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/ EL CAMINO DEL HOMBRE / Las sociedades y el Camino de Santiago

 EL CAMINO DEL HOMBRE

COMUNICACIÓN

LAS SOCIEDADES Y EL CAMINO DE SANTIAGO

UN CAMBIO DECISIVO EN LA CONCEPCIÓN DE LA CIUDAD

 CONTENIDO

   1. Tipos de grupos sociales según Tönnies
   2. Instituciones sociales
   3. El bien común social
   4.- La modernidad y el giro hacia el mecanicismo social
   5.- La pervivencia de ‘comunidades’ en el Camino de Santiago
   Conclusión
   Bibliografía

Autor: Dan Emilio González Marijuán (danemilio_92@hotmail.com)

Comunicación presentada alIII Encuentro en el Camino de Santiago:
“El Camino del hombre – La ciudad en el Camino”.
León, 16-18 de abril de 2010.

 

OBJETIVO: Aplicar la teoría sociológica de Ferdinand Tönnies -en concreto su conocida distinción entre “comunidad” y “sociedad”-, a la sociedad contemporánea y a las relaciones sociales que se establecen a lo largo del Camino de Santiago, mostrando la persistencia de vínculos comunitarios en los lugares de paso y en la acogida y trato al peregrino.

MÉTODO: Primero se ha partido de la lectura del trabajo La sociedad y los vínculos humanos: de la “comunidad” a la “sociedad”, proporcionado por el profesor coordinador, después lo hemos esquematizado para su exposición en powert point, y por último se le ha dado redacción escrita para su lectura y publicación. De la comunicación presentada por Dan Emilio González al II Encuentro Universitario en el Camino de Santiago, celebrado en Burgos, se han recuperado asimismo algunas observaciones relativas a la hospitalidad en el Camino.

PROFESOR COORDINADOR: Andrés Jiménez Abad, Catedrático de Filosofía del IES Basoko, de Pamplona

 

1. Tipos de grupos sociales según Tönnies

El sociólogo alemán Ferdinand Tönnies (1855-1936) estableció una interesante y conocida distinción en su libro Comunidad y sociedad, escrito en 1887. En él estudia dos tipos básicos de organización social:

- la comunidad, organización social natural en la que predomina una visión organicista de las relaciones sociales, visible ya en Aristóteles al describir y fundamentar la sociabilidad natural del hombre.

- la sociedad, o asociación, organización social artificial o contractual (que propicia una mirada a las sociedades basada en el mecanicismo) y de la que habló Hobbes al estudiar las bases de la sociedad partiendo de la insociabilidad individualista propia del hombre y de la necesidad para la convivencia de un pacto o acuerdo de paz.

La pervivencia de la comunidad en medio de la sociedad moderna caracteriza sociológicamente a muchas de las ciudades que atraviesa el Camino de Santiago. Puede afirmarse que la ruta jacobea es hoy un camino vivo, a lo largo del cual pervive el espíritu humanizador de las comunidades a las que en su ya clásico libro se refirió Ferdinand Tönnies.

Las comunidades son grupos sociales de pequeño tamaño, cuyo elemento más importante es el sentimiento de comunidad basado en unas relaciones personales estrechas: de amistad, confianza, solidaridad… Estos elementos cristalizan en una moralidad común a la que pertenecen las costumbres tradicionales, las normas morales y una religión común. Es también muy característica la existencia de una experiencia común de pasado unificadora: la tradición. Estas agrupaciones se originan espontáneamente a partir de la sociabilidad natural del ser humano, dando lugar a relaciones muy vitales y orgánicas.

Las asociaciones o sociedades, por el contrario, son grupos extensos caracterizados por la búsqueda de un objetivo concreto. En ellas la razón aparece como elemento ordenador de las relaciones sociales, calculando medios y fines, sirviéndose de relaciones sociales entre desconocidos y de carácter convencional para lograr ese objetivo. Lo que mueve es una voluntad ‘arbitraria’ que busca la utilidad y la eficiencia mediante un esquema a priori mecánico e imaginario. El elemento común no es ya el pasado sino el futuro a construir.

