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Textos diversos: “morir… vivir”

MORIR SÓLO ES MORIR. MORIR SE ACABA…

SANTA TERESA DE ÁVILA

SANTA TERESA DE ÁVILA

Vivo sin vivir en mí


[Poema: Texto completo]


Vivo sin vivir en mí
y tan alta vida espero
que muero porque no muero.
 

Vivo ya fuera de mí,
después que muero de amor,
porque vivo en el Señor,
que me quiso para sí;
cuando el corazón le di
puso en mí este letrero:
«Que muero porque no muero».
 

Esta divina unión,
y el amor con que yo vivo,
hace a mi Dios mi cautivo
y libre mi corazón;
y causa en mí tal pasión
ver a mi Dios prisionero,
que muero porque no muero.
 

¡Ay, qué larga es esta vida!
¡Qué duros estos destierros,
esta cárcel y estos hierros
en que está el alma metida!
Sólo esperar la salida
me causa un dolor tan fiero,
que muero porque no muero.
 

Acaba ya de dejarme,
vida, no me seas molesta;
porque muriendo, ¿qué resta,
sino vivir y gozarme?
No dejes de consolarme,
muerte, que ansí te requiero:
que muero porque no muero

FRANCISCO DE QUEVEDO

FRANCISCO DE QUEVEDO

REPITE LA FRAGILIDAD DE LA VIDA, Y SEÑALA SUS ENGAÑOS Y SUS ENEMIGOS


¿Qué otra cosa es verdad sino pobreza
en esta vida frágil y liviana?
Los dos embustes de la vida humana,
desde la cuna, son honra y riqueza.
El tiempo, que ni vuelve ni tropieza,
en horas fugitivas la devana;
y, en errado anhelar, siempre tirana,
la Fortuna fatiga su flaqueza.
Vive muerte callada y divertida
la vida misma; la salud es guerra
de su proprio alimento combatida.
¡Oh, cuánto, inadvertido, el hombre yerra:
que en tierra teme que caerá la vida,
y no ve que, en viviendo, cayó en tierra!
 

SIGNIFÍCASE LA PROPIA BREVEDAD DE LA VIDA, SIN PENSAR, Y CON PADECER, SALTEADA DE LA MUERTE


Fue sueño Ayer; Mañana será tierra:
Poco antes nada, y poco después humo,
¡Y destino ambiciones, y presumo
Apenas punto al cerco que me cierra!


Breve combate de importuna guerra,
En mi defensa soy peligro sumo:
Y mientras con mis armas me consumo,
Menos me hospeda el cuerpo, que me entierra.


Ya no es Ayer; Mañana no ha llegado;
Hoy pasa, y es, y fue, con movimiento
Que a la muerte me lleva despeñado.


Azadas son la hora y el momento,
Que a jornal de mi pena y mi cuidado,
Cavan en mi vivir mi monumento.

LOPE DE VEGA

LOPE DE VEGA

A LA MUERTE DE CARLOS FÉLIX 

Llega el mes que la Iglesia dedica a rememorar a los difuntos. La piedad popular adorna con flores tumbas sencillas o mausoleos solemnes y hasta en labios no habituados se musitan piadosas oraciones. El recuerdo, la pena, la nostalgia se convierten en ramilletes de dalias y de salmos. Y en nuestro interior nos punza la evidencia: así es la vida.

Un amable lector me pidió hace algún tiempo que leyéramos el poema de mi entrañable Lope de Vega A LA MUERTE DE CARLOS FÉLIX. Lamento no poder reproducirlo, por su extensión, completo. Peor aún, sólo es posible recordar unos pocos versos. Os invito a que lo busquéis y lo leáis como si fuera una oración.  Es una pena que este sobrecogedor poema se haya quedado en el olvido; casi es un desconocido. El enamoradizo Lope de Vega fue un padre ejemplar. Todos sus hijos tuvieron un hogar en su casa. Y algunos como Carlos Félix fueron motivo de sus máximos gozos que luego se le convirtieron en  penares.

El poema es una elegía, un canto de dolor por la muerte de su hijo de siete años. Una vez más Lope nos demuestra que  en él vivir es crear; en él, arte y vida son uno.

Duro es siempre quedarnos sin el ser que amamos, infinitamente más perder a un hijo y si es un niño, modélico además, no existe la medida del dolor. Este es el asunto. Jorge Manrique cantó cristianamente la muerte de su padre. Lope de Vega canta  cristianamente la muerte de su hijo.

No os alejen de la lectura la intrincada sintaxis de los hipérbatos  que como la columna barroca retuerce el sentido, ni la más culta de las estrofas de nuestro Siglo de Oro, la estancia, en su ritmo solemne y ceremonioso ni los juegos conceptistas de la época. Por encima de todo ello sobrevuela un corazón herido que encuentra alivio y fuerza en la fe y, más aún, en la esperanza cristiana. Tanto que podríamos hablar del consuelo de la fe a un corazón desgarrado. Lope sabe que la muerte no es el final del camino y que su hijo Carlos Felix vive la vida verdadera junto a Dios.

El poema comienza  poniendo el cuerpo presente de su hijo (este dulce fruto de mis entrañas) en el ara del altar, que es como poner su propio corazón de tan identificados como estaban. En la siguiente, reconoce que Dios era también su padre y que su ofrecimiento puede parecer más necesidad que virtud. Sin embargo expone con fuerza un dolor que hace simultánea la muerte del padre y el hijo. Su consuelo, saber, en cuanto al  alma, que lo que él pierde lo gana el cielo.


