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Fascinado por la belleza de la verdad

GILBERT K. CHESTERTON
LA PARADOJA DEL SENTIDO COMÚN

JOSÉ RAMÓN AYLLÓN: El hombre que fue Chesterton
(selección de textos)

JOSÉ RAMÓN AYLLÓN: El hombre que fue Chesterton

La aventura suprema

Eso de llegar repentinamente a este planeta, de aparecer en escena recién nacido, sin ensayo previo, siempre le pareció a Gilbert K. Chesterton una idea divertida y magnífica. Vino al mundo en Londres, para iniciar lo que en su Autobiografía llamó «la aventura suprema»: sesenta y dos años en los que no tuvo tiempo de aburrirse, permanentemente «admirado del milagro de estar vivo, y de haber recibido la vida del Único capaz de hacer milagros».

Todo empezó un día de primavera de 1874, el mismo año en que nació Winston Churchill. La primera casa de los Chesterton estaba situada en una recoleta calle de Kensington, distrito relativamente céntrico del gran Londres victoriano...

El Universo, en su sitio

El Universo es innegable, pero la explicación de su abrumadora presencia no es evidente. Una posible respuesta supone que es el resultado de múltiples casualidades.

Otra, con Einstein a la cabeza, lo compara a una gigantesca biblioteca cuyos libros han sido necesariamente escritos por alguien.

En uno y otro caso, el cosmos podría no haber existido. De hecho, como afirma Stephen Hawking, hay una pregunta radical que nunca podrá ser contestada por la ciencia: ¿Por qué el Universo se ha tomado la molestia de existir? El Big Bang no responde a esa cuestión. Chesterton, que mira el mundo desde la admiración permanente, expresará esa contingencia radical con palabras sencillas e insuperables: Hasta que comprendemos que las cosas podrían no ser, no podemos comprender que las cosas son.

Filósofos y científicos llenos de matices suelen repetir que la creación no es necesaria, pues el Universo ha existido y existirá siempre. Se llevarían una buena sorpresa –observa Chesterton– si supieran que Tomás de Aquino también dijo que el mundo bien podría no tener principio ni fin. Aunque el Aquinate añadió que lo único de lo que no puede carecer es de Creador. Porque un Universo sin Creador sería como una inmensa inundación de agua saliendo de ningún sitio. Por eso, si el Big Bang es una hipótesis, la existencia de un Dios creador no lo es.

En esa línea, si algo le parece claro a Chesterton, es que el mundo no se explica por sí mismo. Nada de lo que conocemos se ha dado la existencia: todos los seres –tanto vivos como inertes– son eslabones de una larguísima cadena de causas y efectos que han recibido la existencia y la transmiten. También las tuberías contienen agua porque la han recibido. Por eso, detrás del más complejo sistema de tuberías, debe haber algo que no sea tubería: un depósito. De igual manera, detrás de todo el complejo universo de seres que han recibido y transmiten la existencia, ha de haber un Ser que exista por derecho propio y comunique la existencia a los demás.

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Y, si tenemos derecho a investigar quién pintó las cuevas de Altamira y pulió las flechas de sílex, tenemos el mismo derecho a preguntarnos quién ha diseñado el Universo. Un diseño que, «cualquiera que sea su significado, es bello, y debemos agradecerlo con humildad y modestia, tomando borgoña y buena cerveza, sin abusar»

Chesterton advierte la enorme falta de lógica que supone «rechazar a un Dios que hace las cosas de la nada, y en cambio creer que de la nada han salido todas las cosas».

Además, le parece evidente que el Universo responde al diseño de una Voluntad personal, presente en su obra como el artista en la obra de arte. Y, si tenemos derecho a investigar quién pintó las cuevas de Altamira y pulió las flechas de sílex, tenemos el mismo derecho a preguntarnos quién ha diseñado el Universo. Un diseño que, «cualquiera que sea su significado, es bello, y debemos agradecerlo con humildad y modestia, tomando borgoña y buena cerveza, sin abusar».