Tönnies precisa que se trata de ‘tipos ideales’, pues toda agrupación humana participa por así decirlo de los dos caracteres mencionados en proporciones diversas y cambiantes. Ahora bien, para él, la disolución paulatina de lo comunitario es precisamente lo que singulariza el proceso de industrialización y urbanización que conduce a la “asociación” racionalizada, propia de la forma de vida característica de la modernidad. En el proceso de construcción de las ciudades modernas se aprecia una relevancia creciente de las instituciones sociales y en general de la organización social, y una pérdida paulatina de los vínculos vitales entre las personas. Ese proceso, según Tönnies, origina una ruptura o debilitamiento creciente de los lazos cálidos y espontáneos, una atrofia de los sentimientos positivos, a la vez que una hipertrofia de los agresivos, embotados por la experiencia frenética de las ciudades.

Tönnies, no obstante, rechaza la radical dicotomía o antagonismo excluyente entre razón y pasión, y propone entender a ambos conceptos como una polaridad en tensión constante entre dos tendencias divergentes. De igual modo, para él, comunidad y sociedad –lo mismo que el alma y el cuerpo- no se oponen como si fueran formas de vida, realidades o conceptos puros, sino dos estilos de vida, dos modos de entenderla que podrían pervivir y convivir a pesar de su diferencia.

 

2. Instituciones sociales

Las instituciones son estructuras estables dentro de un grupo social que persiguen determinados fines de un modo organizado. Una institución, a pesar de recaer en personas concretas, permanece aunque éstas cambien. Supone una serie de roles sociales que ofrecen un patrón de comportamiento preestablecido a las personas que implicadas. Su objetivo fundamental es satisfacer de manera eficaz las necesidades y fines de la sociedad. Son pues más propias de las asociaciones que de las comunidades, aunque no son ajenas a estas últimas tampoco. La diferencia estriba en la centralidad que en ellas se confiere, respectivamente, a la organización o a las personas.

Las instituciones simplifican el comportamiento social evitando la continua improvisación, aspecto muy negativo cuando el grupo social es muy complejo; coordinan la actividad de los diferentes miembros de la sociedad para evitar interferencias y choques entre ellos y de esta manera lograr la última ventaja, que es la consecución de unos fines mayores que los que podrían conseguir los individuos si no tuvieran este tipo de organización.

Pero también presentan inconvenientes. Por ejemplo: dificultan el progreso al establecer pautas de comportamiento permanentes que dificultan la adaptación a los posibles cambios que puedan sobrevenir. Además tienden a asfixiar la autonomía de la persona por falta de flexibilidad, ya que se busca controlar las acciones de los individuos.  Por último, propicia la disolución de la responsabilidad porque las personas tienden a refugiarse en su papel social para eludir obligaciones morales.

La patología característica de las instituciones es la burocracia. Surge por la excesiva complejidad de las relaciones institucionales y procesos que engloba. Cuando la burocracia se consolida, adquiere mayor relevancia la solución de los problemas derivados de la propia organización que la solución de los problemas reales de las personas, que son los que motivan en el fondo la creación de las instituciones. A esta visión en la que la regulación, eficacia y eficiencia de los procesos de organización social adquieren el mayor protagonismo, se la conoce como racionalidad tecnocrática, y supone generalmente una despersonalización de la sociedad. Podríamos resumir el problema en que los medios cobran más importancia que los fines que se pretenden alcanzar –e incluso que las personas mismas-, que son, además, los que dan su sentido último a los medios.

 

3. El bien común social

Es importante recordar a este respecto, para apreciar el cambio producido a lo largo de la modernidad en la concepción de la vida social, cuál es el sentido y finalidad de ésta. El pensamiento clásico se refirió siempre a dicha finalidad con la noción de bien común.

