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Verdad y autoridad

Iniciación filosófica en la asignatura de Ética - ESO y 1º Bachillerato
Comentarios de Textos y actividades

Por Andrés Jiménez Abad

INTRODUCCION

Autoridad y sociedad

Tienen autoridad sobre sus camaradas

Sobre la palabra autoridad se da una ambigüedad que ponen de relieve estas dos frases: "Tienen autoridad sobre sus camaradas” y "han llegado las autoridades".

En la primera frase, autoridad equivale a un ascendiente personal, a una preeminencia, en cuyo brillo no entra ninguna obligación; en la segunda autoridad se identifica con un poder de coerción.

MOUNIER, E.: Anarquía y personalismo

Obras, I, Salamanca, Ed. Sígueme, 1992, pág. 786

1.- NECESIDAD Y LÍMITES DE LA AUTORIDAD

THIERRY MAULNIER: Diccionario de la terminología política contemporánea
Rialp. Madrid, 1977, págs. 36-8.

AUTORIDAD.- Toda libertad tiende a acrecentarse a expensas de las libertades vecinas mientras no encuentre un obstáculo suficiente para detenerla. Toda libertad tiende a manifestarse ella sola mientras nada le obligue a asociarse con otras. Toda libertad tiende a veces a autodestruirse, en su uso, por exceso o por defecto. De forma que la autoridad no está para vejar o mutilar sin razón las libertades, sino para corregir sus insuficiencias, es decir, para ayudarlas a desarrollarse y sobrevivir.

La etimología nos lo dice, ya que la palabra viene del verbo latino augere, que significa aumentar. Cada uno de nosotros bien lo sabe, ya que si nos inclinamos a detestar la autoridad, estamos dispuestos en cada momento a acudir a ella para que nos proteja del vecino que nos molesta o nos daña. El filósofo Alain nos lo muestra con su parábola de los colocadores de raíles. Diez hombres, siguiendo el ritmo marcado por su capataz, montan juntos y colocan un peso que no podrían mover un solo milímetro si lo intentaran por separado. No hacen diez veces lo que harían si no estuvieran unidos. Hacen lo que no harían. Están dotados de un poder nuevo. La autogestión mis­ma no es una asociación de libertades. Implica la existencia de jefes.

Sobre esto todo el mundo está de acuerdo. ¿Pero de quién proviene la autoridad? ¿De la voluntad general establecida estadísticamente por el recuento de las papeletas de voto? Del interés general, tal vez, pero, ¿quién se encargará de definirlo? ¿Del pueblo encarnado en una minoría emprendedora que ha decidido hablar en nombre del pueblo? Tengamos la franqueza de reconocer que el principio de autoridad se designa por convención, pero en realidad, la autoridad emana de la necesidad.

Pero no es la necesidad la que señala sus límites, que dependen, a su vez, de nuestro deseo de ser libres y también de nuestra inclinación nada despreciable a renunciar a nuestra libertad. ¿En qué terreno la autoridad se justifica por la necesidad misma? No es fácil precisarlo. Como la libertad, la autoridad tiene sus limitaciones y puede que sus contradicciones internas. Los viajeros que proyectan ir a Burdeos tienen el derecho de exigir a la compañía aérea a la que han contratado que les lleve, a Burdeos y no a Marsella. Pero no gozan del derecho de reunirse en asamblea general para destituir al piloto que les es asignado y reemplazarlo por otro elegido entre ellos mismos. Tampoco pueden dictarle sus movimientos. El derecho más importante, en este caso, no es el derecho al voto, sino el derecho determinado por el contrato de compra de los billetes a ser conducido al destino adecuado por un piloto competente, a quien se le reconoce la autoridad de su saber. A pesar de lo cual, los viajeros no quedan a salvo de cualquier peligro. El piloto puede sentirse indispuesto, volverse loco o ser peor piloto de lo que se creía. Pero ninguno de estos riesgos es tan grande como el que se correría si un pasajero cualquiera se apoderase de los mandos, aunque lo hiciera con el consentimiento de los demás.

En la vida de las naciones, y en particular en los momentos difíciles de la vida de las naciones, cuando el cielo se oscurece, cuando la tierra firme queda aún lejos, los ciudadanos sienten más directamente la importancia de este derecho, que no figura en la Declaración de Derechos del Hombre, pero que no deja por ello de ser uno de los más valiosos, porque de él dependen todos los otros en los momentos cruciales: el derecho a ser gobernados.

1.- ¿Qué quiere decir la frase “el principio de autoridad se designa por convención, pero en realidad, la autoridad emana de la necesidad?

2.- ¿Qué se entiende por autoridad cuando se afirma que al piloto de un avión se le reconoce la autoridad de su saber?

3.- ¿Qué significa la expresión “los hombres tienen derecho a ser gobernados”? ¿Por qué es necesaria la autoridad en una sociedad humana? ¿Esa necesidad impide que la autoridad tenga un límite? ¿Dónde puede estar el límite de esa autoridad?

2.- NECESIDAD DE LA AUTORIDAD, EN EL FÚTBOL COMO EN LA VIDA

CARLOS GOÑI ZUBIETA: Futbolsofía. Filosofar a través del fútbol
Laberinto, Barcelona, 2002

2.1.- AUTORIDAD ARBITRAL o la fuerza de la ley

A lo largo de una Liga pasan muchas cosas. Hay muchas jornadas «normales», en las que no existe apenas nada reseñable, pero hay otras que por diversos motivos quedan grabadas en nuestra memoria. Es lo que ocurrió en cierta ocasión en que se convocó una huelga de árbitros de Primera y Segunda división. Para mí significó una ocasión para meditar sobre la autoridad arbitral y la obediencia a las leyes.

