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En la escuela de Lázaro de Tormes

ADVERTENCIAS PARA UNA ESCUELA DE PADRES

En la escuela de Lázaro de Tormes
La escuela de la vida le ha resultado durísima. Es tremendo que una persona a punto de entrar en la adolescencia aprenda en carne propia, de la anécdota cruel y graciosa del cabezazo con el toro de piedra del puente de Salamanca, esta desoladora lección: “Verdad dice éste, que me cumple avivar el ojo y avisar, pues solo soy, y pensar cómo me sepa valer.”

“Como estuvimos en Salamanca algunos días, pareciéndole a mi amo que no era la ganancia a su contento, determinó irse de allí; y cuando nos hubimos de partir, yo fui a ver a mi madre, y ambos llorando, me dio su bendición y dijo: “Hijo, ya sé que no te veré más. Procura ser bueno, y Dios te guíe. Criado te he y con buen amo te he puesto. Válete por tí.”

Y así me fui para mi amo, que esperándome estaba. Salimos de Salamanca, y llegando a la puente, está a la entrada della un animal de piedra, que casi tiene forma de toro, y el ciego mandóme que llegase cerca del animal, y allí puesto, me dijo: “Lázaro, llega el oído a este toro, y oirás gran ruido dentro de él.”

Yo simplemente llegue, creyendo ser ansí; y como sintió que tenía la cabeza par de la piedra, afirmó recio la mano y dióme una gran calabazada en el diablo del toro, que más de tres días me duró el dolor de la cornada, y díjome: “Necio, aprende que el mozo del ciego un punto ha de saber mas que el diablo”, y rió mucho la burla.

Parecióme que en aquel instante desperté de la simpleza en que como niño dormido estaba. Dije entre mí: “Verdad dice éste, que me cumple avivar el ojo y avisar, pues solo soy, y pensar cómo me sepa valer.”

 

El vigor y simpatía con que el desconocido autor narra las andanzas del jovenzuelo Lazarillo, tan despiadadamente maltratado por los diversos amos y siempre por el hambre, nos hacen olvidar que la clave interpretativa de la novela se encuentra en el prólogo y en el último tratado, cuando Lázaro, pregonero, vive casado en Toledo, protegido y beneficiado del Arcipreste de San Salvador del que se murmura abiertamente un no sé qué y un sí sé qué de sus dudosas relaciones con su mujer. Motivo suficiente para andar en lenguas de las gentes hasta el extremo de haber llegado a oídos de un personaje principal que le ha escrito a Lázaro para que le cuente lo que está realmente ocurriendo. La novela es, en cuanto a variedad textual, la carta que escribe Lázaro para dar respuesta a ese caballero, del que sólo sabemos el tratamiento, “Vuestra Merced”. Y lo va a hacer por extenso, cuando se considera, orgulloso, en “la cumbre de toda fortuna” como repite en otros momentos: “Huelgo de contar a V.M. estas niñerías para mostrar cuánta virtud sea saber los hombres subir siendo bajos, y dejarse bajar, siendo altos, cuánto vicio.”

Leídas atentamente las palabras nos encontramos en esta novelilla, para algunos la primera novela moderna, con una revolución moral más inquietante que la de Copérnico. Buenos pasan a ser no los que hacen el bien, sino los que hacen bienes, los ricos, porque el único mal real es el hambre, hasta el extremo de que para “medrar” no importa el subterfugio e ingenio que derroches o medio que emplees, estando dispuesto si llega el caso incluso a perder el honor y la honra. “Lo que importa es mirar en tu provecho”, le dice el arcipreste. Y esto le han enseñado sus maestros: el ciego, el cura de Maqueda y el desventurado hidalgo.

“Comenzamos nuestro camino, y en muy pocos días me mostró jerigonza, y como me viese de buen ingenio, holgábase mucho, y decía: “Yo oro ni plata no te lo puedo dar, mas avisos para vivir muchos te mostraré.

Y fue ansi, que después de Dios, éste me dio la vida, y siendo ciego me alumbró y adestró en la carrera de vivir.”

Con razón se ha dicho que Lázaro de Tormes es el personaje más cínico de la literatura española. Sin embargo no es extraño que nos mueva a simpatía y nos despierte piedad. La escuela de la vida le ha resultado durísima. Es tremendo que una persona a punto de entrar en la adolescencia aprenda en carne propia, de la anécdota cruel y graciosa del cabezazo con el toro de piedra del puente de Salamanca, esta desoladora lección: “Verdad dice éste, que me cumple avivar el ojo y avisar, pues solo soy, y pensar cómo me sepa valer.”

En nuestra escuela de padres no me cansaré de advertir:

  1. Que los padres deben ser celosos cultivadores del modelo de persona que buscan y pretenden para sus hijos.
  2. Que no es suficiente con encomendar a nuestros hijos a buenos maestros y buenos colegios. Es necesario conocer el porqué se les considera buenos.
  3. Que para el modelo de “medrar” los maestros abundan como los estorninos y algunos son geniales.
  4. Que la sociedad favorece el dejarse arrastrar por lo que se lleva.
  5. El verdadero sentido de la virtud exige vencimiento e ir contracorriente.
  6. Las dificultades y aún miserias producen los “Lázaro”  pero también los “Juan de la Cruz”.

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