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La configuración de la identidad personal en la familia

Aquilino Polaino Lorente
Catedrático de Psicopatología. Director del Departamento de Psicología.
Facultad de Medicina. Universidad CEU-San Pablo.

La identidad personal

La persona es, pero no está hecha. El devenir de la persona tiene que ver con el cambio que ésta experimenta a lo largo y ancho de su propio desarrollo. Lo que resiste a los diversos cambios biográficos es lo que constituye su identidad personal, lo que la configura como la singular persona que es.

La mujer y el hombre son, tienen una naturaleza, pero al inicio de sus vidas no están hechos ni acabados, por lo que a lo largo de sus vidas tienen que hacerse. Es cierto, pues, que la mujer y el hombre tienen que hacerse, pero siempre desde sus respectivos seres. Esto es lo que se contempla desde la perspectiva del desarrollo y la temporalidad humana.

Ahora bien, ese ‘hacerse’, en que consiste la vida humana, no siempre se entendió bien. Algunos de los graves errores que subyacen en la consideración del ‘hacerse’ humano pueden sintetizarse, principalmente, en los dos siguientes: en el sustancialismo radical (que considera que el ser del hombre coincide únicamente con su naturaleza ya determinada) y el fenomenismo historicista (que, desentendiéndose de la naturaleza humana, considera que el ser humano consiste únicamente en lo que el hombre hace de sí mismo).

En el primer supuesto no es posible la libertad humana; en el segundo, sólo hay libertad, que se hace coincidir con la acción humana. En este último supuesto, el ‘hacerse’ es consecuencia del ‘hacer’ y, por el momento, en nada más.

En cualquiera de los dos anteriores supuestos sería innecesaria la acción de la familia en la configuración de la identidad personal.

Sin duda alguna, la acción tiene un carácter perfectivo del ser humano y de su singular identidad. A esto se refiere Wojtyla (1982), cuando escribe: “aunque el ser es anterior a la acción y, por tanto, la persona y su valor es anterior y más fundamental que el valor de la acción, la persona se manifiesta a sí misma en las acciones (…). El valor ‘personalista’ de una acción, relacionado estrictamente con la realización de la acción por la persona es, por lo mismo, origen y base del conocimiento del valor de la persona y de los valores propios de la persona de acuerdo con su adecuada jerarquía. Esencialmente, la correlación de la acción con la persona es válida también en la esfera de la axiología” (pág., 310).

Además de otras consideraciones a las que apelar, hay que decir que la persona y su identidad no son sólo la consecuencia de lo que ésta hace sino también de ‘lo que no hace’, de las omisiones que resultan de ‘lo-no-hecho’, además de gran parte de lo que le ‘acontece’, sin que la persona sea su causa o tome en ello la iniciativa.

La identidad de la persona no puede reducirse a sólo lo hecho o no hecho por ella. Forma parte de la identidad de la persona, además de su acción, su pensamiento, su vocación, sus sentimientos, las relaciones personales que establece, sus amores, es decir, las relaciones con las personas a las que ama, etc. (Polaino-Lorente, 2005).

Por eso, como escribió Millán Puelles (1955), “debe decirse, pues, que el hombre tiene necesariamente historia mas no que tenga una historia necesaria. La libertad humana hace posible esta situación aparentemente contradictoria. El hombre, por ser libre, actualiza y despliega su interna plasticidad de una manera libre, no puramente natural [...], pero esta libertad de nuestro ser, desde la cual se hace posible la historia, no está sobreañadida a la naturaleza humana. Se trata, por el contrario, de una libertad que esta naturaleza tiene.”

“En la unidad metafísica del hombre, naturaleza y libertad constituyen un unum inseparable realmente idéntico [...] El hombre es, según esto, un ser histórico por existir en él, además de su propia y determinada naturaleza, algo que excede indefinidamente a toda determinación y que afectando de continuo formas nuevas, tiene una inagotable agilidad para superarlas” (pp. 176; 194-195; 206).

El carácter irreversible de la temporalidad humana y de las acciones, omisiones y decisiones que en el curso de la vida las personas toman, hacen que éstas se proyecten sobre las personas como una configuración especialmente dramática. En estas coordenadas, es donde se incardina la identidad de la persona: un conjunto de facultades, rasgos y habilidades muy especiales que, en alguna forma, reobran sobre su naturaleza y la configuran de una forma originaria, única y determinada.

De acuerdo con esto, el hombre hace muchas cosas, pero si no se aprehende a sí mismo en las cosas hechas por él, no desvelará ni conocerá la persona que es. La experiencia y comprensión de sí mismo –además de las acciones realizadas por la persona- es sobre lo que se fundamenta la identidad personal.

“Tras haber conquistado tantos secretos de la naturaleza –escribe Wojtyla-, el mismo conquistador necesita, una vez más, que se desvelen ininterrumpidamente sus propios misterios. […] La comprensión de la persona humana en cuanto tal está orientada a responder al reto planteado por la experiencia del hombre, así como por los problemas existenciales del hombre en el mundo contemporáneo” (pp., 26-27).

En este escenario es donde la persona ha de superar u ofrecer una opción alternativa a la distinción entre lo objetivo y lo subjetivo; la filosofía del ser y la filosofía de la conciencia; la interioridad y la exterioridad. Pero la diversidad de la experiencia humana y la pluralidad de la sociedad en que vive añaden ciertas dificultades a esta perspectiva de la identidad personal.

Es en el diálogo –primero, con la familia y, más tarde, con la sociedad- donde se concitan dos aspectos relevantes de la identidad personal, considerada ésta como inter-subjetividad e intra-subjetividad. En la experiencia del hombre parece más relevante la necesidad de conocer la relación entre esos dos aspectos que no la de atribuir una determinada significación a uno de ellos o a sólo algún aspecto de la experiencia humana.

La misma esencia de la experiencia humana se apoya en esa relación, como la misma comprensión del hombre depende de la interrelación entre esos dos aspectos o dimensiones de su experiencia. Con ello se está apelando, pues, a la dimensión familiar de la identidad personal.

La familia debiera ser entendida aquí como la realidad dinámica que configura y desvela la identidad de la persona, es decir, como la oukía o el humus en la que ésta hunde sus raíces. Es precisamente en el contexto de la familia donde emerge la identidad de la persona. Podría afirmarse que son, precisamente, esas estructuras familiares –por otra parte, muy diversas- las que configuran el contexto donde se ‘pone esa persona a la vista’.

Ahora bien, ninguna de esas dimensiones familiares –trenzadas con ciertas costumbres, tradiciones, valores y relevantes convicciones- actúa modelando la identidad personal como un elemento suelto, sino que lo hacen de forma orgánica y articulada a la biografía personal.

Esto quiere decir que esos valores familiares acaban por integrarse en una unidad de orden superior: la identidad de esa persona. Es esa integración la que complementa la dimensión trascendente de la persona y la que sale garante de la unidad dinámica del ser humano, que debe tener como base una unidad óntica.

Así pues, la familia constituye el ámbito en el que la persona se revela a sí misma, el ámbito donde cada persona es querida por sí misma, el ámbito donde el hombre puede encontrarse consigo mismo y aprehenderse como la persona que es. De aquí que los factores familiares no debieran ser considerados como meros accidentes, dado que constituyen una nota sustantiva de la singularidad personal (Polaino-Lorente, 2003 y 2007).


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Hay que decir que la persona y su identidad no son sólo la consecuencia de lo que ésta hace sino también de ‘lo que no hace’

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