EUROPA
TIENE ROSTRO... ¡DE PERSONA!
Europa es inseparable
del concepto de persona, y éste del acontecimiento
cristiano. La principal misión de la Iglesia actual
y, sobre todo, de los laicos, es ser el rostro concreto
que evidencia nuestra olvidada realidad: “hijos amados”...
¡personas!
“Tú eres
mi hijo amado, yo te he engendrado hoy”. Estas
palabras del Salmo 2 evocadas por Lucas en el Bautismo
de Jesús, nos asoman a una de las aportaciones
claves del cristianismo a la esencia de Europa. Europa,
mal que les pese a muchos, es inseparable del concepto
de Persona y éste, inseparable del acontecimiento
cristiano. El ajado rostro de la bella y bimilenaria
Europa, aunque lleno de arrugas y manchado, es un
rostro... ¡de persona!
Si nos asomamos a las
grandes religiones no cristianas, no encontramos –con
excepción del judaísmo- ni vestigio
de este rostro. Las dos grandes religiones orientales,
hinduismo y budismo, se empeñan en alejarse
de todo aquello que nos acerque a la unicidad del
individuo humano. Constatan este hecho, pero para
ellas la individualidad es mala. Hay que eliminarla
porque de alguna manera tiene que ver con el cuerpo,
con la materia corruptible y mala.
Acercarnos a las dos
grandes religiones, no cristianas, del libro no nos
depara mejor suerte. El Islam constata también
el hecho de la unicidad de cada hombre pero lo diluye
en la Umma, Comunidad de los Creyentes. Ésta
es la importante; y el no creyente, si no quiere entrar
a formar parte de tal comunidad, carece de todo derecho,
incluso el de la vida.
La concepción
del hombre afirmada por el judaísmo es la que
más se acerca al rostro personal. Pero la plenitud
de los tiempos andaba todavía lejos. Los dos
relatos del Génesis nos sitúan ante
la obra predilecta de Dios, el hombre, y así
lo entenderá la tradición judía,
pero la descripción del hombre se centra en
sus relaciones y no en lo que es. Además, la
doctrina judía de la retribución nos
sitúa ante la obligación que tiene el
hombre de cumplir con la Ley si no quiere que aparezca
ante él el rostro terrible de Dios. Así,
el pecador es casi excluido de su condición
humana, lo que dificulta una reflexión adecuada
acerca del rostro único de cada hombre y mujer.
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Los dos relatos del Génesis nos
sitúan ante la obra predilecta de
Dios, el hombre, y así lo entenderá
la tradición judía, pero la descripción
del hombre se centra en sus relaciones
y no en lo que es. Jesús nos descubre
que el rostro de Dios es el rostro
de la misericordia. |
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Jesús rompe
con esa doctrina al descubrirnos que el rostro de
Dios lo es de misericordia. Y lo es, no desde la relación
que ese Dios tiene con sus criaturas sino desde su
mismo Ser. Esta es la gran novedad. Jesús nos
revela el ser de Dios: Padre, Hijo y Espíritu
Santo. Es familia. Es un ser que tiene rostro personal,
de tres personas que constituyen una unidad familiar.
Y sus vínculos son de amor. El Dios que nos
presenta Jesús es Persona y, por eso, Amor.
Un Dios tripersonal -o Amor- sólo puede ver
a sus criaturas humanas, a todas y a cada una, como
hijos, como fruto de su amor. Y si Dios es Persona,
el hombre también.
Esta gran intuición
cristiana necesitaba ser desarrollada y sólo
podía serlo en un ámbito que le proporcionara
instrumentos conceptuales y profundidad reflexiva.
San Pablo, al comprender la universalidad del mensaje
cristiano, llega hasta Atenas y allí, en el
Areópago, intenta explicar –con conceptos
propios de la mentalidad griega- el mensaje cristiano.
Pablo de Tarso –judío ortodoxo, ciudadano
(greco)-romano y, ante todo, cristiano- se convierte
así en el primer europeo, en el fundador de
una Europa cuya acta fundacional es su gran discurso
ateniense.
El apóstol no
fue comprendido, pero inició la aventura del
encuentro del (judeo)-cristianismo con la cultura
grecorromana, que tuvo lugar merced a la gran genialidad
de la cultura griega, la filosofía, el intento
de ir al fondo de las cosas y desentrañar su
misterio con la herramienta racional. Así,
los primeros cristianos de cultura griega -Justino,
Ireneo, Tertuliano, Orígenes, Lactancio, Clemente
de Alejandría...- intentarán esclarecer
con la luz de la razón la gran novedad cristiana
acerca del hombre hasta llegar al siglo IV, el gran
siglo de la Persona.
Los precedentes
Estamos ante la tarea
de acuñar un concepto con el que poder referirse
a esa realidad peculiar que comparten Dios y el hombre,
y ante el intento de comprender, con los instrumentos
proporcionados por la filosofía griega, en
qué consiste esa realidad divina y humana.
El término acuñado será el de
persona. No acuñado al azar, sino debido a
su peso semántico. El origen de la palabra
persona reside en el teatro griego. Persona (prósopon,
en griego) era la máscara que utilizaban los
actores y que tenía una doble función:
la de encarnar el “personaje” que el actor
representaba y, además, servía como
“megáfono”.
