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Hermann y Dorotea

Amor en los tiempos de la moderna tiranía

Goethe - Hermann y Dorotea
Sorprende que Goethe haya escrito este poema en clara intención de advertir el desorden universal, el sufrimiento y la locura que iban a acarrear las revoluciones modernas. Y lo hace en los mismos años en que está triunfando La Revolución Francesa.

El poema Hermann y Dorotea, de Johann Wolfgang Goethe, es una obra en apariencia menor que puede servirnos para profundizar en la necesidad de vivir en la esperanza, por duros y calamitosos que puedan ser los tiempos en que nos toca vivir.

En alemán es, por la forma y por el contenido, un texto homérico con resonancias de las geórgicas de Virgilio; un idilio amoroso, una historia de amor llena de candor y hermosura, escrito en el ritmo de los hexámetros homéricos, con un intento claro de evocar la contemplación serena de los tiempos clásicos. Una historia de amor en el trasfondo de las desgracias de la guerra.

En la versión castellana no podemos admirar las bellezas formales, pero sí aprovechar la lección que se desprende de la historia que se nos va a contar.

El Idilio se compuso en 1797. Estamos en los años de la Revolución Francesa (1789). La Primera Coalición (1792-1797) de Austria, Prusia, el Reino Unido, España y el Piamonte (Italia) contra Francia fue el primer intento para acabar con la Revolución. La coalición fue derrotada por los franceses debido a una movilización general, levas en masa, reformas en el ejército y una guerra absoluta. La lucha franco-alemana genera millares de fugitivos que van huyendo por la margen izquierda del Rhin, con la esperanza difusa del retorno, pero sin saber ni a dónde van ni hasta cuándo.

Por contraste, un matrimonio que regenta el mesón de un pueblo alemán, terratenientes ricos, rodeado de unas tierras feraces, huertas, viñedos y alquería en un ambiente social absolutamente en paz, se siente impulsado a socorrer caritativamente a esas pobres gentes que vagan enfermas, hambrientas y casi desnudas, y envía a su hijo Hermann con víveres y ropa de abrigo. Hermann es un muchacho lleno de nobles sentimientos. Al encontrar a la joven Dorotea necesitada de ayuda le entrega todo lo que lleva.

Mientras regresa a casa se da cuenta de que se siente atraído por la joven, tanto por su belleza como por su personalidad. Flechazo inesperado. Se ha enamorado perdidamente de ella, pero es una desconocida, una mujer sin dote ni recursos. Su padre —autoritario, ligado a las antiguas costumbres que aconsejan matrimonios ventajosos—, no lo aprobará. Siempre le ha reprochado su escaso tacto para tratar con las mujeres y su nulo interés por encontrar una «novia opulenta». Así sucede pero Hermann no cederá y, ayudado por su madre, saldrá en busca de la joven desconocida, en actitud típicamente romántica —hecha de dificultades, amor platónico, equívocos y aperturas del alma.

El contexto histórico no puede ser más aciago y la historia de amor absolutamente contraria al modelo de amor libre y caprichoso que va unido a los ideales revolucionarios. Las consideraciones de Dorotea sobre la misión o papel de la mujer en la vida social y familiar nos permiten por contraste palpar las consecuencias que para la familia, el amor y la misma sociedad ha traído a nuestro mundo moderno el rechazo de ese ideal femenino. El personaje no lo ha ideado un Padre de la Iglesia, sino Goethe, el hombre que más y mejor supo del sentido profundo que ocultan y acarrean las revoluciones.

Sorprende que Goethe haya escrito este poema en clara intención de advertir el desorden universal, el sufrimiento y la locura que iban a acarrear las revoluciones modernas. Y lo hace en los mismos años en que está triunfando La Revolución Francesa. No cuarenta años después.

Una aspiración parece mover su pluma: por aciagos que sean los tiempos, nunca hay que perder la esperanza, y siempre seguir el orden que la misma naturaleza reclama, en el amor a la mujer y en el amor a la tierra.

