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Textos diversos: “morir… vivir”

MORIR SÓLO ES MORIR. MORIR SE ACABA…

JOSÉ LUIS MARTÍN DESCALZO

JOSÉ LUIS MARTÍN DESCALZO

AVALADOS POR LA RESURRECCIÓN DE CRISTO

Viví jugando a demasiadas cosas,
a vivir, a soñar, a ser un hombre.
Tal vez nazca al morir, aunque me asombre,
como nacen, soñándose, las rosas.
Dame tus manos misericordiosas
para que el corazón se desescombre.
Dime si es cierto que, al pensar tu nombre,
se vuelven las orugas mariposas.
Sé que los cielos estarán abiertos
y aún más abierta encontraré la vida.
Ya no seremos nunca más cautivos.
Ganaremos, perdiendo, la partida.
Y, pues hemos vivido estando muertos,
muriendo en luz despertaremos vivos.

En medio de esta Semana Santa, inmersos nuestros pueblos en el dolor de la Pasión redentora de Cristo y de su Madre, compitiendo cofradías y hermandades por  mostrar a las gentes el misterio del sufrimiento y de la muerte con solemnidad y señorío, os ofrezco para vuestra contemplación este consolador soneto de José Luís Martín Descalzo.

No nos engañemos. No  tenemos otra  cuestión más acuciante: si la muerte es el final del camino, o cruzada la barrera de esta vida, que es la muerte, llegamos a la vida definitiva y verdadera. En otro soneto, que un día espero comentar con vosotros, José Luís  nos decía:

Morir sólo es morir. Morir se acaba.
Morir es una hoguera fugitiva.
Es cruzar una puerta a la deriva
y encontrar lo que tanto se buscaba.

Los misterios que estamos celebrando estos días  nos están  proclamando en la voz del arte popular o en la voz grandiosa de la liturgia que la muerte ha sido vencida que, como dice el “Te Deum”, “devicto mortis aculeo, aperiuisti credéntibus regna caelorum”: Roto el lazo de la muerte nos abriste el reino de los cielos.

Por contraposición cito unos versos de Antonio Colinas,  un poeta señero dentro de la llamada tercera generación de poetas de la posguerra,  un enamorado del los ideales de vida del mundo grecorromano. En el poema “Balfia” nos confiesa:

“ser hombre es transcurrir conscientemente
entre el sudor del campo de olivos recién labrado
y la soledad que dulcifica el aroma de los algarrobos:
entre las labores necesarias y el destino iracundo.”

Nobles versos, pero  testigos de la desesperanza. Un sereno estoicismo se nos brinda en ese “conscientemente” pero  incapaz de  dar luz esperanzada a “el destino iracundo”.

No puedo menos que recordar, en este año de San Pablo, su discurso en Atenas. Es un prodigio de utilización de las artes de persuadir y nada menos que a los griegos,  aquellos que no tenía otro pasatiempo que charlar sobre las últimas novedades. Atentos escuchan, pero cuando oyeron hablar de la resurrección de entre los muertos, unos se echaron a reír, otros dijeron: ya te oiremos otra vez sobre esto.

Os presento también una cita de la encíclica de Benedicto XVI  Spe Salvi:

“A pesar de los dioses, estaban «sin Dios» y, por consiguiente, se hallaban en un mundo oscuro, ante un futuro sombrío. «In nihilo ab nihilo quam cito recidimus» (en la nada, de la nada, qué pronto recaemos), dice un epitafio de aquella época, palabras en las que aparece sin medias tintas lo mismo a lo que Pablo se refería.  Los cristianos saben que su vida, en conjunto, no acaba en el vacío. Sólo cuando el futuro es cierto como realidad positiva, se hace llevadero también el presente. De este modo, podemos decir ahora: el cristianismo no era solamente una «buena noticia», una comunicación de contenidos desconocidos hasta aquel momento. El Evangelio no es solamente una comunicación de cosas que se pueden saber, sino una comunicación que comporta hechos y cambia la vida. La puerta oscura del tiempo, del futuro, ha sido abierta de par en par. Quien tiene esperanza vive de otra manera; se le ha dado una vida nueva.”