Aquella huelga arbitral no acabó con el fútbol. Los partidos se desarrollaron con absoluta normalidad, con demasiada, podríamos decir. Todos estuvieron en su puesto: los jugadores se dedicaron a jugar, los presidentes a presidir (cada uno a su manera), los «nuevos» colegiados a arbitrar y los aficionados a animar a su equipo. En las horas previas parecía que el espectáculo deportivo corría peligro, que el mundo se iba a quedar sin fútbol, la televisión sin espectadores, los clubes sin recaudación, los periódicos sin fotos, y yo sin motivo para reflexionar. Pero un oculto entendimiento, una misteriosa complicidad, hicieron posible una jornada más.

Todo salió a pedir de boca: hubo fútbol, hubo goles, hubo ambiente, barro, lucha... y los árbitros pitaron bien. Colegiados de Segunda, estuvieron a la altura de los de Primera, colegiados jóvenes (casi colegiales) se atrevieron a plantar cara y a sacar tarjetas, colegiados inexpertos supieron estar en su sitio, colegiados desconocidos lograron pasar desapercibidos. Fue una jornada más con protagonismo arbitral; sin embargo, al final, ganaron los huelguistas, porque nos hicieron reflexionar; ganaron los árbitros de Segunda B, que tuvieron su oportunidad; ganaron los jugadores, que tuvieron que afinar en deportividad; ganó el fútbol que, como el patrón que no cierra por una huelga, salió fortalecido.

Quizá aquella jornada de huelga pudimos ser testigos de un imposible deportivo: una victoria de todos. Pero lo importante es que nos brindó la ocasión de reflexionar sobre la autoridad de los árbitros. Ellos, los que se quedaron en casa y los que saltaron al césped con las piernas trémulas, nos han hecho ver que las leyes y la autoridad sólo funcionan si contamos con la buena voluntad de las personas. Ni un partido de fútbol se podría disputar, ni se podría circular por nuestras ciudades, ni sería posible la convivencia social, si el reglamento futbolístico, las normas de circulación o las leyes civiles no fueran respetadas por la benevolencia de los jugadores, de los conductores o de los ciudadanos. Parece, por tanto, que la razón de la fuerza de la ley y de la autoridad reside más en el corazón del hombre que en la razón de la fuerza.

Aquella jornada nos enseñó que los árbitros no son buenos ni malos, que son los propios jugadores, los entrenadores, la afición y los presidentes los que los hacemos de Primera o de Segunda. Con buena predisposición por parte de todos, como se demostró aquel domingo de huelga arbitral, las leyes funcionan, la autoridad se respeta y hasta se comprende que los árbitros se equivoquen. Y el colectivo arbitral consiguió su objetivo: nos hizo meditar, por lo menos a mí.

2.2.- MULTAS EN COLOR o cómo nos cuesta asumir las sentencias adversas

Las sanciones en el fútbol se señalan con colores: amarillo y rojo. El amarillo, color vivo aunque más suave, denuncia una falta grave que permite al jugador seguir en el terreno de juego, pero con un expediente abierto. El rojo, vivo y fuerte, imputa una infracción muy grave que supone la muerte súbita del infractor. Con sendas cartulinas, roja y amarilla, el juez del campo distribuye los correctivos precisos.

En una actividad eminentemente visual, como es el fútbol, las infracciones se señalan con multas en color. Ante una falta merecedora de sanción, el árbitro saca de su bolsillo una tarjeta y se la muestra al trasgresor. Sobran las palabras: sólo es cuestión de mostrar la cartulina con energía, alzada sin titubeos y semejar que con ella se golpea al jugador. Él recibe el golpe con sumisión, mira azorado el color de la justicia y se gira para mostrar su número de identificación futbolística (N.I.F.). El juego se detiene y el árbitro anota en su libreta los detalles de la sanción mientras explica al jugador implicado el porqué de su dictamen. Como no hay mucho que puntualizar, el jugador sancionado abandona cabizbajo, enfadado las más de las veces, el terreno de juego mientras se libera la camiseta de la opresión del pantalón.

En el cuadrilátero de juego el reglamento se cumple a golpe de silbato y tarjeta. Hay árbitros que pitan con fuerza, otros que lo hacen con insistencia, los hay que muestran la cartulina con extremada delicadeza, la cogen finamente con el índice y el pulgar y se la presentan al jugador como si fuera una estampita piadosa, pero otros, en cambio, la alzan al aire como el verdugo su hacha. En fin, sean justas o injustas, acertadas o desacertadas, convenientes o inconvenientes, las decisiones de la autoridad se deben acatar con prontitud. No ha lugar a protestas ni a rectificaciones, no se puede recurrir la sentencia ni solicitar un aplazamiento. La ley, en el transcurso de un partido, es inapelable.

Pero una vez finalizado el encuentro, llegan las protestas formales, los recursos legales y las solicitudes de rectificación. Fuera del campo, la normativa pierde su contundencia y se contamina del papeleo legalista que oculta entre la letra el espíritu de la ley. Fuera del campo, el fútbol entra en el laberinto judicial al que nos tienen acostumbrados nuestros contemporáneos. Aceptamos la ley, incluso la defendemos, la cuidamos y veneramos como a nuestra máxima protectora; sin embargo, ¡cuánto nos cuesta asumir una sentencia!, ¡qué esfuerzo nos supone admitir una simple multa!, ¡cómo buscamos la vuelta a la legalidad para no enfrentamos directamente con ella!

