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Primavera del 68. El fin de un orden difunto

Juan Pedro Quiñonero
ABC. 27/04/2008

Primavera del 68. El fin de un orden difunto
Pero el modelo jacobino/napoleónico no permitía cosas tan simples como las asambleas juveniles que la gran prensa de la época había comenzado a fotografiar en Chicago o en Berkeley, donde jóvenes poetas, como Allen Ginsberg, y jóvenes cantantes, como Joan Baez, cantaban y leían poemas para protestar contra Vietnam

Las jornadas de mayo de 1968 fueron la culminación espectacular de varios procesos históricos, culturales, sociales, políticos, estrictamente nacionales. Pero sus raíces y prolongación fueron muy cosmopolitas: hundimiento cultural del comunismo (Praga), emergencia de nuevas sensibilidades internacionales (Berkeley), globalización de la protesta (Vietnam), irrupción generacional de nuevos modelos culturales: «contracultura», revolución sexual, amor, antiautoritarismo, autogestión, anarco-capitalismo, nuevos medios de expresión y agitación, del comic a la publicidad, del panfleto filosófico a las «radio libres».

En la periferia de París, en la universidad de Nanterre, los primeros estallidos que preludiaban la gran crisis tuvieron un origen meramente universitario: los estudiantes querían hablar, discutir, intervenir. Pero el modelo jacobino/napoleónico no permitía cosas tan simples como las asambleas juveniles que la gran prensa de la época había comenzado a fotografiar en Chicago o en Berkeley, donde jóvenes poetas, como Allen Ginsberg, y jóvenes cantantes, como Joan Baez, cantaban y leían poemas para protestar contra Vietnam.

Entre los jóvenes estudiantes de Nanterre y París la influencia de la revuelta cultural beat (norteamericana) estaba muy marcada por las tradiciones francesas y europeas. Y comunistas y socialistas eran percibidos como algo tan arcaico como el gaullismo y el conservadurismo. En Francia, la tradición liberal había sido sofocada por el General y el PCF. Los grupúsculos izquierdistas tenían una influencia política minúscula. Quienes ejercían una influencia cultural muy honda eran la Internacional Situacionista y la leyenda de la CNT - FAI españolas. El primer comic de agitación política se llamaba «Le retour de la Columna Durruti».

De ahí que cuando las protestas de Nanterre se extendieron, París comenzó a ser víctima de un incendio cultural que ni el gobierno ni los partidos políticos ni los intelectuales comprendían.

Alain Peyrefitte, ministro de Educación, estaba obsesionado con el «orden», sin comprender que los estudiantes «solo» deseaban «tomar» la universidad de la Sorbona, sin otro «fin revolucionario» que organizar grandes fiestas festivo-culturales

Sartre quiere «comprender»

Los intelectuales intentaron sumarse al carro de la revuelta, en vano. Sartre pidió entrevistarse con Cohn-Bendit para «intentar comprender». Pero no entendió nada. Sartre hablaba de «revolución» y sus amigos trostkistas y maoístas consideraban indispensable «tomar» el Ministerio de Economía, cuando, en verdad, las asambleas de estudiantes, en el Odeón, en la Sorbona, solo pedían la libertad absoluta de radio y TV para «propagar» una revuelta que nadie controlaba ni nadie sabía a donde podría dirigirse.

Louis Aragon, el gran poeta comunista, intentó «participar» en la revuelta: y fue expulsado de una reunión a gritos de «¡crápula stalinista..!» Grandes personalidades de la época, como Roland Barthes (el más afamado crítico literario), Louis Althusser (el filósofo marxista), Michel Foucault (el gran ensayista), Jacques Lacan (psicoanalista), Gilles Deleuze y Felix Guattari (ensayista y psiquiatra), ni influyeron, ni entendían nada, ni sus difuntas doctrinas interesaban mucho más allá de sus sectas intelectuales.

Las «grandes» publicaciones de Mayo, como «Action», que «dirigían» André Glucksman (filósofo) y Bernard Kouchner (actual ministro de Exteriores) eran minúsculos panfletos de tipo «auto gestionario». Y el PCF y las numerosas capillas marxistas que intentaban adoctrinar a los estudiantes eran recibidos a pitidos, insultos y tomatazos.

Ni jefes ni orquestas

El prefecto de policía de París, Grimaud, sabía perfectamente que no había ningún «jefe» ni «orquesta»: el movimiento, la contestación y las «barricadas» florecían y desaparecían sin orden preconcebido. Alain Peyrefitte, ministro de Educación, estaba obsesionado con el «orden», sin comprender que los estudiantes «solo» deseaban «tomar» la universidad de la Sorbona, sin otro «fin revolucionario» que organizar grandes fiestas festivo-culturales.

