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Henri Nouwen: El regreso del hijo pródigo

6. EL REGRESO DEL HIJO MAYOR


Su hijo mayor... se enfadó y no quería entrar. Su padre salió a persuadirlo...

El padre le respondió: “¡Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo! Pero tenemos que alegrarnos y hacer fiesta, porque este hermano tuyo estaba muerto, ha vuelto a la vida; estaba perdido y ha sido encontrado”.

El regreso del hijo mayor. Rembrandt.

Una conversión posible

El padre quiere que regresen los dos hijos, el menor y también el mayor. También el hijo mayor necesita ser encontrado y conducido a la casa de la alegría. ¿Responderá a la súplica de su padre o permanecerá estancado en su amargura? Rembrandt también deja abierta la cuestión de la decisión final del hermano mayor. Barbara Joan Haeger escribe: «Rembrandt no nos revela si ve la luz. Igual que no condena claramente al hermano mayor, Rembrandt deja abierta la esperanza de que se dé cuenta de que también él es un pecador..., deja la interpretación de la reacción del hermano mayor en manos del espectador.»

El final abierto de la historia y el cuadro de Rembrandt, me sitúan ante el trabajo espiritual que tengo que hacer. Cuando observo la cara iluminada del hijo mayor, y después sus manos oscuras, percibo su cautividad pero también percibo la posibilidad de liberación. Ésta no es una historia que separe a los hermanos en bueno y malo. Sólo es bueno el padre. El quiere a los dos hijos, corre al encuentro de los dos. Quiere que los dos se sienten a su mesa y participen de su alegría. El hermano menor se deja abrazar por su padre que le ha perdonado. El hermano mayor se queda atrás, mira el gesto misericordioso de su padre, y no puede olvidarse de la ira que siente y dejar que el padre le cure también.

El amor del Padre no fuerza al amado. Aunque quiere curarnos a todos de nuestra oscuridad interior, somos libres para elegir permanecer en la oscuridad o caminar hacia la luz del amor de Dios. Dios está allí. La luz de Dios está allí. El perdón de Dios está allí. El amor sin fronteras de Dios está allí. Lo que está claro es que Dios siempre está allí, siempre dispuesto a dar y perdonar, independientemente de lo que nosotros respondamos. El amor de Dios no depende de nuestro arrepentimiento o de nuestros cambios.

Ya sea el hijo menor o el mayor, el único deseo de Dios es llevarme a casa. Arthur Freeman escribe:

«El padre ama a cada hijo y le da libertad para que sea lo que quiera, pero no puede darle una libertad que no pueda utilizar o entender de forma adecuada. El padre parece darse cuenta, más allá de las costumbres de aquella sociedad, de la necesidad de los hijos de ser ellos mismos. Pero conoce también su necesidad de amor y de un Es responsabilidad de ellos decidir cómo van a terminar sus historias. El hecho de que la parábola no esté completa deja claro que el amor del padre no depende de un final de la historia adecuado. El amor del padre depende sólo de sí mismo y es parte de su manera de ser. Como dice Shakespeare en uno de sus sonetos: “El amor no cambia cuando encuentra el cambio.”

Para mí personalmente, es de crucial importancia la posible conversión del hijo mayor. Dentro de mí hay mucho del grupo con el que Jesús es tan crítico: los fariseos y los escribas. He estudiado los libros, conozco las leyes, y con frecuencia me presento como una autoridad en materia de religión. La gente me muestra mucho respeto, incluso me llama He sido recompensado con cumplidos y alabanzas, con dinero, premios y aclamaciones. He sido muy crítico con algunas formas de comportamiento y a menudo he pronunciado juicios contra otros.

Así, cuando Jesús cuenta la parábola del hijo pródigo, yo debo escucharla consciente de que estoy más cerca de aquéllos que le escuchaban comentando: ¿Me queda alguna posibilidad de volver al Padre y sentirme acogido en su casa? ¿o estoy tan atrapado en mis quejas farisaicas que estoy condenado, contra mi deseo, a permanecer fuera de casa, revolcándome en mi ira y mi resentimiento?

