Saber mirar
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García Montero, Pedro Salinas y Dulce María Loynaz

Completamente viernes

LUIS GARCÍA MONTERO

COMPLETAMENTE VIERNES


Por detergentes y lavavajillas,
por libros ordenados y escobas en el suelo,
por los cristales limpios, por la mesa
sin papeles, libretas ni bolígrafos,
por los sillones sin periódicos,
quien se acerque a mi casa
puede encontrar un día
completamente viernes.
Como yo me lo encuentro
cuando salgo a la calle
y está la catedral
tomada por el mundo de los vivos
y en el supermercado
junio se hace botella de ginebra,
embutidos y postre,
abanico de luz en el quiosco
de la floristería,
ciudad que se desnuda completamente viernes.
Así mi cuerpo
que se hace memoria de tu cuerpo
y te presiente
en la inquietud de todo lo que toca,
en el mando a distancia de la música,
en el papel de la revista,
en el hielo deshecho
igual que se deshace una mañana
completamente viernes.
Cuando se abre la puerta de la calle,
la nevera adivina lo que supo mi cuerpo
y sugiere otros títulos para este poema:
completamente tú,
mañana de regreso, el buen amor,
la buena compañía.

PEDRO SALINAS. La voz a ti debida.


Sí, por detrás de las gentes
te busco.
No en tu nombre, si lo dicen,
no en tu imagen, si la pintan.
Detrás, detrás, más allá.


Por detrás de ti te busco.
No en tu espejo, no en tu letra,
ni en tu alma.
Detrás, más allá.


También detrás, más atrás
de mí te busco. No eres
lo que yo siento de ti.
No eres
lo que me está palpitando
con sangre mía en las venas,
sin ser yo.
Detrás, más allá te busco.


Por encontrarte, dejar
de vivir en ti, y en mí,
y en los otros.
Vivir ya detrás de todo,
al otro lado de todo
-por encontrarte-,
como si fuese morir.

Dulce María Loynaz

DULCE MARÍA LOYNAZ

SEÑOR QUE LO QUISISTE...

Señor que lo quisiste: ¿Para qué habré nacido? ¿Quién me necesitaba, quién me había pedido?
¿Qué misión me confiaste? Y ¿por qué me elegiste;
yo, la inútil, la débil, la cansada...? La triste.
Yo, que no sé siquiera qué es malo ni qué es bueno,
y si busco las rosas y me aparto del cieno,
es sólo por instinto... Y no hay mérito alguno en la obediencia fácil a un instinto oportuno...
Y aún más: ¿Pude hacer siempre todo lo que he intentado? ¿Soy yo misma siquiera lo que había soñado?...
¿En qué ocaso de alma he disipado el luto? ¿A quién hice feliz tan siquiera un minuto?
¿Qué frente obscura y torva se iluminó de prisa tan sólo ante el conjuro de mi pobre sonrisa?
¿Evitar a cualquiera pude el menor quebranto?
¿De qué sirvió mi risa; de qué sirvió mi llanto?
Y al fin, cuando me vaya fría, pálida, inerte...
¿Qué dejaré a la Vida? ¿Qué llevaré a la Muerte?...

Bien sé que todo tiene su objeto y su motivo:
Que he venido por algo y que para algo vivo.
Que hasta el más vil gusano su desuno ya tiene,
que tu impulso palpita en todo lo que viene...
Y que si lo mandaste fue también con la idea de llenar un vacío, por pequeño que sea...
Que hay un sentido oculto en la entraña de todo:
En la pluma, en la garra, en la espuma, en el lodo...
Que tu obra es perfecta: ¡Oh Todopoderoso, Dios Justiciero, Dios Sabio, Dios Amoroso!...
El Dios de los mediocres, los malos y los buenos... En tu obra no hay nada ni de más ni de menos...
Pero... No sé, Dios mío: Me parece que a ti —¡un Dios...!— te hubiera sido fácil pasar sin mí...

* * * *

Ningún poema más apropiado para expresar, la concepción cristiana de que todo ser humano por desvalido y poca cosa que parezcamos ser, viene a llenar un vacío irremplazable, tiene un destino, un objetivo y una misión.

En el tono confiado y humilde de una oración, Dulce Ma. le pregunta a Dios por el objetivo o fin de su existencia “¿Para qué habré nacido? “ Se siente tan poquita cosa (triste, inútil, débil, cansada) que ni puede imaginar que alguien la pueda necesitar. Por no ser, no se siente ni buena, pues sus buenas acciones más que fruto meritorio, son producto de “la obediencia fácil a un instinto oportuno”.

Sigue un examen de conciencia ignaciano en el que por medio de preguntas que no responde nos muestra su impresión de desvalimiento y pequeñez. Pero al mismo tiempo por medio de las preguntas se plantea todo un proyecto de vida urdido en las pequeñas acciones de la cotidianidad, no siempre cumplidas: “¿Pude hacer siempre todo lo que he intentado? ¿Soy yo misma siquiera la que había soñado?”

Pero siendo asimismo ocasión para ir tejiendo nuestras vidas en el bien: evitar lutos en las almas dolientes, buscar la felicidad de los demás, hacer de nuestras risas, sonrisas y llantos instrumentos de alivio ante el menor quebranto.

La segunda parte temática del poema, la que comienza “bien sé que todo tiene su objeto y su destino” es una sucesión de rotundas afirmaciones en pro del sentido de la existencia: todo tiene un objeto, se viene y se vive para algo, todo tiene un destino, hasta el gusano, todo lleva el impulso divino, todo llena un vacío, todo tiene un sentido, aunque se muestre oculto. La obra de Dios es perfecta “En tu obra no hay nada ni de más ni de menos”. No es de extrañar que irrumpa una alabanza en gradación ascendente: “Dios justiciero, Dios sabio, Dios amoroso”, precedido del “¡Oh Todopoderoso!” Y concluido con ese desconcertante “Dios de los mediocres” resumen de la condición humana, en la que incluye a todos los hombres “los malos y los buenos”.

Los dos últimos versos nos obligan a superponer un doble sentido. Uno, acorde con el sentimiento de pequeñez de la primera parte: Tú, todo un Dios, yo tan nada, “fácil te hubiera sido pasar sin mí...” Pero la segunda parte del poema transforma la impresión negativa, por medio de la ironía, (decir lo contrario de lo que se siente dándolo a entender), en un sentimiento de agradecimiento y gozo por el don, en medio de su aparente pequeñez, de su existencia, por el don de la vida concedida gratuitamente por ese Dios amoroso, Dios de los mediocres, Dios de todos y cada uno de los hombres, Dios de cada persona. Me conmueven los dos últimos versos. Es como una picardía femenina, llena de ternura. Como si le dijera: bueno ahora que nadie nos oye dime la verdad: Pero no sé, Dios mío; me parece que a ti ¡Un Dios!, te hubiera sido fácil pasar sin mí...


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