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Ese cuerpo que somos

EXALTACIÓN DE NUESTRA CONDICIÓN CORPÓREA

LUIS FERREIRO
Director de la revista Acontecimiento

La dimensión corporal
Nos preocupa también que en las actitudes contemporáneas pueda haber una tendencia al desequilibrio, debida a la unilateralidad con la que se afirma la corporeidad humana, olvidando con frecuencia la espiritualidad del ser personal

A lo largo de la historia el cuerpo humano ha sido querido y odiado, apreciado y despreciado, admirado y repudiado, deseado y temido, ensalzado y vilipendiado, ha sido objeto de atracción y de repulsa, de confianza y de sospecha, se le ha mirado como materia pasiva y como agente vivo, como fuente de desgracia y de felicidad, como maldición y como bendición.

Con frecuencia, la ambivalencia del cuerpo ha sido motivo de desconcierto para los hombres y las mujeres que no saben con seguridad a qué atenerse, de modo que en cada cultura la mirada sobre el cuerpo se ha deslizado a través de todos los matices desde el sosiego a la inquietud, pasando, incluso, de lo uno a lo otro según las circunstancias. No es extraño, pues el dolor y el placer, el sufrimiento y el gozo, la tristeza y la alegría, la pasividad y la acción, la muerte y la vida, todo lo que nos sucede, lo que hacemos y lo que somos, nos vie­ne por el cuerpo. Todo cuanto afecta al hombre deja su huella en él, como también a través de él es como nuestra huella queda impresa en el mundo.

En nuestra cultura la actitud ante el cuerpo ha sido cambiante. Hubo épocas en las que se han tomado toda clase de precauciones, como ante un peligro manifiesto que amenaza a cada hombre y a la sociedad en su conjunto, por entender que todo vicio, pecado y perdición tienen su origen en el cuerpo. La influencia de las concepciones dualistas se ha hecho notar, a ve­ces, haciendo estragos en las vidas humanas, a causa de una sobrevaloración de las facultades anímicas, cuya primacía llevaba aparejada la devaluación de la dimensión corporal y, en consecuencia, una desequili­brada concepción de la persona.

En otras épocas, en cambio, la estimación de lo corporal ha relegado la dimensión espiritual de la persona. Sin duda, hoy estamos viviendo en una cultura que ha revalorizado al cuerpo y hay que alegrarse por ello. Nosotros coincidimos aquí con la visión positiva del cuerpo de nuestra época, aunque nos preocupa también que en las actitudes contemporáneas pueda haber una tenden­cia al desequilibrio, debida a la unilateralidad con la que se afirma la corporeidad humana, olvidando con frecuencia la espiritualidad del ser personal.

Creemos que es posible una afirmación de la corpo­reidad, una apreciación creciente de su bondad intrínseca, que sea, al mismo tiempo y al mismo ritmo, una afirmación entusiasta de la espiritualidad de la persona. «Espíritu encarnado» era la fórmula que Mounier em­pleaba para expresar lo que la persona es, insistiendo en la inseparabilidad de las dimensiones corporal y es­piritual. La persona es radicalmente una, no es un mero compuesto, de modo que cuando, como hacemos aquí, enfocamos una de sus dimensiones, hacemos una abstracción, que sólo es legítima en la medida en que el análisis no puede mantener la atención a todo y al mismo tiempo, en que el método pedagógico obliga a ir paso a paso, o que la intención expresiva pretende atraer la atención sobre aspectos del ser humano que requieren una especial concentración en ellos.

Dicho esto, nos complace exaltar nuestra condición corpórea, apreciando la bondad de su misma materialidad, a pesar de su fragilidad, su torpeza, su limitación, que, incluso, no resiste la comparación con los cuerpos de otros animales, más perfectos en muchos aspectos que el del hombre. Admiramos su belleza incomparable, a pesar de su carácter pasajero y de su plasticidad a las heridas del tiempo. Contemplamos con pasión y compa­sión los rostros, singulares, irrepetibles, inolvidables, en los que asoma el misterio inagotable de la verdad por desvelar de cada persona. Sentimos la fascinación de la palabra, esa vibración física grávida de espíritu que nos dona la intimidad de un ser que se hace tú para mí. Amamos la sonrisa y la risa, veneramos el abrazo que acoge y el beso que une los ánimos. Y, siempre, daremos gracias por la gracia de los cuerpos.

La creación de Adán, Miguel Ángel

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