En este contexto tan serio, cobran toda su luz los versos de Martín Descalzo. También los creyentes nos alegramos con “la soledad que dulcifica el aroma de los algarrobos” mientras recorremos el camino. Más aún, nos dejamos embeber en los señuelos de la vida. Por eso, en el umbral de la muerte, el poeta nos confiesa: “Viví jugando a demasiadas cosas, a vivir, a soñar, a ser un hombre.” Como yo y como tantos.

Gradualmente, el poeta nos va llevando de la alegría de estar en este mundo a la promesa de la Fe: “Tal vez nazca al morir, aunque me asombre, como nacen, soñándose, las rosas.” Todavía no es la certeza. Nos cuesta creer, griegos al fin en nuestra naturaleza;  pero deja una puerta abierta al recordar el asombro que  le producen las rosas cada vez que repiten el  prodigio de su brotar como en ensueño.

El prodigio anunciado no es algo debido  sino otorgado graciosamente. Necesitamos de la misericordia que desescombre nuestras experiencias personales. Desescombrar  todo lo que se ha ido derribando en nuestra vida y unas manos que lo hagan. Más aún “Dime si es cierto que, al pensar tu nombre, se vuelven las orugas mariposas.” Dios es nuestra garantía, para las orugas que  se transforman en mariposas y para nosotros. Una condición para la transformación: “pensar tu nombre”.

Los tercetos, si no fueran expresión de puros sentimientos del alma a las puertas de la muerte, parecerían simples juegos verbales, artificios retóricos del barroco más auténtico. Las antítesis, las paradojas o el retruécano final, que con tanta naturalidad se suceden en el final del poema, son la única manera de expresar una realidad que a la luz de la razón es antitética o cuando más paradójica. Así es nuestra fe respecto a lo visto y percibido.

Ya no hay vacilaciones en los tercetos finales. La certeza de la fe inunda el alma del poeta. “Sé”. Certeza sin concesiones. Lo anunciado en el “Te Deum” se cumple: “Sé que los cielos estarán abiertos” y en un zeugma vigoroso, todavía más abierta la vida.  La mirada retrospectiva de su vida pasada le mueve a considerarla más propia de un cautivo (en tantas pequeñeces) que de un hombre libre. No hay nada más asumido que la victoria de la muerte sobre todo. Nada más consolador que la íntima y paradójica certeza: “Ganaremos, perdiendo, la partida.” La conclusión final es  inapelable. ¿A qué llamamos vida? ¿A qué llamamos muerte? ¿Qué luz nos despertará en la vida?. Pero Martín Descalzo no duda ni pregunta. Cierra el poema con una  consecutiva  rotunda: “Y pues”. Una paradoja en cada verso. Y al invertir los términos,  con un retruécano  en los dos endecasílabos finales. Sobre las palabras, un accidente gramatical nos implica y nos imbuye en la certeza.

Todo el poema se ha construido sobre un testimonio personal: el Yo del poeta. En los cuatro últimos versos, nos ha implicado metiéndonos en la primera persona del plural: nosotros, es decir, tú y yo con él. Y además en futuro de indicativo, es decir, no en la probabilidad sino en la certeza. ”Y, pues hemos vivido estando muertos, muriendo en luz despertaremos vivos.”

JOSÉ LUIS MARTÍN DESCALZO:
El testamento del pájaro solitario

SONETO I

El no sintió que el cuerpo iba quedando
duro, de piedra solitaria y fría.
No comprobó que el corazón dormía
y que la última sed se iba apagando.
 
Pero allí, en algún sitio, suplicando
se oyó su muerta voz que repetía
que aceptaba morir, pero quería
salvar lo que se estaba marchitando.
 
