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El ser humano: persona masculina y persona femenina

PREDISPOSICIÓN A LA COMPLEMENTARIEDAD, AL RESPETO Y A LA AYUDA MUTUA

Andrés Jiménez Abad
(Rev. ESTAR, junio 2013, págs.15-22)

En referencia mutua

Es todo el ser humano, en todas sus facetas, el que está modalizado sexualmente: es todo mi yo el que es persona masculina o femenina. Y esa diferencia -que en lo biológico algunos genetistas calculan en un 3%, mientras que el resto de nuestro organismo sería del todo similar- se halla en cada célula de nuestro cuerpo, existen diferencias claras en la estructura y la conectividad del cerebro de mujer y del cerebro de varón. Pero también en la individualidad más íntima de la persona, en el yo, que es masculino o femenino.

La sexualidad no existe como entidad en sí misma. Lo que existe propiamente son las personas sexuadas, personas masculinas y personas femeninas. Y esto, ¿qué supone?

Significa que el modo masculino y el modo femenino de existir son complementarios, pero no sólo entre los sexos, sino en el interior de cada sexo. Esa diferencia forma parte sustantiva de la propia identidad personal y se ordena no sólo a la generación sino a la complementariedad y la comunicación íntima de las personas.

“Ser varón es estar referido a la mujer, y ser mujer significa estar referida al varón” afirma Julián Marías.

Más aún, el conocimiento de la propia identidad sexuada se produce ante y gracias al otro sexo: El hombre y la mujer son recíprocamente “espejos” en que cada uno descubre su condición. Hay un elemento de asombro, condición de todo verdadero conocimiento como afirma Julián Marías, que ayuda a que el encuentro con el otro modo de ser persona haga descubrir el propio modo de serlo. Más aún, es la aportación de la otra persona la que ayuda a crecer de acuerdo con el modo de persona que se es. La atracción que existe entre ambos sexos radica, aún más que en la pulsión fisiológica, en el misterio enriquecedor que se intuye en el otro modo de ser, en el diverso modo de sentir, de percibir, de valorar, de dar y de recibir, de amar y de ser amado.

No hay por lo tanto simetría, sino más bien adecuación desde una comunidad constitutiva, desde una naturaleza común. La persona humana es varón o mujer, en referencia recíproca y complementariedad radical. “Ser varón es estar referido a la mujer, y ser mujer significa estar referida al varón” afirma Julián Marías. Son como la mano derecha respecto de la mano izquierda; si no hubiera más que manos izquierdas, no serían izquierdas. La persona en cuanto varón es para la mujer, y en cuanto mujer es para el varón, y no sólo en lo relativo a la genitalidad. Esta complementariedad no se refiere a la genitalidad, sino a la entera condición o modalización sexuada de la persona humana. Y no abarca solamente el ámbito matrimonial o de pareja, sino que se extiende a todos los ámbitos de las relaciones humanas en la familia y en la sociedad.

Ciertas cualidades decisivas en toda persona madura parecen más peculiares del modo de ser persona masculino y otras del modo de ser persona femenino. Hay, por ejemplo, un modo masculino de ejercer la ternura, distinto en la mujer; del mismo modo que hay un modo femenino de ejercer la firmeza, distinto en el varón. Que exista una cierta inclinación hacia determinadas disposiciones no significa exclusividad en su adquisición y ejercicio. El modo de ser masculino parece más capaz de aportar una tendencia a la exactitud y la racionalización, la técnica, el dominio sobre las cosas, la capacidad de proyectos a largo plazo. El modo femenino de ser persona muestra una mayor espontaneidad para el conocimiento de las personas, la delicadeza y el matiz en el trato, la capacidad de atender a lo concreto, la generosidad, la intuición en el raciocinio, la tenacidad... Ello no supone un “reparto” de cualidades, y menos aún una distinción de rango o dignidad, sino una predisposición a la complementariedad, al respeto y a la ayuda mutua.