UN JUEZ EN EL CAOS

Hermann y Dorotea
Habían llegado a un sitio donde unos hombres disputaban alrededor de unas carretas; las mujeres también se mezclaban en la discusión y chillaban desaforadamente. En esto, un venerable anciano se aproximó a los querellantes y su sola presencia impulsó la paz y el silencio. Les riñó con tono paternal, pero severo.

Sigue a continuación una escena bella por su ejemplaridad. En momentos de cataclismos naturales o bélicos, surgen en el ser humano impulsos que le llevan a lo más sublime o por el contrario rebrotan aún en personas civilizadas, comportamientos que recuerdan la barbarie de otros tiempos o incluso agresividades propias de animales. En la obra vemos una multitud de fugitivos que la guerra ha expulsado de sus hogares, despojado de sus propiedades, de sus pueblos, dirigiéndose hacia ningún sitio, sin rumbo y sin destino. Dorotea se lamenta de que por no tener en cuenta la necesidad del mañana, por satisfacer el impulso inmediato, ensucien el agua que da de beber al pueblo que los acoge.

En esta la secuencia aparece un brote de violencia y un hombre prudente que sabe sosegar y traer la paz, precisamente por encontrarse inmersos en la desgracia.

“Los buenos emisarios se abrieron paso entre carretas, hombres y animales; miraron a derecha e izquierda sin encontrar los rasgos de la persona que se les había indicado: ninguna de las mujeres que veían les parecía ser la joven augusta que buscaban.

Muy pronto el tumulto aumentó. Habían llegado a un sitio donde unos hombres disputaban alrededor de unas carretas; las mujeres también se mezclaban en la discusión y chillaban desaforadamente. En esto, un venerable anciano se aproximó a los querellantes y su sola presencia impulsó la paz y el silencio. Les riñó con tono paternal, pero severo.

—¿Qué es eso? —dijo—. ¿No os basta la desgracia que a todos nos oprime? ¿Todavía no habéis aprendido a soportaros los unos a los otros, y prescindiendo de las injusticias ayudarnos y sostenernos mutuamente? Se comprende la intolerancia del hombre feliz, pero ¿los sufrimientos y desgracias no nos han enseñado que no debemos vivir en discordia con nuestros hermanos? Considerad la benevolencia con que somos acogidos en este suelo extranjero y el sitio que nos ceden. ¿Por qué no podemos compartirlo equitativamente? ¿Por qué no podemos poner en común lo que nos queda y lo recogido? La compasión y el bien que practiquemos, mañana nos será recompensado.

Durante la reprimenda del viejo, todos guardaron un silencio profundo: renacida la calma cada uno colocó en buen orden y de común acuerdo sus carretas y sus animales.

Entretanto, el cura, que había oído las palabras del viejo y observado su serenidad, se acercó al que podía considerarse como juez, y le dijo:

—Buen hombre, cuando un pueblo pasa tranquilamente sus días felices, cuando vive apacible de los frutos de sus tierra que recoge cada año y en abundancia y aun los renueva si quiere, cuando todo marcha a pedir de boca y nada falta, cada cual puede considerarse como el más prudente y el más sabio, y aquel que en efecto lo es realmente a veces queda confundido ante los demás, puesto que los acontecimientos siguen su marcha normal como movidos por sí mismo. Pero si llega la adversidad y trastorna el curso ordinario de la vida, si la casa se hunde, si los huertos y los campos son destruidos, si el marido y la mujer son expulsados de su hogar y se ven arrastrados por caminos desconocidos, en un laberinto inmenso de días y noches de amargura y ansiedad; ¡ah! Entonces es cuando se reconoce al hombre verdaderamente prudente y cuyas palabras no se pierden en vano. Permita una pregunta, señor: ¿tal vez es usted el juez de estos fugitivos cuyos arrebatos ha calmado? Sí, usted ha aparecido hoy ante mis ojos como uno de aquellos antiguos patriarcas —un Josué, un Moisés— que conducían a sus pueblos desterrados a través de los desiertos y las rutas inciertas. El juez respondió gravemente:

