Raíces de Europa
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Los padres de Europa: testigos para el joven de hoy

Javier Muñoz Morales y Carlos Uriarte Sánchez
Revista ESTAR, noviembre 2005

Construcción de Europa
La gran aventura de la construcción europea nació gracias a la amistad libre y a la confianza mutua entre personas. Schuman, Adenauer y De Gasperi conectaron desde el primer momento, sin duda alguna, gracias a la fe que compartían.

En estos últimos meses, en los que tanto estamos oyendo hablar de la Constitución Europea y de la “necesidad” de una mayor unión entre todos los países del Viejo Continente, parece que se está dejando de lado el verdadero sentido por el cuál se inició en Roma, un ya lejano 1957, esta maravillosa aventura.

Es de justicia recordar a los grandes hombres que pergeñaron la arriesgada –pero profética– idea de una Europa unida y fuerte, asentada en sólidas convicciones que no caducan ni cambian con el paso del tiempo.

1. TRES HOMBRES Y UN DESTINO

Un licenciado en Derecho lorenés sin ninguna intención de adentrarse en el mundo de la política, un alcalde de Colonia perseguido por los nazis que será conocido como “Der Alte” (El Viejo), y un italiano que, empujado por las circunstancias históricas, comenzó su andadura política en el parlamento vienés. Tres hombres de raza: Robert Schuman, Konrad Adenauer y Alcide de Gasperi, hombres de su tiempo que supieron adelantarse al futuro.

Tres estadistas que, al asumir cargos de gran relevancia política, estaban destinados a encontrarse. Unirían sus vidas por un sueño común derivado de las terribles consecuencias de la Segunda Guerra Mundial.

La gran aventura de la construcción europea nació gracias a la amistad libre y a la confianza mutua entre personas. Schuman, Adenauer y De Gasperi conectaron desde el primer momento, sin duda alguna, gracias a la fe que compartían. Esta amistad libre reflejará una nueva forma de hacer y de entender la política en la relación entre estados. Buena muestra de la estrecha relación que mantenían los Padres de Europa es la confidencia que Adenauer le hace a Schuman en una de sus cartas: «En medio de la pesada carga que Dios ha puesto sobre mis espaldas, encuentro un consuelo siempre nuevo, un consuelo enorme, en la certeza de que los dos estamos unidos en una misma tarea. El hecho de saberlo me hace recobrar ánimo».

Desde muy jóvenes estos tres grandes profetas de su tiempo sintieron nítidamente la llamada a participar de forma activa en la política de sus respectivos países. Eran hombres de profunda formación humanista, lo que les daba una amplia visión de conjunto sobre los problemas más acuciantes de la época así como de las posibilidades reales para mejorar la sociedad y acabar progresivamente con el odio generado desde años atrás.

Es evidente que su manera de entender y actuar en la política determinó decisivamente la construcción europea en sus primeros años. Fueron hombres que supieron adaptarse a la realidad y a las circunstancias del momento para darles la mejor solución posible; Schuman afirmará «mi filosofía política es el realismo sin ideología». Pero ese realismo está muy alejado, al contrario de lo que se pudiera entender en un primer momento, de actitudes pesimistas o de pragmatismos resultadistas. Es un realismo esperanzado en las grandes potencialidades del hombre, pero siempre con los pies en el suelo.

Dejaron de lado la idea nada acertada de que la actuación en política se rige por el método de ensayo–error. Estaban convencidos de que en las grandes cuestiones de la vida –y por tanto, también en la política– nada debía improvisarse.

Tuvieron la audacia de proponer al mundo, en un momento clave de su devenir histórico, un modelo de perdón, de reconciliación y de solidaridad entre los pueblos de Europa, basado en una unión espiritual –no sólo material, económica o política– de sus gentes que superase la desconfianza de tiempos anteriores.

Supieron olvidar los intereses personales para centrarse exclusivamente en el bien común; la importancia del bien común nace de la profunda convicción de servicio al hombre. Pues, lo sabemos, la política está al servicio del hombre y no al revés. Los Padres de Europa entendían la política desde un Humanismo cristiano que concibe al hombre como centro de toda su actividad, y del deseo que les unía de llevar a cabo un trabajo realmente útil.