Jesús dice: “Dichosos los pobres…, dichosos los que ahora tenéis hombre…, dichosos los que ahora lloráis…” (Lc 6,20-21), pero yo ni soy pobre ni tengo hambre ni lloro. Jesús dice: “Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios y prudentes”. (Lc 10,21) Es precisamente a este grupo, al de los sabios y entendidos, al que yo pertenezco. Jesús muestra su preferencia por los marginados de la sociedad —los pobres, los enfermos, los pecadores— y yo no soy ciertamente un marginado. La dolorosa pregunta que me llega a través del Evangelio es: “¿Ya he recibido mi recompensa”? Jesús es muy crítico con los que “oran de pie en las sinagogas y en las esquinas de las plazas para que los vea la gente.” (Mt 6,5) De ellos dice: “Os aseguro que ya han recibido su recompensa.” Con todo lo que he escrito y hablado sobre la oración y con toda la publicidad de la que disfruto, no puedo menos que preguntarme si estas palabras irán dirigidas a mí.

De hecho ahí están. Pero la historia del hijo mayor da una nueva luz a todas estas preguntas, dejando muy claro que Dios no ama al hijo menor más que al mayor. En la historia, el padre sale fuera a recibir al hijo mayor igual que hizo con el menor, le anima a entrar y le dice: “¡Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo!”

Estas son las palabras a las que debo prestar atención y dejar que penetren hasta el centro de mí mismo. Dios me llama . La palabra griega que utiliza Lucas aquí es teknon, como dice Joseph A. Fitzmyer. Traducido literalmente, lo que el padre dice es “niño”.

Esta forma tan afectuosa de hablar se hace aún más clara en las palabras que siguen. Los duros y amargos reproches del hijo no tropiezan con palabras de condena. No hay recriminación o acusación alguna. El padre no se defiende ni hace ningún comentario acerca del comportamiento del hijo mayor. El padre va más allá de cualquier valoración para subrayar su relación íntima con el hijo cuando dice: “Tú estás siempre conmigo”. Esta declaración del padre, de amor incondicional, elimina cualquier posibilidad de creer que el hijo menor es más querido que el mayor. El hijo mayor no ha dejado nunca la casa. El padre lo ha compartido todo con él. Ha formado parte de su vida cotidiana sin ocultarle nada. “Todo lo mío es tuyo” dice. No se puede encontrar una afirmación más clara del amor sin límites del padre hacia su hijo mayor. Así pues, el padre ofrece este amor sin reservas a los dos hijos, y por igual.

Dejando la rivalidad a un lado

La alegría por el regreso emotivo del hijo menor de ningún modo significa que el hijo mayor fuera menos querido, menos apreciado o menos favorecido. El padre no compara a sus dos hijos. Ama a los dos con un amor total y expresa ese amor de acuerdo con sus trayectorias personales. Conoce a los dos íntimamente. Comprende sus cualidades y sus defectos. Mira la pasión de su hijo menor con amor, aunque no sea obediente. Con el mismo amor ve la obediencia del hijo mayor, aunque no esté vitalizado por la pasión. Con el hijo menor no hay reflexiones sobre quién es mejor o peor, más o menos, así como tampoco hay comparaciones con el hijo mayor. El padre responde a ambos de acuerdo con su unicidad. El regreso del menor le lleva a celebrar una fiesta. El regreso del mayor le hace extender su invitación a una total participación de esa alegría.

