LA
ÍNTIMA PRESENCIA DE LOS AUSENTES
El monacato cristiano
Diseminándose por toda
Europa, los monjes fueron los principales agentes
de cristianización. Los siglos VI al XI son conocidos
como la “Era Monástica”. En ellos la Iglesia, única
institución superviviente tras la marea de las invasiones
de los pueblos germánicos, no sólo cristianizó a estos
pueblos transmitiéndoles la fe, sino asimismo gran
cantidad de elementos culturales del mundo clásico,
sin rechazar en bloque ninguna de las jóvenes culturas
ni lenguas. El ejemplo de inculturación realizada
por los monjes fue extraordinario
«¿Qué
existe en este mundo que pueda causar nuestro agrado?
Por todas partes solamente contemplamos pena y lamentos.
Las ciudades y las villas se hallan arrasadas, los
campos se encuentran asolados y la tierra está
abandonada a su soledad. Ya no quedan campesinos
que cultiven los campos. Pocas gentes siguen habitando
en las ciudades e incluso esos escasos restos de
humanidad se encuentran expuestos a incesantes sufrimientos...
A algunos los arrastran al cautiverio, a otros los
mutilan, y otros, más numerosos, son degollados
ante nuestra vista... ¿Qué existe
en este mundo que pueda causar nuestro agrado?»
Así se expresaba
un hombre de finales del siglo VI, describiendo la
situación lamentable de su época. El
nacimiento de Europa exigió la muerte del Imperio
romano. Quien así se lamentaba de los tiempos
aciagos no sabía que él mismo estaba
siendo artífice de una nueva civilización:
San Gregorio Magno, monje y Papa.
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El monacato no apareció en la historia con una intención cultural, científica o artística, sino nítidamente ascética: separarse del mundo para seguir el ejemplo de Jesucristo con mayor radicalidad que el resto de los cristianos, demasiado acomodados, pues los monjes vivían en pobreza extrema, en castidad, y en obediencia al abad. |
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La barbarie...
Los dos siglos interminables
que transcurrieron entre el año 368, en que
los godos derrotaron a las legiones romanas en la
batalla de Adrianópolis (hoy Turquía
europea) y los días en que Gregorio pronunció
sus lamentos, el impacto devastador de los pueblos
germánicos arrasó todo el solar del
viejo imperio. Todo el tejido político-administrativo
romano se deshizo, dando paso a un conjunto de entidades
políticas que podemos llamar reinos, caracterizadas
por su gran inestabilidad: los visigodos fundaron
el Reino de Tolosa (año 419), que se transformó
luego en el de Toledo. Los vándalos, pasando
a sangre y fuego por Galia e Hispania, crearon el
reino de África tras conquistar Hipona, en
cuyo asedio murió san Agustín (año
430). Los burgundios formaron su reino en tierras
de las actuales Suiza y Borgoña (año
443). Los ostrogodos, en toda la Península
Itálica y la actual Croacia (año 493).
Roma imperial fue saqueada en varias ocasiones...
Aquellas gentes de raras costumbres aceleraron la
muerte de las ciudades del Imperio y con ellas, la
del legado cultural clásico.
Pero el asentamiento
de estos pueblos “bárbaros” en
el territorio imperial iba a dar lugar a una gran
diversificación humana que tomaría forma
en las primeras “naciones” europeas: Galia
se convirtió en Francia, Italia en Lombardía,
Hibernia en Anglia. Hispania mantuvo su denominación
clásica, pero dejó de ser provincia
romana. Y fue justo en estos siglos demoledores, cuando
se produjo un fenómeno sorprendente, la aparición
de un “instrumento” tradicional y progresista
a la vez, conservador de la tradición clásica
hasta cierto punto, pero profundamente innovador de
las costumbres: el Monacato, la primera gran piedra
fundacional que el cristianismo ofreció a la
civilización Europea.
La tradición
clásica...
Hablamos de fenómeno
sorprendente porque el monacato no apareció
en la historia con una intención cultural,
científica o artística, sino nítidamente
ascética: separarse del mundo para seguir el
ejemplo de Jesucristo con mayor radicalidad que el
resto de los cristianos, demasiado acomodados, pues
los monjes vivían en pobreza extrema, en castidad,
y en obediencia al abad. Huían del mundo en
el sentido real de la palabra, y esa huida fue tan
radical que en los primeros momentos se los llamó
“anacoretas” (de anachorein = “irse
al monte”). Después fueron experimentando
las ventajas de vivir agrupados en monasterios, dirigidos
por el abad (padre) y se les conoció con la
palabra “monjes” (monajos = solitario).
Y sin embargo estos solitarios, ausentes del mundo,
fueron los primeros constructores de Europa.
El monacato nació
en la Tebaida (Egipto), Palestina y Capadocia (Turquía)
en el siglo IV. El monje Casiano lo importó
a Europa occidental a comienzos del siglo V, instalándose
en los alrededores de Marsella. Hacia mediados del
siglo VI, Casiodoro, —antiguo ministro de Teodorico
I (fundador del reino ostrogodo de Italia)—
fundó en su ancianidad el monasterio de Vivarium,
al sur de Italia y tuvo la ocurrencia genial, muy
acorde con sus aficiones filosóficas, de traducir,
copiar y conservar cuantos manuscritos clásicos,
cristianos o no, estuvieran a su alcance.