Salvar la pobre carne de la muerte,
rescatar del gusano aquellas manos
y el niño corazón que tanto amara.
 
Pero estaba jugada ya su suerte:
era el precio que pagamos humanos.
Porque la vida siempre sale cara.

SONETO II

Y entonces vio la luz. La luz que entraba
por todas las ventanas de su vida.
Vio que el dolor precipitó la huida
y entendió que la muerte ya no estaba.

Morir sólo es morir. Morir se acaba.
Morir es una hoguera fugitiva.
Es cruzar una puerta a la deriva
y encontrar lo que tanto se buscaba.

Acabar de llorar y hacer preguntas;
ver al Amor sin enigmas ni espejos;
descansar de vivir en la ternura;

tener la paz, la luz, la casa juntas
y hallar, dejando los dolores lejos,
la Noche-luz tras tanta noche oscura.

Huimos el meditar sobre la muerte. ¡No te digo nada si es sobre la propia! Como si del diablo se  tratase o de un maleficio, si no decimos  Jesús, al par que nos santiguamos, es porque se nos olvidan jaculatorias y signos de identidad. Nuestro tiempo no quiere saber nada  de asunto tan fúnebre y lacrimoso. Cuando llegue, llegue. ¿Para qué amargarse la existencia dándole vueltas a lo que no tiene remedio? Actitud opuesta a la de aquel anónimo poeta: “Ven muerte tan escondida/ que no te sienta venir, por que el placer de morir/ no me vuelva a dar la vida” que tan suya hicieron nuestros místicos. Preferimos volver la cabeza y pasar como de puntillas. En el ruedo de la vida a cada cual le espera  su negro toro fatal.

Quien me conoce sabe que soy un enamorado de la vida. Todas las cosas, obra de la naturaleza o de los hombres, sencillas o sublimes, despiertan en mí un sentimiento de gozo y reverencia. Ternura. Confieso que mucho lo achaco a que desde muy joven aprendí a reflexionar sobre el acabamiento de todo, sobre la muerte. Sentimiento que no me ha suscitado ni decaimientos depresivos, ni melancolías extrañas; por el contrario me ha incitado a amar con locura la vida, a valorar y a agradecer todo lo que en cada momento del día o de la noche se cruza o sale al encuentro en  mi camino. No en el sentido del famoso verso de Góngora “goza cuello, cabello, labio y frente”. No es el “cape diem” hedonista y grosero. Quizás se aproxima más a mi ideal el “collige, virgo, rosas”, porque, como rosas ofrecidas, contemplo todo lo que me acontece, también lo adverso. La brevedad de la vida no me ha suscitado “el desprecio del mundo”, sino admiración y asombro y amor al Creador.

En la maravilla del vivir, conscientes del don inmenso de la vida, el momento más insignificante tiene sabor de eternidad y propicia juicios de discreción.

No se trata de una reflexión estoica. Es fruto de mi Fe. Sé que Cristo ha roto la soga mortal que aprieta nuestro cuello,  el “devicto mortis aculeo” que recitamos en el Tedeum. La buena nueva que llenó de gozo a los pastores sigue ardiente en la esperanza de todo creyente. La muerte no es el final del camino. Cristo ha vencido a la muerte. “Morir sólo es morir, morir se acaba”.

No me cansaré de ponderar la maravilla de “El testamento del pájaro solitario” de José Luís Martín Descalzo. Testimonio de fe desde y en el dolor; y sobrecogedor testimonio sacerdotal, abrazado a la cruz de Cristo. Nadie como Don José Luís ha cogido el toro por los cuernos y ha despejado desde su sentida sabiduría del evangelio la victoria concreta de Cristo sobre la muerte.

¿De verdad que los cristianos podemos hablar de victoria si a ojos vistas la humanidad sigue muriendo, si todos nos seguimos muriendo? ¿No nos hemos convertido los cristianos en cínicos que afirmamos cosas contra toda evidencia?