No sé si se trata de simple hipocresía o de persistencia del capricho pueril por salirse con la suya, lo que está claro es que nos cuesta obedecer las leyes y somos capaces de agotar todos los medios legales para «driblar» las sentencias adversas. Piénsese en los pliegos de descargo a los que nos tienen acostumbrados los clubes de fútbol cuando un jugador debe perderse, justificadamente, un partido de máxima rivalidad. Es preocupante. El hecho de cursar un recurso denota un desacato a la autoridad del árbitro; pero no me preocupa tanto eso cuanto que tal actitud manifiesta una rabieta infantil incontenida, una dificultad intrínseca a dar el brazo a torcer, a declinar la voluntad, una costumbre asumida de acatar las normas sólo cuando nos convienen. Así, consideramos injusta la ley que choca contra nuestra voluntad y lo que estamos haciendo es convertir nuestro querer en ley suprema.

Muchas veces me pregunto: ¿qué pensaría el viejo Sócrates, que asumió una sentencia injusta y dio su vida por respeto a las leyes, al contemplar cómo los hombres se desviven por lidiar la justicia? Probablemente el «maestro» de Atenas se entristecería al descubrir que no ha cundido el ejemplo y que su muerte, para los hombres de hoy, sólo tuvo lugar en las páginas de los libros.

3.- GOBIERNO, ÉTICA Y POLÍTICA

CARLOS VALVERDE. Ética y política.
BAC, Cuadernos, Madrid, 1981. Pp. 20-21

La política, o mejor, los hombres que realizan la política y el gobierno de un país, no pueden de ninguna manera en conciencia prescindir de la ley natural, ni legislar como si ella no existiera, porque existe. O lo que es lo mismo: también la política ha de someterse a unas normas fundamentales que son las del orden moral natural.

Los gobernantes tendrán que establecer evidentemente un ordenamiento jurídico positivo, es decir, un conjunto de leyes concretas que orienten y unifiquen el esfuerzo de las personas, las familias y las entidades intermedias hacia el bien común. Pero todo el derecho positivo no puede sustentarse en sí mismo; tiene que entrar también en el ámbito moral, ya que debe estar siempre en coherencia con el derecho y la ley natural. De no ser así, la ley positiva, los ordenamientos jurídicos, o quedARLOan invalidado s o no tienen más valor ni fuerza que la de la coacción. Evidentemente, un Estado político moderno tiene innumerables medios para coaccionar a los súbditos y obligarles a que cumplan las leyes positivas, pero entonces el Estado de derecho se convierte en un Estado de fuerza. Hay que obedecer las leyes porque, de otra manera, seremos castigados con penas legales. La acción humana, que debe ser propia de seres inteligentes y libres, empieza a ser sólo una acción sometida al temor y a la fuerza. El hombre no se siente obligado por su conciencia moral al cumplimiento de las leyes. Sólo se ve impulsado a cumplirlas o por un sentimiento natural e instintivo de honradez o por el miedo a las penas. En cualquier caso, no por obligación moral humana. Sus actos dejan de ser humanos en el pleno sentido de la palabra.

4.- EL PODER SIN FRENO Y SIN RAZÓN

ALBERT CAMUS: Calígula.

ACTO I

ESCENA VIII
EL INTENDENTE (con voz insegura). Te... te buscábamos, César.
CALÍGULA (con voz breve y cambiada). Ya lo veo.
EL INTENDENTE. Nosotros... es decir...
CALÍGULA (brutalmente). ¿Qué queréis?
EL INTENDENTE. Estábamos inquietos, César.
CALÍGULA (acercándose). ¿Con qué derecho?
EL INTENDENTE. ¡Oh!... (Súbitamente inspirado y muy rápido.) En fin, de todos modos, bien sabes que debes arreglar algunas cuestiones concernientes al Tesoro Público.
CALÍGULA (con un acceso de risa inextinguible). ¿El Tesoro? Pero es cierto, claro, el Tesoro; es fundamental.
EL INTENDENTE. Cierto, César.
CALÍGULA (siempre riendo, a Cesonia). ¿No es verdad, querida, que es muy importante el Tesoro?
CESONIA. No, Calígula, es una cuestión secundaria.
CALÍGULA. Pero es que tú no entiendes nada. El Tesoro tiene un poderoso interés. Todo es importante; ¡las finanzas, la moral pública, la política exterior, el abastecimiento del ejército y las leyes agrarias! Todo es fundamental. Todo está en el mismo plano: la grandeza de Roma y tus crisis de artritismo. ¡Ah! Me ocuparé de todo. Escúchame un poco, intendente.
EL INTENDENTE. Te escuchamos.
Los Patricios se adelantan.
CALÍGULA. ¿Me eres fiel, verdad?
EL INTENDENTE (en tono de reproche). ¡César!
CALÍGULA. Bueno, pues tengo un plan que proponerte. Vamos a revolucionar la economía política en dos tiempos. Te lo explicaré, intendente..., cuando hayan salido los patricios.
Los Patricios salen.

