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/ EL CAMINO DEL HOMBRE / Campo de estrellas

 EL CAMINO DEL HOMBRE

CAMPO DE ESTRELLAS

Santiago Arellano Hernández

 

La celebración del año santo jacobeo, de puerta santa abierta y confluencia de innumerables gentes, Dios sabe de qué parte del mundo venidas, invita a acercarse al abrazo del apóstol Santiago y contemplar, en medio de nuestra vida cotidiana, el Pórtico de la Gloria y Santiago de Compostela, en visión panorámica.

Para quien conoce la ciudad vieja, Santiago es un amplio monumento de piedra, asociada a la lluvia, aún en los días de sol, en la que todas las calles conducen a la plaza del Obradoiro, para ascender hacia la catedral, atravesar el Pórtico de la Gloria y postrase ante el sepulcro del Apóstol. Santiago es mucho más que una bella ciudad española a la que el mundo mágico de Galicia ha impregnado de encanto y de misterio. Mucho más que cualquier maravilla urbana de la humanidad. Santiago es un sepulcro, es un lugar que conserva los restos mortales de un hombre. Compostela es un "finis terra" es un final del camino, no un alto, es la etapa en que concluye la peregrinación.

Sin embargo Santiago es un estallido de gozo, un punto de partida a la esperanza, un lugar luminoso donde concluyen los talantes luctuosos y desaparece la desazón corrosiva de las conciencias. Es punto de partida, donde las vidas comienzan de nuevo y de otro modo. El camino es penitencial y purificativo. Europa sabe de cuántas culpas ancestrales se limpió a lo largo de los siglos, por eso son tan urgentes y actuales las palabras de Juan Pablo II, "Europa, sé tú misma, vuelve a tus raíces". El sepulcro dejó de ser y encerrar la muerte, para convertirse en un campo de estrellas, una prenda de la resurrección universal.

No creo que sea casual el que en la llamada puerta de las Platerías se encuentre representada la creación del hombre a imagen y semejanza de Dios y que en la puerta principal tengamos que atravesar al son de chirimías y trompetas eternizadas en la piedra el momento sobrecogedor de la resurrección universal, la llamada de toda la humanidad a la gloria, tras resucitar los muertos. No quiero que sean mis palabras las que os sirvan de guía. Gerardo Diego, en su libro Ángeles de Compostela ha sabido descubrir en toda su hondura y grandeza el misterio de la ciudad y el gozo del pórtico de la Gloria.

Para él Santiago es como una nave rústica, que, a pesar de estar anclada en una roca y contemplarla como navegante inmóvil, un soplo, oh paradoja, la empuja y solivianta hacia una luz de ultramundo. La ciudad es el grito de los peregrinos: "¡ultreya!" en el que se adivinan los anhelos más profundos del corazón y que nada ni nadie puede acallar, ni siquiera el grito de cierra España. Santiago es alma de Europa, estrella.

En el pórtico de la Gloria cuatro ángeles músicos están haciendo sonar sus instrumentos transformando en danza y vida el hieratismo frío de la piedra. El tiempo ha desaparecido. Los anhelos implícitos en el grito ultreya nos los desvelan las sonrisas de los cuatro ángeles. Gerardo Diego nos lo explicita en el maravilloso soneto: "Vuestras sonrisas, ángeles, son prendas de mi resurrección".

Estamos en el monte del Gozo. ¿No oís cómo resuena por caminos y rúas, por entre las piedras vencedoras del estrago el grito de ultreya? Plaza del Obradoiro. Subamos reverencialmente las escaleras y entremos en el Pórtico de la Gloria. Detente un momento, en el lateral izquierdo hay un lugar para ti. Deja para luego ritos que distraen. ¿No oyes el sonido de las chirimías? ¿No percibes la invitación a la danza, a la fiesta que nos espera dentro? Ya no hay danzas de muerte. Han desaparecido las sonrisas de escarnio y de burla. Las trompetas anuncian la hora de la resurrección. El sepulcro del Apóstol es prenda de vida, no de muerte. Por fin la carne se ha hecho inmortal, fuego y luz de nieve.

 ¡ULTREYA!

Oh Compostela, estela de Santiago,
Estrella y nave rústica de Europa,
Alta de arboladura, vaso o copa,
Cáliz más bien con sangre del sol vago.

Oh prieta vencedora del estrago
Blanca y negra, tan cúbica. Si topa
La lluvia ciega tu estribor y popa,
Los lame de verdín y jaramago.

¿A dónde vas anclada con tu roca,
inmóvil navegante finisterre,
que un soplo -ultreya- empuja y solivianta?

A una luz de ultramundo te convoca
El coro inmenso -¡Ultreya! Nadie cierre!-
También la piedra, si hay estrellas, canta.

 

 ANGELES DE COMPOSTELA

Ángeles de la gloria en Compostela,
Maltiel, Uriel, Urjan, Razías,
¿a qué convocan vuestras chirimías,
a qué celeste fiesta o láctea estela?

El ritmo en vuestras túnicas modela
Pliegues de piedra musical y estrías,
Y las jambas -oh esbeltas jerarquías-
Entrecruzáis mientras la danza vuela.

Vuestras sonrisas, ángeles, son prenda
de mi resurrección. Dejad que aprenda
pasos de vuestra danza y sus mudanzas,

para aquel día en que por fin me eleve
-carne inmortal de fuego y luz de nieve-
hacia el cenit de las adivinanzas.


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