—En verdad, nuestros tiempos pueden compararse a las épocas más graves de que nos habla la Historia Sagrada y la profana, pues aquel que vivió ayer y sigue en vida hoy puede decir que en tan pocas horas ha vivido muchos años. ¡Tanto se acumulan los acontecimientos en su rápida sucesión! A pesar de hallarme en pleno vigor, si miro hacia atrás me parece que pesa sobre mi cabeza una ancianidad centenaria. ¡Oh! Podemos compararnos perfectamente con los que, en horas terribles, en días de aflicción vieron al Señor en medio de un matorral ardiendo, como a nosotros se nos ha aparecido entre el fuego y las nubes de la guerra.”



¿LIBERTAD?

Hermann y Dorotea
¡Libertad! ¡Que no hablen nunca más en su nombre los incapaces de gobernarse a sí mismos! Una vez rotos los frenos, reaparecen libres de obstáculos todas las maldades que la ley retiene en los más profundos pliegues del corazón.

Pocos textos más luminosos ara enseñarnos que no es oro todo lo que reluce y que tantos atractivos, -bien para el entendimiento o bien para los sentidos-, son señuelos engañosos que al final nos llevan a la perdición moral e incluso a un desastre vital o existencial. No podemos leer el fragmento íntegramente por razones de tiempo. Aún reducido, aprenderéis la gran lección de la historia moderna: Las revoluciones han llevado a los pueblos a su perdición. Prometieron un mundo mejor y nos hemos encontrado desorientados, vacíos, sin raíces, errantes como fugitivos, sin patria y sin casa u hogar. Una advertencia resume el lamento que vamos a escuchar:

¡Libertad! ¡Que no hablen nunca más en su nombre los incapaces de gobernarse a sí mismos! Una vez rotos los frenos, reaparecen libres de obstáculos todas las maldades que la ley retiene en los más profundos pliegues del corazón.


Esta es la lección: aprendamos a mirar para aprender a vivir.

Habla un anciano. No tiene nombre. La voz prudente de la experiencia. No le habla al interlocutor que le pregunta como personaje de la narración. Nos habla a nosotros, a ti y a mí. ¿Podremos escarmentar en cabeza ajena? Esta es la finalidad del arte: la catarsis o purificación de los errores de la ficción para evitarlos en nuestras vidas.

—Nuestros sufrimientos —respondió— vienen de lejos; hemos bebido las amarguras de nuestra época, amarguras mucho más horribles por haber sido engañadas nuestras más dulces esperanzas. Cuando el primer rayo del nuevo sol apuntó en el horizonte, cuando se oyó hablar de los derechos humanos universales, de la libertad vivificante y de la igualdad bienhechora, todos sentimos que nuestros corazones henchidos de entusiasmo latían con más fuerza y vitalidad y que nuestros pechos eran más libres. Entonces todos confiamos en una nueva vida y en una existencia mejor. Las cadenas sostenidas por la ociosidad y el egoísmo que sujetaban a tantos países, parecían próximas a desatarse. Todos los pueblos oprimidos volvían sus ojos hacia la gran ciudad –París-, considerada, desde tiempo, como capital del mundo y entonces más que nunca digna de este título. Los nombres de los primeros hombres que proclamaron la libertad fueron igualados a los nombres célebres cuya fama llega a los cielos. Cada uno sentía renacer en sí mismo el ardor, el entusiasmo y la palabra. Nosotros, por ser los vecinos más próximos, fuimos los primeros en sentir el fuego de este ímpetu. Y la guerra se nos vino encima: los batallones franceses invadieron nuestro suelo; pero parecían movidos por sentimientos amistosos. Y en efecto, así fue en un principio.

