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El séptimo sello

Ingmar Bergman

El séptimo sello

Ficha técnica:

Título original: Det Sjunde Inseglet. (Suecia, 1956)
Director y guionista: Ingmar Bergman.
Producción: Allan Ekelmd. AB Svensk Filmindustri
Fotografía: Gunnar Fisher
Dirección artística: Else Fisher
Música: Erik Nordgren
Montaje: Lennard Wallen
Decorados: P.A. Lundgren
Sonido: Aaby Wedin
Efectos especiales: Evald Andersson
Duración: 90 minutos

 

EL SEPTIMO SELLO Y LOS “ESTADIOS DE LA VIDA” DE SOREN KIERKEGAARD

 

El séptimo sello

Realizada en 1.956 (Premio Especial del Jurado en Cannes 1957), El séptimo sello es probablemente una de las películas de Bergman de mayor dramatismo plástico y una de las de más sincero contenido. ­Es considerada como una “obra de autor”, en la que el director ha volcado sus propias vivencias de manera indisimulada.

Ingmar Bergman nació en Suecia en 1.918. Hijo de un pastor calvinista caracterizado por un acentuado rigorismo, tuvo relación en su juventud con una serie de grupos litera­rios marcados por el existencialismo de la angustia y en los que acontecieron varios suicidios en torno a la II Guerra. Entre las constantes de su "pensamiento cinematográfico" -temas en los que vuelca hondas inquietudes, dudas y temores personales, casi siempre de forma dramática-, destaca el misterio de la muerte y la búsqueda ­frustrada del sentido de la vida.

El séptimo sello es una película compleja, repleta de simbolismos y sugerencias dramáticas. Tomando pie de un pasaje del Libro del Apocalipsis (Ap. 8), relativo al fin del mundo, Bergman recoge el pensamiento del filósofo danés Soren Kierkegaard (1813-55), ­difícil y crítico, sobre los tres estadios de la vida, la an­gustia y la desesperación, y lo vierte en el marco medieval (s. XIV) de las pestes que asolaban Europa.

Según ha manifestado el propio Bergman, le impresionaron profundamente durante su infancia las pinturas que, en las ermitas y pequeñas iglesias medievales diseminadas por las campiñas nórdicas, representan las "danzas de la muerte", representaciones cuyo sentido preciso no se conoce, aunque se relacionan con las terribles pestes que diezmaron el continente durante la baja Edad Media. Las pinturas aluden al terror que inspiraba a las gentes lo inexorable de la muerte, lo que da origen a tre­mendas escenas populares como son las procesiones y carava­nas de flagelantes y penitentes que recorrían las comarcas implorando piedad para sus almas e invitando a 1a mortificación corporal.

Esa impresión dramática ha sido incorporada al film, como símbolo del miedo a la muerte que parece acompañar sempiternamente la existencia humana. El mismo Bergman ha sugerido la comparación entre las pestes del medievo y el temor contemporáneo ante la catástrofe nuclear.

Todo ello, unido a los avatares concretos que encarnan los personajes, es recogido en una simbólica partida de ajedrez en la que se enfrentan el Caballero Antonio BLOCK y la muerte misma, protagonistas máximos de la acción intemporal que, en un clima de profundo dramatismo, se entrelaza con los hechos narrados. Es patente, por otro lado, el planteamiento "teatral" de la película -Bergman es ante todo director dramático-, centrado en los diálogos y en la caracterización del alma de los personajes. También lo es la composición pictórica de los planos, dominante a lo largo de todo el film.

El tema de fondo, pues, será el sentido de la muerte y por lo mismo el de la vida, ya que son en cierto modo las dos caras de la misma moneda. Pero no será una cues­tión tratada de modo general y en abstracto, sino simbólicamente, según el modo único, con­creto y angustiado de personajes individuales paradigmáticos, prototipos de determinadas actitudes ante la vida y la muerte.

