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Voluntariado y cooperación

Responsabilidad personal y social

José Carlos García Fajardo

Quizás las ONG deberían cambiar de nombre

Las ONG corren peligro porque se han puesto de moda. Sin embargo, necesitamos muchas más asociaciones humanitarias: en los barrios, en las comunidades, en las universidades, en el campo y en la ciudad, en el norte y en el sur.

Quizás las ONG deberían cambiar de nombre

El tejido social precisa nuevos aportes imaginativos y audaces. Pero que no pierdan sus señas de identidad porque padecerán los más débiles. El voluntariado social, como fenómeno sociológico, ya hemos señalado que se puede datar en el tiempo y no va más allá de hace treinta años. Pero siempre ha habido personas que se han ocupado de los demás, que han sido compasivas, generosas, benefactoras y caritativas. No se podría entender la compasión del Buda si hubiéramos tenido que esperar al Cristianismo. En muchas tradiciones religiosas y en movimientos sociales ha habido alguna forma de generosidad, de comunidad solidaria.

La preocupación por los demás, las cooperativas, las fraternidades y las iniciativas sociales no han sido patrimonio exclusivo del cristianismo, aunque en éste haya sobresalido de manera excelsa. Sin olvidar que el soborno de un pretendido Edén o Cielo podría desvirtuar ese altruismo.

En las ONG lo que debe caracterizar al voluntariado social es su pasión por la justicia, sin esperar nada a cambio. La entrega de los voluntarios no tiene por qué depender de convicciones religiosas. Aunque no sobran los creyentes siempre que no abusen de su condición de servidores de los pobres para inocular doctrinas. Tampoco el voluntario tiene que ser un dechado de virtudes. Paradójicamente, las personas sencillas, llenas de contradicciones y dudas son voluntarios de lujo porque así es menos difícil para los marginados identificarse con ellos. Los que se reconocen como nada pueden ser todo en el voluntariado. Comprendemos que a las personas de orden les cueste entenderlo.

Cosa distinta es para los proyectos de cooperación en otros países: ahí se requiere una capacitación profesional probada y una personalidad integrada que no vaya a hacer experimentos de capacidad o de virtud con los desheredados de la tierra.
Quizás las asociaciones humanitarias deberían abandonar la denominación de ONG. Que se lo dejen a los amigos de los gobiernos, de los clubes filantrópicos, de ciertas fundaciones bancarias con fines éticos que parecen haber descubierto un filón en el voluntariado y la cooperación al desarrollo.

Asombra el impudor de quienes se anuncian como ONG cuando durante tanto tiempo formaron clubes elitistas o ávidos de captar socios, secuaces o recursos.
No son esos los criterios del voluntariado social propio de las organizaciones que no buscan ni el cielo ni el reconocimiento, sino la justicia y la solidaridad.

Los poderes de turno en la universidad, en la economía y en la política nos bombardean con teorías, con modelos y nos imponen doctrinas que amenazan con ahogar la libertad de elegir, de ser y de compartir. No nos permiten siquiera el derecho a equivocarnos. Hay gentes que pretenden saber y conocer todo, para organizarlo todo. Afortunadamente, cada día somos más los que apostamos por la solidaridad: por compartir la suerte de los demás en la convicción de que, al final, debe ser cierto que los hombres participamos en un proyecto común. Es preciso salvar esta tierra sobre la que vivimos y con la que respiramos en una aventura cósmica, como sugería el jefe Seattle.

Comunidad no es uniformidad, así como tampoco universalidad es sincretismo, sino el diálogo creador dentro de un sano pluralismo. La unidad en una proyección de futuro nos lleva a hacer nuestras las necesidades ajenas y juntar esfuerzos para luchar por la humana condición que exige la dignidad como garantía de una libertad auténtica. No libertad para morirse de hambre. No se puede considerar a los demás como adversarios ni como enemigos. Los otros son la expresión más cierta de mi personalidad como hombre. Ser para los demás nos devuelve el rostro originario y nos encamina hacia la identidad perdida. Así sintonizaríamos con esos millones de personas que padecen hambre, miseria, dolor, marginación y soledad. Porque estamos plenamente convencidos de que es posible la esperanza en una sociedad más justa y solidaria es por lo que nos hemos puesto en camino conscientes de que en la tardanza está el peligro. Para poder decir a quienes nos cuestionan o descalifican como Don Quijote dijera a su escudero: “No te apures, Sancho amigo, yo sé quién soy”.


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