Basta abrir los ojos para ver un mundo ordenado según ciertas leyes, y una verde arquitectura que se construye a sí misma sin ayuda de manos visibles, según un plan predeterminado, como un dibujo ya trazado en el aire por un dedo invisible. Esa constatación ha llevado a la mayoría de la humanidad a pensar que el mundo obedece a un plan. Un plan trazado por algún extraño e invisible Ser, que al mismo tiempo es un amigo, un bienhechor que ha colocado los bosques y las montañas para recibirnos, y que ha encendido el sol como un criado prepara el fuego a sus señores.

La experiencia de esa gran Ausencia, muy anterior al Cristianismo, funda tanto las religiones como las ciencias. Si un juicio precipitado ve oposición entre ambos ámbitos –el religioso y el científico–, una mirada serena ve sintonía. Einstein calificó el orden cósmico como milagro y eterno misterio, pues «a priori solo cabría esperar un mundo caótico, imposible de ser comprendido». El orden pone de manifiesto uno de los componentes inmateriales de la materia: la finalidad con que ha sido diseñada. Solía decir el padre de la fisiología médica, Claude Bernard, que «no es temerario creer que el ojo está hecho para ver». Anteriores a Einstein y Bernard, científicos como Copérnico, Descartes, Newton o Galileo serán más explícitos e interpretarán el Universo –igual que Chesterton– como el espacio que Dios ha creado para encontrarse con el hombre. Con metáfora más propia de un escritor: Siempre me ha parecido que la vida es, ante todo, un cuento. Y esto supone la existencia de un narrador.

La conciencia, en su sitio

Además del Universo, la aceptación de Dios encuentra un segundo punto de apoyo en la conciencia moral. Lo sabemos desde antiguo, y lo hemos visto hermosamente resumido en el epitafio kantiano: «Dos cosas en el mundo me llenan de admiración: el cielo estrellado fuera de mí y el orden moral dentro de mí».

Definida por Sócrates y Confucio como «luz de la inteligencia para distinguir el bien y el mal», la conciencia cumple su cometido cuando nos permite ver el orden moral, cuando su luz no está debilitada o cegada –en palabras de Hamlet– por «los mil naturales conflictos que constituyen la herencia de la carne». Precisamente Shakespeare, grande entre los grandes, aborda de forma insuperable la problemática de la conciencia. Hemos oído que su genialidad radica sobre todo en su estilo, no en los personajes ni en los argumentos; que es el enorme brío de sus textos, la increíble fuerza de sus imágenes y metáforas, la elevación y nobleza de su expresión, lo que hace que sus obras sigan vivas, pujantes, inmortales.

Chesterton discrepa. Le parece compatible ser brillante y superficial, tener tanta técnica como verborrea. Piensa que para estar entre los grandes no basta el dominio perfecto del lenguaje, porque la misión de la palabra –muy por encima de la brillantez, del colorido, del mero sonar bien– es comunicar, transmitir, interpretar la realidad. No nos extraña, por eso, que la profundidad y perspicacia de Chesterton brillen especialmente cuando comenta el fondo de los grandes autores. Así, en la conducta de Macbeth y su mujer, que obran fríamente contra su conciencia, descubre la inversión de valores propuesta por Nietzsche. Ese vuelco de la valoración moral lo formulan de forma insuperable las brujas que engañan al protagonista: «Lo hermoso es feo, y lo feo es hermoso».

Con esa carta blanca para pisotear la conciencia, reforzada por la complicidad de su esposa, Macbeth asesina a su rey. Pero no le salen las cuentas: la conciencia pisoteada se revuelve contra él y le produce la picadura venenosa del remordimiento:

—¡Oh, amor mío, mi mente está llena de escorpiones!

La inolvidable tragedia de Shakespeare constituye un retrato del hombre perdido en el vértigo de una pasión, ahogado en su propia desmesura. Puede ser oportuno recordar o anticipar al lector que Macbeth y su mujer intentan alcanzar a cualquier precio el poder, pero se ven envueltos y absorbidos por su culpabilidad progresiva. Así, al mostrarnos la tragedia de dos personas con ambición sin límites, Shakespeare nos brinda una impactante reflexión sobre las consecuencias de una grave transgresión moral.