No es que existan cualidades masculinas y femeninas, sino un diferente modo de cultivarlas y de mostrarlas, masculino y femenino, que induce a la colaboración entre las personas de uno y otro sexo. Escribe Blanca Castilla: “Masculinidad y feminidad no se distinguen tanto por una distribución entre ambos de cualidades o virtudes, sino por el modo peculiar que tiene cada uno de encarnarlas. En efecto, las virtudes son humanas y cada persona ha de desarrollarlas todas.” Y de ahí que no puede pretenderse que haya trabajos específicos del varón o de la mujer, pero sí que el papel de uno y otro es significativo, por ejemplo, en la educación y en la convivencia y, con mayor motivo, en el rol materno y el paterno, difícilmente intercambiables.

Desde una común naturaleza y desde la misma dignidad, varón y mujer, los dos modos sexuados de ser persona, aportan matices y perspectivas diferentes. Ambos se potencian y se necesitan recíprocamente. La mujer es el complemento del varón como el varón es el complemento de la mujer. Es como si una misma melodía, escrita a dos voces, resultara armónica y completa al ser interpretada a dúo: un modo de ser ayuda al otro. “Son como dos versiones de la misma naturaleza, pues son y hacen lo mismo de modo diverso, pero de tal manera que resultan complementarios” (B. Castilla), de forma que la personalidad de cada uno -y la de quienes conviven con ellos en la familia o en otros ámbitos- se va configurando con las virtudes y actitudes para las que cada uno está más inclinado, y con las que se ha aprendido por la aportación del sexo contrario. Una sociedad sin feminidad no sería una sociedad masculina, sino una sociedad inhumana. Y de hecho probablemente ya lo es en gran medida.

Masculinidad y feminidad no se reducen, así pues, al plano físico y biológico ni se agotan en la función reproductiva. Abarcan toda la corporalidad humana y por lo tanto al modo como la intimidad del yo personal se expresa a través de ella, de acuerdo con su modalidad sexuada constitutiva.

Por este motivo, “no teniendo la masculinidad la exclusiva de la fortaleza, ni la feminidad la de la ternura, no obstante, se puede hablar de una fortaleza masculina y femenina (modos propios o diversos de expresar el mismo bien) o de una ternura masculina o femenina. En suma, podemos hablar de personalidad masculina y personalidad femenina sin que por ello varón y mujer sean más o menos persona humana” (Pedro J. Viladrich). La feminidad realiza lo humano tanto como la masculinidad, pero con una modulación diversa y complementaria, y sólo gracias a la dualidad de lo masculino y de lo femenino, lo humano se realiza plenamente.

Desde el campo católico sobresale el magisterio de Juan Pablo II acerca de la dignidad y la misión de la mujer, recogido en varias cartas y exhortaciones apostólicas, así como sus reflexiones teológicas acerca del cuerpo humano, vertidas sistemáticamente en sus alocuciones generales desde 1979. Pero también se ha empezado a escuchar la voz de un nuevo feminismo que reivindica una verdadera comprensión y defensa de lo que es propio de la mujer como tal. Escribe Janne Haaland Matláry, exministra noruega: “El autentico radicalismo de la emancipación femenina consiste en la libertad de ser realmente una misma, de ser mujer en ‘términos de mujer’. Yo aspiro a que mis colegas masculinos respeten mi condición de madre. Quiero que me consideren como la mujer que soy, y no como una persona que aspira a ser como ellos. Quiero que mis valores femeninos y mis cualidades específicas sean apreciadas y reconocidas en la vida profesional y en la política al igual que lo son los valores y cualidades masculinos... Son mis cualidades femeninas las que precisamente me dan fortaleza, mientras que el imitar las conductas de los hombres me debilita porque entonces no soy verdaderamente yo misma”.

Puede decirse que la aportación más significativa del neofeminismo reside en la demanda y el planteamiento de una antropología que permita engarzar tanto la igualdad como la diferencia entre hombre y mujer, que supere lo mismo la subordinación y el igualitarismo, y que permita comprender qué o quién es realmente la mujer, y qué o quién es realmente el varón. Pero esto a su vez requiere una comprensión cabal de lo que significa ser persona y en qué consiste la naturaleza humana, tan mal entendida por la Modernidad.


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