Por todo ello, fueron hombres que comprendieron perfectamente que la responsabilidad ante Dios y ante los hombres era una característica irrenunciable de su vocación cristiana y política.

Konrad Adenauer

Los Padres de Europa tuvieron la audacia de proponer al mundo un modelo de perdón, de reconciliación y de solidaridad entre los pueblos de Europa, basado en una unión espiritual –no sólo material, económica o política– de sus gentes que superase la desconfianza de tiempos anteriores.

Alcide de Gasperi

2. EN PLENA CONSONANCIA CON LA DSI

Resulta evidente que la concepción del Estado, de la política y de lo social ha ido cambiando en el seno de la Iglesia, adaptándose a las necesidades de los tiempos, para dar una respuesta más certera a los nuevos problemas que acucian al ser humano y a la sociedad en su conjunto. Antes de que el Concilio Vaticano II anunciara al mundo sus conclusiones, Schuman, Adenauer y De Gasperi –junto con otros grandes hombres del siglo XX como Cardijn, Herrera Oria, Manuel Aparici, Escrivá de Balaguer, Tomás Morales, y tantos otros– encarnaron las nuevas propuestas de la Iglesia en el campo político y social. Los Padres de Europa llevaron a la práctica todo el sentir del Magisterio en estos ámbitos. Así, desde sus hondas convicciones cristianas tenían claro que la dignidad de la persona era el centro de su proyecto, de ahí el convencimiento de promover el bien común mediante la integración europea y la solidaridad entre los pueblos. Sólo de esta manera se podrían dejar atrás viejos rencores y hacer una Europa más habitable y en paz.

3. UN TESTIGO QUE DEBEN RECOGER LOS JÓVENES

Robert Schuman
Los Padres de Europa tenían claro que la dignidad de la persona era el centro de su proyecto, de ahí el convencimiento de promover el bien común mediante la integración europea y la solidaridad entre los pueblos. Sólo de esta manera se podrían dejar atrás viejos rencores y hacer una Europa más habitable y en paz.

Schuman, hombre visionario como pocos ha habido en la historia más reciente de Europa, lanzó un reto que sigue vigente en la actualidad para todos los jóvenes, se dediquen o no a la actividad política. Su sueño de una Europa unida es la excusa, el medio perfecto, para espolear a las nuevas generaciones a comprometerse activamente en la construcción de una nueva sociedad fundada en los valores de la “pax christiana”. «Que la idea de una Europa reconciliada, unida y fuerte sea, a partir de ahora, la consigna para las jóvenes generaciones deseosas de servir a una humanidad liberada del odio y del miedo, y que vuelve a aprender –tras largos desgarros– la fraternidad cristiana...»

Los jóvenes son el futuro de la sociedad y de la Iglesia. ¿Cuántas veces habremos leído y escuchado estas palabras? Quizá hoy más que nunca son necesarios jóvenes comprometidos con la sociedad de su tiempo. Son alentadoras las palabras de Juan Pablo II: «La Iglesia mira a los jóvenes; es más, la Iglesia de manera especial se mira a sí misma en los jóvenes, en todos vosotros y a la vez en cada una y cada uno de vosotros».

Una de las muchas enseñanzas que se desprenden del testimonio de estos grandes hombres, válidas para todos, pero más si cabe para los jóvenes y para todos aquellos que se quieran dedicar a la política, es la prudencia. Dicha virtud no se refiere a una actitud timorata ante la vida; muy al contrario, precisa de audacia y tenacidad, pero sujetas a una reflexión previa sobre las circunstancias que rodean a una decisión o a un acto concreto. Muchas veces será mejor esperar, que no es lo mismo que retroceder o desertar.

La voz del Padre Ayala, siempre actual, espolea a la juventud del siglo XXI: «Jóvenes católicos: dentro de poco mandaréis en vuestras casas, y ojalá no mandéis en ellas sólo, porque significaría que os limitabais a ser unos honrados padres de familia, inútiles para otras cosas o comodones y desinteresados de la vida pública». No faltarán jóvenes comprometidos que escuchen esta voz inmortal.


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