El bien común es el objetivo que se persigue mediante la constitución y dinamismo de un grupo social. Resulta pues fundamental a la hora de determinar cuáles son los valores prioritarios en el grupo social y el tipo de relaciones que habrá entre sus miembros. Una característica esencial del bien común es que es a la vez meta y camino. Es algo que se persigue y que nos atrae desde el futuro, pero también es algo que debe disfrutarse cotidianamente en mayor o menor medida. Se va configurando según se desarrollan las relaciones sociales, redefiniéndose y aportando nuevos contenidos. Pero también ejerce una función de meta ideal estimulante que anima a los integrantes del grupo a irse superando. La misma pertenencia a un grupo social supone el disfrute de una serie de posibilidades, ventajas y recursos que pertenecen al bien común del mismo.

El bien común viene a ser “lo mejor” para todas y cada una de las personas que componen el grupo dentro de lo posible. Los elementos esenciales del bien común social son:

1) El bienestar material, que permite una existencia no agobiada por la necesidad de supervivencia

2) La paz y el orden social, que son el marco necesario para llevar a cabo unas relaciones sociales normalizadas; la libertad y la justicia, que abren la posibilidad de que cada persona desarrolle su vida por el camino que ella elija sin perjudicar al resto de personas

3) Los bienes culturales y espirituales, que, como culminación de todos los anteriores, suponen la realización de la persona en cuanto ser humano. En definitiva cabe afirma que el mayor bien de una sociedad son las personas que la integran, y que por lo tanto la finalidad más alta que una sociedad persigue es el bien-ser, el perfeccionamiento de las personas.

 

4.- La modernidad y el giro hacia el mecanicismo social

Ahora bien, ciertos procesos de socialización en los que la organización y el “todo” social mismo adquieren la máxima importancia, pueden llevar a una pérdida del referente personal de la vida social. El “todo” aparece como más importante que la “parte”. Pero no olvidemos que las “partes” del todo social son personas, y que éstas son “algo más” que “piezas” o “partes” de un colectivo.

El logro del bien común que en la Modernidad se ha denominado sintomáticamente “interés general” con frecuencia creciente– no puede plantearse como el logro de las finalidades del organismo o del mecanismo social a cualquier precio, y singularmente, con perjuicio para la libertad, el crecimiento moral y la dignidad de las personas que integran la sociedad.

El bien común pretende ser el marco en el que se alcance el perfeccionamiento colectivo, pero también el personal, y en ningún caso puede aquél suplir a éste o perjudicarlo. La razón es que todo hombre, todo ser humano, ciertamente es ciudadano, pero es “algo más” que ciudadano. A esto apunta precisamente el concepto de persona, que implica que el ser humano es alguien y no simplemente algo; un ser único, irrepetible e insustituible, dotado de valor por ser él mismo. Valor éste que se conoce específicamente como dignidad.

El gobierno social tiene fundamento como órgano cuyo fin es dirigir a la sociedad, pero no hacia un bien abstracto, el bien del “todo” social a expensas de las “partes”, sino hacia el perfeccionamiento individual y solidario de las personas, que son el principio, el sujeto y el fin de la vida social. Ello implica, entre otras cosas, que el todo social no es superior a sus elementos las personas– de forma absoluta.

La idea del Estado moderno, que se va consolidando a partir del Renacimiento, sin embargo, gravita sobre la idea de poder. Baste mencionar al respecto a los grandes teóricos de la soberanía absoluta del Estado: Hobbes, Maquiavelo o Bodino. Para ellos sólo un poder de algún modo absoluto permite enfrentarse con éxito a lo que amenaza al grupo social, tanto dentro como fuera del mismo. Para un poder absoluto, la existencia de la libertad individual de las personas-ciudadanos es evidentemente un obstáculo. Es bueno que exista un vigilante del orden, de la paz y del bien común. Pero ¿quién vigila al vigilante?

Por otra parte, una organización social compleja, en la que la aportación individual es importante sólo cuantitativamente, pero no cualitativamente, resta valor a la singularidad de las personas, a sus deseos y necesidades más singulares e íntimas. Da máximo valor al número y tiende fácilmente a la despersonalización. En esta perspectiva, un hombre acabaría siendo simplemente “un millón de hombres partido por un millón” (la expresión es de A. Koestler), y por lo tanto perfectamente sustituible.