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En medio de un mundo lleno de ideologías y supersticiones que luchan y se destruyen entre sí, la Iglesia atraviesa dos mil años de historia como un rayo luminoso de pensamiento y entusiasmo. Algo realmente incomparable, y tanto más nuevo cuanto más tiempo pasa. Es lógico que la llave sea compleja, pues tiene que entrar en un hueco irregular y adaptarse a él. Si el Cristianismo se hubiera lanzado al mundo con cuatro simplezas sobre la tolerancia y la paz, no hubiera tenido el menor efecto...

El asesino siente su propia conciencia como un «potro de tortura» insoportable.

Entonces empieza a desear no haber nacido y «que la máquina del Universo estalle para siempre en mil pedazos». Su mujer le anima a resistir: «Que se bloqueen todas las puertas al remordimiento», porque, «si damos a esto tanta importancia, nos volveremos locos». Palabras que se cumplen en ella al pie de la letra, pues muere loca, obsesionada porque «aún queda olor a sangre. Ni todos los perfumes de Arabia perfumarían esta pequeña mano». Al final de la tragedia, Macbeth sentenciará que «la vida es un cuento sin sentido, narrado por un idiota».

En uno de sus comentarios a esta obra, Chesterton apunta que las personas estamos diseñadas para lograr la concordancia entre lo que pensamos y lo que hacemos, pero esa deseable coherencia nos obliga a pagar un elevado precio por las incoherencias de nuestros actos. Un precio en forma de sufrimiento moral o psicológico. Por eso, al leer Macbeth comprobamos la gran equivocación que comete un hombre cuando supone que un acto malo le abrirá camino y le conducirá al éxito.

Cuando Macbeth se da cuenta de que no hay ningún obstáculo entre él y la corona de Escocia, salvo el cuerpo durmiente del rey Duncan, piensa, que si realiza un solo acto inmoral, podrá ser feliz toda la vida. Pero el efecto del crimen será desconcertante e insoportable: un solo acto contra la moral le introduce en un ambiente mucho más sofocante que el de la ley moral. Su tragedia nos enseña que nadie debe cometer una inmoralidad con la esperanza de salir beneficiado.

Observa Chesterton que Macbeth, al prescindir de la moral y la conciencia, tampoco es más libre: al contrario, se siente atrapado en un cerco que cada vez se estrecha más.

Con su asesinato ha derribado una barrera, pero al saltarla ha caído en una trampa, y, cuanto más extiende su inmoralidad, más se hunde en la trampa. Al final de su vida, Macbeth no es simplemente una bestia salvaje, es una bestia acorralada.

Macbeth –concluye Chesterton– encontraría una moraleja sencilla y muy útil si pudiera leer Macbeth: «No escuches a los espíritus del mal; no dejes que tu ambición te devore; no asesines a ancianos en su lecho; no asesines a las mujeres e hijos de tus enemigos por exigencias de la política; porque, si haces estas cosas, es muy probable que lo pases muy mal». Esa es la lección que Macbeth hubiera aprendido de Macbeth. Esa –concluye Chesterton– es la lección que los bárbaros de nuestros días podrían aprender de Macbeth: poner la conciencia en su sitio.

La llave maestra

Cualquier piedra puede caer en cualquier zanja, pero una llave y una cerradura son tan complejas que, si encajan, es porque la llave es verdadera.

La aventura intelectual expuesta por Chesterton en Ortodoxia es la de un joven que, rodeado de argumentos para no ser cristiano, encuentra en ellos las mejores razones para serlo. Sus grandes dudas serán disipadas por las grandes propuestas del Cristianismo: la Creación, el Pecado Original y la Redención. En ellas encuentra la llave maestra que abre la compleja cerradura del hombre y del Universo.