ESCENA IX
Calígula se sienta junto a Cesonia.
CALÍGULA. Escúchame bien. Primer tiempo. Todos los patricios, todas las personas del Imperio que dispongan de cierta fortuna —pequeña o grande, es exactamente lo mismo— están obligados a desheredar a sus hijos y testar de inmediato a favor del Estado.
EL INTENDENTE. Pero César...
CALÍGULA. No te he concedido aún la palabra. Conforme a nuestras necesidades, haremos morir a esos personajes siguiendo el orden de una lista establecida arbitrariamente. Llegado el momento podremos modificar ese orden, siempre arbitrariamente. Y heredaremos.
CESONIA (apartándose). ¿Qué te pasa?
CALÍGULA (imperturbable). El orden de las ejecuciones no tiene, en efecto, ninguna importancia. O más bien, esas ejecuciones tienen todas la misma importancia, lo que demuestra que no la tienen. Por lo demás, son tan culpables unos como otros. (Al intendente, con rudeza.) Ejecutarás esas órdenes sin tardanza. Todos los habitantes de Roma firmarán los testamentos esta noche, en un mes a más tardar los de provincias. Envía correos.
EL INTENDENTE. César, no te das cuenta...
CALÍGULA. Escúchame bien, imbécil. Si el Tesoro tiene importancia, la vida humana no la tiene. Está claro. Todos los que piensan como tú deben admitir este razonamiento y considerar que la vida no vale nada, ya que el dinero lo es todo. Entretanto, yo he decidido ser lógico, y como tengo el poder, veréis lo que os costará la lógica. Exterminaré a los opositores y la oposición. Si es necesario, empezaré por ti.
EL INTENDENTE. César, mi buena voluntad no admite duda, te lo juro.
CALÍGULA. Ni la mía, puedes creerme. La prueba es que consiente en adoptar tu punto de vista y considerar el Tesoro público como un objeto de meditación. En suma, agradéceme, pues intervengo en tu juego y utilizo tus cartas. (Pausa, luego, con calma.) Además mi plan, por su sencillez, es genial, lo cual cierra el debate. Tienes tres segundos para desaparecer. Cuento: uno...
El intendente desaparece.

ESCENA X
CESONIA. ¡No te reconozco! Es una broma, ¿verdad?
CALÍGULA. No es exactamente eso, Cesonia. Es pedagogía.
ESCIPIÓN. ¡No es posible, Cayo!
CALÍGULA. ¡Justamente!
ESCIPIÓN. No te comprendo.
CALÍGULA. ¡Justamente! Se trata de lo que no es posible, o más bien, de hacer posible lo que no lo es.
ESCIPIÓN. Pero ese juego no tiene límites. Es la diversión de un loco.
CALÍGULA. No, Escipión, es la virtud de un emperador. (Se echa hacia atrás con un gesto de fatiga.) ¡Ah, hijos míos! Acabo de comprender por fin la utilidad del poder. Da oportunidades a lo imposible.
Hoy, y en los tiempos venideros, mi libertad no tendrá fronteras.
CESONIA (tristemente). No sé si hay que alegrarse, Cayo.
CALÍGULA. Tampoco yo lo sé. Pero supongo que de eso habrá que vivir.

1.- ¿Qué es el poder, para Calígula? ¿Existe obligación moral de obediencia a las disposiciones ordenadas por éste? Razónalo.

2.- ¿En nombre de qué sería legítima la resistencia política, tanto pasiva como activa?

3.- Se plantea en este texto un conflicto entre el dinero, la vida humana y el poder. ¿Qué valor ha de concedérseles, respectivamente, y por qué?

5.- EL ABUSO DE PODER SE DESAUTORIZA A SÍ MISMO

ROMANO GUARDINI: El poder.
En Obras, t. I. Cristiandad, Madrid, 1981, págs. 270-1.

Ya Sócrates habría dicho: «Amigo mío, olvidas al que es más profundamente perjudicado en caso de abuso del poder: ¡aquel que lo ejerce!». Y a la objeción de que éste ya sabría protegerse, el viejo sabio habría contestado: «El peligro no le viene de fuera: con tal peligro podría arreglárselas. Le viene de dentro: de sí mismo. El poder tiene la propensión a un uso cada vez más fuerte, o sea, a un uso que desprecia toda norma por encima de él. Entonces, el que sucumbe a él, cree que domina a los demás; pero en realidad él mismo es el dominado, y por cierto, por su propio poder».

En efecto, lo que da ocasión a los hombres para la conquista y uso del poder no son sólo objetivos que puede realizar cuando tenga posibilidad de disponer de cosas y personas, sino una tendencia que busca el poder por sí mismo, que lo disfruta, al margen de toda utilidad o más allá de toda utilidad. Pero las tendencias en el hombre tienen la inclinación a desprenderse de la ensambladura de sentido del conjunto de la vida, a hacerse independientes y a perder así su medida y sentido.

En el animal, cada tendencia está inserta en el conjunto, referida a las otras tendencias, controlada según su dirección y medida. En cuanto ha logrado un cumplimiento adecuado a su sentido, reposa. A la esencia del hombre pertenece el espíritu, y en el espíritu, la libertad. Con ella, todas las tendencias adquieren una amplitud, una hondura, una fuerza, incluso una libertad, que no tienen en el animal. Pero con eso precisamente pierden también esa seguridad que da el control de la articulación de la naturaleza. Están en peligro de salirse de la conexión con el todo, de caer en lo desmesurado, de perder su sentido y volverse contra la propia vida. Lo que surge entonces es tan insensato, tan destructivo y malo, que ya no se puede entender, y se habla de lo demoníaco. No tenemos más que pensar en las formas históricas de los últimos decenios para verlo todo esto hecho realidad.

¿Qué significa que una persona “es dominada por su propio poder”? ¿Puedes poner un ejemplo?

¿Cuál es el peligro que el autor señala en relación con la libertad humana, a diferencia de lo que ocurre con las tendencias animales?

El texto se escribió en 1951. ¿A qué se refiere cuando alude a “las formas históricas de los últimos decenios?

¿Qué relación tienen estas reflexiones de Guardini con el texto del ‘Calígula' de Camus?

6.- EL HOMBRE FORMA PARTE DE LA SOCIEDAD, PERO ES MÁS QUE ‘CIUDADANO’

El hombre es un ser necesitado de sentido. Su naturaleza inteligente le lleva a buscar y plantear fines para su ser y su actuar, y la vida en sociedad participa de esa necesidad de orientación. En ese marco se inscribe el bien común, que es el fin de la sociedad humana.

