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Saber mirar - Santiago Arellano / Amanecer ante toda nueva vida

 SABER MIRAR

AMANECER ANTE TODA NUEVA VIDA

Canto gozoso al nacimiento de un nuevo hijo expresado en un poema de Ángela Figuera Aymerich tras la contemplación de dos secuencias cinematográficas: “Hijos de los hombres” y “Teresa de Calcuta”

 

“Teresa de Calcuta”

CUANDO NACE UN HOMBRE

Cuando nace un hombre
siempre es amanecer aunque en la alcoba
la noche pinte negros cristales.

Cuando nace un hombre
hay un olor a pan recién cocido
por los pasillos de la casa;
en las paredes, los paisajes
huelen a mar y a hierba fresca
y los abuelos del retrato
vuelven la cara y se sonríen.

Cuando nace un hombre
florecen rosas imprevistas
en el jarrón de la consola
y aquellos pájaros bordados
en los cojines de la sala
silban y cantan como locos.

Cuando nace un hombre
todos los muertos de su sangre
llegan a verle y se comprueban
en el contorno de su boca.

Cuando nace un hombre
hay una estrella detenida
al mismo borde del tejado
y en un lejano monte o risco
brota un hilillo de agua nueva.

Cuando nace un hombre
todas las madres de este mundo
sienten calor en su regazo
y hasta los labios de las vírgenes
llega un sabor a miel y a beso.

Cuando nace un hombre
de los varones brotan chispas,
los viejos ponen ojos graves
y los muchachos atestiguan
el fuego alegre de sus venas.

Cuando nace un hombre
todos tenemos un hermano.

En esta ocasión vamos a recordaros dos secuencias cinematográficas. La primera pertenece a “ Hijos de los hombres ”. Acaba de dar a luz la única embarazada del planeta. En el momento en que el ejército asalta el edificio donde se han refugiado los rebeldes, el llanto de una recién nacida va percibiéndose entre los disparos y las destrucciones. La madre ayudada por el periodista se decide a salir. Al oír el llanto, el capitán da la orden del alto el fuego. Entre la violencia se hace visible la ternura. Al pasar ante ellos todos se conmueven. Dos soldados se arrodillan mientras hacen la señal de la cruz.

La segunda es el inicio de “Teresa de Calcuta”. Entre los nombres de actores y directores, va surgiendo la figura de la Madre Teresa. Un grupo de curiosos contempla la escena. Una madre sentada en el suelo sostiene en brazos a su pequeñuelo. Se arrodilla la monja, se inclina en un gesto de reverencia sagrado y extiende sus manos hacia el niño ante la sonrisa complacida de la madre. Dios está aquí.

Ángela Figuera Aymerich, poetisa de los años cincuenta, expresa en palabras lo que las secuencias cinematográficas nos permiten contemplar.

El poema es un canto gozoso al nacimiento de un nuevo hijo, en el que nada ni nadie puede permanecer impasible ni ajeno. Todavía no se había ni planteado el llamado lenguaje no sexista. Hombre incluye niño y niña, igual que “los abuelos del retrato” mencionan a la vez a la abuela en su volver la cara y sonreír.

El poema canta la alegría de la madre, de la familia y la de los allegados, por la criatura nueva. Por eso huelen los pasillos a pan reciente; paisajes y paredes, a mar y hierba fresca; florecen en los jarrones rosas imprevistas y hasta reviven pájaros bordados en los cojines que cantan como locos.

La intuición radica en hacer extensiva la alegría a este mundo y a todo el mismo universo. Como en Belén, en cada nacimiento, una estrella se detiene “al mismo borde del tejado” y mágica y simbólicamente, en montes lejanos o riscos, “brota un hilillo de agua nueva.

Los dos versos finales encierran la cumbre poética: la hermandad de todos los hombres. Lo exalta mediante la expresión coloquial “tenemos un hermano”. Tú y yo, “todos”. La reiterada expresión “cuando nace un hombre” no es solo un elemento recurrente que da coherencia rítmica y temática al poema. Es más que un “estribillo” inicial repetido insistentemente. Se convierte en un leit motiv que explica, no el tiempo, -cuando- sino la causa -el porqué- de todos los prodigios. Con la sorprendente habilidad final de que es en el último momento, al contraponerse con hermano, cuando ese “un” adquiere todo su potencial de indeterminación y ese “hombre” su acepción más universal. No por ser “mi” hijo, ni por ser “este” hombre. Sino “Cuando nace un hombre”

Por eso con toda rotundidad afirma simbólicamente que cada nacimiento es un “amanecer” Incluso cuando tiene lugar esa adversativa tremenda “Aunque en la alcoba la noche pinte negros los cristales”.

“Cuando nace un hombre” es un poema que canta la alegría de la madre, de la familia y la de los allegados, por la criatura nueva. Ante el nacimiento de un nuevo hijo, nada ni nadie puede permanecer impasible ni ajeno.

“Hijos de los hombres”

 

 Saber mirar - Santiago Arellano / Amanecer ante toda nueva vida

   
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