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El ocio y la fiesta

Existir es ya un regalo

Andrés Jiménez

LA FIESTA Y EL ABURRIMIENTO

Pero no sólo el trabajo pierde sentido bajo la inquieta mirada del pragmatismo. La fiesta, manifestación de riqueza existencial cuya razón de ser es la de celebrar la vida, se ve reducida desde el punto de vista pragmático a lo que no es; a menudo se ve convertida en el intento frenético de escapar a la rutina sin sentido de cada día. La celebración gozosa da paso al vértigo y a la evasión etílica, a la euforia brutal, a la asfixia de la lucidez y de la conciencia. Se multiplican las “fiestas” –entre comillas- en las que no se celebra nada, o se celebra cualquier cosa, que es lo mismo. (Cfr. Fernando CARBAJO LÓPEZ. “Filosofía, ¿para qué?”. Conferencia pronunciada dentro del Curso de Iniciación al Pensamiento Filosófico. Fundación Universitaria Española. Madrid, 28 enero 1999.) Véanse por ejemplo los miles de anuncios que inundan las calles, los pasillos, fachadas, puertas y cristales de nuestras ciudades, universidades, colegios e institutos, con el propósito de recaudar fondos económicos; es decir, se han convertido en negocio, en no-fiesta, literalmente. La fiesta y la diversión dejan de ser jovialidad y se convierten en frenesí; correlativamente, una sociedad que pierde su capacidad de celebración y de sentido pierde su juventud y envejece espiritualmente; se hace menos creativa y discurre hacia un proceso de decadencia.

El ocio auténtico es esparcimiento del espíritu, ámbito para el encuentro de las personas, actitud festiva interior y momento en que alma y cuerpo se recrean. Es un tiempo y una actividad que no cansan; en él hay siempre algo de novedad, de frescura, de creatividad, de mejora. Desde esa fecundidad disfrutada, contemplada y vivida, el ocio verdadero se muestra como un tiempo en el que el ser humano puede encontrarse a sí mismo y sentirse a gusto, sin necesidad de huir de sí mismo o de su vacío.

Es perfectamente aceptable que para celebrar determinados acontecimientos se realicen gestos y acciones que se salen de lo habitual. Toda celebración auténtica tiene un valor simbólico y se expresa a través de gestos especiales que manifiestan actitudes y estados emocionales de alegría, y que incluso la provocan. Es también propio de la celebración el ser compartida y expansiva, en cierto modo extrovertida y contagiosa.

Gestos como el baile, la música, las competiciones deportivas, el comer y beber juntos, entre otros, son habituales en muchas culturas y se dan en las celebraciones festivas; y no es de extrañar –más bien parece apropiado, por ser de algún modo excepcional- el recurso a bebidas euforizantes. En estos casos, la ingestión de bebidas alcohólicas viene a ser un medio para expresar o incluso para favorecer la alegría por lo que se está celebrando. “Cuando se sabe beber, el vino no es usado para el decaimiento físico, sino que simboliza la alegría y exaltación de la amistad, del diálogo, de la fiesta, en suma.” (Rafael ALVIRA, Filosofía de la vida cotidiana. Rialp. Madrid, 1999, Pág. 31.) Pero desvirtúa su sentido si lo que tiene que ser un mero medio o gesto expresivo se convierte en fin por sí mismo, o rebasa el límite de lo saludable. Una fiesta o una supuesta celebración cuyo sentido y contenido consista en beber alcohol y cuya finalidad sólo sea experimentar sus efectos euforizantes no es ya una celebración sino un desorden que termina por engendrar hastío, tristeza y decepción. Porque, estrictamente, carece de verdadero sentido.