He elegido los dos últimos poemas de El testamento. Dos sonetos perfectos en su rotunda construcción formal. Don José Luís tenía hábiles manos de poeta, además de corazón delicado y recia inteligencia. Son temáticamente contrarios. El primero describe su muerte, tal como se manifiesta en un cuerpo, el suyo. No sólo existe el morir sino que es trance amargo y duro. Podríamos hablar de hiperrealismo hasta llegar a herir nuestra sensibilidad. El segundo soneto es la traducción a palabra clara y vivida de lo que proclamamos en el Credo. “Es cruzar una puerta a la deriva y encontrar lo que tanto se buscaba”.

Podríamos decir que en el primer soneto la muerte está vista desde nuestra orilla. El poeta no rehúye presentar los efectos materiales que padece el cuerpo: su transformación en piedra fría, la sed última, hasta que la misma muerte ha desaparecido. Alma cristiana, Martín Descalzo no rechaza el morir, pero nos desvela su plausible resistencia por defender, hasta el último segundo, una carne que ha sido tan nuestra, tan constitutiva de nuestra personalidad, sobre todo, esas manos, ese corazón niño que tanto ha amado. En definitiva, “salvar lo que se estaba marchitando”. Es tan humano.

Como en los sonetos clásicos, en el último terceto se cierra el mensaje. No hay escapatoria. Suerte echada, precio establecido. No nos engañemos: “Porque la vida siempre sale cara.” Aquí no hay alivio ni retórica. Esta es la verdad que constatan nuestros sentidos.

La victoria sobre la muerte, la que proclamamos los cristianos es lo que acontece a continuación de lo que en el soneto primero nos ha descrito el poeta y el enfermo incurable. Lo humanamente inconmensurable es lo trasmitido como meollo de su testamento del alma en el segundo soneto, con el que cierra el admirable poemario.

Al otro lado de nuestro dolor, de nuestras limitaciones y sufrimientos está la luz. Justo en el instante en que la muerte ha desaparecido, la luz entra a raudales por todos los ventanales de nuestra vida. El gozo del poeta por el  hallazgo es irrefrenable “Morir se acaba” Es cruzar una puerta, claro que a la deriva, es una hoguera, pero fugitiva, “morir sólo es morir”. Porque al otro lado encontramos todo lo que a lo largo de nuestra vida hemos ido buscando: “y encontrar lo que tanto se buscaba”. Y que buscábamos a veces sin saberlo. “ver al Amor sin enigmas ni espejos”.

Esta es nuestra fe y la victoria de Cristo. ¿Y Luego? descansar de vivir en la ternura” Ternura, paz, luz, casa. Es decir como en familia; lejanos, sufrimientos y dolores. Sabiendo que en el misterio de Dios seguirá la noche, pero no la de la Fe sino la de su inconmensurabilidad. Será noche luminosa no oscura, como nos enseñaba San Juan de la Cruz, el primer pájaro solitario.

JUAN RAMÓN JIMÉNEZ

JUAN RAMÓN JIMÉNEZ

EL VIAJE DEFINITIVO


Y yo me iré. Y se quedarán los pájaros
cantando.
Y se quedará mi huerto con su verde árbol,
y con su pozo blanco.
Todas las tardes el cielo será azul y plácido,
y tocarán, como esta tarde están tocando,
las campanas del campanario.
Se morirán aquellos que me amaron
y el pueblo se hará nuevo cada año;
y lejos del bullicio distinto, sordo, raro
del domingo cerrado,
del coche de las cinco, de las siestas del baño,
en el rincón secreto de mi huerto florido y encalado,
mi espíritu de hoy errará, nostáljico...
Y yo me iré, y seré otro, sin hogar, sin árbol
verde, sin pozo blanco,
sin cielo azul y plácido...
Y se quedarán los pájaros cantando.