Se sentían magnánimos, plantaron gozosamente los árboles alegres de la libertad, nos prometieron que no invadirían nuestros dominios y que sería respetado el derecho de todo hombre a gobernarse por sí mismo. La juventud se sintió loca de alegría y los viejos hicieron otro tanto, y los nuevos estandartes fueron acogidos por danzas y festejos. Los franceses, triunfantes, conquistaron muy pronto el corazón de los hombres por su vivacidad y entusiasmo, y en seguida se hicieron dueños del de las mujeres por su gracia atrayente. El mismo peso de las numerosas necesidades impuestas por la guerra nos pareció ligero; las alas de la esperanza nos llevaban hacia el porvenir, en el que nuestras miradas descubrían caminos nuevos y resplandecientes. Si son hermosos aquellos días en que el mozo lleva al torbellino de la danza a su novia esperando la hora de su casamiento, más bellas fueron todavía aquellas jornadas en que aquello que el hombre considera como un bien supremo parecía tan próximo a nosotros y alcanzado fácilmente. Todo el mundo se sentía elocuente: ancianos, adolescentes y hombres maduros hablaban el mismo lenguaje y sus pensamientos eran elevados, y sublimes sus sentimientos.

Pero muy pronto el cielo se oscureció; una raza perversa, indigna de ser el instrumento del bien, usurpó el poder, y sus hombres se lanzaron a una matanza criminal entre ellos, oprimieron a los pueblos vecinos, sus nuevos hermanos, y arrojaron sobre sus nuevas víctimas enjambres de hombres rapaces. Los jefes nos robaban en masa, y los inferiores —incluso el más insignificante— nos desvalijaron y se llevaron nuestros despojos. Sólo mostraban un temor: olvidarse de saquear algo. Nuestra desgracia fue extrema, la opresión creció por momentos, nadie quiso escuchar nuestras quejas: eran los amos del día.

Entonces, la cólera y la desesperación se apoderó de los más pacíficos; todos coincidimos en el mismo pensamiento y juramos vengarnos de tantos ultrajes recibidos y de la pérdida amarga de tantas esperanzas doblemente engañadas.

En un principio la fortuna se puso de nuestro lado y los franceses, derrotados, se retiraron a marchas forzadas. Pero entonces conocimos también los más funestos horrores de la guerra. El vencedor, por lo común, es grande y bondadoso; cuando menos, lo aparenta; tiene ciertas atenciones para el vencido, al que considera como un amigo de quien saca provecho y que le sirve con sus bienes. Pero el fugitivo no conoce ninguna ley y sólo piensa en su vida; desconoce atenciones y escrúpulos y roba cuanto encuentra a mano. Por otra parte le ciega el furor y la desesperación, y se lanza a los más odiosos atentados: nada hay sagrado para él, en todo hace presa. Sus feroces deseos le precipitan hacia las mujeres y mancilla el placer con el ultraje. Como en todas partes siente la amenaza de la muerte, goza de los últimos momentos como un bárbaro y se complace en la sangre vertida y en los gritos y lloros del infortunio.

Ante tales afrentas sentimos redoblar nuestro furor y quisimos vengar nuestras pérdidas y defender lo que nos quedaba. Todo el mundo se armó y aun centuplicaban los ánimos la precipitación de los fugitivos, sus caras pálidas y sus miradas extraviadas y temerosas.

El toque continuo de las campanas sembró la alarma; el peligro futuro no detuvo ya la venganza desencadenada; de súbito los pacíficos instrumentos de labranza se transformaron en armas y las horcas y guadañas se tiñeron de sangre, el enemigo cayó sin piedad; así como el débil es tímido y astuto, la fuerza se abandona a una cólera frenética.

¡Oh, no quisiera volver a ver a los hombres presos de tan espantoso delirio! El arrebato de la bestia feroz es menos horrible.

¡Libertad! ¡Que no hablen nunca más en su nombre los incapaces de gobernarse a sí mismos! Una vez rotos los frenos, reaparecen libres de obstáculos todas las maldades que la ley retiene en los más profundos pliegues del corazón.