F.J. SHEED: Sociedad y sensatez
Herder, Barcelona, 1976, pág. 165

El Estado es la sociedad organizada, ejerciendo la autoridad y desplegando el poder: La sociedad se extiende más que el Estado, pues si bien ambos están constituidos por el mismo pueblo, la sociedad abarca intereses mucho más extensos. La unidad de la sociedad es un hombre, la unidad del Estado, un ciudadano. Ahora bien, un hombre es más que un ciudadano. Todo hombre es un ciudadano, pero no es sólo ciudadano. No es el ciudadano quien abraza a su mujer y engendra a sus hijos, sino el hombre. El hombre es quien juega sus juegos y sueña sus sueños, pinta sus cuadros, se reúne todas las noches con sus amigos, mira a la luna y maldice de los mosquitos. El hombre es quien da culto a su Dios y le sirve bien o mal. Shakespeare era un ciudadano, pero ésta no era su mayor grandeza o su mayor utilidad para la sociedad. Por el hecho de que la sociedad y el Estado están constituidos por los mismos individuos, se entrecruzan el orden social y el político. Sin embargo, ambos órdenes no deben confundirse.

En la sociedad el hombre obra según su elección. En el Estado el ciudadano obra según se le dice. Lo que se le dice puede muy bien ser lo que él mismo elegiría en el caso concreto, pero, lo sea o no, debe hacerlo o cargar con las consecuencias. Naturalmente, el Estado no es sólo el órgano de la fuerza, sino también de la autoridad, del orden y del bien común. La fuerza no es más que una necesidad deplorable, pero por muy deplorable que sea, hay que reconocer que existe.

7.- ¿ES LEGÍTIMA TODA AUTORIDAD?

Agustín DOMINGO MORATALLA. Vida moral y reflexión ética.
SM, Madrid, 1976, pág. 138

La autoridad es una facultad o capacidad según la cual una persona individual o colectiva (una institución, por ejemplo) actúa con legitimidad ética para:

a. Adaptar o ajustar un grupo social a la naturaleza o medio ambiente en el que este grupo se establece.

b. Regular las relaciones sociales entre los miembros de los grupos bien para coordinar sus voluntades en un objetivo común, bien para resolver los conflictos que entre ellos puedan aparecer.

c. Dirigir las actividades del grupo, jerarquizar las preferencias y establecer programas de acción cooperativa. Esta capacidad de dirección convierte a la persona con autori­dad en un auténtico líder.

La autoridad es legítima cuando intenta asegurar el orden social y evitar los conflictos. Sin embargo, una autoridad legítima desde el punto de vista social puede no ser éticamente legítima ni moralmente válida si se impone mediante el temor, la violencia y la violación de los derechos humanos. Piensa, por ejemplo, en un dictador que asume el poder para asegurar el orden social, pero se mantiene en él haciendo uso de la violencia.

Así pues, decimos que una autoridad es éticamente legítima cuando se ejerce según un orden moral basado en la libertad de todos, en la justicia social y en los derechos humanos.

8.- AUTORIDAD Y LEGITIMIDAD

MAX WEBER: El político y el científico

Max Weber fue un sociólogo alemán del primer tercio del siglo XX que se preguntó por las relaciones entre los grupos sociales y el poder político. Muchos de sus estudios estuvieron dedicados a explicar las características del poder político y, sobre todo, las características del Estado como la institución política por excelencia. En este fragmento de su obra El político y el científico reflexiona sobre los principios que hacen legítima a la autoridad.

Existen tres tipos de justificaciones internas, es decir, de fundamentos de la legitimidad de una dominación política. En primer lugar, la legitimidad del "ayer'; de la costumbre consagrada por su inmemorial validez y por la consuetudinaria orientación de los hombres hacia su respeto. Es la legitimidad tradicional, como la que ejercían los patriarcas y los príncipes patrimoniales. En segundo término, la autoridad del carisma personal, la entrega puramente personal y la confianza, igualmente personal, en la capacidad para f...] el heroísmo u otras cualidades de caudillo que un individuo posee. Es esta autoridad "carismática" la que detentaron los profetas o, en el terreno político, los jefes guerreros elegidos, o los jefes de los grandes partidos políticos. Tenemos, por último, una legitimidad basada en la "legalidad", en la creencia en la validez de preceptos legales y en la f..,] obediencia a las obligaciones legalmente establecidas; una dominación como la que ejercen los modernos "servidores del Estado".

1.- Construye un cuadro en el que aparezcan los tres tipos de legitimidad a los que se refiere M. Weber. Igual que Weber ha señalado algún ejemplo de cada uno de los tipos de legitimidad (patriarcas, caudillos, funcionarios), reserva un hueco para colocar a líderes que tú conozcas y se ajusten a cada uno de los tipos.

2.- Observa a personas con las que convives habitualmente y piensa si su autoridad es legítima porque:

- Viene del pasado (un abuelo o abuela).

- Saben tomar decisiones con claridad y saben lo que hay que hacer (un jugador carismático, el que hace de jefe en la pandilla).

- Cumplen con normas establecidas que son aceptadas por la gran mayoría de los miembros del grupo (delegado de clase, director de un colegio, representantes en los consejos escolares, etc.)