Para ello, Bergman acude al análisis que Soren Kierkegaard ha hecho de los tres estadios en el camino de la vida, que se encarnan en los dis­tintos personajes del film. Esta caracterización mezcla aspectos de la visión protestante de la vida como una vida dolorosa -y en cierto modo como un castigo, consiguiente al pecado- y de lo que luego será el pensamiento existencialista en el siglo XX, marcado por la angustia.

1) El PRIMER ESTADIO: "Estadio o nivel ESTETICO", es el planteamiento que de su vida hacen los que "no se arriesgan", los que viven atentos sólo a lo inmediato, a la satisfacción de sus deseos,  ya sean éstos zafios o sofisticados. Según Kierkegaard, el hombre “estético”, el “esteta”, puede adoptar varias figuras:

  1. El hedonista, burdo y soez, que sólo aspira a disfrutar de situaciones placentera
  2. El mercader, que, embebido en los negocios, en un activismo febril y esclavo de “lo exitoso”, vive siempre fuera de sí mismo
  3. El refinado, un cínico, un calculador de lo que produce gozo, amigo de la novedad y que elude todo compromiso; nunca se pronuncia. “Burlador” y burlón.
  4. El intelectual pedante, amigo de “todo lo posible”, escéptico y esteticista, sofista que quiere dar valor a todo simultáneamente, que no quiere renunciar nunca, cerrarse posibilidades.

El estadio estético es el más frecuente. Es también el más mezquino, por frívolo, superficial y vano. Conduce al vacío más rotundo, un vacío cruel que se esconde bajo la máscara de la apariencia alegre. Su prototipo es Don Juan, el burlador. Para él la vida carece de sentido más allá de la satisfacción inmediata, elude enfrentarse con la muerte o finge despreciarla. Elude el dolor, pero no encuentra explicación para él y al final no puede evitarlo, terminando por ignorar su sentido. En el fondo es un nihilista (para él nada tiene valor en sí mismo).

El séptimo sello

JUAN EL ESCUDERO

La encarnación fílmica más lograda y nítida de este estadio en El séptimo sello es sin lugar a dudas el personaje de Juan, el escudero.

No es un hombre torpe, sino instruido y cínico, pragmático, ateo y hedonista. Su hedonismo es más bien refinado, aunque no deja de ser radical: “-Hay que divertirse con ellas (las mujeres) sin darles importancia”, “… Al hacer el amor con violencia se le pierde el gusto”. Muestra su banalidad intelectual al definir el amor como “perfecta imperfección” en su diálogo con el desconsolado PLOFF, el herrero burlado. De su cinismo da idea, por ejemplo, una de sus canciones: “No existe el destino / estás ante la nada, / hoy saltas de alegría / y llorarás mañana”.

Se jacta de no temer a nada, ni siquiera a la muerte, pero en el fondo siente miedo ante ella. Se burla de todo: los acontecimientos de la vida se suceden y se repiten, siendo causa de pesares para el hombre… “a mayor gloria de Dios” (nueva muestra de cinismo). Su reacción ante las desgracias, las cuestiones profundas acerca del sentido de la vida, de la muerte y de los pesares –que tan hondamente preocupan a su amo el caballero ANTONIO BLOCK- es el sarcasmo: “-Por más vueltas que le demos, el trasero siempre lo tenemos detrás”.

Su descripción de sí mismo, al calor del aguardiente, no tiene desperdicio: “Aquí tienes al escudero Juan: se ríe de la muerte, blasfema de Dios, se burla de sí mismo y sonríe a las mujeres. Su mundo es el mundo de Juan (individualismo sin horizontes ni trascendencia)… Un pobre bufón ridículo para los demás e incluso para sí mismo. Un pobre bufón. Tan indiferente es para el cielo como para el infierno.”