UN MODELO DE MUJER PARA TODOS LOS TIEMPOS

Palabras de Dorotea:

“—Nuestra situación no siempre ha sido tan deplorable como la de hoy, ni tengo costumbre de solicitar limosna de un extraño, pues con frecuencia da a disgusto y sólo para desembarazarse del pobre. Pero la necesidad me obliga a esta humillación. En el carro y echada sobre la paja llevo la esposa de un rico hacendado. Acaba de dar a luz; estaba próxima a este trance cuando la recogí y apenas y he podido salvarla gracias a mi carro. Llegaremos más tarde que los demás fugitivos. La infeliz vive por milagro y el recién nacido está desnudo. De nuestros compañeros sólo podemos esperar un escaso recurso, incluso es dudable que los encontraremos en el pueblo próximo, en donde debemos detenernos: temo que hayan proseguido la marcha. Si usted es de este país, y si, por casualidad, puede proporcionarnos ropa blanca, le ruego tenga la bondad de darla a esa desgraciada”.


Hermann y Dorotea
Sirviendo a los demás es como se aprende a mandar y se llega a adquirir la autoridad que una dueña ejerce en su casa. Ya de pequeña, la mujer sirve al hermano, más tarde ayuda a sus padres y se pasa los días en un continuo ir y venir, siempre ocupada en provecho de los demás. Dichosa ella si llega así a habituarse a no considerar penoso ningún camino, a no diferenciar entre las horas del día y de la noche, a no encontrar ningún trabajo cansado en demasía, ninguna aguja demasiado fina...

Hermman y Dorotea es en su versión original alemana un poema, aunque su traducción al castellano no conserva esa estructura. Presentamos aquí un momento de enorme intensidad lírica. El texto está presidido por la musa Erato, la protectora de la poesía, en especial de la amorosa, su nombre en griego significa “amable” o “amorosa”. Goethe nos ofrece una escena intencionadamente lírica.

Hermann aparece en escena creyendo ver a Dorotea en todas partes, como el viajero que por mirar fijamente al sol, lo cree ver en cualquier rincón. El lugar del encuentro, tras verse avanzar en el camino, tendrá lugar en la fuente y, para colmo, además de calmar su sed física, verán sus rostros sonrientes reflejados en las aguas como en un espejo. Toda la ambientación es propia del lugar común en la tradición amorosa universal de los enamorados. Es una escena candorosa y bella, llena de respeto mutuo y de delicadeza entre dos jóvenes que se sienten atraídos. No se dejan llevar por los impulsos ciegos. Más aún Dorotea advertirá que no es prudente seguir en la fuente por no perder la fama de mujer virtuosa. Pues si la fuente es el lugar donde se encuentran los verdaderos enamorados, también es considerado por las habladurías de las gentes como lugar propicio para los amoríos pasajeros.

De la segunda parte del capítulo, en que le propone Hermann a Dorotea trabajar en su casa, queremos resaltar unas palabras que sin  duda nos muestran el cambio que ha sucedido en estos ciento cincuenta años en la concepción natural de la mujer y la de nuestro tiempo. Es un testimonio antológico. Dorotea es una joven realista y prudente, escándalo, tal vez, para los feminismos actuales.

Como el caminante que antes de ponerse el sol fija todavía sus miradas en el astro que desciende del horizonte próximo a desaparecer, y luego sus ojos deslumbrados creen verlo en todas partes, lo mismo sobre el bosque umbrío que a lo largo de la montaña, y vuélvase del lado que se vuelva, por todas partes ve flotar su imagen vacilante y sus brillantes y coloreados reflejos, asimismo aparecía ante los ojos de Hermann la silueta graciosa de la muchacha caminando por el sendero que conducía a su casa. Pero se sobrepuso a su hechizo y se dirigió hacia el pueblo, mas volvió a encontrarse con la misma visión, pues del opuesto extremo del camino se acercaba hacia él la forma resplandeciente. Después de considerarla con la mayor atención, vio que esta vez no se trataba de ninguna imagen ilusoria, sino de ella misma en persona. Ya la tenía cerca. Llevaba un cántaro en cada mano y lo sostenía por una de sus asas. Uno era grande, otro menor, e iba por agua a la fuente.

