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Fascinado por la belleza de la naturaleza y la creación

ANTONIO GAUDÍ
(1852-1926)

José Luis Franchez Apezetxea

ARQUITECTO DE DIOS

Fascinado por la belleza. Antonio Gaudí
De hecho, fue Barcelona la ciudad donde Gaudí plasmó su talento creador, con excepción del ya mencionado palacete de Comillas, el palacio episcopal de Astorga y la casa de los Botines en León. Proyectó dos edificios, además, fuera de la ciudad condal, que no llegaron a construirse: el proyecto para las misiones católicas en Tánger y un lujoso gran hotel en Nueva York.

Hoy hemos otorgado el título de arquitecto a un loco o a un genio”. Estas palabras fueron pronunciadas por Elies Rogent, primer director de la Escuela de Arquitectura de Barcelona, el 15 de marzo de 1878, con ocasión del ejercicio de reválida que otorgó a Antoni Gaudí i Cornet el título de arquitecto. Y dijo aún más: “... fue la única vez que el tribunal aprendió del alumno. La seguridad con la que hablaba (Gaudí) sólo podía ser de eso, de un loco o de un genio”. Sentencia tan tremendista da a entender que en Gaudí no había lugar para el término medio. De hecho, su expediente académico, ya desde la época escolar, muestra un carácter decidido que se vuelca con aquello que le interesa, pero que descuida las materias que no le atraen. Por eso, tal vez, durante toda su vida profesional ejerció como arquitecto y solo como arquitecto, hasta el punto de que su obra arquitectónica desborda pasión y originalidad. No publicó libros ni se dedicó a la enseñanza, ya que sus obras le ocupaban con dedicación completa. No obstante, muchos jóvenes estudiantes de arquitectura peregrinaban hasta la Sagrada Familia para conocer al “loco” arquitecto que dirigía las obras de construcción y para escuchar sus reflexiones más personales. Tampoco impartió conferencia alguna.

A él le bastaba el hecho arquitectónico, que tenía por modelo la propia naturaleza, en cuanto obra armoniosa y ordenada del Sumo Creador, que le llevó a establecer en sus edificios un profundo vínculo entre naturaleza y simbología religiosa. Era, pues, su fuente de conocimiento e inspiración la detenida e inteligente observación del mundo natural que le rodeaba, que ya practicó desde pequeño por causa de su niñez enfermiza que le obligó a faltar en muchas ocasiones al colegio. Además, su conocimiento de la técnica constructiva y del sistema de transmisión de esfuerzos de las fábricas de piedra y ladrillo, fue el medio idóneo para proyectar edificios de gran belleza plástica, capaces de retar las limitaciones formales de la física estática.

Los inicios

Antoni Gaudí nació en Reus, el 25 de junio de 1852. Era el menor de cinco hermanos, la mayoría de los cuales murieron jóvenes. Tras estudiar en los escolapios de Reus, en 1873 se traslada a Barcelona y se matricula en la Escuela Provincial de Arquitectura. Alterna sus estudios con el aprendizaje directo en estudios de arquitectura de la ciudad, entre los que se encuentra el del arquitecto diocesano iniciador de las obras de la Sagrada Familia, Francisco de Paula del Villar.

Los primeros trabajos de importancia los obtiene Gaudí en la década de los 80 de aquel siglo XIX: La Casa Vicens, en la antigua villa de Gracia de Barcelona; el coqueto palacio residencial “El Capricho” de Comillas, en Cantabria; el palacio Güell de la calle Nou de la Rambla, primera obra personal gaudiniana; y el colegio de Teresianas, también en Barcelona. De hecho, fue Barcelona la ciudad donde Gaudí plasmó su talento creador, con excepción del ya mencionado palacete de Comillas, el palacio episcopal de Astorga y la casa de los Botines en León. Proyectó dos edificios, además, fuera de la ciudad condal, que no llegaron a construirse: el proyecto para las misiones católicas en Tánger y un lujoso gran hotel en Nueva York.