Esto es lo que Tönnies señala cuando afirma que la Modernidad ha propiciado el predominio de la ‘sociedad’ sobre la ‘comunidad’. Dicho predominio implica en efecto la mayor importancia que han tomado las instituciones frente a las personas, que pasan a valorarse más por la función que cumplen dentro de la sociedad que por su valor en sí mismas. Por otra parte se pasa a ver a la persona como un simple individuo, dotado libertad y capaz de tomar la iniciativa, constituyendo una amenaza para la sociedad, pues podría volverse contra el resto de individuos (libertinaje) y contra el orden social en su conjunto. El poder, el interés y el dinero pasan a ser referentes del valor, frente a la honestidad, la fidelidad a los vínculos morales basados en un orden trascendente y el reconocimiento de la dignidad inviolable de las personas.

A partir del siglo XVII encontramos a Hobbes defendiendo un poder absoluto, el del Estado-Leviathan, que anula la libertad de los individuos; la reacción de un liberalismo que defiende la libertad del individuo frente a ese Estado absoluto; a Rousseau, que propone la voluntad general como vértice supremo de la sociedad; la insociable sociabilidad kantiana o las teorías materialistas de Marx. Incluso Montesquieu llegará a afirmar que la perfección y eficacia de las leyes hará innecesaria la virtud. En última instancia encontramos la preponderancia de la economía y de la política sobre el resto de las dimensiones humanas y sociales, supeditándolas a ella, e influyendo de forma determinante en la ética, hasta asumir su función.

 

5.- La pervivencia de ‘comunidades’ en el Camino de Santiago

Para concluir analizaremos de forma más cercana y concreta, como se plasma todo lo dicho anteriormente en la sociedad actual (basada en gran medida en el predominio de la asociación) y la pervivencia de las comunidades en el Camino de Santiago en torno al ejercicio de la hospitalidad.

La historia de la Ruta Jacobea nos habla, a través de etapas sucesivas, del desinteresado ejercicio de la hospitalidad. Al acabar el siglo XI podía darse por establecida una ruta de peregrinos y comercial, la clásica, dotada ya de una primera red de centros asistenciales que contribuirían a consolidarla. Había ya hospitales en todas las etapas del Camino: Jaca (1084), Pamplona (1087), Estella (1090), Nájera (1052), Burgos (1085), Frómista (1066), Carrión, Sahagún, León (1096), Foncebadón (1103), Villafranca del Bierzo, El Cebrero, Portomarín y, como culminación, Compostela.

La presencia y labor de los hospitaleros actuales, lo mismo que tantos del pasado, hablan de la pervivencia del espíritu de la comunidad. En multitud de albergues encontramos el sentimiento de comunidad del que hablábamos al principio, puesto que para ser hospitalero es necesario haber sido peregrino. De esta forma se crea un vínculo de espontánea empatía e identificación emocional entre el que hospeda y el que camina hacia Santiago. Resulta patente el valor intrínseco de las relaciones, ajeno a intereses utilitaristas, porque según los propios hospitaleros la mejor recompensa que reciben es la propia relación, que muchas veces es lo que les mueve a tener esta experiencia. Los valores de solidaridad se expresan en el deseo de los hospitaleros de entrega y de servir de apoyo emocional e incluso de luz espiritual para el peregrino.

Otro ejemplo es la formación de familias de peregrinos. Surgen como en otro tiempo de forma espontánea y se van fortaleciendo según se van acumulando experiencias comunes. Un elemento muy importante de unión es por una parte la oración conjunta que se suele realizar en los albergues y por otra el compartir una serie de valores: austeridad, superación del dolor, solidaridad o fraternidad, alegría, reflexión.

Pero la tradición de hospitalidad –y el sentimiento comunitario que la acompaña– brota de un origen, históricamente reconocible. La administración de todos esos núcleos de hospitalidad surgidos en el Camino, tanto pequeños como grandes, estuvo en manos de instituciones religiosas. Primero fueron los monasterios y las sedes episcopales, después las Ordenes Militares, como la de San Juan de Jerusalén, más tarde las parroquias y las cofradías formadas por laicos.

