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La virginidad, un bien que transforma la vida en don

La fuerza de la sangre, de Cervantes

No puedo renunciar a acercar a este ventanal un fragmento de La novela ejemplar La fuerza de la sangre, de Cervantes. Animo a su lectura completa entre otras razones porque el argumento termina bien y el arte de contárnoslo es una delicia. Los críticos no la incluyen entre las novelas realistas sino entre las idealistas. Espero que no sea por el final feliz. Desde luego no estamos ni ante Rinconete, ni ante el Licenciado Vidriera ni ante el coloquio de Berganza y Cipión. Pero sí ante un deplorable asunto de violación.

La fuerza de la sangre, de Cervantes
“Y advierte, hija, que más lastima una onza de deshonra pública que una arroba de infamia secreta. Y, pues puedes vivir honrada con Dios en público, no te pene de estar deshonrada contigo en secreto”. El extremo opuesto de sociedad es la nuestra. La virginidad se ha convertido en un contravalor.

Regresaba hacia su casa una familia sencilla y, aunque hidalga, pobre, después de haber pasado un día, en las canículas toledanas, refrescándose en el Tajo. Así comienza la narración: “Una noche de las calurosas del verano, volvían de recrearse del río en Toledo un anciano hidalgo con su mujer, un niño pequeño, una hija de edad de diez y seis años y una criada. La noche era clara; la hora, las once; el camino, solo, y el paso, tardo, por no pagar con cansancio la pensión que traen consigo las holguras que en el río o en la vega se toman en Toledo.”

Bajaban en ese momento por la cuesta cinco mozos “Hasta veinte y dos tendría un caballero de aquella ciudad a quien la riqueza, la sangre ilustre, la inclinación torcida, la libertad demasiada y las compañías libres, le hacían hacer cosas y tener atrevimientos que desdecían de su calidad y le daban renombre de atrevido.” La deseó, la raptó, y desmayada, la llevó a un cuarto de su casa, donde sin ningún miramiento ni delicadeza le quitó la virginidad. Sin duda el valor más preciado en la sociedad de aquellos tiempos. En ello estaba la honra, para unos padres y para cualquier doncella que se preciase.

La joven se llama Leocadia. Perder la virginidad era tanto como morir, por ello le suplica al violador que le quite la vida pues que le ha quitado la honra. Fracasa en un segundo intento de poseerla, pues consciente, Leocadia se defendió con todas sus energías. Rodolfo, que con este nombre lo ha bautizado el narrador, ha decidido deshacerse de la joven, con la mayor discreción posible. Leocadia, al quedarse sola, trata de retener detalles del lugar de su encierro, y encuentra una pequeña cruz de plata que no duda en apropiarse. La abandona ante la puerta de la iglesia. Desde allí le resulta fácil regresar a su casa. En su vivienda la desesperación era indescriptible. Los padres no sabían que hacer: denunciar el hecho podía ocasionar que fueran los padres los primeros divulgadores de la desgracia.

El regreso de la hija produce tal alegría que pone en segundo plano, amarguras y sinsabores. Leocadia nos ha dado pruebas de su vigor, entereza y prudencia; en nada es la jovencita hermosa cuanto necia. Pero es el padre el que sabe adoptar una actitud ejemplar. Sabe afrontar la adversidad.

Por una parte está la deshonra como un problema social. Problema que habrá que resolver, porque es en sociedad donde se desarrollan nuestras vidas. Todo lo que encubra la desgracia, ayudará a conservar la honra. Las palabras del padre son inapelables: “Y advierte, hija, que más lastima una onza de deshonra pública que una arroba de infamia secreta. Y, pues puedes vivir honrada con Dios en público, no te pene de estar deshonrada contigo en secreto”. El extremo opuesto de sociedad es la nuestra. La virginidad se ha convertido en un contravalor. Defenderla como un bien dicen que es ir contra corriente. Yo creo que la virginidad es una virtud del alma cultivada en el cuerpo, tanto para el hombre como para la mujer. Añade a la vida una perspectiva de esperanza y la convierte en un potencial de don.

En este fragmento vamos a encontrar uno de los argumentos más sólidos para asentar en la verdad de la conciencia el auténtico valor que a todo le corresponde. Sólo así lo relativo se hace consistente. “la verdadera deshonra está en el pecado, y la verdadera honra en la virtud; con el dicho, con el deseo y con la obra se ofende a Dios; y, pues tú, ni en dicho, ni en pensamiento, ni en hecho le has ofendido, tente por honrada, que yo por tal te tendré, sin que jamás te mire sino como verdadero padre tuyo.” Esto es saber llamar a las cosas por su nombre. Gracias Don Miguel. Leocadia se quedó embarazada. Tuvo un hijo. La desgracia ayudará a resolver el entuerto. Léanla si quieren conocer el final.

“A esto replicó el padre:

- Bien habías dicho, hija, si la malicia ordinaria no se opusiera a tu discreto discurso, pues está claro que esta imagen hoy, en este día, se ha de echar menos en el aposento que dices, y el dueño della ha de tener por cierto que la persona que con él estuvo se la llevó; y, de llegar a su noticia que la tiene algún religioso, antes ha de servir de conocer quién se la dio al tal que la tiene, que no de declarar el dueño que la perdió, porque puede hacer que venga por ella otro a quien el dueño haya dado las señas. Y, siendo esto ansí, antes quedaremos confusos que informados; puesto que podamos usar del mismo artificio que sospechamos, dándola al religioso por tercera persona. Lo que has de hacer, hija, es guardarla y encomendarte a ella; que, pues ella fue testigo de tu desgracia, permitirá que haya juez que vuelva por tu justicia. Y advierte, hija, que más lastima una onza de deshonra pública que una arroba de infamia secreta. Y, pues puedes vivir honrada con Dios en público, no te pene de estar deshonrada contigo en secreto: la verdadera deshonra está en el pecado, y la verdadera honra en la virtud; con el dicho, con el deseo y con la obra se ofende a Dios; y, pues tú, ni en dicho, ni en pensamiento, ni en hecho le has ofendido, tente por honrada, que yo por tal te tendré, sin que jamás te mire sino como verdadero padre tuyo. Con estas prudentes razones consoló su padre a Leocadia, y, abrazándola de nuevo su madre, procuró también consolarla. Ella gimió y lloró de nuevo, y se redujo a cubrir la cabeza, como dicen, ya vivir recogidamente debajo del amparo de sus padres, con vestido tan honesto como pobre.”


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