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Cada monasterio debía disponer de una biblioteca y de un scriptorium para
la copia de manuscritos. De este
modo pudo sobrevivir una parte muy
considerable del saber antiguo.
Sin los monjes los resultados de
la cultura clásica se habrían perdido. |
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«Casiodoro —comenta
el profesor Luis Suárez— tuvo la idea
de introducir un cuarto tiempo en el ritmo de vida
de los monjes: el estudio. Ordenó todos los
saberes en una especie de compendio que abarcaba en
sus siete ramas —las Siete Artes Liberales—
todos los conocimientos posibles: Gramática,
Retórica, Dialéctica (trivium); Aritmética,
Geometría, Astronomía y Música
(cuatrivium). Cada monasterio debía disponer
de una biblioteca y de un scriptorium para la copia
de manuscritos. De este modo pudo sobrevivir una parte
muy considerable del saber antiguo. Sin los monjes
los resultados de la cultura clásica se habrían
perdido».
Y podemos sacar una
primera lección: Casiodoro, un laico avezado
en asuntos mundanos (fue “ministro de Hacienda”
con Teodorico) ofreció a los monjes la oportunidad
de constituirse en custodios y transmisores de sabiduría
humana.
Un hombre
nuevo
Benito de Nursia fue
coetáneo de Casiodoro. Nació hacia el
año 480. Estudió Retórica en
aquella Roma decadente. Insatisfecho se retiró
a Subíaco donde llevó vida de eremita
durante algunos años. Tras algunas vicisitudes
fundó la abadía de Montecassino en el
año 529 y allí comenzó una actividad
grandiosa y sobrehumana en una triple dirección:
Evangelizar las poblaciones aun paganas de los alrededores;
organizar la vida monástica occidental, recogiendo
y sintetizando las aportaciones de las diversos reglamentos
monásticos preexistentes; custodiar la cultura,
pues siguiendo la propuesta de Casiodoro, los monasterios
benedictinos se convirtieron en los primeros centros
culturales de Europa occidental. No en vano la Iglesia
le ha otorgado el título de padre y educador
de Europa.
San Benito es un ejemplo
estimulante de creatividad en estos momentos de nueva
barbarie en Europa en los que los cristianos estamos
llamados a rescatar la verdad sobre el hombre.
Benito fue un genial
sintetizador, que supo discernir y conservar los elementos
positivos de la cultura de su época. Acertó
desde su vida retirada a engarzar los valores de la
concepción cristiana de la persona humana en
el sustrato cultural romano de la decadencia, aportando
un nuevo impulso a la vida social. «Supo aunar
—dice Juan Pablo II— la romanidad con
el Evangelio, el sentido de la universalidad y del
derecho con el valor de Dios y de la persona humana.
Con su conocida frase ‘ora et labora’
—reza y trabaja—, nos ha dejado una regla
válida aún hoy para el equilibrio de
la persona y de la sociedad, amenazadas por el prevalecer
del tener sobre el ser».
La síntesis
que Benito realizó fue a lo profundo, a la
misma definición de hombre, sobre todo prácticamente:
ofreció un nuevo modelo de hombre a la Europa
naciente, el de sus monjes. Con su genio realista,
organizó la actividad humana en sus tres niveles
de relación: la relación con
Dios (el monje es un hombre libre —es
decir, no un siervo— que viene al monasterio
para imitar a Cristo libremente en pobreza, obediencia
y castidad, y para alabar a Dios por la oración
y la lectio divina); la relación con
la naturaleza (el monje debe trabajar con
sus manos y también descansar, pero las cosas
son sólo un medio para alcanzar un fin, por
eso no se constituyen en propiedad particular, sino
de uso común); y en la relación
con los demás (no hay categorías
sociales ni alcurnias dentro del monasterio, sino
las que se necesitan para el gobierno del mismo; por
otra parte, el monje vive la caridad mediante la hospitalidad
y el cuidado de los enfermos).
Ausentes,
pero presentes
Aunque los monjes permanecían
separados materialmente de los avatares e inquietudes
del mundo en el silencio de sus monasterios, no fueron
en absoluto ajenos a él. Diseminándose
por toda Europa, fueron los principales agentes de
cristianización de las costumbres en aquellos
pueblos paganos. Por ello los siglos VI al XI son
conocidos como la “Era Monástica”.
En ellos la Iglesia, única institución
superviviente tras la marea de las invasiones de los
pueblos germánicos, no sólo cristianizó
a estos pueblos transmitiéndoles la fe, sino
asimismo gran cantidad de elementos culturales del
mundo clásico, y sin rechazar en bloque ninguna
de las jóvenes culturas ni lenguas, pues todas
fueron capaces de acoger el Evangelio. El ejemplo
de inculturación realizada
por los monjes fue extraordinario. ¿Cómo
lo consiguieron?