Jesús dice: “En la casa de mi Padre hay sitio para todos”. (Jn 14,2) Cada hijo de Dios tiene su sitio, todos ellos son sitios de Dios. Tengo que dejar de lado cualquier intento de comparación, cualquier rivalidad o competición, y rendirme al amor del Padre. Para esto hace falta dar un salto de fe porque tengo muy poca experiencia en el amor que no hace comparaciones y desconozco el poder de un amor así. Mientras permanezca fuera, en la oscuridad, sólo podré experimentar la queja y el resentimiento que resulta de las comparaciones que hago. Fuera de la luz, mi hermano menor parece más querido por el Padre que yo; más aún, fuera de la luz, ni siquiera lo reconozco como mi hermano.

Dios me implora que vuelva a casa, que vuelva a entrar en su luz, que vuelva a descubrir allí que, en Dios, todo el mundo es amado única y totalmente. En la luz de Dios puedo considerar que mi hermano, mi prójimo, pertenece a Dios tanto como yo. Pero fuera de la casa de Dios, hermanos y hermanas, maridos y mujeres, amantes y amigos se convierten en rivales e incluso en enemigos; cada uno de ellos vive dominado por los celos, las suspicacias y los resentimientos.

No es de extrañar que, en su ira, el hijo mayor se queje al padre: “…Nunca me has dado ni un cabrito para celebrar una fiesta con mis amigos. ¡Pero llega ese hijo tuyo, que se ha gastado tu patrimonio con prostitutas, y le matas el ternero cebado!” Estas palabras demuestran hasta qué punto este hombre está dolido. Su autoestima se siente herida por la alegría del padre, y su propia ira le impide reconocer a este sinvergüenza como su hermano. Con las palabras “este hijo tuyo” se distancia de su hermano y también de su padre.

Los mira como a extraños que han perdido todo el sentido de la realidad y se han embarcado en una relación inapropiada, considerando la vida que ha llevado el pródigo. El hijo mayor ya no tiene un hermano. Tampoco tiene ya un padre. Se han convertido en dos extraños para él. A su hermano, un pecador, le mira con desdén; a su padre, dueño de un esclavo, lo mira con miedo.

Es aquí donde veo lo perdido que está el hijo mayor. Se ha convertido en un extraño dentro de su propia casa. La verdadera comunión ha desaparecido. Toda relación se ha quedado en la oscuridad. Tener miedo o mostrar desdén, mostrarse sumiso o pretender controlar, ser opresor o ser víctima: éstas son las posibilidades que le quedan a uno cuando está fuera de la luz. No puede confesar sus pecados, no puede recibir el perdón, el amor mutuo no puede existir. La verdadera comunión se ha hecho imposible.

Conozco el dolor de esta difícil situación. Todo pierde su espontaneidad. Todo se convierte en sospechoso, consciente, calculado y lleno de segundas intenciones. Ya no hay autenticidad. El más mínimo movimiento reclama un contramovimiento; el más mínimo comentario debe ser analizado, el gesto más insignificante debe ser evaluado. Esta es la patología de la oscuridad.

¿Queda alguna salida? No lo creo, al menos por mi parte. A menudo parece que, cuanto más intento deshacerme de las sombras, más oscuro se hace. Necesito luz, pero una luz que conquiste mi oscuridad. Pero no puedo encontrarla por mí mismo. Yo no puedo perdonarme a mí mismo. No puedo obligarme a sentir amor. Por mí mismo puedo sólo sentir cólera. No puedo llevarme a casa ni puedo crear comunión por mí mismo. Puedo desearlo, esperarlo, rezarlo. Pero no puedo fabricar mi verdadera libertad. Alguien me la tiene que dar. Estoy perdido. Debo ser encontrado y conducido a casa por el pastor que sale en mi busca.

La historia del hijo pródigo es la historia de un Dios que sale a buscarme y que no descansará hasta que me haya encontrado. Anima y suplica. Me pide que deje de aferrarme a los poderes de la muerte y que me deje abrazar por los brazos que me conducirán al lugar donde encontraré la vida que más deseo.

