Saber mirar
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Hemos perdido el rumbo...

Calígula, de Albert Camus

HABLAR SIN MÁSCARAS


ESCENA VI


CALÍGULA se ha echado un poco hacia atrás en el asiento, envuelto en su manto. Parece extenuado.
QUEREAS. Me has llamado, Cayo.
CALÍGULA (con voz débil). Sí, Quereas.
Silencio.
QUEREAS. ¿Tienes algo especial que decirme?
CALÍGULA. No, Quereas.
Silencio.
QUEREAS (un poco irritado). ¿Estás seguro de que mi presencia es necesaria?
CALÍGULA. Absolutamente seguro, Quereas.
Nuevo silencio.
CALÍGULA (Súbitamente solícito). Pero discúlpame. Estoy distraído y te recibo muy mal. Siéntate y conversemos como amigos. Necesito hablar un poco con alguien inteligente.
Quereas se sienta.
CALÍGULA (natural, al parecer, por primera vez desde el comienzo de la obra). Quereas, ¿crees que dos hombres de alma y orgullo semejantes pueden hablarse, por lo menos una vez en la vida, con el corazón en la mano, como si estuvieran desnudos uno frente al otro, despojados de los prejuicios, de los intereses particulares y de las mentiras de que viven?
QUEREAS. Pienso que es posible, Cayo. Pero creo que tú eres incapaz.
CALÍGULA. Tienes razón. Sólo quería saber si pensabas como yo. Cubrámonos, pues, con las máscaras. Utilicemos las mentiras. Hablemos como se combate, cubiertos hasta la guarnición. Quereas, ¿por qué no me quieres?
QUEREAS. Porque no hay nada amable en ti, Cayo. Porque estas cosas no se ordenan. Y además, porque te comprendo demasiado bien y no se puede querer ese rostro que
tratarnos de enmascarar en nosotros mismos.
CALÍGULA. ¿Por qué me odias?
QUEREAS. En eso te equivocas, Cayo. No te odio. Te juzgo nocivo y cruel, egoísta y
vanidoso. Pero no puedo odiarte porque no te creo feliz. Y no puedo despreciarte
porque sé que no eres cobarde.
CALÍGULA. Entonces, ¿por qué quieres matarme?
QUEREAS. Ya te lo dije: te juzgo nocivo. Me gusta la seguridad y la necesito. La mayoría de los hombres son como yo. Son incapaces de vivir en un universo donde el pensamiento más descabellado puede en un segundo entrar en la realidad; donde, la mayoría de las veces, entra en ella como el cuchillo en el corazón. Tampoco yo quiero vivir en semejante universo. Prefiero la seguridad.
CALÍGULA. La seguridad y la lógica no marchan juntas.
QUEREAS. Es cierto. No es lógico pero es sano.
CALÍGULA. Continúa.
QUEREAS. No tengo nada más que decirte. No quiero entrar en tu lógica. Tengo otra idea de mis deberes de hombre. Sé que la mayoría de tus súbditos piensa como yo. Eres
molesto para todos. Es natural que desaparezcas.
CALÍGULA. Todo eso es muy claro y muy legítimo. Para la mayoría de los hombres hasta sería evidente. No para ti, sin embargo. Eres inteligente y la inteligencia se paga caro o se niega. Yo pago, pero tú, ¿por qué no la niegas y no quieres pagar?
QUEREAS. Porque tengo ganas de vivir y de ser feliz. Creo que no es posible ni lo uno ni lo otro llevando lo absurdo hasta sus últimas consecuencias. Soy como todo el mundo. Para sentirme liberado de ello, deseo a veces la muerte de aquellos a quienes amo, codicio mujeres que las leyes de la familia o de la amistad me vedan. Para ser lógico, debería entonces matar o poseer. Pero juzgo que esas ideas vagas no tienen