Traducida al latín,
la palabra persona, a imitación del papel que
interpretaba el actor, empieza a significar el rol
social, el papel que desempeña cada individuo
en la sociedad. Al concepto de persona como rol social
recurrió la filología alejandrina al
establecer los roles gramaticales del hablante: el
del que habla (primera persona), el del interlocutor
a quien se habla (segunda persona) y el del aquel
de quien se habla (tercera persona). Los gramáticos
latinos adoptaron esta misma terminología.
El derecho romano de
la época imperial equipara hombre y persona.
La palabra persona designa el estatus especial del
libre frente al esclavo, o del hombre frente a los
animales y las cosas. La palabra homo (hombre) se
emplea, jurídicamente hablando, para referirse
al esclavo, o sea, para el que pertenece a la especie
humana sólo biológicamente. Pero también
se usa para designar aquello que no es cosa. Así,
todos los hombres, también los esclavos, son
personas.
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San Pablo, al comprender
la universalidad del mensaje cristiano,
llega hasta Atenas y allí, en el
Areópago, intenta explicar –con
conceptos propios de la mentalidad
griega- el mensaje cristiano. Pablo
de Tarso –judío ortodoxo, ciudadano
(greco)-romano y, ante todo, cristiano-
se convierte así en el primer europeo,
en el fundador de una Europa cuya
acta fundacional es su gran discurso
ateniense. |
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Podríamos decir
que todos los usos hasta aquí nombrados tienen
en común referirse al hombre o a todos los
hombres pero sin hacer referencia a su yo íntimo,
a lo que le hace algo más que un simple individuo
de la especie humana. Los estoicos van cambiando de
perspectiva. Sólo se puede ser plenamente hombre
desde la realización de su persona. Pero, aunque
esto supone un paso importante, se queda todavía
en la superficialidad del papel, debido a la negación
de la libertad que profesa el estoicismo.
Un concepto
cristiano
La palabra persona
reaparece en el s. IV en el ámbito teológico
cristiano para resolver dos paradojas del propio mensaje
cristiano.
La primera paradoja
es la de hacer compatible el monoteísmo judío
–hay un único Dios- con las palabras
de Jesús equiparándose a Dios (Jn. 14,9)
y con la referencia al Espíritu de Dios como
alguien distinto del Padre y del Hijo (Jn. 15,26).
Los teólogos occidentales recurren a la distinción
gramatical de tres personas. Del mismo hombre puede
hablarse en primera, segunda o tercera persona. Las
personas son distintas únicamente por la situación
relativa que ocupan en una situación de habla.
Así, llegan a afirmar que Dios es “una
naturaleza y tres personas”.
La segunda estriba
en el intento de explicar la doble naturaleza (humana
y divina) de Jesucristo. ¿Cómo explicar
que Jesucristo sea al mismo tiempo verdadero Dios
y verdadero hombre? La solución vendrá
tras el concilio de Calcedonia y se expresará
así: La unión individual de ambas naturalezas
no consiste en la mezcla de las dos, sino en que ambas
son tenidas por una persona. Esta persona que tiene
esas dos naturalezas es divina.
Boecio, en el siglo
VI, aplica el concepto de persona para hacer referencia
al ser humano en perspectiva trinitaria y cristológica.
Su definición de persona dice así: Sustancia
individual de naturaleza racional. Es decir, la persona
no es sólo un mero individuo de una especie
(lo que Aristóteles designaba como sustancia
segunda) sino que es sujeto de su propio ser y de
una naturaleza racional, abierta a la realidad, y
lo más perfecto en la naturaleza, como dirá
Santo Tomás.
Pero ¿qué
aporta Boecio? Algo genial. La persona es una totalidad.
Es decir, que cada persona encarna de forma única,
irrepetible e insustituible, la naturaleza humana,
siendo tan miembro de la especie como cualquier otra.
Además, cada persona, por el mero hecho de
serlo, no es solitaria, está hecha de amor
y para amar, se refiere a las demás personas
que encarnan la naturaleza humana con rostros diferentes
e irrepetibles, y a la realidad personal divina, también
dotada de rostro.
Toda la filosofía
medieval seguirá profundizando en esta realidad
que se instala en el corazón del hombre europeo.
Europa se comprenderá a sí misma como
civilización al servicio de la Persona. De
hecho, la Ilustración no pondrá en duda
la realidad personal del ser humano sino que intentará
secularizarla, entenderla sin hacer la menor referencia
a su entronque cristiano.
Aquí estamos
hoy. Nuestra situación es desconcertante porque
no dudamos lo que somos, personas, pero al no reconocer
nuestras raíces, perdemos el norte y, por ello,
quizás nos encontremos en la época histórica
que más habla de la persona –Derechos
Humanos- pero más atenta contra ella, porque
la persona, cada persona, no es un ser abstracto sino
que tiene un rostro y un nombre propio concreto.
En esta desenraizada
situación, el grito de Juan Pablo II en Santiago,
durante su primera visita apostólica a España,
resuena con fuerza: “¡Europa, sé
tú misma!”. “Europa, podríamos
decir, no olvides tu rostro... ¡de persona!”.
Quizás sea ésta la principal misión
de la Iglesia en nuestros días y, sobre todo,
de la Iglesia encarnada singularmente en aquellos
que hemos recibido el don de la vocación laical.
Nosotros somos el rostro concreto que anuncia nuestra
olvidada realidad: “hijos amados”... ¡personas!
José Javier Ruiz
Serradilla
Revista ESTAR, marzo 2005
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