Obras arquitectónicas señeras

Fue con el cambio de siglo, a partir de 1900, cuando Gaudí proyectó sus obras más emblemáticas. El parque Güell, promovido por su principal mecenas y amigo, el empresario Eusebi Güell, consistía en la ordenación urbanística de un área residencial para viviendas unifamiliares con sus dotaciones. Fue un proyecto que debido a los vaivenes de los bruscos cambios sociales y políticos de aquella Barcelona de comienzos de siglo no se acabó. No obstante, lo más interesante de aquel proyecto se plasmó en su diseño urbanístico, con sinuosos trazados de caminos adaptados al terreno, que evitaron desmontes y que permitieron la construcción de “viaductos” sustentados por columnas inclinadas. También fue singular la construcción de los edificios comunitarios previstos como dotaciones y servicios para la urbanización del parque Güell, como la magnífica escalinata de acceso al parque, presidida por la conocida figura colorista y mitológica de un lagarto, y sobre todo la llamada sala hipóstila, destinada a mercado local de aquella urbanización, y que se remata por un banco-balaustrada de espectacular colorido, hoy día icono de la Barcelona modernista.

El diseño arquitectónico del parque Güell supuso un abandono de las referencias formales a los estilos históricos que Gaudí había utilizado en proyectos anteriores, y la utilización de complicadas formas geométricas de gran fluidez plástica, llenas de colorido, supuso una contribución específica y singular al modernismo catalán.

Algo así ocurrió también con la conocida casa Batlló del Paseo de Gracia, en la que Gaudí muestra toda su genialidad plástica y espiritual, y en la famosa casa Milá, denominada popularmente como “la Pedrera”, en la que la fachada construida a partir de bloques de piedra desbastada, colocados en brusco contraste de voladizos, trasmite una dinámica de formas sinuosas, consecuencia de la alternancia plástica entre huecos y macizos. En magistral contraposición a la rotundidad dramática de esta fachada, la genialidad de Gaudí llega a diseñar una ligera y fantasiosa cubierta llena de colorido y salpicada de exóticas chimeneas escultóricas.

Entre estas obras significativas merece mención especial la cripta de la que iba a ser iglesia de la colonia Güell. Gaudí proyectó un pequeño templo de planta centralizada de formas aparentemente casuales que sin embargo responden a un meditado planteamiento estructural de equilibrio de fuerzas. Los gruesos pilares inclinados de piedra sin desbastar contrarrestan los empujes horizontales y soportan las cargas verticales que transmiten las bóvedas nervadas de ladrillo. El resultado es un espacio inquietante, por su desnudez ornamental y sinceridad constructiva, y a la vez intimista.

La Sagrada Familia

Su obra más significativa y magna, que le ocupó la práctica totalidad de su vida profesional, desde 1883 hasta su muerte, el 10 de junio de 1926, fue el templo expiatorio de la Sagrada Familia, obra cumbre aunque inacabada de Gaudí. La consagración del templo por el Papa Benedicto XVI ha colmado sin duda uno de los mayores anhelos que le animaron a construirlo y que no pudo alcanzar en su vida terrena.

Fascinado por la belleza. La Sagrada Familia. Antonio Gaudí
Así, terminó de levantar la fachada este, que corresponde a la portada del Nacimiento, dejando libertad para que generaciones futuras acabaran el templo, en un camino abierto a la investigación y a la experimentación arquitectónica. Dejó como guía una maqueta y algunos dibujos realizados por sus colaboradores.

La obra, como ya he comentado, fue iniciada por el arquitecto diocesano Francisco de Paula del Villar que la abandonó por desencuentros con la Asociación Espiritual de Devotos de San José, promotora del templo, cuando la cripta estaba prácticamente finalizada. José María Bocabella i Verdaguer, fundador de la Asociación Josefina en 1866, debía buscar un arquitecto sustituto. Y eligió a un desconocido y novel arquitecto que por aquel entonces -1883- tenía tan sólo 31 años, Antoni Gaudí i Cornet