DIOS DESEADO Y DESEANTE
POEMA INÉDITO
¿EL ÚLTIMO POEMA DE JUAN RAMON?


Partimos de Dios
en busca de Dios,
sin saber qué buscamos.


El dios con minúscula,
5          el dios bajo cielo,
el cielo que es mar,
sobre aire que es cielo,
¡entre aire y marcielo,
y que es pleamar, y que es pleacielo!


10                    El dios deseante,
el dios deseado,
-¡el dios deseado y deseante!-
me trae este Dios,
un dios Dios tan DIOS,
15        ¡un dios: DIOS DIOS DIOS!
… que al cabo de todos los cabos,
que al borde de todos los bordes
un día encontramos.


Cada vez más suelto, y más desasido;
20        cada vez más libre, más ¡y más! ¡y más!
a una libertad de puertas de Dios.
Y entonces la puerta se abre… y  ¡más libertad!


Estoy pasando la cuerda,
cuerda que Tú me has tendido,
25        Dios mío, mi dios, ¡Dios mío!
¡Dios mío, no soples, Dios!


Siento la inminencia del dios Dios,
del Dios con mayúscula,
-el que nos enseñaron cuando niños
30        y no aprendimos-.
¡Dios se me cierne en apretura de aire!


¡Se me está viniendo Dios
en inminencia de alma!
¡Se me está acercando Dios
35        en inminencia de amor!
¡Se me está llegando Dios
            en inminencia de Dios!

Cuando el 28 de junio de 2009, ABC publicó la noticia y “los tambores lejanos” nos la hicieron conocer, los que habíamos seguido la creación poética de Juan Ramón Jiménez, no nos lo podíamos creer. No se derrumbaba el arco de su exigente creación poética, sino que aparecía la dovela que daba consistencia al arco. Toda su poesía por fin encontraba sentido y no se quedaba en, asombrosos sí, pero, ante la encrucijada definitiva de la muerte, en simples geniales devaneos por no llamarlos sutiles quebraderos de cabeza. No agradeceremos suficientemente el hallazgo realizado por los investigadores y estudiosos de Juan Ramón, Rocío Bejarano Y Joaquín LLansó.

Aquella inteligencia que buscaba el nombre exacto de las cosas, aquella ansia de Eternidad, aquella Belleza deseada y deseante, aquellos dioses con minúscula tan ardientemente buscados para encontrar la respuesta a su angustia obsesiva ante la muerte, por fin se le había hecho encontradiza, como al otro Juan, para quien las criaturas eran solo imágenes y mensajeros, y necesitaba ardientemente ver los ojos deseados, reflejados en el agua de la fuente, para levantar  en rapto de alma su vuelo apasionado.

Este poema bellísimo en factura y contenido, rescata a Juan Ramón del inmanentismo panteísta en que siempre confesó situarse. No otra cosa declaró en su poemario “Animal de fondo” y así lo clasificamos. Bellísimos eran sus poemas compuestos en esta segunda etapa, alejada ya del modernismo, de la poesía sensitiva, no menos bella e inmensamente más asequible al lector popular.

El poema encontrado da una nueva luz a su poesía, transforma toda su creación poética en un camino exigente como el de las vías ascéticas, (la perfección en arte es ley suprema de moralidad) pero también en las iluminativas de la experiencia mística. Sinceramente creo que se queda a las puertas del encuentro unitivo con Dios.

Os he de confesar que a veces me venían dudas sobre si Juan Ramón en verdad se creía las sutilezas que sobre la muerte llegó a elucubrar. ¿Era suficiente para dejarle tranquilo el corazón la intuición poética plasmada en el poema? ¿Nos encontramos ante los frutos de una inteligencia que considera que sólo existe el pensar como soporte de la realidad, como en los idealismos filosóficos para quienes sólo existe lo pensado, frente a lo afirmado por el sentido común?