Algo de esto se ve reflejado también en el hecho de que en muchos casos las meras vacaciones hayan sustituido a la fiesta. Las vacaciones tienen algo de huida y poco o nada de celebración. No es que no se necesario y conveniente el disponer de momentos para el descanso, pero, como afirma Callois, “las vacaciones (su nombre mismo lo indica) aparecen como un vacío, al menos como una disminución de la actividad social. Por eso mismo no bastan para colmar al individuo. Carecen de carácter positivo. La felicidad que proporcionan se debe en primer lugar al alejamiento de las preocupaciones de las que distraen; de las obligaciones de las que liberan. Irse de vacaciones es ante todo huir de las preocupaciones, gozar de un descanso ‘bien ganado’. Es aislarse más del grupo en lugar de comunicarse con él en el momento de la plenitud, en la hora del alborozo. Por eso las vacaciones no constituyen, como la fiesta, el aumento de la vida colectiva, sino su estiaje”. Y no olvidemos que el estiaje es el nivel más bajo o el caudal mínimo que en ciertas épocas del año ofrecen las aguas de un río por causa de la sequía. “Conviene preguntarse sin complacencias, concluye este mismo autor, si una sociedad sin fiestas no será una sociedad condenada a muerte; si en la opresión sorda que provoca confusamente en cada cual su ausencia, el placer efímero de las vacaciones no será uno de esos bienestares falaces que disimulan a los moribundos su agonía.”

Otro de los temas hoy más vinculados al ocio y al tiempo libre es la disposición de recursos económicos elevados para emprender o participar en determinadas actividades y diversiones. Hay muchas actividades, o modos de llevarlas a cabo, que ciertamente están condicionadas por la suficiencia económica de quien quiera realizarlas. No obstante, su potencialidad educativa, formativa e incluso lúdica, no tienen por qué depender de la calidad de los instrumentos o recursos, del lujo o de la exquisitez que incorporen. Y menos de su extravagancia. Hay también placeres carísimos extraordinariamente aburridos.

Lo verdaderamente formativo y creativo depende sobre todo de la calidad humana de las actitudes que alientan la actividad, y del grado de profundidad y de oportunidad que presenten para las personas. Actividades más bien modestas por su presupuesto económico pueden tener un elevado potencial educativo o simbólico en virtud de la imaginación creadora y de la visión educativa con las que se lleva a cabo: un paseo a pie por un bosque o la ascensión a una montaña pueden tener más virtualidad formativa, y ser más divertidos, que muchos viajes de placer o “de estudios”. Una conversación de amistad puede ser mucho más interesante y enriquecedora que una tarde entera dedicada a la videoconsola.

Por esto, una mirada más profunda hacia el mundo, frente a la mentalidad pragmática, ha de apoyarse sobre la convicción de que la auténtica riqueza del hombre o la mujer no consiste en satisfacer las necesidades materiales ni en llegar a ser dueño y poseedor de la naturaleza, sino en plasmar en su existencia única e irrepetible la sobreabundancia del don originario en el que se asienta su existencia. Existir es ya un regalo. Convertir la vida en don y compartirlo es finalidad para la vida. El interés principal del ser humano no es encontrar el placer o evitar el dolor, como en el hedonismo, ni disponer de medios perfectos que dudosamente sirven a metas confusas, como en el activismo. Menos aún, el huir constantemente de sí mismo.

El ocio ha de ser tiempo y ámbito para el descubrimiento o la recuperación del sentido, para disfrutar de la amistad, para la recreación, para el gozo jovial, para alimentar el entusiasmo. La fiesta o la formación gustosa interrumpen el trabajo, justamente, para incrementar el gozo de la vida. El hombre, aunque se fatigue, necesita disfrutar, encontrarse alguna vez sentado en una cima, contemplar en paz. La contemplación estética, la actividad deportiva, el cultivo espiritual, la fiesta compartida, la amistad, la meditación reflexiva, el humor, el juego, la convivencia con los seres queridos..., transfiguran la realidad, le dan vida por dentro, introducen el valor de lo simbólico en el quehacer cotidiano.

Un contenido educativo nada desdeñable conste en enseñar (y aprender) a celebrar de forma adecuada los acontecimientos y aspectos positivos de la vida. La alegría es un aspecto de la contemplación y una consecuencia de lo bien hecho.


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