La muerte la causa horror. Pero no es capaz de “ver”. En la escena final, Juan sale a abrir la puerta a la muerte, pero “no se ve a nadie”, dice, si bien es en ese instante cuando empieza a irradiarse luz en la estancia. Su reacción final, cara a cara con la muerte, es de un rotundo nihilismo, frío y desesperanzado: “-Vivimos en tinieblas… nadie escucha con compasión… mira el fin con serenidad”, le dice a su amo. Y concluye: “Es mejor gozarse de la vida, despreocupándose de la eternidad. Es demasiado tarde; en este supremo instante goza al menos del prodigio de vivir en la verdad tangible antes de caer en la nada.”

2) El SEGUNDO ESTADIO: “Estadio ÉTICO”. Es una superación y, por así decir, la antítesis del estadio estético. Según Kierkegaard, el hombre ético asume y acepta intensamente la escisión y dramatismo de su vida, pero piensa que puede resolver su crisis apelando a principios y obligaciones éticas, a la luz de la razón y con la fuerza de su voluntad. Esta es su opción. Para Kierkegaard, el prototipo de este “estadio” es Sócrates, modelo de héroe trágico. Renuncia a sus impulsos placenteros sabiendo que se trata de deseos pasajeros e “indignos”. Sin embargo se siente lastrado por una inclinación al pecado, a la culpa. Ni lo comprende ni lo acepta, pero ahí esta. Él piensa que es superable por medio de la fuerza de voluntad, iluminada por ideas claras. Cree en la autosuficiencia moral del hombre, pero de hecho se ve obligado a reconocer sus propias limitaciones, su incapacidad para comprender y para vencer el sentimiento de culpa, aquello que se le impone como inevitable en la vida y el hecho de la muerte misma. Su talante vital es la tragedia. Al llegar a esta situación ha de enfrentarse a la elección o al rechazo del punto de vista de la fe, el cual le desborda porque no le resulta comprensible ni manejable a voluntad. Se le pide un “salto”, el de la fe, al que se resiste.

ANTONIO BLOCK, EL CABALLERO

El guión de El séptimo sello se desarrolla en torno a la figura central de Antonio Block, encarnación precisa y espléndida del hombre ético.

Antonio regresa con su escudero de Tierra Santa, a donde acudió como caballero cruzado, sintiéndose llamado por la voz del deber y renunciado al disfrute de su reciente matrimonio con KAREN, su esposa.

En palabras de su escudero Juan, los diez años de sufrimiento y lucha en tierras lejanas han sido un “castigo a nuestro orgullo de satisfechos”. La actitud de Antonio es más bien estoica -o kantiana, incluso- en este punto. No obstante, se siente despreciable ante sí mismo, vacío, cansado. Quiere morir, pero cuando la muerte se presenta y acepta jugar con el caballero una partida de ajedrez -magnífica metáfora, el hallazgo más portentoso del film,- éste exige garantías. No se atreve a dar el salto de la fe, quiere “ver a Dios”, “entender, no creer”. Desea rehabilitar su vida absurda mediante una “acción única que me dé la paz”. Desafía a la misma muerte -lo que se expresará a través de la partida de ajedrez-, confiando en sus “alfiles y caballos para no perder mis piezas”.

El salto de la fe se le hace incomprensible y por lo tanto imposible. Quiere alcanzar la salvación por sus propias fuerzas. La fe es para él un sufrimiento, algo extraordinario que excede las fuerzas de su voluntad y de su razón. Sin embargo, se maravilla de la paz y la sencillez de quienes la viven (en este caso, el juglar JOSÉ y su mujer MARÍA): la fe se le muestra como un cuenco lleno de leche que le es dado generosamente y que tiene entre sus manos… Todo: la luz, el paisaje, la melodía que se escucha, la compañía amable de sus amigos los cómicos… emana serenidad y paz, y es para él “como una revelación”. Pero no llega a acogerla realmente por exceso de confianza en sí mismo, pues espera dar “jaque al rey”, aclarar el misterio de la muerte, entenderlo, dominarlo… En su afán por saber, llega incluso a acudir a la cercanía de lo diabólico (la escena con la bruja, en cuyos ojos quiere leer una respuesta, la respuesta).

