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Pintando mundos de lo visible y lo invisible

Fernando Marías

Santa María Magdalena, obra de El Greco
El pintor griego de Toledo supo infundir a lo natural las condiciones visuales que dan a las meras imágenes apariencia de realidad

Solemos admirar hoy a los artistas capaces de crear nuevos mundos, pasados o futuros, de los westerns de John Ford a la nave Nostromo, del Alien de Ridley Scott o al planeta Pandora del Avatar de James Cameron.

Ese privilegio estuvo en el pasado, más que ahora, en manos de algunos pintores y El Greco se contó entre ellos. Por una parte, por su capacidad de enfrentarse con dos mundos diferentes, el de lo visible y el de lo invisible, sobre los que tenía que aplicarse la pintura religiosa o histórica —de ficciones— de su época, y adentrarnos en ellos de forma absolutamente personal y sobre todo convincente. Infiernos, purgatorios, cielos y glorias comparten su naturaleza verosímil con las realidades visibles, pero con propiedades, mayor belleza de formas y color, mayor dinamismo vital, mayor complejidad, que los hacían especiales como no podía ser de otra manera.

¿De qué están hechos los ángeles? ¿De qué carne los cuerpos resurrectos frente a los de los simplemente muertos? ¿De qué pasta las almas? ¿Son diferentes las nubes del Cielo y las de la atmósfera que nos rodea? Y El Greco fue capaz también de imaginar de forma original la irrupción de lo divino en el mundo de los humanos, en el portal de Belén o en el vientre de la Virgen María. La realidad terrenal no podía evitar su propia transformación ante una epifanía.

Por otra parte, el pintor griego de Toledo supo infundir a lo natural las condiciones visuales que dan a las meras imágenes apariencia de realidad, al enfatizar su morfología de cosas accidentales, luces —del sol o del fuego, de la luna o de un cuerpo divino— y sombras, amaneceres y nocturnos, reflejos y texturas, colores y materias, personajes en movimiento y que entran en contacto visual y vital con nosotros sus espectadores.

Pintando mundos de lo visible y lo invisible
El Greco todavía nos fascina por esa capacidad de hacer creíble lo increíble, o lo que ya no está delante de nuestros ojos como si lo estuviera de verdad, y de lograrlo sin hacernos olvidar que todo ello salió de su cabeza y de su mano

Ese afán de creación lo convirtió en Toledo —quizá por su herencia griega y su reforma italiana— en lo que hoy llamaríamos un instalador: sus lienzos no solo se enmarcaban sino que se colocaban en retablos dorados que él mismo diseñaba; rodeados de esculturas doradas —para las figuras alegóricas, de las virtudes por ejemplo— o policromadas, para los personajes históricos; flanqueados por otros lienzos empotrados en muros y bóvedas, solo visibles de forma escorzada, como ventanas abiertas en las paredes; en unas capillas e iglesias cuya arquitectura e iluminación intentaba controlar; que estarían también acompañados, en algunos momentos, por las velas encendidas, los oficiantes de una liturgia, por la música y las palabras sagradas, tal vez ininteligibles por ser pronunciadas en latín, pero no por ello palabras menos divinas. Se convirtió en un artista total, en el que todas las artes del diseño —como sus criaturas— contribuían a un único y sorprendente efecto unitario.

Hizo de la pintura un instrumento no solo de comunicación y de placer visual -lo superfluo para muchos de sus contemporáneos- sino de investigación de las realidades plurales en las que se vivía y se creía, sobre las que el artista también reflexionaba.

No todos lo comprendieron; algunos deseaban que lo celeste formara parte de lo terrenal, como si se quisiera no solo humanizar sino también -con el no menos grande Caravaggio- socializar lo divino. Otros no querían distracciones y que las imágenes solo sirvieran para rezar ante ellas y adoctrinar a los creyentes, no para dejar volar la imaginación en su presencia e insertarnos en la ficción artística, como quien se instala en unos nuevos mundos, tan visualmente reales como este que vemos y vivimos.

El Greco todavía nos fascina por esa capacidad de hacer creíble lo increíble, o lo que ya no está delante de nuestros ojos como si lo estuviera de verdad, y de lograrlo sin hacernos olvidar que todo ello salió de su cabeza y de su mano, perfectamente reconocibles sus cuadros, sus tipos, sus gestos, sus formas y sus pinceladas como producto de un pintor singular.


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