El PCF y De Gaulle se creían los puntales del orden, sostenidos por la guardia pretoriana marxista (en el terreno intelectual) y las Compañías Republicanas de Seguridad (CRS) en la calle. Sin advertir que se estaban viniendo abajo todos los falsos mármoles de un orden ficticio. Las CRS cargaban e imponían su ley contra las «barricadas», en la rue Gay Lussac y el bulevar St-Germain, siguiendo el difunto modelo «revolucionario» francés. Una vez impuesto el orden, la crisis se propagaba porque los estudiantes y los obreros no sindicados contaban con la complicidad de la Radio y la TV, que retransmitían en directo los debates y acontecimientos. Ningún partido ni sindicato tradicional hubiera podido aspirar a lo que consiguieron varias bandas de estudiantes desorganizados y deslenguados: propagar la «insurrección», pidiendo y dando la palabra libremente.

Cuando descubrieron, aterrados, que dos pequeños barrios de París se habían convertido en algo así como una «comuna», que podía propagar el «fuego» por toda Francia, De Gaulle y el PCF creyeron, aterrados, que el país corría el riesgo «real» de una revolución, y trabajaron mano a mano (negociaciones de Grenelle) para enterrar una crisis que nadie controlaba y que ya había comenzado a cambiar a Francia, antes siquiera de haber estallado.

El PCF y las distintas familias socialistas se emplearon a fondo en canalizar y «dar un sentido» al movimiento, cuando, en verdad, Mayo ya había hecho la crítica radical del marxismo y el socialismo. En el terreno intelectual, a través de la Internacional Situacionista y los escritos de Castoriadis y Claude Lefort.

El más crítico del «pensamiento 68» (¿?), Luc Ferry, filósofo liberal, subraya en su último libro la dimensión afortunada y feliz de parte de aquella herencia: el matrimonio y la familia ya estaban en crisis mucho antes de aquel mayo; pero fueron las libertades que llegaban (liberad de amarse, libertad de contraer o no contraer matrimonio) las que dieron un «nuevo impulso» a la familia. Difunto el antiguo matrimonio de interés y conveniencia, hipócrita, floreció en Francia el matrimonio por amor

En la calle, a través de la «acción directa»: el modelo revolucionario jacobino y comunista se había venido abajo; el leninismo comenzó a ser percibido como un rostro semejante al del nazismo; estudiantes y obreros, en la calle, anunciaban la gran revuelta popular contra los Estados comunistas, que el comunismo sí sofocó en Praga.

De Gaulle temía estar frente a un «ejército irregular», presto a «tomar» el Elíseo, cuando, en verdad, los estudiantes «sólo» querían tomar la palabra: y esa conquista, radical, influyó en la extensión de la crisis y en la evolución posterior de Francia. Las manifestaciones contra la guerra del Vietnam (cuyas conversaciones de paz proseguían en París) ya habían popularizado las «modas» y costumbres de las nuevas generaciones.

El más crítico del «pensamiento 68» (¿?), Luc Ferry, filósofo liberal, subraya en su último libro la dimensión afortunada y feliz de parte de aquella herencia: el matrimonio y la familia ya estaban en crisis mucho antes de aquel mayo; pero fueron las libertades que llegaban (liberad de amarse, libertad de contraer o no contraer matrimonio) las que dieron un «nuevo impulso» a la familia. Difunto el antiguo matrimonio de interés y conveniencia, hipócrita, floreció en Francia el matrimonio por amor. Con una consecuencia práctica: Francia tiene hoy la natalidad más alta de Europa.

De Gaulle y el PCF terminaron por imponer el orden. Pero se trataba de un orden nuevo, que todavía tardó años en ser visible.

Una pléyade de oportunistas escribió incontables opúsculos, haciendo interesadas interpretaciones «revolucionarias» de mayo. Puro esperpento. Ferry ha desmontado con finura intelectual el inmenso vacío de aquellas escuelas de pensamiento difuntas.

Las jornadas de mayo concluyeron con la gigantesca manifestación gaullista de los Campos Elíseos, con André Malraux al frente. Semanas más tarde, De Gaulle consiguió una mayoría parlamentaria excepcional.

En verdad, Mayo había comenzado años atrás. Aquella primavera y verano tuvieron incontables prolongaciones. Y el nuevo orden no tenía nada que ver ni con el comunismo ni con el gaullismo.

La familia y la empresa cobraron nuevas fisonomías. Los patronos ya habían descubierto -y Mayo les confirmó- que la empresa podía y debía ser un vínculo de cohesión y progreso. Las libertades de mayo permitieron la emergencia de familias fundadas en el amor. Son hoy los sindicatos quienes defienden el difunto orden burocrático que Mayo no consiguió enterrar. El antiguo marxismo, dominante durante varias décadas, comenzó su ocaso histórico, víctima de la fronda anarco-capitalista de Mayo. Incluso la diplomacia de Estado, dominada por el más cínico realismo, comenzó a sufrir una tímida metamorfosis humanista, teorizada por Jean François Revel y canonizada por Benedicto XVI: la injerencia humanitaria. No es un azar que al frente de la diplomacia de Nicolas Sarkozy esté hoy un antiguo libertario, Bernard Kouchner.

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