3.- ¿Qué tipo de autoridad tienen estas personas?:

a) un diputado del Congreso

b) el rey de España

c) un militar que, ante una situación de caos general, asume el poder mediante un golpe de Estado para asegurar el orden social y evitar conflictos

d) el presidente de una ONG (Organización no gubernamental)

e) un tirano

f) un premio Nóbel

9.- EL FUNDAMENTO DEL PODER POLÍTICO

DUVERGER, M.: Sociología de la Política

Se llama aquí poder a lo que otros llaman autoridad. El poder es aquella forma de influencia o dominación establecida por las normas, las creencias y los valores de la sociedad donde se ejerce. Su existencia reposa en el hecho de que todos los grupos sociales admiten explícitamente o no a unos jefes, gobernantes o dirigentes (poco importa su nombre oficial) a los cuales se les reconoce el derecho de dar órdenes a los demás para impulsarles a hacer lo que de otro modo no harían. Los miembros del grupo se inclinan ante esta influencia porque la consideran legítima, es decir, conforme al sistema de normas y valores del grupo. Así el poder es una influencia (o dominación) legítima, no teniendo las restantes formas de dominación este carácter.

10.- “IMPERIO”/PODER Y “DERECHO”/AUTORIDAD

ORTEGA Y GASSET. Una interpretación de la historia universal.

"Imperio y emperador significaban para el hombre grecorromano una función muy precisa: mando del Ejército. En la vida civil de Grecia y de Roma nadie mandaba; no se asociaba con la idea de autoridad la idea de mando. Mandar es imponer a otros hombres la decisión adoptada por la voluntad de una persona. De ahí el vocablo de mandar, que viene de dare manus, manus dare, y manus significa ciertamente la mano del hombre. Pero la mano del hombre en tanto que es agente de fuerza en la lucha, en tanto que representa, frente al querer o al deber, el poder. Por eso manus dare significa, por un lado, enviar fuerzas de ejército. Porque manus, desde los tiempos más primitivos de los pueblos latinos, perteneció ya al vocabulario militar y manus significó simplemente fuerza bélica, tropa. Manus dare es enviar tropas y, al mismo tiempo, como tantas veces en los vocablos, lo contrario: rendirse a esa tropa. De ahí también que la unidad táctica mínima del Ejército romano se llamase manípulo (la tropilla), de la misma raíz que manus. El jefe del Ejército daba órdenes según su albedrío y responsabilidad a las fuerzas que estaban bajo sus auspicios, es decir, "imperaba".

En cambio, los magistrados civiles de Grecia y de Roma eran algo muy distinto de dar órdenes procedentes de un albedrío personal; el magistrado griego y romano no es una persona; empieza por despersonalizarse y toda su función consiste en hacer cumplir la ley, en ejecutar los reglamentos. Él no tiene voluntad y por eso Cicerón, en su tratado De república, dirá que el magistrado es una ley viviente. Pues bien, el ejército era la única función pública en la cual, por necesidad misma de su actuación, permitía el derecho romano que un hombre personalmente dispusiese y ordenase. Ese es el Imperio y ése es el emperador, el jefe del Ejército. Y como el Ejército no está o no debe estar en la plaza pública, en el ágora y en el foro, sino allí donde se combate, y se combate sobre todo en la frontera por donde amenaza el enemigo, es en la frontera donde estará el Ejército romano y, por tanto, la función del Imperio y del emperador. De aquí, pues, que la línea, el limes del Rhin y el Danubio, límite militar de las fronteras imperiales, fuese durante la historia del Imperio romano la línea imperial por excelencia".

a) ¿Qué diferencias existen, según el texto, entre poder y derecho, entre emperador y magistrado?

b) Según el autor, qué funciones corresponden al ejército y a la ley.

c) ¿Qué significado social tiene la expresión: "El magistrado griego y romano no es una persona; empieza por despersonalizarse y toda su función consiste en hacer cumplir la ley, en ejecutar los reglamentos"?

d) ¿Qué papel ha de tener la norma moral en relación con el poder y con la ley?

11.- LA AUTORIDAD DE LOS GRANDES PERSONAJES. EL LIDERAZGO

MIGUEL ÁNGEL MARTÍ GARCÍA. La Admiración. Saber mirar es saber vivir.
EIUNSA, Barcelona, págs. 36-38

Todos tenemos personajes que por una razón u otra admiramos. Rara es la entrevista en la que no se le pregunta al encuestado si no admira a alguien. Para que nos fijemos de esta forma en alguna persona se requiere que destaque en gran manera en algo, pero además es necesario que posea un cierto glamour. Siempre hay dentro de la actividad humana una que, por nuestros intereses personales, nos llama especialmente la atención y por lo que podemos sentir durante toda la vida admiración. Y si encima esa persona tiene glamour, la admiración puede acrecentarse en gran manera.

¿Y qué es el glamour? Es el encanto (difícil de describir) que muy pocas personas tienen. Se trata de una forma de ser dotada de ciertas cualidades que adornan gratamente la personalidad.

No sé si este encanto se puede adquirir, pero en gran parte viene dado por la naturaleza humana. Las personas a las que admiramos a veces sobresalen mucho en alguna actividad humana. A su lado nos sentimos sobrecogidos, no nos olvidamos de creer lo que estamos oyendo o viendo. Nos sentimos felices de ser sus seguidores más fieles. De ellos hablamos y hacemos lo posible para defenderlos de sus debilidades.

Parece que todos necesitamos de alguien frente al cual definimos. Buscamos identificaciones, necesitamos de fidelidades. Siempre hay algo de nosotros que encontramos en los demás. Nuestra vida es muy limitada y no podemos hacer realidad todos nuestros deseos. Tal vez por eso, cuando vemos en otros destacar en parcelas que nos hubieran gustado que fueran nuestras, nos sentimos de alguna manera realizados.

Pero no está de más que frente a la admiración que sentimos por estas personas, desarrollemos también el espíritu crítico para no caer en el fanatismo, que entre otras cosas es muy poco elegante.