Su acción educativa
fue en primer lugar testimonial,
pues constituían grupos de hombres unidos,
que rezaban y procuraban vivir la caridad de forma
ejemplar (es proverbial la hospitalidad benedictina)
y valoraban el trabajo manual de tal forma que los
hombres y mujeres de aquella balbuciente Europa aprendieron
a cultivar las tierras, a talar los bosques, a desecar
los pantanos, construir caminos y puentes gracias
a los monjes.
«Los monasterios
—escribe el profesor Luis Suárez—
se introducían como un fermento en la sociedad,
a la que transformaban. Cada uno de ellos se organizó
en forma de explotación agrícola porque
éste era el medio que los benedictinos disponían
para atender a sus necesidades. Sus fincas aparecían
como un modelo. Acostumbraron a los hombres a considerar
el trabajo, en especial el de los campesinos, como
ejercicio de virtud y destruyeron así poco
a poco la indignidad de que se había visto
rodeado hasta entonces el trabajo mecánico.
Introdujeron la noción de que el cumplimiento
del deber, ligado a la virtud de la obediencia, era
más importante que el ejercicio del derecho
que, a fin de cuentas, no sería posible si
los deberes no se exigían. Mostraron a los
fieles cristianos que su propio ritmo de vida -oración,
trabajo, descanso-, era aplicable a todos, con las
debidas adaptaciones, porque el fin perseguido, la
salvación eterna, tenía valor universal».
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«San Benito supo aunar la romanidad con el Evangelio, el sentido de la universalidad y del derecho con el valor de Dios y de la persona humana. Con su conocida frase ‘ora et labora’ -reza y trabaja-, nos ha dejado una regla válida aún hoy para el equilibrio de la persona y de la sociedad, amenazadas por el prevalecer del tener sobre el ser» (J. PABLO II). |
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Pero no sólo
su acción educadora fue testimonial. Los monasterios
fueron realmente en esta época las únicas
escuelas de Europa en las que se educaban
no sólo los aspirantes a la vida monacal sino
muchos nobles y príncipes (Sancho III el Mayor
de Navarra lo hizo en el monasterio de Leyre, al que
llamó “corazón de mi reyno”).
Las escuelas monásticas puestas en marcha desde
la Renovación carolingia, con sus scriptoria
—donde se copiaban pacientemente las obras de
los clásicos paganos y cristianos— y
sus bibliotecas (la de la abadía de Reichenau
llegó a tener en sus mejores momentos quinientos
volúmenes; piénsese en que no existía
la imprenta), fueron muchas. Es el caso, entre otras,
de Montecassino, Nonantula y Bobbio, en Italia; Fulda,
Korwey, S. Gall y Reichenau, en Alemania; Ferrières,
Aniano, Corbie, S. Riquier, Cluny, en Francia; Canterbury,
en Inglaterra; Leyre, San Juan de la Peña,
Silos, Ripoll, en los reinos hispánicos.
Estas escuelas estuvieron
presididas por maestros insignes en todas las ramas
del saber: poetas, historiadores (sin ellos no sabríamos
casi nada de historia medieval: qué haríamos
sin los Anales, las Gestas, las Crónicas),
médicos, calígrafos, astrónomos,
lingüistas (entre ellos, algunas mujeres, como
santa Lioba, colaboradora de san Bonifacio, o la genial
Roswita).
Fueron también
los lugares donde se forjó esa selección
de hombres que regirían los destinos
de la Iglesia y de los reinos medievales. La historia
de esta primera Europa es en realidad la historia
de los monjes, que constituye toda una constelación
de la que destacamos aquí sólo unas
pocas estrellas:
Los abades santos,
Columbano (gran misionero irlandés en tierras
francas y alemanas); Adalhardo de Corbie y Benito
de Aniano (consejeros de Carlomagno y Luis el Piadoso
respectivamente); los tres grandes de Cluny (Hugo,
Odón y Odilón); el abad Oliba de Ripoll;
san Bernardo de Claraval (consejero de reyes y Papas).
Los Sumos Pontífices Gregorio el Grande (al
comienzo de la Era monástica) y Gregorio VII
—Hildebrando— al final de la misma.
Obispos que fueron grandes misioneros: San Patricio,
apóstol de Irlanda; san Agustín de Canterbury,
de Inglaterra; san Bonifacio, mártir de los
frisones y apóstol de Alemania; san Anskario
(Óscar), misionero de los daneses y fundador
de la sede de Hamburgo.
Sabios, filósofos,
teólogos, historiadores: san Beda el Venerable
en Inglaterra, Alcuino de York (alma del Renacimiento
carolingio); Ansegiso de Fontenelle, cronista; Esmaragdo
de S. Mihiel, gramático; Pascasio Radberto,
abad de S. Riquier, gran teólogo; Rabano Mauro
(primus praeceptor Germaniae), filósofo y teólogo;
sus discípulos Rudolf de Fulda, historiador
y poeta y Walafrido Estrabón, polifacético
maestro en la corte del emperador Luis el Piadoso
y abad de Reichenau; san Anselmo y el mismo San Bernardo.
Bienvenido Gazapo Andrade.
MARZO 2005
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