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La fiesta y la alegría

JOSEF PIEPER: UNA TEORÍA DE LA FIESTA

La fiesta y la alegría
La exigencia de la alegría no es otra cosa que el deseo de que debería haber motivo y ocasión para alegrarse. Tal motivo, si lo hay, es anterior a la alegría y distinto de ella. El motivo es lo primero, la alegría es lo segundo.

… La fiesta es una “cosa alegre”. Es un día en el que los hombres se alegran (…) Pero la alegría es, por naturaleza algo subordinado, algo secundario. Nadie puede alegrarse “absolutamente” por razón de la alegría misma. En verdad que es absurdo preguntar a un hombre por qué quiere alegrarse; y sin embargo la exigencia de a alegría no es otra cosa que el deseo de que debería haber motivo y ocasión para alegrarse. Tal motivo, si lo hay, es anterior a la alegría y distinto de ella. El motivo es lo primero, la alegría es lo segundo.

El motivo de la alegría es siempre el mismo, aunque presente mil formas concretas: uno posee o recibe lo que ama; y da lo mismo que ese poseer o ese recibir sean realmente actuales o una simple esperanza o un recuerdo. La alegría es una manifestación del amor. Quien no ama a nada ni a nadie no pude alegrarse, por muy desesperadamente que vaya tras ello. La alegría es la respuesta de un amante a quien ha caído en suerte aquello que ama.

Si es cierto que no puede pensarse una auténtica fiesta sin alegría, no lo es menos que debe haber antes un motivo para alegrarse, digamos un “festivo por qué”. Más exactamente: no basta que haya un motivo objetivo, sino que es preciso que el hombre lo considere y reconozca como tal; debe sentirlo incluso como algo que le ha caído en suerte, por el hecho de amar. De manera extraña sea atribuido alguna vez a la fiesta una objetividad inapropiada, como si pudiera tener lugar “incluso sin asistentes”: “También hay Pascua donde nadie la celebra” (Sigisbert Kraft). Me parece que esto son imaginaciones, toda vez que se habla de la fiesta como de una realidad humana.

La estructura interna de una auténtica fiesta se encuentra del modo más conciso y claro en la incomparable sentencia de San Juan Crisóstomo: Ubi caritas, ibi es festivitas, donde se alegra el corazón, allí hay fiesta.

Pero ¿qué motivo ha de ser el que haga posible la alegría festiva e incluso la fiesta misma? “Plantad en el centro de una plaza desnuda un poste  coronado de flores, convocad al pueblo… y tendréis una fiesta”. Debería pensarse que cualquiera ve que esto es bastante poco. Sin embargo, en modo alguno me he inventado yo la frase para ponerla de ejemplo de una ingenua simplificación; antes bien, procede de Jean Jacques Rousseau. Es casi una simplificación tan desconsoladora como ésta pensar que simples “ideas” puede ser el motivo de auténticas fiestas. Para ello es preciso algo más y distinto: quien las celebra, y sólo él, debe participar en un acontecimiento real. Por eso no es de extrañar que, por ejemplo, el intento racionalista de celebrar la Pascua como la fiesta de la “inmortalidad” hubo de caer en el vacío… Ni siquiera la idea de libertad sería capaz de mover a los hombres a poner las luminarias de una fiesta, pero sí, en cambio, el hechode una liberación, en el supuesto de que ese acontecimiento, aun lejano en el tiempo, posea todavía, en el día de la fiesta, una presencia efectiva. No toda conmemoración es una fiesta. Lo pasado, en sentido estricto, no puede conmemorarse festivamente a no ser que la vida de la comunidad celebrante reciba de ello brillo y realce… por ser una realidad históricamente activa. Si no se entiende la Encarnación de Dios como un acontecimiento que afecta de manera inmediata a la actual existencia de los hombres, es imposible y aun absurdo celebrar festivamente la Navidad.

La alegría es una manifestación del amor. Quien no ama a nada ni a nadie no pude alegrarse, por muy desesperadamente que vaya tras ello. La alegría es la respuesta de un amante a quien ha caído en suerte aquello que ama.

… ¿Por qué es un acontecimiento concreto el motivo de una fiesta y de una celebración? ¿Puede celebrarse festivamente el nacimiento de un niño si se está de acuerdo con la frase: “es absurdo haber nacido…” (J. Paul Sartre) Quien esté seriamente convencido de que “nuestra existencia es algo que mejor sería que no fuese” (Arthur Schopenhauer) y de que, en consecuencia, no merece la pena vivir, ése ni puede “celebrar” el nacimiento de un niño ni menos un cumpleaños, sea el quince o el setenta, sea el propio o el ajeno. Ni un solo acontecimiento concreto puede dar motivo a una fiesta… a no ser, ¿qué?

Debería poder mencionarse ahora el motivo de todos los motivos por los que se celebran acontecimientos como nacimiento, boda, o vuelta al hogar, con la sensación de ser la parte de algo amado que le cae a uno en suerte, y sin lo que no hay alegría ni fiesta. Es Nietzsche quien ha formulado la intuición decisiva, alumbrada con dolor, al parecer, como resultado de fructíferas experiencias interiores en las que era habitual la desesperación de no poder encontrar alegría en nada, como “el decir sin límites: sí y amén” (Also spach Zaratustra III). La formulación… dice así: “Para tener alegría por algo, se debe aprobar todo”.

A toda alegría festiva excitada por algo concreto antecede necesariamente un asentimiento universal, que se extiende al mundo en su conjunto, tanto a la realidad de las cosas como a la existencia humana. Esa aprobación… no requiere ni siquiera ser formulada. Sin embargo, continúa siendo el soporte único de la fiesta, sea lo que sea lo que en concreto se celebre… El “festivo por qué”, fundamento en última instancia de toda fiesta, concisamente expresado, es el siguiente: todo lo que existe es bueno, y es bueno que exista. El hombre no puede hacer suya la suerte del amado si para él no son algo bueno –y por tanto amado- el mundo y la existencia.

(…) Allí donde encontremos, de corazón, que es “bueno”, maravilloso, espléndido, algo concreto…, allí hay un hálito de ese asentimiento del mundo entero. “En el caso de aprobar un único momento, hemos dicho “sí” no sólo a nosotros mismos, sino a toda la existencia” (F. Nietzsche) (…aunque ese no fuera el caso de este autor).

Se ha dicho que “no haber salido de su boca palabra alguna contra la creación divina es lo que diferencia al mártir cristiano. A pesar de todo, encuentra “muy bien” todo lo que existe; a pesar de todo, continúa siendo capaz de alegrarse e incluso, en la medida de lo que puede, de celebrar fiesta. Por el contrario, quien siempre, aunque le vaya bien, rehúsa aceptar la realidad como un todo, es incapaz de ambas cosas. Cuanto más dinero tenga y, sobre todo, cuanto de más tiempo libre disponga, más angustiosamente se pondrá esto de manifiesto.

(…) La fiesta vive de la afirmación, es fiesta si el hombre reafirma la bondad del ser mediante la respuesta de la alegría… La afirmación del mundo es la sustancia misma de la fiesta; en su núcleo esencial no es otra cosa que la vivencia de esta afirmación. El núcleo de la fiesta consiste en que los hombres viven corporalmente su compenetración con todo lo que existe.

Celebrar una fiesta significa celebrar por un motivo especial y de un modo no cotidiano la afirmación del mundo hecha ya una vez y repetida todos los días.


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