Abilio de Gregorio
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Llamar a las cosas por su nombre

Una visión del mundo desde los ojos del Dios que se nos ha revelado

La educación católica debe llamar a las cosas por su nombre
La oferta educativa católica es tal porque pretende enseñar a ver, a leer, a interpretar la realidad y a situarse ante ella desde el Dios Vivo que se nos manifiesta en las Escrituras y en su Iglesia

Cualquier observador medianamente atento a los lenguajes vigentes en el mundo de la educación constatará la progresiva desaparición del término “espiritual” en el vocabulario profesional de los educadores hoy en España. Se hacen mil equilibrios para bordearlo con recursos al universo de la psicología, de la estética o de la convivencia ciudadana. Pero hablar del mundo espiritual, parece poco serio. Lo serio solamente parece ser lo relativo a la razón científica y lo relativo a la razón instrumental. Este abandono va dejando un espacio de realidad vacío que parece tiende a ocuparlo cierto pensamiento cristiano que, callando el nombre del Dios del Evangelio, se limita a “lo espiritual” en simple oposición a lo material y en referencia a unos difusos valores “que vamos a llamar morales para no ofender a nadie”, como se dice en algún informe de pedigrí europeo.

Sin embargo, un proyecto educativo cristiano no se define por sus meras propuestas de contenido idealista, moral, altruista. Ni siquiera por su afán de dotación de sentido en referentes genéricos que van más allá de lo inmediato (trascendentes relativos). La oferta educativa católica es tal porque pretende enseñar a ver, a leer, a interpretar la realidad y a situarse ante ella desde el Dios Vivo que se nos manifiesta en las Escrituras y en su Iglesia. El genérico amor, que parecería presentársenos como anclaje y fuente de la espiritualidad que se preconiza, durará como “hierba de las eras” si no es fruto de la fe y de la esperanza en ese Dios al que se oculta “para no ofender a nadie”. No hace muchos días leíamos en una entrevista las declaraciones del ex ministro de educación francés Luc Ferry en las que manifestaba la necesidad de una formación espiritual en la escuela. Pero, fiel al espíritu laicista de la escuela francesa, se apresuraba a matizar que no se confundiera su propuesta con la formación religiosa. Sin embargo, al hilo de su diagnóstico tendríamos hoy que preguntarnos si la escuela se ha des-almado y los educadores se han des-animado porque se ha olvidado el espacio espiritual en los curricula o porque se ha desterrado a Dios de las aulas. La escuela laica, tal como la pensaron sus mentores, no carecía de esos valores “espirituales” que hoy se pretenden restituir a la educación. Se hablaba de esa moral universal, de la fraternidad, de la igualdad, de la libertad, del sentido de la vida, de la virtud social de la ciudadanía… Pero una tal espiritualidad “a palo seco” siempre termina por hacernos petición de fundamento para sobrevivir. Al no encontrar raíces, se desvitaliza y degrada en pose social, en máscara para la convivencia.

La educación católica debe llamar a las cosas por su nombre y no correr el riesgo de perderse en estrategias de aproximación que, casi siempre, devienen en tácticas de desviación o de despiste. La educación católica está ahí para ofrecer una visión del mundo desde los ojos del Dios que se nos ha revelado; no para mostrar a Dios desde los ojos del mundo

La educación católica debe llamar a las cosas por su nombre y no correr el riesgo de perderse en estrategias de aproximación que, casi siempre, devienen en tácticas de desviación o de despiste. La educación católica está ahí para ofrecer una visión del mundo desde los ojos del Dios que se nos ha revelado; no para mostrar a Dios desde los ojos del mundo. La escuela laica tiene necesidad de cultivar espacios espirituales en sus educandos. La escuela católica, sin embargo, ha de proponer abiertamente al Dios Vivo. Esa es su específica misión. Misión espiritual y… algo más.

Es cierto que dicho mensaje resultará estridente para muchos de los oídos de los jóvenes contemporáneos. Son proposiciones disonantes en el coro de la actualidad cultural. Pero a base de rebajar las propuestas y de abaratar las exigencias; de disimular las verdades y de confortabilizar la buena noticia; de ofrecer gato por liebre para cubrir la demanda del mercado, se terminará por borrar el rostro de Dios. Cada vez será más irreconocible. Cada vez será más necesario buscar nuevas máscaras. Si la educación católica quiere ser fiel a su Señor, hoy más que nunca quizás necesite el coraje de afirmar con Él: “oís que por ahí se dice…, pero Yo os digo…”.


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Tendríamos hoy que preguntarnos si la escuela se ha des-almado y los educadores se han des-animado porque se ha olvidado el espacio espiritual en los curricula o porque se ha desterrado a Dios de las aulas

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