Hermann marchó con alegría a su encuentro, sintiéndose con más ánimos ante su presencia. Y acercándose a ella, sorprendida de verle, le dijo:

—¡Hola, muchacha hacendosa! Vuelvo a encontrarte en mi camino ocupada en socorrer a los demás y en aliviar sus males. ¿Por qué vas sola a la fuente, que está más lejos, pudiendo servirte, como tus compañeras, de las del pueblo? Cierto que el agua de este manantial tiene cualidades especiales y un buen sabor. Sin duda quieres llevarla a la buena mujer cuya vida salvaste con tus cuidados.

La joven le saludó con amabilidad:

—Me alegro de haber tomado el camino de la fuente y de haber encontrado de nuevo al bienhechor que nos ha colmado de sus donativos, puesto que la vista del que da no es menos agradable que sus mismos dones. Venga conmigo y verá con sus propios ojos a los que se han beneficiado con su clemencia y podrá oír sus palabras de agradecimiento. En cuanto al motivo de venir a buscar el agua de esta fuente clara y abundante, se debe a que nuestros compañeros, imprevisores, a su llegada han enturbiado todas las aguas del pueblo por haber hecho pasar caballos y bueyes por el depósito destinado al uso de la población. Además, han lavado sus ropas y utensilios en abrevaderos, pozos y fuentes, removiendo y ensuciando el agua. Cada cual sólo piensa en su propio interés. Absorbidos por la necesidad momentánea, la resuelven a prisa y de cualquier modo, sin preocuparse de las futuras consecuencias ni de las sucesivas necesidades.

Mientras iba exponiendo estas razones, descendió con Hermann los anchos peldaños de la fuente y se sentaron juntos sobre el pequeño parapeto que la rodeaba. Dorotea se bajó para coger el agua; Hermann tomó el otro cántaro y se inclinó a la vez. Sus imágenes temblorosas sobre un fondo de cielo azul se reflejaron en el manantial como si fuera un espejo. Se contemplaron sonrientes en el agua y se saludaron amistosamente.

—Déjame beber —dijo el mozo.

Ella le alargó el cántaro. Y confiados e ingenuos permanecieron sentados en el pretil, apoyados en los cántaros.

Poco después, Dorotea le preguntó:

—¿Y cómo es que te hallas aquí tan lejos del sitio donde nos encontramos por primera vez? ¿Dónde están tus caballos y tu coche? ¿A qué has venido?
Hermann inclinó la cabeza pensativo. Pero enseguida levantó los ojos hacia Dorotea y miró con ternura los de la muchacha. Sintióse confiado y más tranquilo. Sin embargo, le habría sido imposible hablarle de amor. La mirada de Dorotea no revelaba ningún destello amoroso, sino tan sólo el reflejo de una inteligencia tranquila y de una apacible serenidad. Se imponía una respuesta razonable y el joven, después de concentrarse unos instantes, le respondió en tono de amistosa confianza:

—Escucha, niña, voy a contestar a tus preguntas. Tú eres causa de mi venida. ¿Por qué te lo voy a ocultar? Vivo con mis padres y disfruto de una existencia feliz. Yo, como hijo único, les ayudo con diligencia y fidelidad a dirigir nuestra casa y a cultivar nuestras tierras. Cada uno de nosotros tiene señalado su trabajo, que no escasea. A mí me corresponde la dirección de nuestros cultivos; mi padre administra el negocio y mi madre está al frente de la casa.

Pero tú, sin duda, sabes por experiencia lo que los criados apesadumbran y fatigan a una ama de casa. Unas veces por su ligereza, otras por su mala fe, se ve obligada a renovarlos con frecuencia; es decir, a sustituir unos defectos por otros. Desde hace mucho tiempo mi madre desea tener a su lado una muchacha que le alivie, no precisamente con su trabajo, sino también con su afecto y que pueda considerarla como a su propia hija, muerta muy joven, por desgracia.

Esta mañana cuando te he visto en la carretera ante mi coche y he considerado tu cara franca y serena, tu brazo robusto, tu apariencia de fuerza y salud; cuando te oí hablar en una forma tan razonable, quedé cautivado. Corrí a casa y elogié tus méritos a mis padres y a nuestros amigos. En fin, que vengo a exponerte su deseo, que también es el mío... Perdóname si no hablo más claro.