importancia. Si todo el mundo se metiera a realizarlas, no podríamos vivir ni ser
felices. Una vez más lo digo: eso es lo que me importa.
CALÍGULA. Así que necesitas creer en alguna idea superior.
QUEREAS. Creo que unas acciones son más bellas que otras.
CALÍGULA. Yo creo que todas son equivalentes.
QUEREAS. Lo sé, Cayo, y por eso no te odio. Pero eres molesto y tienes que desaparecer.
CALÍGULA. Es muy justo. Pero, ¿a qué anunciármelo con riesgo de tu vida?
QUEREAS. Porque otros me reemplazarán y porque no me gusta mentir.
Silencio.
CALÍGULA. ¡Quereas!
QUEREAS. Sí, Cayo.
CALÍGULA. ¿Crees que dos hombres de alma y orgullo semejantes pueden hablarse, por lo menos una vez en la vida, con el corazón en la mano?
QUEREAS. Creo que es lo que acabamos de hacer.
CALÍGULA. Sí, Quereas. Sin embargo, tú me juzgabas incapaz de ello.
QUEREAS. Me equivocaba, Cayo, lo reconozco y te doy las gracias. Ahora espero tu
sentencia.
CALÍGULA (distraído). ¿Mi sentencia? Ah, quieres decir... (Sacando la tablilla de debajo del manto.) ¿Conoces esto, Quereas?
QUEREAS. Sabía que estaba en tus manos.
CALÍGULA (con pasión). Sí, Quereas, y tu misma franqueza era simulada. Los dos hombres no se han hablado con el corazón en la mano. Pero no importa. Ahora vamos a
interrumpir el juego de la sinceridad y reanudaremos la vida del pasado. Aún debes
tratar de comprender lo que voy a decirte, aún debes soportar mis ofensas y mi mal
humor. Escucha, Quereas. Esta tablilla es la única prueba.
QUEREAS. Me voy, Cayo. Estoy cansado de todo este juego grotesco. Lo conozco
demasiado y no quiero verlo más.
CALÍGULA (con la misma voz apasionada y atenta). Quédate un momento. Es la única
prueba, ¿verdad?
QUEREAS. No creo que necesites pruebas para hacer morir a un hombre.
CALÍGULA. Es cierto. Pero por una vez quiero contradecirme. A nadie le molesta. Y es tan grato contradecirse de vez en cuando. Es un descanso. Necesito descanso, Quereas.
QUEREAS. No comprendo, y no me gustan las complicaciones. CALÍGULA. Por supuesto. Quereas. Tú eres un hombre sano. ¡No deseas nada extraordinario! (Lanzando una carcajada.) ¡Quieres vivir y ser feliz! ¡Sólo eso!
QUEREAS. Creo que es preferible terminar.
CALÍGULA. Todavía no. Un poco de paciencia, ¿quieres? Tengo esta prueba, mírala. Quiero pensar que no puedo haceros morir sin ella. Es mi opinión y mi descanso. Bueno, ¡mira cómo terminan las pruebas en manos de un emperador! (Acerca la tablilla a una antorcha. Quereas se le acerca. La antorcha los separa. La tablilla se derrite.) ¡Ya lo ves, conspirador! Se derrite, y a medida que desaparece esta prueba, una mañana de inocencia se levanta sobre tu rostro. ¡Qué admirable frente pura tienes, Quereas! ¡Qué hermoso, qué hermoso es un inocente! Admira mi poder. Ni los mismos dioses pueden restituir la inocencia sin castigar antes. Y a tu emperador le basta una llama para
absolverte y alentarte. Continúa, Quereas, prosigue hasta el fin el magnífico razonamiento que expusiste. Tu emperador aguarda el descanso. Es su manera de vivir
y de ser feliz.
Quereas mira a Calígula con estupor. Esboza apenas un ademán, parece comprender,
abre la boca y parte bruscamente. Calígula continúa sosteniendo la tablilla en la llama y, sonriente, sigue a Quereas con la mirada.
TELÓN


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