Es una muestra de inteligencia intentar en la medida de lo posible la objetividad, también en estos casos, aunque perdonamos con facilidad que esto no ocurra. Quisiera nombrar explícitamente a los maestros que hemos tenido en la Universidad. Los profesores eran muchos, los maestros pocos, acaso uno, y de él aprendimos un talante, una sabiduría que nos ha dejado una impronta que nos ha durado toda la vida. Es aquí donde quería llegar: esta herencia no nos la dejan todos. Únicamente algunos hombres son capaces de superar la medianía humana y colocarse por encima de los demás y desde allí ejercer su magisterio. Nadie aprende solo, alguna vez en nuestro horizonte profesional surgió la figura del maestro y a él acudimos cuando queremos revitalizar nuestra identidad.

1.- DISTINTOS TIPOS DE LIDERAZGO

- Fíjate en las definiciones que damos a cada tipo de líder, que no son siempre excluyentes entre sí, y elige las que más se ajusten a tu idea de líder.

- Explica por escrito los motivos de tu elección.

- Busca después el tipo de líder que consideres más negativo para un grupo social y justifica, también por escrito, tu respuesta.

A. Patriarca paternalista: Suscita amor y admiración. Es paternal, venerable y los miembros del grupo necesitan su estima y temen perderla. El grupo se mantiene unido no porque sus miembros estiman a una persona, sino porque quieren ser como ella o él son. El líder impone sus deseos arbitrariamente y por ese medio obtiene una fácil sumisión. Despierta identificación entre el grupo por el miedo que genera.

B. Líder clásico: Suscita semejanza y cohesión entre todos los miembros del grupo, quienes desean ser comprendidos y aceptados por él.

C. Tirano: Impone sus deseos arbitrariamente y por ese medio obtiene una fácil sumisión. Despierta identificación entre el grupo por el miedo que genera.

D. Objeto de admiración: Alguien que está fuera del grupo pero que por alguna de sus cualidades positivas genera semejanza y emociones comunes en él. Un cantante de moda, un torero, etc.

E. Objeto de agresividad: Alguien que, por alguna de las cualidades por las que destaca negativamente, puede generar envidia o intereses comunes de antipatía o agresividad.

F. Organizador: Alguien que resuelve los conflictos del grupo y resulta útil a todos. Proporciona los medios para que los miembros del grupo canalicen y satisfagan sus necesidades.

G. Iniciador o seductor: Aquel que toma la iniciativa para desarrollar una acción conjunta. Proporciona el momento de arranque para una acción no conflictiva del equipo. El primero en aplaudir, silbar o “romper el hielo”.

H. El héroe: Aquel que vence los temores que tienen los demás miembros del grupo y se arriesga a actuar. Es el iniciador o seductor de actos al servicio de valores morales, la justicia, la solidaridad, etc.

I. El manipulador: Aquel que toma la iniciativa para realizar una acción conflictiva que luego es realizada por todo el grupo. Hay un influjo contagioso que afecta a la irresponsabilidad de las acciones del grupo. Ahorra al grupo incertidumbre, dudas y sensatez porque resuelve sin pensar.

J. El sujeto íntegro (intachable): Aquel que despierta seguridad en el grupo frente a sus malos impulsos. El líder actúa de guardián de la buena conducta y garantiza que no haya descontrol en el grupo.


2.- ESTILOS DE LIDERAZGO

Es bastante típica la siguiente distinción entre tres estilo fundamentales de liderazgo:

AUTORITARIO DEMOCRÁTICO PERMISIVO


- Fija qué procedimientos se han de seguir.

- Determina los pasos a dar de uno en uno, de modo que el futuro siempre aparece incierto.

- Determina tanto la tarea concreta como los compañeros para cada miembro del grupo.

- Es muy personal y subjetivo en su sistema de premios y castigos, alabanzas o críticas.

- Dirige, pero no participa.


- Anima los procedimientos que el grupo asume

- Las deliberaciones configuran un sentido de la perspectiva, un esquema general de acción. Si hay dudas, presenta alternativas

- Los miembros del grupo son libres para elegir y repartirse las tareas

- Procura ser objetivo a la hora de alabar o criticar

- Participa en la tarea


- El grupo dispone de total libertad para diseñar su forma de conducta.

- Suministra materiales pero apenas si participa en las discusiones; sólo dará más información en casos absolutamente necesarios.

- No participa en la designación de tareas ni compañeros.

- Sólo comenta la tarea cuando se le pregunta.

- No evalúa.


Observa varios tipos de líderes: musicales, sociales, religiosos, deportivos, políticos. Elige algún ejemplo concreto de cada uno y explica si se adaptan a alguno de los estilos de liderazgo expuestos aquí arriba o, por el contrario, responden mejor a alguno de los tipos indicados en el ejercicio anterior.

3.- PONTE EN SU LUGAR

Imagina a un grupo de amigos que, como Robinson Crusoe, se encuentra en una isla desierta y desconectada del mundo. Es necesario organizar la nueva vida para poder subsistir: dirigir actividades, distribuir las tareas, asignar las funciones, fijar las metas...

- ¿Quién crees que debe ejercer la autoridad? ¿Una única persona? ¿Todo el grupo en consenso?

- ¿Qué valores debería tener la persona que asumiera la autoridad para que fuera legítima moralmente?

- ¿Te conformarías con un líder que sólo fuera' legítimo socialmente'?

- ¿Qué ventajas e inconvenientes podría tener una autoridad compartida por todo el grupo?