—No tema nada, acabe —respondió Dorotea—; no me siento ofendida; muy al contrario, le estoy sumamente agradecida. Puede hablar con absoluta claridad. Usted quisiera contratarme como sirvienta para que ayude a sus padres y trabaje en su casa. Usted ha creído encontrar en mí lo que les conviene: una hija juiciosa, activa y de buen carácter. Su proposición ha sido breve; mi respuesta lo será más. Sí, le seguiré ya que el destino así lo quiere. Aquí ya he cumplido con mi deber; he puesto a la madre y al hijo en manos de los suyos, que están muy contentos de que se hayan salvado; la mayor parte ya han vuelto a reunirse con ella; los demás no tardarán en llegar. Todos confían que dentro de pocos días volverán a sus casas. Los fugitivos gustan de crearse ilusiones. Yo, en estos días infelices que sólo nos anuncian nuevas desgracias y horas peores, no me dejo engañar por vanas esperanzas. Las antiguas relaciones están rotas. ¿Quién las reanudará? ¿Quién volverá a ordenar de nuevo tanta confusión? Sólo la necesidad. Así pues, si puedo ganar mi vida en casa de una familia honrada, trabajando por un hombre respetable y ayudando a una buena mujer, consiento en ello muy dichosa. La reputación de una joven que anda sola por el mundo es siempre dudosa. Sí, le seguiré en seguida que haya llevado esos cántaros a mis amigos y después de haberme despedido de ellos. Venga conmigo, deseo que los vea y que sean ellos mismos los que me confíen a usted.

Hermann, al verla tan bien dispuesta, sintió tanta alegría que titubeó unos instantes por si debía comunicarle o no sus verdaderos propósitos, pero juzgó más prudente mantenerla en su error, conducirla a su casa y dejar para más adelante el declararle su amor y pedirla en matrimonio. Por otra parte, se había dado cuenta de un anillo de oro que llevaba en un dedo, y decidió no interrumpirla y seguir escuchando atentamente sus palabras.

—Vamos —dijo—. Es costumbre murmurar de las muchachas que se entretienen demasiado en la fuente y, sin embargo, ¡es tan agradable hablar junto al murmullo de un manantial! Hermann se alzó y ambos volvieron a mirar- se en la fuente. Dorotea, presa de cierta ansiedad, cogió en silencios los dos cántaros y empezó a subir los escalones, seguida de muy cerca por él. A fin de aliviarla del peso de la carga,

Hermann quiso tomar un cántaro.
—No —dijo ella—; déjeme llevarlos a mí sola; así, con un peso en cada mano, se mantiene mejor el equilibrio y la carga es menos pesada. Además, el hombre llamado a mandarme no debe empezar por servirme. Pero ¿por qué me mira con este aire compasivo, como si lamentara mi suerte? Servir es propio de nuestra condición. Y desde muy pequeñas todas las mujeres cuidan más o menos de los quehaceres domésticos. Sirviendo a los demás es como se aprende a mandar y se llega a adquirir la autoridad que una dueña ejerce en su casa. Ya de pequeña, la mujer sirve al hermano, más tarde ayuda a sus padres y se pasa los días en un continuo ir y venir, siempre ocupada en provecho de los demás. Dichosa ella si llega así a habituarse a no considerar penoso ningún camino, a no diferenciar entre las horas del día y de la noche, a no encontrar ningún trabajo cansado en demasía, ninguna aguja demasiado fina y a olvidarse, en fin, de sí misma para vivir para los otros. Si llega a madre necesitará de todas estas virtudes domésticas, pues el hijo no le permitirá descansos y la despertará cuando duerma pidiéndole alimento. Por lo tanto, dolores y cuidados no se apartarán de su lado. Reunidas las fuerzas de veinte hombres no podrían soportar el peso de tales fatigas. Claro que tampoco les corresponde. Pero, por lo mismo, debieran admirarlas.

Así hablando, llegaron a la casa donde se había refugiado la nueva madre, que descansaba junto a una de las inocentes muchachas que Dorotea había salvado.


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