Si no existe la otra vida, el poema que cito a continuación es un consuelo de muchos. Pero si uno cree en la vida eterna, todo el poema se carga del esplendor de la verdad. La muerte se convierte en el comienzo de la otra parte de la vida terrena; no  se trata del horror, sino de su complemento.


Yo no seré yo, muerte,
hasta que tú te unas con mi vida
y me completes así todo;
hasta que mi mitad de luz se cierre
con mi mitad de sombra
y sea yo equilibrio eterno
en la mente del mundo:
unas veces, mi medio yo, radiante;
otras, mi otro medio yo, en olvido.
Yo no seré yo, muerte,
hasta que tú, en tu turno, vistas
de huesos pálidos mi alma.

El poema descubierto, que pudo ser escrito entre 1954-5, debía haber sido incluido en la edición póstuma de 1964. No sabemos por qué no se hizo. Desde luego no por voluntad expresa del poeta que había muerto en 1958. Toda la primera parte del poema inédito es una explicación lírica del libro “Animal de Fondo”, del mismo “Dios deseado y deseante” y de toda su obra anterior. Principalmente la que comenzó en 1916. ¡Qué comienzo más iluminador!:


“Partimos de Dios
en busca de Dios,
sin saber qué buscamos.”

¿No es este el resumen de la vida de la mayoría de los hombres y mujeres del mundo moderno y contemporáneo? ¿No resuenan en sus palabras el machadiano “buscando a Dios entre la niebla”? El primer verso no puede ser más certero y rotundo. Nuestro origen parte de Dios. Sin Él, qué confuso se nos hace el existir. Lo asombroso es que lo podemos estar haciendo a ciegas, sin saber que nuestros afanes cotidianos  ocultan el misterio de Dios.

El poema siguiente nos deja en evidencia esta poesía de la búsqueda. Máxima honestidad reflejada en el espejo de la conciencia. Camino o itinerario que tantas veces le llevó a la inmanencia, pero que coincide con San Juan de la Cruz en el canto de la maravilla de las criaturas. Nostalgia del Dios personal, de ese Dios que aprendimos cuando niños.


"Conciencia plena" (Animal de fondo, ‘49)


Tú me llevas, conciencia plena, deseante dios,
por todo el mundo.
En este mar tercero,
casi oigo tu voz;
tu voz del viento
ocupante total del movimiento;
de los colores, de las luces
eternos y marinos.
Tu voz de fuego blanco
en la totalidad del agua, el barco, el cielo,
lineando las rutas con delicia,
grabándome con fúljido mi órbita segura
de cuerpo negro
con el diamante lúcido en su dentro

De pronto un Dios personal se le evidencia al poeta. No un dios con minúscula sino un Dios, Dios, Dios “que al cabo de todos los cabos, que al borde de todos los bordes un día encontramos.”. Por fin no los mensajeros de Dios en la belleza de toda la creación, (pleamar y pleacielo) sino  Dios en persona. La puerta se abre. ¿Qué puerta obsesionaba a Juan Ramón? La puerta solo puede ser la de la muerte. Pero encontrado a Dios, la puerta se transforma en libertad.

“Cada vez más suelto, y más desasido;
cada vez más libre, más ¡y más! ¡y más!
a una libertad de puertas de Dios.
Y entonces la puerta se abre… y  ¡más libertad!”

Pocas veces había utilizado en su obra el término “alma”. Por eso es tan emocionante escucharlo en el poema. No son los sentidos los que perciben que Dios está ahí. Ya no es el “Dios está azul”, juvenil. Es el Dios que se manifiesta al ser más íntimo.

Para Juan Ramón vida y poesía eran lo mismo. El final es apoteósico: inminencia de alma, inminencia de amor, inminencia de Dios en lo más íntimo del ser humano. La poesía de Juan Ramón  exige una lectura diferente desde el hallazgo del  2009.


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