Durante su noviazgo con Frances, Chesterton empieza a sospechar que los cristianos están en posesión de la única llave capaz de abrir la prisión del mundo al día luminoso de la libertad. Exprimiendo la metáfora, añade que la eficacia de una llave requiere que no se deforme, y que por eso el credo cristiano se empeña en conservar su forma. Más que adaptarse a los tiempos, la misión de la Iglesia es oponerse al arrastre descendente del mundo, apartarlo de muchas de las cosas hacia las que se inclina, y salvar toda la luz y la libertad que puedan ser salvadas.

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...el Cristianismo ha estado a punto de morir varias veces, para renacer en todas las ocasiones. Al menos cinco revoluciones arrojaron la fe a los perros –resumirá–, y en cada uno de los cinco casos no pereció la fe, sino que perecieron los perros. Pero la clave de su conversión –como la de casi todos los conversos– no es un argumento ni un conjunto de ideas, sino una persona: Jesucristo.

Es lo que de hecho ha sucedido. En medio de un mundo lleno de ideologías y supersticiones que luchan y se destruyen entre sí, la Iglesia atraviesa dos mil años de historia como un rayo luminoso de pensamiento y entusiasmo. Algo realmente incomparable, y tanto más nuevo cuanto más tiempo pasa. Es lógico que la llave sea compleja, pues tiene que entrar en un hueco irregular y adaptarse a él. Si el Cristianismo se hubiera lanzado al mundo con cuatro simplezas sobre la tolerancia y la paz, no hubiera tenido el menor efecto sobre nuestro magnífico y laberíntico manicomio. La complejidad de la llave cristiana, además de abrir la puerta, también puede ser un motivo de orgullo, como lo son para el sabio las dificultades de la ciencia.

En cualquier caso, Chesterton acepta el credo cristiano porque entra en la cerradura de la vida; porque le proporciona terreno firme bajo sus pies y un hermoso camino para andar; porque no le encarcela en el fatalismo ni en la desilusión universal; porque le descubre cielos increíbles y una tierra igualmente increíble, haciéndola creíble. Se considera católico de corazón y de cabeza, no por adorar una llave, sino por haber pasado una puerta y haber sentido la brisa de la libertad y la verdad acariciando una tierra maravillosa.

A quienes afirman que la fe es irracional, Chesterton les pregunta por qué ha parecido razonable a millones de europeos cultos, a través de tantas y tantas generaciones y revoluciones. Lejos de ser irracional, piensa que el Cristianismo es la misma razón, y que surgió maduro y poderoso de la mente de Dios, como Atenea del cerebro de Zeus. No le importa que los escépticos digan que se trata de un cuento chino, mientras no expliquen cómo un cuento permanece en pie tanto tiempo, cómo ha llegado a ser el hogar de tantas personas y cómo el mundo que vive en su seno ha sido el más lúcido, el más equilibrado, el más razonable en sus esperanzas, el más sano en sus instintos, el más tranquilo y alegre ante la faz del destino y la muerte.

La Historia aporta a Chesterton otro motivo de credibilidad, al enseñarle que el Cristianismo ha estado a punto de morir varias veces, para renacer en todas las ocasiones. Al menos cinco revoluciones arrojaron la fe a los perros –resumirá–, y en cada uno de los cinco casos no pereció la fe, sino que perecieron los perros. Pero la clave de su conversión –como la de casi todos los conversos– no es un argumento ni un conjunto de ideas, sino una persona: Jesucristo.

Que Cristo fue y es el más misericordioso de los jueces y el más simpático de los amigos es mucho más importante, para cada uno de nosotros, que cualquier especulación histórica.

Cristo es la auténtica llave maestra, como pone de manifiesto esta pequeña y delicada anécdota. Un día compró Chesterton una talla de la Virgen con el Niño, la regaló a su parroquia de Beaconsfield y fue colocada en una de las capillas. Por las tardes, el escritor solía sentarse ante la hermosa imagen, y alguna vez imaginó que la Virgen le decía:

—Mira, este niño que tengo en brazos es mi hijo. Pero sobre todo es el Hijo de Dios Jesús, a quien todos necesitaréis algún día.


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