Éste de mis entrañas dulce fruto,
con vuestra bendición, oh Rey eterno,
ofrezco humildemente a vuestras aras;
que si es de todos el mejor tributo
un puro corazón humilde y tierno,
y el más precioso de las prendas caras,
no las aromas raras
entre olores fenicios
y licores sabeos,
os rinden mis deseos,
por menos olorosos sacrificios,
sino mi corazón, que Carlos era,
que en el que me quedó menos os diera.

Recuerda en las estrofas siguientes las cualidades del hijo: obediente, sensato, con una cordura más esperable en otra edad, con una santidad tan granada que le hizo sospechar su pronta muerte: “Mas no os temiera yo por santo y bueno, si no pensara el fin que prometía, quien sin el curso natural vivía.” “Y vos, dichoso niño, que en siete años que tuvisteis de vida, no tuvisteis con vuestro padre inobediencia alguna”. Pero sobre todo recuerda, en una de las estrofas más emotivas y bellas, las delicadas atenciones que tuvo siempre con el hijo, acordes con su  delicada hermosura y su bondad: pajarillos, árboles y flores en todo semejantes a él (“en quien mejor pudiera contemplaros,”) incluida, desgraciadamente, la efímera existencia que pronto hizo que el blanco lirio cayera en tierra convertido en hielo. Mas no menos bella la concreción de su esperanza. Lope en medio de la estrofa exclama: “¡Dichoso yo que os veo donde está mi deseo”. En un lugar maravilloso donde divinos pajarillos vuelan por jardines celestiales, entre jacintos que ha escogido el arte y se muestran en  doradas salas con una luz tan intensa que no pueden contemplar los ojos mortales. No es extraño que el poeta confiese: “toda la pena me trocáis en gloria”.


[...]          
Yo para vos los pajarillos nuevos,
diversos en el canto y las colores,
encerraba, gozoso de alegraros;
yo plantaba los fértiles renuevos
de los árboles verdes, yo las flores,
en quien mejor pudiera contemplaros,
pues a los aires claros
del alba hermosa apenas
salistes, Carlos mío,
bañado de rocío, cuando marchitas las doradas venas
el blanco lirio convertido en hielo,
cayó en la tierra,
aunque traspuesto al cielo.


¿Oh qué divinos pájaros agora,
Carlos, gozáis, que con pintadas alas
discurren por los campos celestiales
en el jardín eterno, que atesora
por cuadros ricos de doradas salas
más hermosos jacintos orientales,
adonde a los mortales
ojos la luz excede?
¡Dichoso yo que os veo
donde está mi deseo
y donde no tocó pesar, ni puede;
que sólo con el bien de tal memoria
toda la pena me trocáis en gloria!

Busca a continuación el consuelo en el escaso valor que, al expirar la vida, tiene todo lo que la lisonja procura idolatrar vanamente: poder, ambición, hermosura, títulos, nombres, servir a un príncipe o incluso serlo. Vivir en Dios eternamente es el gozo verdadero, alejados de la impiedad ignorante o de los sucesos de la vida humana. Sin noches ni mañanas, sin vejez fastidiosa, sin envidias, triunfando del tiempo en donde, por la plenitud del gozo, se cierra la puerta a la esperanza


Hijo, pues, de mis ojos, en buen hora
vais a vivir con Dios eternamente
y a gozar de la patria soberana.
¡Cuán lejos, Carlos venturoso, agora
de la impiedad de la ignorante gente
y los sucesos de la vida humana,
sin noche, sin mañana,
sin vejez siempre enferma,
que hasta el sueño fastidia,
sin que la fiera envidia
de la virtud a los umbrales duerma,
del tiempo triunfaréis, porque no
alcanza
donde cierran la puerta a la
esperanza!

El poema termina con una oración de súplica, tras ponderar la patria en que nació  y la sepultura entre santos en su muerte. Pide  al hijo que ruegue a Dios para que su dolor se transforme en gozo y en luz, la noche oscura, comprendiendo que esta amada tierra nuestra  nos es ajena y sólo pena lo que en ella habita:


Yo os di la mejor patria que yo pude
para nacer, y agora en vuestra muerte,
entre santos dichosa sepultura;
resta que vos roguéis a Dios que mude


mi sentimiento en gozo, de tal suerte
que, a pesar de la sangre que procura
cubrir de noche escura
la luz de esta memoria,
viváis vos en la mía;
que espero que algún día
la que me da dolor me dará gloria,
viendo al partir de aquesta tierra ajena,
que no quedáis adonde todo es pena.


FEDERICO GARCÍA LORCA

LLANTO POR IGNACIO SÁNCHEZ MEJÍAS


ALMA AUSENTE


No te conoce el toro ni la higuera,
ni caballos ni hormigas de tu casa.
No te conoce tu recuerdo mudo
porque te has muerto para siempre.


No te conoce el lomo de la piedra,
ni el raso negro donde te destrozas.
No te conoce tu recuerdo mudo
porque te has muerto para siempre.


El otoño vendrá con caracolas,
uva de niebla y montes agrupados,
pero nadie querrá mirar tus ojos
porque te has muerto para siempre.


Porque te has muerto para siempre,
como todos los muertos de la Tierra,
como todos los muertos que se olvidan
en un montón de perros apagados.


No te conoce nadie. No. Pero yo te canto.
Yo canto para luego tu perfil y tu gracia.
La madurez insigne de tu conocimiento.
Tu apetencia de muerte y el gusto de su boca.


La tristeza que tuvo tu valiente alegría.
Tardará mucho tiempo en nacer, si es que nace,
un andaluz tan claro, tan rico de aventura.
Yo canto su elegancia con palabras que gimen
y recuerdo una brisa triste por los olivos.


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