El séptimo sello

La dramática lucha interior del “hombre ético” es puesta a la luz en la escena de “la confesión”, que reproducimos:

(Antonio acude a confesar su lucha interna, ignorando que su confesión es ante la misma muerte, omnipresente, implacable y “traidora”):

“- Quiero confesarme y no sé qué decir. Mi corazón está vacío… Siento un profundo desprecio de mi ser. Indiferente a los hombres y a las cosas, me he alejado. Prisionero en un mundo de fantasmas, deseo saber qué hay después.

- ¿Quieres garantías?

- ¿Por qué la cruel imposibilidad de alcanzar a Dios con nuestros sentidos? ¿Por qué se nos esconde en una nebulosa de promesas que no hemos oído y de milagros que no hemos visto? Si desconfiamos una y otra vez de nosotros mismos, ¿cómo vamos a fiarnos de los creyentes? ¿Qué va a ser de nosotros, los que queremos creer y no podemos? ¿Por qué no logro matar a Dios en mí? ¿Por qué sigue habitando en mi ser? ¿Por qué me acompaña humilde y sufrido a pesar de mis maldiciones, que pretenden eliminarlo de mi corazón? ¿Por qué sigue siendo, a pesar de todo, una realidad que se burla de mí y de la cual no me puedo librar? ¿Me oyes?

¡Yo quiero entender, no creer. No debemos afirmar lo que no se logra demostrar. Quiero que Dios me tienda su mano, vuelva su rostro hacia mí y me hable. (Sin embargo, el cuenco de leche que José y María le ofrecen es considerado “una revelación”...)

- Él no habla.

- Clamo a Él en las tinieblas y en las tinieblas nadie contesta a mis clamores. (Es “la noche oscura” de la que habla San Juan de la Cruz.)

- Tal vez no haya nada…

- Pero entonces la vida perdería todo su sentido. Nadie puede morir mirando a la muerte y sabiendo que camina hacia la nada. (Contraposición con la actitud de su escudero, cínico y nihilista.)

- La mayor parte de los hombres no piensa ni en la muerte ni en la nada. [Los “estetas” que, o la eluden, haciendo por olvidarla, o la presencian despavoridos para olvidarla nuevamente (escena de los aldeanos en la taberna)]

- Pero un día llegan al borde de la vida y tienen que enfrentarse a las tinieblas. (Alusión a la escena final en el castillo de Antonio Block.)

- Si, y cuando llegan…

- ¡Calla! Sé lo que vas a decir: Que nos hace crear el miedo una imagen salvadora, y esa imagen es lo que llamamos Dios.

- Te estás preocupando…

- He gastado mi vida en diversiones, viajes, charlas sin sentido. Mi vida ha sido un continuo absurdo. Creo que me arrepiento. Fui un necio. En esta hora siento amargura por el tiempo perdido. Aunque sé que la vida de casi todos los hombres corre por los mismos cauces. (Sentimiento de culpabilidad, que alude al estadio estético, superado en el tiempo de estancia y lucha en Tierra Santa pero que, por haber vivido sólo “éticamente”, no da sentido a su vida.) Por eso quiero emplear esta prórroga en una acción única que me de dé la paz. (Pretende obtener una victoria sobre la muerte con una buena acción moral.)

- Por eso juegas al ajedrez con la muerte…

- Emplea una táctica muy hábil, pero aún no he perdido ni una sola de mis piezas.

- ¿Y supones que podrás engañar a la muerte con tu juego?

- Gracias a una combinación de alfiles y caballos que aún no me ha descubierto. Una jugada más y le arrebataré la reina.

(La muerte se descubre)

- ¡Me has traicionado! Tratas de engañarme. Pero cuando nos enfrentemos de nuevo, yo encontraré una salida.

Sí. Es mi mano. La puedo mover… El sol sigue en lo alto. Y yo, Antonio Block, juego al ajedrez con la muerte.”

En medio de sus dudas y de su drama, de su desesperación no superada, el hombre ético sigue confiando en sus fuerzas para vivir auténticamente, para enfrentarse con la muerte. Sin embargo, al final sucumbirá como todos los demás, en medio de su lucha tenaz: “-Dios, ¡tienes que existir!”…, resistiéndose hasta el final.

