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Eutanasia y dignidad

¿HAY VIDAS QUE NO MERECEN LA PENA SER VIVIDAS?

Revista Hágase-ESTAR, enero 2008
Editorial

Hace mucho tiempo se describieron los pasos para lograr la aceptabilidad política y social de la eutanasia:

1. Búsquese un caso lacrimógeno

2. Désele toda la publicidad posible a ese caso

3. Cuando todos conozcan el caso lacrimógeno, hágase una transgresión abierta de la ley

4. Désele toda la publicidad posible a esa trasgresión

5. Búsquese a un enemigo para demonizarlo y ridiculizarlo de modo caricaturesco y cruel

6. Difúndase que la eutanasia es una «realidad social» y que el legislador debe regularla

7. Defiéndase una ley que tenga -sólo en su letra- un carácter altamente restrictivo

8. Conseguida la aprobación de la ley, basta con ir interpretándola cada vez más laxamente para llegar a un uso generalizado de la eutanasia.

Esperanza y sentido
No hay nada de indigno en una vida dependiente de los demás. Es indigno, más bien, quien no logra ver en ello la dignidad

En España estamos en el punto 7. En Holanda, hace algunos años se llegó al punto 8. El 40% de todas las muertes que se producen en ese país está precedido de actuaciones médicas para acelerar la muerte, y al menos mil eutanasias al año se realizan sin que el paciente las haya pedido. Se han dado casos como el de una paciente con cáncer de mama a la que se le aplicó la eutanasia sin su consentimiento porque, en palabras del médico, podría haber tardado aún una semana más en morir, y necesitábamos una cama. Muchos ancianos de los Países Bajos, temerosos de que este tipo de actuaciones les afecten, acuden a Alemania para ser visitados por el médico. El hecho es que se está admitiendo la violencia social que conlleva el afirmar que hay vidas que no merecen la pena ser vividas

Sylvie Menard, casada y madre de un hijo, tiene sesenta años y dirige el Departamento de Oncología Experimental del Instituto de Tumores de Milán, donde trabaja desde 1969. Antes partidaria de la eutanasia, la doctora Menard ha declarado en un reciente congreso en Milán que, desde que se descubrió enferma, su perspectiva ha cambiado: «El examen mostraba un tumor incurable en la médula. Me miré en el espejo: "imposible", me decía; me encuentro muy bien», relata para Avvenire. «Conocí, de golpe, la imposibilidad de trazar cualquier proyecto. Era como tener delante un muro. El futuro sencillamente ya no existía. Se sucedían las noches difíciles». Finalmente eligió la terapia. «Algo en mí reaccionó. Cambió mi conciencia de la vida. Prolongarla algunos años se convirtió en algo fundamental; quería vivir hasta el final», añade.

«Cuando estás sana piensas que eres inmortal. Pero cuando tu final ya no es implícito la perspectiva cambia. También yo, antes, hablaba de una "dignidad de la vida", que me parecía mellada en ciertas condiciones de enfermedad. Cuando uno es sano piensa que pasar por que te laven o te den de comer es intolerable, "indigno". Cuando llega la enfermedad, si el dolor se mantiene a raya, lo que quiere es vivir. Pero no hay nada de indigno en una vida dependiente de los demás. Es indigno, más bien, quien no logra ver en ello la dignidad», subraya.

Sobre el debate acerca de la eutanasia afirma: «el favor de muchos por ella se explica como un tipo de exorcismo inconsciente, como un deseo de alejar la posibilidad de la enfermedad y del dolor»; pero «cuando te encuentras ahí, cambias de idea. La verdadera batalla es contra el dolor y no por una muerte que, en mi experiencia amplísima en el Instituto de Tumores, los "verdaderos" enfermos no piden. Lo que reclaman, en cambio, es no ser abandonados. Temo, concluye, que la eutanasia pueda ser la lógica que avance si de muchos enfermos, cuando mueren, se dice sólo: "por fin"».

Los adalides de la eutanasia hablan de una “muerte digna”. ¿No es mejor luchar por una vida digna, en la que nadie pueda llegar a desear su muerte? No un sistema en el que existan equipos preparados y pagados para quitarnos la vida, sino personas dispuestas y preparadas para ayudarnos, con su sonrisa y su confianza, a recuperar la esperanza y el sentido.


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