Recientemente he vivido en mi propia carne el regreso del hijo mayor. Mientras hacía autoestop, me atropelló un coche y tuvieron que llevarme a un hospital. Estaba al borde de la muerte. Pero, de repente, me vino el pensamiento de que ni siquiera era libre para morir, porque todavía seguía aferrado al lamento de que aquel de quien soy hijo no me había querido lo suficiente. Me di cuenta de que no había madurado. Sentí la llamada a olvidarme de mis quejas de adolescente y de la mentira de que se me ama menos que a mis hermanos menores. La idea me espantaba, pero a la vez era muy liberadora. Cuando mi padre, ya muy mayor, voló desde Holanda para verme, supe que aquél era el momento de descubrir mi condición de hijo. Por primera vez en mi vida, le dije a mi padre que le quería y que le estaba muy agradecido por el amor que me había dado. Le dije muchas más cosas que jamás había sido capaz de pronunciar, y me sorprendió comprobar el tiempo que me había costado decirlas. Mi padre también estaba sorprendido, confundido con todo aquello, pero recibió mis palabras con comprensión y con una sonrisa. Cuando miro hacia atrás y pienso en este acontecimiento espiritual, veo que aquello fue un auténtico regreso, el regreso desde una falsa dependencia de un padre humano que no puede darme todo lo que necesito, a la dependencia en el Padre divino que dice: “Tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo”; el regreso desde mi yo que se queja, se compara y siente rencor, a mi verdadero yo que es libre para dar y recibir amor. Y aunque he tenido, e indudablemente seguiré teniendo, muchas recaídas, esto me dio la libertad de vivir mi propia vida y morir mi propia muerte. El regreso al Padre “de quien procede toda familia enlos cielos y en la tierra” (Ef 3,14-15) me permite consentir que mi padre sea el bueno, cariñoso, pero limitado ser humano que es, y consentir que mi Padre celestial sea el Dios cuyo amor ilimitado e incondicional acaba con todo resentimiento y me hace libre para amar más allá de mi necesidad de agradar o de encontrar aprobación.

A través de la confianza y la gratitud

Esta experiencia personal del regreso del hijo pródigo puede ofrecer cierta esperanza a personas que estén atrapadas en el rencor. Supongo que todos nosotros tendremos que enfrentarnos con el hijo mayor o la hija mayor que tenemos dentro. La cuestión es muy simple: ¿Qué podemos hacer para que el regreso sea posible? Aunque el mismo Dios corre en nuestra busca para encontrarnos y llevarnos a casa, debemos reconocer que estamos perdidos, y hemos de prepararnos para ser encontrados y conducidos a casa. ¿Cómo?

Desde luego adoptando una actitud pasiva, no. Aunque no seamos capaces de librarnos de nuestra ira, podemos dejar que Dios nos encuentre y nos cure con su amor, practicando diariamente la confianza y la gratitud. La confianza y la gratitud son las disciplinas para la conversión del hijo mayor y yo las he conocido por mi propia experiencia.

Sin confianza, no puedo dejar que me encuentren. La confianza es la convicción profunda de que el Padre me quiere en casa. Yo no me dejo encontrar cuando dudo de que merezco que me encuentren y creo que se me quiere menos que a mis hermanos y hermanas menores. Tengo que seguir diciéndome: “Dios te busca. Irá a cualquier parte para encontrarme. Te ama, te quiere en casa, no descansará hasta que estés con Él.”

Pero hay también en mí una voz muy fuerte y oscura que me dice todo lo contrario: «Dios no está realmente interesado en mí, prefiere al pecador arrepentido que llega a casa después de sus locas escapadas. A mí, que nunca he dejado el hogar, no me hace caso. Da por supuesto que estoy aquí con Él. No soy su hijo favorito. No creo que me dé lo que realmente deseo.»

Algunas veces esta voz es tan fuerte que necesito una gran energía espiritual para confiar en que el Padre me quiere en casa tanto como al hijo menor. Hace falta una verdadera disciplina para pasar por encima de mis quejas de siempre y pensar, decir y actuar con la convicción de que se me busca y de que seré encontrado. Sin esta disciplina, vuelvo a ser víctima de la desesperanza.