Los monjes, especialmente benedictinos, inician con fuerza la historia de la hospitalidad en el Camino de Santiago. Su fundador había dejado sentado que la hospitalidad tenía que ser la primera virtud monástica: “A todos los huéspedes que se presenten en el monasterio ha de acogérseles como al mismo Cristo en persona, porque Él dirá un día: era peregrino y me hospedasteis”. En el comentario a su Regla San Benito señala “que a los peregrinos se les saldrá a recibir con muestra de sincera caridad, saludándoles con una humildad profunda. Una vez acogidos, se leerá ante ellos la ley divina y luego se les obsequiará con todos los signos de la más humana hospitalidad.”

Los monasterios cluniacenses serán los primeros en abrir hospederías o los encargados de administrarlas (Santa María la Real de Nájera, Santa Coloma de Burgos, San Zoílo de Carrión, etc.), ofreciendo al peregrino asistencia material, sanitaria y espiritual relativamente completa. Y a la hospitalidad benedictina sigue la de otras órdenes, como los cistercienses, los premostratenses y los canónigos regulares de San Agustín.

Santo Domingo de la Calzada es una ciudad nacida por y para los peregrinosa finales del siglo XI. Lo mismo se puede decir de San Juan de Ortega, monasterio y hospital en lo más cerrado de los Montes de Oca, hasta entonces "lugar habitado por ladrones que día y noche robaban a muchos peregrinos".

Avanzado el siglo XII, los laicos, habitantes de los burgos, encuentran su principal referente religioso y de caridad en las instituciones de la Iglesia secular: el obispo, las parroquias y las cofradías. Las ciudades se fueron convirtiendo junto al Camino en grandes redes de hospitalidad. En las villas de entidad no había vecino que no formara parte de alguna cofradía, parroquial o gremial, que siempre cuidaba y mantenía un centro hospitalario. Así, durante los siglos XIV y XV las ciudades y villas más importantes del Camino se fueron llenando de modestos hospitales. Pero era toda la ciudad la que hacía causa común del Camino y de los caminantes, a los que se esfuerza por atender y cuidar. No serán pocos los peregrinos que al volver de Santiago –entonces y ahora– decidan quedarse en alguna ciudad para atender un albergue u hospital como hospitaleros durante una temporada.

De este modo, avanzada la edad moderna, los hospitales cumplieron satisfactoriamente con el mandamiento cristiano del amor, orientando su acogida a los peregrinos y menesterosos y configurando una mentalidad comunitaria de hospitalidad y responsabilidad compartida hacia los más necesitados. Ellos también fueron parte esencial en “el Camino”.

Y el hecho histórico es que, a pesar del paso de los siglos y de las transformaciones sociales, pervive en la sociedad de nuestros días un espíritu de hospitalidad y de acogida en muchas ciudades del Camino Jacobeo, según el cual las personas -en primer lugar, los peregrinos que caminan hacia Compostela- son valoradas y tratadas de forma vitalmente sincera y cercana.

 

Conclusión

La pervivencia de la comunidad en medio de la sociedad moderna caracteriza sociológicamente a muchas de las ciudades que atraviesa el Camino de Santiago. Puede afirmarse que la ruta jacobea es hoy un camino vivo, a lo largo del cual pervive el espíritu humanizador de las comunidades a las que en su ya clásico libro se refirió Ferdinand Tönnies. Es muy expresivo, a título de ejemplo entre otros muchos posibles, el rótulo que recibe al caminante en la histórica ciudad del Najerilla: “Peregrino: en Nájera, najerino”.

 


Bibliografía

  • Cobreros, J. 2004. Camino de Santiago, geografía del espíritu. Obelisco. Barcelona-
  • Lersch, Ph., 1979,El hombre en la actualidad, trad. José Pérez Riesco. Gredos, Madrid.
  • Sheed, F.J. 1976. Sociedad y sensatez, trad, de Alejandro Ros, Herder, Barcelona.
  • Tönnies, F., 1947, Comunidad y sociedad [1887], trad. de J. Rovira Armengol, Losada, Buenos Aires.
  • VV.AA. 2004. Monasterios y peregrinaciones en la España medieval. CER, Palencia.

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