Desde el comienzo Gaudí entendió que la construcción del templo llegaría mucho más allá que su propia vida, razón por la que prefirió centrar sus esfuerzos en rematar partes verticales completas del edificio en vez de construirlo desde un replanteo total de su perímetro. Así, terminó de levantar la fachada este, que corresponde a la portada del Nacimiento, dejando libertad para que generaciones futuras acabaran el templo, en un camino abierto a la investigación y a la experimentación arquitectónica. Dejó como guía una maqueta y algunos dibujos realizados por sus colaboradores. Esta actitud realista demuestra un sólido conocimiento del proceso constructivo del templo y una visión generosa y transcendente de su propia vida, insertada como una pieza más, aunque única e irrepetible, en el plan de la historia de la salvación de Dios para la humanidad. Decía “…una generación, dos, tres, no son nada para Dios, cuya medida es la eternidad. El esfuerzo de un hombre es tan pequeño que únicamente sumándose generaciones será posible llegar a la terminación de la casa del Señor,... y no me importaría siquiera la variedad de estilos, porque casi todas las grandes catedrales las tienen, y no obstante son muy hermosas. Créanme. La vida del hombre es mala medida.” De hecho, el templo inacabado es panteón del propio Gaudí, que fue enterrado en la cripta.

Gaudí proyectó un templo de planta de cruz latina cuyo interior es un gran bosque de columnas arborescentes inclinadas que soportan de manera distributiva los empujes horizontales de las bóvedas sin necesidad de contrarrestos exteriores -a los que Gaudí llamaba despectivamente muletas del gótico-. Las numerosas bóvedas de gran esbeltez, fragmentos de hiperboloides, forman el follaje de hojas que soportan las columnas ramificadas. En su coronación las bóvedas disponen de aberturas circulares, a modo de lucernarios, que permiten el paso de la luz cenital al interior del bosque sagrado. Una construcción racional, marcada por su sinceridad constructiva y estructural, que consigue un espacio interior íntimo y amplio a la vez, de sobrecogedora belleza.

El exterior del templo, cuando se termine de construir, tendrá18 torres -hasta el momento se han levantado 8 torres que corresponden a las portadas del Nacimiento y de la Pasión, a oriente y occidente, respectivamente-. Estarán dedicadas a Jesucristo -la central y más alta que alcanzará una altura de 167 metros, la mayor de Barcelona-, a la Virgen María, a los 4 evangelistas y a los 12 apóstoles. Las portadas, ubicadas en ambos brazos del crucero y a los pies del templo, son las del Nacimiento (brazo sur), de la Pasión (brazo norte) y de la Gloria (puerta principal a los pies del templo), todas ellas dedicadas a misterios claves de la vida de Jesucristo. Al igual que el resto de la arquitectura gaudiniana, el templo de la Sagrada Familia está cargado de simbolismo religioso, cualidad que fue magistralmente descrita por el Papa Juan Pablo II cuando en 1982 visitó por primera vez el templo: “Este templo de la Sagrada Familia recuerda y compendia otra construcción hecha con piedras vivas: la de la familia cristina, donde la fe y el amor nacen y se cultivan sin cesar”. También, años atrás, en 1915, el nuncio papal en aquel momento, monseñor Ragonesi, al visitar las obras de construcción del templo había dicho a Gaudí: “Usted es el Dante de la arquitectura y su obra es uno de los más grandes poemas cristianos en piedra”.

Es, en cualquier caso, el templo de la Sagrada Familia, el compendio arquitectónico de la genialidad gaudiniana puesta al servicio de su valor transcendente en cuanto espacio íntimo y personal de encuentro y alabanza al Creador.

Gaudí, el hombre

Fascinado por la belleza. Antonio Gaudí
Los últimos años, cuando solo se dedica a la construcción de la Sagrada Familia, reside en el propio taller de la obra. Llegó a renunciar a sus honorarios en favor de la construcción del templo, e incluso llegó a pedir limosna y donativos de puerta en puerta para tratar de obtener fondos económicos. Su alimentación era muy frugal, fundamentalmente con pan y frutas la mayor parte de los días. Vestía muy austeramente, tanto que el día en que fue atropellado por un tranvía nadie le reconoció

Gaudí era un arquitecto de carácter, incluso, como él mismo se lamentaba, de genio. Cuando en 1898 llevó el proyecto de la casa Calvet al Ayuntamiento para solicitar la oportuna autorización, le respondieron que la altura del edificio sobrepasaba la prevista en ordenanzas municipales. Gaudí, ni corto ni perezoso, envió a un ayudante con un lápiz y una regla para que cortara el alzado con una línea horizontal en la altura marcada por la ordenanza, dejando la fachada desmochada. Gracias a la intervención del promotor, Eduardo Calvet, que era diputado, Gaudí se salió con la suya y la fachada no se modificó.