4.- GLOSARIO DE TÉRMINOS:

Define con tus propias palabras y con el mayor rigor posible:

AUTORIDAD

AUTORITARISMO

LÍDER

CARISMA

LEGITIMIDAD

LEGALIDAD

PODER

TIRANÍA

ORDEN SOCIAL

ORDEN MORAL

12. AUTORIDAD Y AUTORITARISMO

CARLOS DÍAZ. ¿Es grande ser joven?
Ediciones Encuentro. Madrid, 1980, págs. 116-117

Sólo una generación que ha sido conejillo de indias y que ha estado atrapada fuertemente por la crisis puede mostrar hostilidad frente a la autoridad. La autoridad es condición de desarrollo, de crecimiento, de armonía, porque es amor. La degeneración, y tan sólo la degeneración, de la autoridad es el autoritarismo. Esto se ve aún más claro con sólo contemplar la etimología de la palabra: Auctoritas (autoridad), por venir del supino auctum, forma de verbo augeo, no es ni más ni menos que auge, desarrollo, plenitud, crecimiento, libertad. Sólo quien vive en auge puede aumentar en solidaridad, porque le sobra fuerza y se goza en compartirla. Sólo, pues, hay autoridad cuando ésta es difusiva, y cuando todos los hombres y mujeres que me rodean crecen conjuntamente.

¿Por qué rechazar esta sin par forma de belleza y armonía que es la autoridad? Naturalmente. cuando se habla de las 'autoridades civiles y militares' que 'presidieron tal acto' se está apuntando hacia una forma en alguna ocasión y circunstancia degenerada, autoritaria, donde el servicio se ha desvirtuado y donde con frecuencia sólo queda succión y. abuso del prójimo. Hay un buen termómetro para medir la autoridad, jóvenes amigos: es el servicio. Quien sirve, quien es solidario, fraterno, quien se goza con el crecimiento común, es autoridad. Sin ningún tipo de imposición, sin necesidad de apoyarse en signos externos, la autoridad está ahí, cuanto más silenciosa mejor. La autoridad odia las alharacas. Una persona con este tipo de autoridad, el único posible, será celebrada por la comunidad, tanto más cuanto menos lo busque.

Es hora, de verdad, de amar la autoridad sin caer en el autoritarismo.

13. EL ESTATISMO, UNA FORMA DE ENTENDER EL PODER Y LA AUTORIDAD

ORTEGA y GASSET, La rebelión de las masas
Espasa-Calpe. Madrid 1958. pp. 127-128.

"En nuestro tiempo, el Estado ha llegado a ser una máquina formidable que funciona prodigiosamente, de una maravillosa eficiencia por la cantidad y precisión de sus medios. Plantada en medio de la sociedad, basta tocar un resorte para que actúen sus enormes palancas y operen fulminantemente sobre cualquier trozo del cuerpo social.

El Estado contemporáneo es el producto más visible y notorio de la civilización. Y es muy interesante, es revelador, percatarse de la actitud que ante él adopta el hombre-masa... Imagínese que sobreviene en la vida pública de un país cualquiera dificultad, conflicto o problema: el hombre-masa tenderá a exigir que inmediatamente lo asuma el Estado, que se encargue directamente de resolverlo con sus gigantescos e incontrolables medios.

Este es el mayor peligro que hoy amenaza a la civilización: la estatificación de la vida, el intervencionismo del Estado, la absorción de toda espontaneidad histórica que, en definitiva, sostiene, nutre y empuja los destinos humanos. Cuando la masa siente alguna desventura, o simplemente algún fuerte apetito, es una gran tentación para ella esa permanente y segura posibilidad de conseguir todo -sin esfuerzo, lucha, duda ni riesgo- sin más que tocar el resorte y hacer funcionar la máquina...

El resultado de esta tendencia será fatal. La espontaneidad social quedará violentada una vez y otra por la intervención del Estado; ninguna nueva simiente podrá fructificar. La sociedad tendrá que vivir para el Estado; el hombre para la máquina de gobierno. Y como a la postre no es sino una máquina cuya existencia y mantenimiento depende de la vitalidad circundante que la mantenga, el Estado, después de chupar el tuétano a la sociedad, se quedará hético, esquelético, muerto con esa muerte herrumbrosa de la máquina más cadavérica que la del organismo humano."

El autor hace una importante distinción entre “sociedad” y “Estado”: ¿En qué consiste la distinción? ¿Qué importancia puede tener no respetarla, según el texto?

La “estatalización de la vida” a la que se refiere el texto hace que el Estado asuma iniciativas que corresponden a las personas o a las instituciones primarias (aquellas en las que la decisión y participación personal son fundamentales). En ellas cada persona es única e importante. Caudno se produce una estatalización los ciudadanos se convierten en “masa”:

- ¿Qué te parece que es propio de la masificación?

- ¿Es lo mismo “sociedad” que “masa”?

- ¿En qué crees que se diferencia una persona de un “hombre-masa”?

14.- ACTIVIDADES

Lee con detenimiento las siguientes reflexiones y coméntalas por escrito, justificando tus valoraciones.

a) “A través de los siglos, la autoridad ha sido un término bueno y elogioso. Hoy, en cambio, autoritarismo es una palabra despectiva, e indica un exceso y un abuso de autoridad; en realidad indica una autoridad opresiva que aplasta la libertad.”

SARTORI. G.: Teoría de la democracia

b) La eficacia del liderazgo no depende del carisma. El carisma no garantiza la eficacia como líder, el liderazgo es trabajo..., la base del liderazgo radica en el análisis eficaz de la misión de la organización, de su definición y fijación clara y visible. El líder fija metas y prioridades, establece las normas y las mantiene. Transige, por supuesto; los líderes eficientes saben muy bien que ellos no controlan el universo. Sólo los falsos líderes (Hitler, Stalin, Mao) tuvieron delirios de grandeza.

DRUCKER. P.: Administración para el futuro

C) La autoridad sólo se compra con virtud. CLAUDIO.

Analiza la siguiente viñeta y describe el tipo de autoridad y de liderazgo que en ella se expone. Justifica tu respuesta.

Autoridad y sociedad

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