Diciéndome que no soy lo suficientemente importante como para ser encontrado, mis quejas son mayores hasta que me hago completamente sordo a la voz que me llama. Llega un momento en que tengo que negar esta voz de auto rechazo y reclamar la verdad de que Dios quiere, realmente, abrazarme igual que hace con mis hermanos y hermanas caprichosos. Esta confianza, para que dure, tiene que ser más profunda que la sensación de extravío. Jesús expresa esta radicalidad cuando dice: “Todo lo que pidáis en vuestra oración, lo obtendréis si tenéis fe en que vais a recibirlo.” (Mc 11,24) Viviendo en esta confianza se abrirá el camino hacia Dios y se cumplirán así mis deseos más profundos.

Junto a esta confianza, debe haber también gratitud, lo contrario del resentimiento. Resentimiento y gratitud no pueden coexistir, porque el resentimiento bloquea la percepción y la experiencia de la vida como don. Mi resentimiento me dice que no se me da lo que merezco. Siempre se manifiesta en envidia.

La gratitud, sin embargo, va más allá de lo “mío” y “tuyo” y reclama la verdad de que todo en la vida es puro don. Antes pensaba que la gratitud era una respuesta espontánea a los dones recibidos, pero ahora me he dado cuenta de que también puede vivirse como una disciplina. La disciplina de la gratitud es el esfuerzo explícito por reconocer que todo lo que soy y tengo me ha sido dado como don de amor, don que tengo que celebrar con alegría.

La gratitud como disciplina implica una elección consciente. Puedo elegir ser agradecido aún incluso cuando mis emociones y sentimientos están impregnados de dolor y resentimiento. Es sorprendente la cantidad de veces que puedo optar por la gratitud en vez de por la queja y el lamento. Puedo elegir ser agradecido cuando me critican, aunque mi corazón responda con amargura. Puedo optar por hablar de la bondad y la belleza, aunque mi ojo interno siga buscando a alguien para acusarle de algo feo. Puedo elegir escuchar las voces que perdonan y mirar los rostros que sonríen, aún cuando siga oyendo voces de venganza y vea muecas de odio.

Siempre se puede elegir entre el resentimiento y la gratitud porque Dios ha aparecido en mi oscuridad, me ha animado a venir a casa, y me ha dicho en un tono lleno de afecto: “Tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo”. Así pues, puedo elegir entre vivir en las sombras, señalando a los que aparentemente son mejores que yo; puedo elegir lamentarme de la cantidad de desgracias que sufrí en el pasado, y dejar que el resentimiento me absorba. Pero no es esto lo que debo hacer. Está la opción de mirar en los ojos del único que salió en mi busca y reconocer que todo lo que soy y tengo es puro don que debo agradecer.

Muy raramente se lleva a la práctica la opción por la gratitud sin un gran esfuerzo. Pero cada vez que lo hago, la siguiente opción es un poco más fácil, un poco más libre, un poco menos consciente. Porque cada don que reconozco me lleva a otro y a otro don, hasta que por fin, el acontecimiento más normal, más obvio, y aparentemente más mundano, demuestra estar lleno de gracia. Hay un dicho estonio que dice: “Quien no es agradecido en lo poco, tampoco lo será en lo mucho.” Los actos de gratitud le hacen a uno agradecido porque, paso a paso, le hacen ver que todo es gracia.

Confianza y gratitud requieren el coraje de arriesgarse, porque la desconfianza y el resentimiento, en su necesidad de reclamar su atención, siguen advirtiéndome de lo peligroso que es dejar a un lado mis cálculos y predicciones. En muchos aspectos debo dar un salto de fe para dejar que la confianza y la gratitud tengan su oportunidad: escribir una carta amable a alguien que no me perdonará, llamar al que me ha rechazado, pronunciar una palabra de aliento a alguien que no puede decirla.


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