Abilio de Gregorio
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Humanizar la enseñanza

UNA CONCEPCIÓN PERSONALIZADORA

¿Qué persona?

La persona como centro. La escuela humanizadora. Sin embargo, a la vista de los polivalentes usos que se hacen de estos términos, tendremos que preguntarnos cuál es la concepción de persona y de humanización con la que se opera en la educación, pues parece evidente que no todas admiten las mismas dimensiones. En el fondo, es un lugar común afirmar que detrás de cada opción educativa hay siempre una concepción de persona. Y detrás de una visión alternativa de persona, habrá una visión y una praxis alternativa de la educación.  ¿Qué visión?

No nos podemos conformar con la afirmación de un proyecto que preconiza la intención de la “formación integral de la persona” si no se nos aclara cuáles son las dimensiones a las que se refiere dicha integralidad. No es lo mismo una comprensión del hombre del que se predica la sola dimensión biológica o vital, de aquella que al menos incluye una segunda dimensión psico-afectiva o psico-social en relación interactiva con la biológica. Mientras la educación “integral” de ese sólo organismo biológico supondría poner todos los instrumentos educativos al servicio de un desarrollo unidimensional (el de las pulsiones vitales), la educación “integral” del segundo modelo, al introducir una segunda dimensión, implicaría ya no la formación del hombre unidimensional, sino la del hombre superficial: dos dimensiones suponen superficie.

Pero el hombre, admitamos la evidencia, es un ser con una tercera dimensión que le da profundidad y volumen, y que le diferencia radicalmente de los otros seres no personales que le rodean: el hombre se siente naturalmente instado a buscar sentido. “En el reino animal, el hombre es el único ser que puede ir más allá de sí mismo, que puede fijarse ideales o, dicho con otras palabras, que puede reconocer un sentido a su existencia”. (GRONDIN, J. Del sentido de la vida. Herder, Barcelona, 2005. p. 24. Ver sobre el tema FRANKL, V. Psicoanálisis y Existencialismo, F. C. E. Méxio, 1982.) Es un buscador de sentido. Y el sentido siempre remite a algo que está más allá de aquello sobre lo que nos interrogamos. Es trascendente. O es trascendente el sentido de la vida, o carece de sentido. Y cuando más trascendente es lo que le da sentido, más sentido le da y más la plenifica.

Un centro católico de enseñanza no solamente atiende la unidad bio-psico-social-trascendente del educando en su integridad; no solamente ordena esa unidad compleja en una jerarquía de significado humanizador; no solamente oferta sentidos que trascienden el yo del educando en valores de trascendencia relativa; lo verdaderamente específico y definitorio de la escuela católica a este respecto reside en la presentación explícita del Referente Último de sentido: Dios. El Dios vivo que da sentido incluso a lo que, desde cualquier otro referente que no sea Él carecería de sentido, como puede ser el dolor o incluso la muerte (Pero esto obliga a presentar a los educandos a un Dios capaz de llenar de sentido la vida. No un dios mágico, ni un dios fetiche, ni un dios de vigilancia y de prohibiciones. Tampoco un dios ligcht a la medida de un reino que no es su Reino. Si la misión del educador cristiano es ser testigo del Misterio en el mundo de la educación, no es haciéndose “más mundo” como se evangeliza. Se protesta de que la Iglesia ha perdido sectores del mundo contemporáneo… ¿Cuándo comenzó esa pérdida? Si se mira atentamente la historia hay datos suficientes para intuir que fue a partir del momento en que en esos sectores la Iglesia se hizo mundo…).

Se nos dice en el documento “El laico católico, testigo de la fe en la escuela”: “Todo educación está, pues, guiada por una determinada concepción del hombre. Dentro del mundo pluralista de hoy, el educador católico está llamado a guiarse conscientemente por la concepción cristiana del hombre en comunión con el magisterio de la Iglesia. Concepción que, incluyendo la defensa de los derechos humanos, coloca al hombre en la más alta dignidad, la de hijo de Dios; en la más plena libertad, liberado por Cristo del pecado mismo; en el más alto destino, la posesión definitiva y total del mismo Dios por el amor…” (El laico…, 18)

Es preciso insistir en la necesidad de que la escuela católica haga explícito ese Referente último de sentido y no utilice el burladero de los denominados “valores humanos” para esconder a Dios. Es cierto que esos valores humanos, por el mero hecho de ser humanos, aunque no hagan referencia explícita a Dios, tienen ya un componente cristiano. Pero no es menos cierto que los valores específicamente religiosos cristianos, evangélicos, son humanos y dan fundamento a lo humano. En “Dimensión religiosa de la educación en la escuela católica”, citando “Catechesi tradendae” se nos advierte: la escuela católica “¿seguirá mereciendo este nombre si, brillando por el alto nivel de su enseñanza en las materias profanas, hubiese motivo justificado para reprocharle su negligencia o desviación  en la educación propiamente religiosa? ¡No se diga que ésta se dará implícitamente o de manera indirecta! El carácter propio y la razón profunda de la escuela católica, el motivo por el que los padres deberían preferirla, es precisamente la calidad de la enseñanza religiosa integrada en la educación de los alumnos” (nº 66).


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