3) EL TERCER ESTADIO. Es el Estadio RELIGIOSO de la vida. Se basa en la “sola fe” -en este caso, una fe entendida en clave luterana, al margen de la razón y de la evidencia e incluso contra ella-, que abre puertas de luz y de salvación al hombre, a despecho de las obras de la voluntad y de “la moral” natural. (Tanto Kierkegaard como Bergman se mueven en el marco de una visión de la vida basada en el luteranismo, en una “fe sin obras”.)

Renunciando a toda certeza racional y sin méritos humanos, el hombre religioso da un “salto”, toma la decisión de creer, esperando contra toda esperanza como Abrahám, que es el modelo de este estadio de la vida para Kierkegaard. Es una ruptura de todos los esquemas racionales en la cual la libertad, en medio de la tiniebla más absoluta para la razón, da un “paso gratuito”. En esa libertad desnuda de la fe, se da la autenticidad del sujeto, aparece el sentido de la vida y la “repetición” (el ciento por uno, la felicidad). Aunque se comporte en apariencia como un loco, el hombre religioso se halla en la plena autenticidad. La libertad de la fe es la instancia unificadora que supera las contradicciones a través de la relación personal con el “Tú” divino. El hombre religioso no se da importancia a sí mismo, y se apoya sólo en Dios.

JOSÉ, EL JUGLAR.

Si bien en Kierkegaard el hombre religioso vive trágicamente el salto de la fe, en el Bergman de El Séptimo sello desaparece la crispación, que es sustituida por la fe más ingenua.

Así sucede con JOSÉ, el comediante y acróbata. Llama la atención –alusión al ‘salto de la fe’- que José es precisamente saltimbanqui. Su característica más destacada es la sencillez, la ingenuidad: “-Soy juglar, pero insignificante”, dirá en la taberna al que le amenaza. No se da importancia a sí mismo. La fe es lo más natural para él, no se extraña de tener incluso visiones celestiales ni se apena de que otros se burlen de él por ese motivo. Con su fe, tan naturalmente vivida, sobrenaturaliza su vida. La serenidad y la paz acompañan su feliz vida de familia, en la que a pesar de la pobreza no hay inquietudes ni ambiciones. Aunque su proceder moral no es siempre recto -comete el robo de un brazalete-, su fe suple la imperfección de su vida (de acuerdo con la doctrina luterana).

Su mujer, MARÍA -no es casualidad la elección del nombre de ella ni el del hijo de ambos-, le ama sinceramente aun sin llegar a su altura. La generosidad brota espontánea de ellos, incapaces de hacer o desear mal alguno a nadie. José desea que su hijo sea el mejor acróbata. Aunque sufre burlas y humillaciones por parte de otros, esto no llega a perturbar su paz profunda, la cual alcanza como un soplo de frescura a Antonio y a su escudero, que comparten su amistad sincera. El caballero descubre en compañía de la familia de María y José unos momentos de paz y felicidad, pero la omnipresencia de la muerte -alusión de la máscara que les acompaña en la escena- pone punto final a la amable revelación del instante. “-Pero dura poco”, dirá Juan.

Al final, sólo José y su familia, con la ayuda del caballero, consiguen escapar a la fatalidad inexorable de la muerte en plena tormenta nocturna. En la escena final, el hombre de fe “ve” cómo la muerte arrastra consigo a todos “hacia la oscuridad en una extraña danza, huyendo del amanecer” donde él se encuentra con los suyos.