En otra ocasión, cuando construía La Pedrera vino la guardia municipal y advirtió al contratista que debía retirar un pilar que invadía la acera del Paseo de Gracia. Gaudí dijo al constructor que cortara el pilar justo por la alineación oficial, y que inscribiera en la cara lisa del corte la siguiente inscripción: “He sido cortado por acuerdo municipal”. En el Ayuntamiento cuando se conoció la respuesta de Gaudí no se habló más del asunto.

Este carácter pasional por la arquitectura también se manifestó en su vida personal. Gaudí era un hombre de Dios con una intensa vida espiritual. Asistía diariamente a la Santa Misa -en los últimos años de su vida acudía todas las tardes al oratorio de San Felipe de Neri, en la barcelonesa plaza del mismo nombre-, comulgaba con gran fervor y no solía faltar a las celebraciones de las festividades religiosas que se celebraban en la ciudad. Su entrega también era para sus prójimos: se preocupaba por la vida personal y familiar de los trabajadores de las obras de la Sagrada Familia; los visitaba cuando estaban enfermos, incluso los reprendía cuando conocía conductas poco cristianas en algunos de ellos, invitándoles a que se acercaran a Dios.

Vivió de manera austera. Los últimos años, cuando solo se dedica a la construcción de la Sagrada Familia, reside en el propio taller de la obra. Llegó a renunciar a su sueldo y honorarios en favor de la construcción del templo, e incluso llegó a pedir limosna y donativos de puerta en puerta para tratar de obtener fondos económicos para terminarlo. Su alimentación era muy frugal, fundamentalmente con pan y frutas la mayor parte de los días. Vestía también muy austeramente, tanto que el día en que fue atropellado por un tranvía nadie le reconoció; es más, le consideraron un mendigo. Fue un 7 de junio de 1926, y como todas las tardes, se dirigía paseando al oratorio de San Felipe de Neri. Iba vestido pobremente y calzaba zapatillas de felpa. Los tobillos estaban envueltos en vendas de lana, probablemente para combatir el reumatismo que le aquejó desde niño. En sus bolsillos, entre otras cosas, hallaron varios rosarios. Estuvo ingresado y moribundo en el hospital de la Santa Cruz –hospital de beneficencia cristiana para pobres- durante tres días hasta que murió la tarde del 10 de junio. Fue enterrado en la cripta de la Sagrada Familia, donde hoy día reposan sus restos.

El 10 de mayo de 1994, 68 años después de su muerte, la Asociación pro Beatificación de Antoni Gaudí solicitó oficialmente al arzobispado de Barcelona la apertura del proceso de beatificación. Fue 4 años después, el 5 de mayo de 1998, cuando la Conferencia Episcopal Tarraconense aprobó el inicio del proceso de beatificación, que fue cerrado por el cardenal-arzobispo de Barcelona, Ricard Maria Carles, el 13 de mayo de 2003. Resta por probar un milagro atribuido a su intercesión. Si así fuere, el Santo Padre beatificará al genio y arquitecto universal Antoni Gaudí i Cornet.

Las palabras que el arzobispo de Barcelona publicó en un artículo titulado “Hacia la beatificación de Gaudí”, pocos meses después de la apertura del proceso, constituyen una acertada visión del profundo sentido de su vida y de su obra: “ ...Sin una contemplación profunda y habitual de los misterios de la Fe, la fachada del Nacimiento (de la Sagrada Familia), ni ninguna otra, pudieron llegar a ser concebidas como él las deseo y a nosotros nos conmueven”. Y es que sin la luz de la Fe cristiana es imposible comprender hasta su último significado la vida y la obra de este gran genio y arquitecto, que de prosperar su causa, será el primer arquitecto reconocido santo de manera oficial por la Iglesia. Si Dios quiere, que así sea.

Fascinado por la belleza. La Sagrada Familia. Antonio Gaudí

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Antoni Gaudí nació en Reus, el 25 de junio de 1852. Era el menor de cinco hermanos, la mayoría de los cuales murieron jóvenes. Tras estudiar en los escolapios de Reus, en 1873 se traslada a Barcelona y se matricula en la Escuela Provincial de Arquitectura. Alterna sus estudios con el aprendizaje directo en estudios de arquitectura de la ciudad, entre los que se encuentra el del arquitecto diocesano iniciador de las obras de la Sagrada Familia, Francisco de Paula del Villar

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