantasmas impacientes:
la nada tiene prisa.
Primero recordemos el estallido de luz con que Munch quiso representarnos al sol. La fuerza expansiva e irradiante de esplendor, energía y vida parece evocarnos el primer instante de la Creación. Lo que el ojo no puede ver nos lo acerca a la contemplación y al gozo el pintor, con una exultación no habitual en sus pinceles melancólicos y tristes.
¿Cómo vivía Fray Luís de Granada este asombro universal? Leamos lo que nos dice en la “Introducción al símbolo de la Fe”:
“¿Qué es, Señor, todo este mundo visible sino un espejo que pusiste delante de nuestros ojos para que en él contemplásemos vuestra hermosura? Porque es cierto que, así como en el cielo vos seréis espejo en que veamos las criaturas, así en este destierro ellas nos son espejo para que conozcamos a vos. Pues, según esto, ¿qué es todo este mundo visible sino un gran y maravilloso libro que vos, Señor, escribiste y ofreciste a los ojos de todas las naciones del mundo, así de griegos como de bárbaros, así de sabios como de ignorantes, para que en él estudiasen todos, y conociesen quién vos erais? ¿Qué serán luego todas las criaturas de este mundo, tan hermosas y tan acabadas sino unas como letras quebradas e iluminadas, que declaran bien el primor y la sabiduría de su autor? ¿Qué serán todas esas criaturas sino predicadoras de su Hacedor, testigos de su nobleza, espejos de su hermosura, anunciadoras de su gloria, despertadoras de nuestra pereza, estímulos de nuestro amor, y condenadoras de nuestra ingratitud? Aprobado por la Universidad, no de París ni de Atenas, sino de todas las criaturas! ¿Quién, Señor, no se fiará de vos con tantos abonos? ¿Quién no creerá a tantos testigos? ¿Quién no se deleitará de la música tan acordada de tantas y tan dulces voces, que por tantas diferencias de tonos nos predican la grandeza de vuestra gloria?
La mirada del hombre sobre el universo ha despertado asombro a lo largo de todos los tiempos. Juan Pablo II nos recordó en su Tríptico Romano que a ese asombro se le llamó Adán y Salinas denunció la ignorancia de la belleza que no vemos por no saber mirar. El arte ha dejado constancia de este asombro: Munch quiso representarnos al sol evocándonos el primer instante de la Creación. Fray Luís dominó la Retórica eligiendo una serie de imágenes que ayudan a comprender el contenido. |
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Por cierto, Señor, el que tales voces no oye, sordo es, y el que con tan maravillosos resplandores no os ve, ciego es, y el que vistas todas estas cosas no os alaba, mudo es, y el que con tantos argumentos y testimonios de todas las criaturas no conoce la nobleza de su Criador, loco es.”
Maestro era Fray Luís en el dominio de la Retórica como saber teórico, pero no menos experto en el arte de componer la melodiosa prosa de sus escritos. No se escribe así espontáneamente. Su prosa exige el esfuerzo de un artesano o de un compositor musical que consigue de sus sonidos (palabras) no sólo que hablen con claridad sino con armonía.
El fragmento elegido se organiza entorno a una serie de imágenes que ayudan a comprender el contenido, de entre las que destacan dos: el mundo visible es un espejo y un libro. Como espejo, refleja la hermosura de Dios; como libro, un texto primorosamente escrito que permite estudiar y descubrir la sabiduría del autor. La metáfora continuada que caracteriza a la alegoría va transfigurando a las criaturas en predicadores, testigos, mensajeros, acusadores de la pereza, propiciadores del amor y jueces de nuestra ingratitud, todos ponderativos de la grandeza del Señor y en consecuencia delatores de nuestra insensatez.
Tiene razón Fray Luís: algo de locos tenemos.
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