PERSONAJES SECUNDARIOS

La narración se completa con una galería de personajes secundarios, en ocasiones meros comparsas, pero muy significativos también:

- JONÁS, el director del pequeño grupo de comediantes. Esteta -en la conceptualización de Kierkegaard-  al mismo tiempo  “hedonista y mercader”. Amigo del placer momentáneo (relaciones de adulterio con LISA, la mujer de PLOFF el herrero), se toma la vida y la muerte como una comedia –pantomima del suicidio con la que se burla de Ploff- pero rehúye esta última, que se le impone de manera fulminante: “-¡No puedo morirme ahora!”, grita ridículamente argumentando que le aguarda una intensa actividad. En la visión final de José caminará arrastrado por la muerte, pero “de espaldas” a ella, rematando la larga cadena de los forzados danzantes.

- LISA, frívola, vulgar y egoísta mujer del herrero, que vive también en el estadio estético, encadenada a su sensualidad y que se inclina ante la muerte como ante “un gran señor”. Su esposo PLOFF es simple y necio. Asqueado de una vida de la que se queja, aunque sin negarse a sus seducciones (el buen comer, por ejemplo). Prototipo del marido vulgar, del hombre tosco.

- RABAL, el ladrón. Embaucador y cruel con todos, pero cobarde y rastrero. Es el personaje de mayor bajeza humana: finge, roba, abusa, se burla… Morirá espantosamente por causa de la peste, revolcándose en su maldad y desesperado. “-¡No quiero morir!, ¿qué va a ser de mí? ¡Ayudadme…!”

- SOLDADOS Y POPULACHO: Estetas también, como todos los anteriores. Se burlan de los comediantes pero viven espantados ante la proximidad de la muerte. Van a lo suyo, cumplen con su deber porque la paga es doble, son supersticiosos, crueles y ramplones.

- PENITENTES: Espantosa coreografía que Bergman utiliza con calculado efectismo, rayano en lo grotesco, y que representan un desesperado modo “ético” de vida.

- EL PINTOR ANÓNIMO: Cronista, aparentemente despreocupado pero agudo, de la desesperación y al mismo tiempo de la necesidad de sentido de los hombres de su tiempo, permanece como un testigo elocuente de los hechos y las actitudes que presencia. Algunos comentan que puede ser el portavoz de Bergman, que denuncia la frivolidad del mundo circundante.

- KAREN, la mujer del Caballero, impasible y casi estoica, es como la sombra de la expectación desesperada de su esposo. Representa la fidelidad y es la portavoz del paso del ángel de la muerte: “Cayó un astro grande, ardiendo como una tea. La estrella se llamaba amargura…” Significativamente, no forma parte de la cadena de danzantes arrastrados por la muerte.

- La JOVEN MUDA cuyo nombre no se menciona, se deja arrastrar por la fatalidad del destino. Su resignación, sin embargo, se ve compensada al final con un hecho extraordinario: “ve” lo que es la muerte -fatalidad implacable- cuando Juan el escudero muestra su ceguera nihilista, y termina exclamando milagrosamente: “Consumatum est (todo está consumado)”

LA MUERTE

Pero el eje de la historia es sin duda el personaje de la muerte. Ella es la que descorre el velo de las vidas de cada uno de los personajes; es el enigma ante el que se deshacen todos los demás enigmas. Bergman la presenta como una fatalidad implacable y omnipresente, ante la cual cada uno se muestra como realmente es. Nadie se le resiste, salvo los personajes que adoptan una postura “religiosa”: José y su familia, especialmente.

En la escena final, JOSÉ contempla desde un lugar risueño cómo la muerte conduce bajo el cielo tormentoso, formando una larga cadena, a Antonio, el caballero, a Rabal, a Juan, Ploff, Lisa y Jonás (el cual camina de espaldas a la muerte). Los arrastra “hacia la oscuridad, en una extraña danza, huyendo del amanecer… mientras a lluvia lava sus rostros surcados por la sal de las lágrimas.”

La muerte se presenta como un muro opaco, impenetrable. Detrás de él, Bergmann no ve más que la oscuridad. Más acá, lágrimas saladas surcan los rostros de hombres y mujeres que viven de forma superficial o desesperada. Es la amargura. Sólo brilla un rayo de esperanza: la fe de José, un hombrecillo insignificante que “salta” hacia el amanecer...

El séptimo sello

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