Saber mirar
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Hemos perdido el rumbo...

Calígula, de Albert Camus

QUEREAS, EL TEMOR A PERDER EL SER


ESCENA II


QUEREAS. ¿A dónde corréis de esa manera?
UN PATRICIO. Al palacio.
QUEREAS. Comprendo. ¿Pero creéis que os dejarán entrar?
EL PATRICIO. No es cuestión de pedir permiso.
QUEREAS. Lépido, ¿quieres cerrar esa puerta?
Cierran la puerta. Quereas se acerca a la mesa volcada y se sienta en una de las
esquinas, mientras todos se vuelven hacia él.
QUEREAS. No es tan fácil como lo creéis, amigos míos. El miedo que sentís no puede hacer las veces de coraje y sangre fría. Todo esto es prematuro.
UN CABALLERO. Si no estás con nosotros, vete, pero cierra la boca.
QUEREAS. Sin embargo, creo que estoy con vosotros. Pero no por las mismas razones.
UNA VOZ. ¡Basta de charla!
QUEREAS (poniéndose de pie). Sí, basta de charla. Quiero las cosas claras. Pues aunque estoy con vosotros, no estoy por vosotros. Porque vuestro método no me parece bueno. No habéis reconocido al verdadero enemigo, ya que le atribuís pequeños motivos. Sólo los tiene grandes, y corréis a la perdición. Vedlo ante todo como es, podréis combatirlo mejor.
UNA voz. Lo vemos como es: ¡el más insensato de los tiranos!
QUEREAS. No. Ya conocimos emperadores locos. Pero éste no es bastante loco. Y lo
detesto, pues sabe lo que quiere.
PRIMER PATRICIO. Quiere la muerte de todos nosotros.
QUEREAS. No, porque eso es secundario. Pone su poder al servicio de una pasión más elevada y mortal, nos amenaza en lo más profundo que tenemos. Y sin duda no es la primera vez que entre nosotros un hombre dispone de poder sin límites, pero por
primera vez lo utiliza sin límites, hasta negar el hombre y el mundo. Eso es lo que me
aterra en él y lo que quiero combatir. Perder la vida es poca cosa, y no me faltará valor
cuando sea necesario. Pero ver cómo desaparece el sentido de esta vida, la razón de
nuestra existencia es insoportable. No se puede vivir sin razones.
PRIMER PATRICIO. La venganza es una razón.
QUEREAS. Sí, y la compartiré con vosotros. Pero sabed que no lo hago para ponerme de parte de vuestras pequeñas humillaciones. Lo hago para luchar contra una gran idea
cuya victoria significaría el fin del mundo. Puedo admitir que os pongan en ridículo; no puedo aceptar que Calígula haga lo que sueña y todo lo que sueña. Transforma su
filosofía en cadáveres, y para desgracia nuestra, es una filosofía sin objeciones. No
queda otro remedio que golpear cuando la refutación no es posible.
UNA voz. Entonces, hay que obrar.
QUEREAS. Hay que obrar. Pero no destruiréis esa potencia injusta afrontándola mientras está en pleno vigor. Se puede combatir la tiranía, pero hay que emplear astucia con la maldad desinteresada. Es preciso seguirle la corriente, esperar que la lógica se convierta en demencia. Pero una vez más, y no hablo sino por honestidad, sabed que estoy con vosotros durante un tiempo. No serviré después ninguno de vuestros intereses, deseoso tan sólo de recobrar la paz en un mundo de nuevo coherente. No me mueve la ambición, sino un miedo razonable, el miedo a ese lirismo inhumano ante el cual mi vida no es nada.
PRIMER PATRICIO (adelantándose). Creo haber comprendido, más o menos. Pero lo esencial es que en tu opinión, como en la nuestra, las bases de la sociedad están minadas. Para nosotros, ¿verdad?, la cuestión es ante todo moral. La familia tiembla, el respeto al trabajo se pierde, la patria entera está entregada a la blasfemia. La virtud nos pide socorro: ¿nos negaremos a escucharla? Conjurados: ¿aceptaréis que los patricios se vean obligados a correr todas las noches alrededor de la litera del César?
SEGUNDO PATRICIO. ¿Permitiréis que los llamen "mi querida"?
UNA Voz. ¿Que les quiten sus mujeres?
OTRA. ¿Y su dinero?
CLAMOR GENERAL. ¡No!
PRIMER PATRICIO. Quereas, has hablado bien. Asimismo, hiciste bien en calmarnos. Es demasiado pronto para obrar; el pueblo aún estaría contra nosotros. ¿Quieres esperar con nosotros el momento oportuno?
QUEREAS. Sí, dejemos que Calígula continúe. Por el contrario/ alentémoslo. Organicemos su locura. Llegará el día en que esté solo frente a un imperio lleno de muertos y de parientes de muertos.
Clamor general. Afuera, trompetas. Silencio. Luego, de boca en boca, un nombre:
Calígula.


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