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La ciudadela

Una obra de Saint-Exupéry transmisora de claves de sentido

La ciudadela
Saint-Exupéry resalta lo nuclear. Precisamente lo que el mundo de hoy, nuestra civilización utilitarista, ha olvidado. El hombre está necesitado de amor. No se puede vivir sin tener un sentido de la vida. Pero en la cumbre de cualquier vida feliz, no puede faltar “el gusto de Dios”.

Cuando en 1948, cuatro años después de la muerte de su autor, se publicaron por primera vez las páginas inconclusas, notas, comentarios, reflexiones, como materiales de una novela inacabada, enseguida valoraron los críticos que nos encontrábamos ante una de las obras más profundas de la primera mitad del siglo XX. El autor de El Principito nos sorprendía póstumamente con una obra de las que dan claves de sentido, de las que ponen en manos de los responsables de la Historia la posibilidad de que la humanidad corrijan falsas sendas de civilización que han demostrado ser trágicas para los hombres. Me refiero a Citadelle, de Saint-Exupéry.

La obra había comenzado a escribirla en 1936. No la inspiraron las horribles guerras; sino los fundamentos en que se apoya la cultura occidental. El aviador de profesión había aprendido a sobre volar sobre las apariencias de todo por deslumbrante que parezca; y tuvo el don de adentrarse en lo más hondo de cualquier realidad, en especial la del ser humano.

La obra debe encuadrarse en una modalidad de texto poético. No se trata de una obra realista, ni siquiera con el realismo mágico que caracteriza a El Principito. Ciudadela nos recuerda a los Libros Sagrados. Nos habla de la soledad del dolor humano, de la libertad, del amor, de la mujer. Es admirable la parábola de los jardineros. A mí me sobrecogen las páginas dedicadas a la amistad.

He elegido el fragmento del capítulo XIX en el que el autor profundiza sobre la ciudad ideal. ¿Qué ha sucedido para que el ser humano no se encuentre a gusto en la ciudad? La ciudad, humanamente hablando, es el hallazgo más importante de la historia. La escritura es una consecuencia como la distribución del trabajo y el descubrimiento de los oficios. La ciudad es encuentro, es relación, es comunidad. ¿Qué ha ocurrido para que uno pueda sentirse desamparado y solo? La ciudad ha dejado de ser comunidad. La ciudad ha perdido el sentido trascendente de la existencia. Como tal ciudad el templo ha dejado de tener sentido. La vida se construye a ras de suelo, sin otro horizonte que dar satisfacción al ansia de bienestar.

El texto seleccionado es un diálogo imaginario entre un Rey modélico y los arquitectos que están al cuidado de la ciudad. El rey representa junto a la voz de la conciencia universal, el pensamiento sagaz y atento a la voz de la Sabiduría. Sabe que no son suficientes las mejoras materiales que sólo procuran la utilidad, por creer que de esa manera las gentes serán felices.

“El monarca se reunió con los arquitectos y les ofreció estas consideraciones: -De vosotros depende la ciudad futura, no en su significación espiritual, sino en el rostro que mostrará y que le dará su expresión. Y estoy de acuerdo con vosotros en que se trata de instalar felizmente a los hombres. A fin de que disfruten de las comodidades de la ciudad y no malgasten sus esfuerzos en vanas contemplaciones y en derroches estériles. Pero siempre he sabido distinguir lo importante de lo urgente. Porque, por cierto, es urgente que el hombre coma, porque si no se nutre no es hombre y no se plantea ningún problema. Pero el amor y el sentido de la vida y el gusto de Dios son más importantes.”

Ciudadela nos recuerda a los Libros Sagrados. Nos habla de la soledad del dolor humano, de la libertad, del amor, de la mujer.

Como reconoce el autor, es evidente que el arquitecto ha de estar preocupado por dar solución a las necesidades primarias, por ejemplo la vivienda. Hay que cobijar al ser humano, como hay que asegurarle la comida. Todo esto es urgente; pero no lo más importante. Además de muros, los seres humanos tenemos necesidad, por decirlo simbólicamente, de estrellas, de la vía láctea, por ejemplo. Es en esos juegos poéticos donde brilla con fulgor la inteligencia del escritor. Pero no se queda en juegos verbales hermosos. Saint-Exupéry resalta lo nuclear. Precisamente lo que el mundo de hoy, nuestra civilización utilitarista, ha olvidado. El hombre está necesitado de amor. No se puede vivir sin tener un sentido de la vida. Pero en la cumbre de cualquier vida feliz, no puede faltar “el gusto de Dios”.

Además el ser humano necesita de la belleza en la vida cotidiana. Por ello les dirá el Rey: “Así pues, yo os condeno no por favorecer lo cotidiano, sino por tomarlo como fin. …Conozco a los que buscan el mar al paso lento de sus caravanas y tienen necesidad del mar. Y que cuando llegan a lo alto del promontorio y dominan esa extensión plena de silencio y densidad y que oculta a sus miradas su provisión de algas o de corales, respiran la acritud del suelo y se maravillan de un espectáculo que de nada les sirve en el instante; porque no se aprisiona al mar. Pero su corazón se lava de la esclavitud de las pequeñas cosas. Quizá asistían con descorazonamiento, como desde detrás de los barrotes de una prisión, al hervor de los utensilios de menaje, a las quejas de sus mujeres, a la ganga jornalera, que puede ser rostro pleno y sentido de las cosas, pero a veces convertirse en tumba y espesarse y encerrar.

Entonces cogen provisiones de extensión y llevan a sus casas la beatitud que han hallado en ella. Y la casa cambia porque en alguna parte existe la llanura al alzarse el día, y el mar. Porque todo se abre sobre algo más vasto que une. Todo se transforma en camino, ruta y ventana sobre otra cosa distinta a uno mismo.”

Nos sorprende Saint-Exupéry cuando descubre el entramado profundo que se establece entre la ciudad y el templo. Suprimid imaginariamente de nuestras ciudades las catedrales y nos quedaremos en cuerpos sin alma. Saint-Exupéry buscaba a Dios pero no era un creyente. Su capacidad de análisis sobre la condición humana y la búsqueda honesta de soluciones para el vacío existencial del hombre le llevan a las puertas de la verdad.

“Y por eso os digo: Si construís el templo, inútil dado que no sirve para cocinar, ni para reposar, ni para la asamblea de los notables, ni para las reservas de agua, sino simplemente para el engrandecimiento del corazón del hombre, y para calmar los sentidos.

Y para el tiempo que madura, pues es en todo semejante a una bodega del corazón donde uno se instala para bañarse unas pocas horas en la paz equitativa y en el aquietamiento de las pasiones y la justicia no desheredada; si construís un templo donde el dolor de las úlceras se transforma en cántico y ofrenda, donde la amenaza de la muerte se transforma en puerto entrevisto con aguas por fin tranquilas, ¿creeríais haber malgastado vuestros esfuerzos?…

Seréis grandes sólo en el caso de que las piedras que pretendéis cargar de poder no sean objetos de concursos, asilos para la comodidad o de destino común y verificables, sino pedestales y escaleras y navíos que conduzcan a Dios.”


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