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El ocio y la fiesta

Existir es ya un regalo

Andrés Jiménez

EL OCIO Y EL TIEMPO LIBRE

El ocio no es la mera interrupción del trabajo, un escapismo de urgencia. Así concebido, no es humano; separa, agota. Más que tiempo libre sería tiempo muerto, tiempo inútil e infecundo.

El ocio verdadero es el ámbito en el que se reconoce y se disfruta del sentido que tiene el trabajo y el vivir en su conjunto. El tiempo de ocio no se ocupa frenéticamente en conseguir los recursos indispensables para la vida, sino que permite llenar la vida con finalidades y contenidos que la enriquecen. No satisface meras necesidades, sino que hace crecer las posibilidades. Tiene una cierta proximidad con la experiencia de lo que se hace amorosamente. Lo que se hace con amor y por amor ayuda a crecer, no fatiga sino que anima, impulsa, da fuerzas, recrea. El ocio es tiempo para un crecimiento gozoso a través de dimensiones valiosas de la vida. Tiene el sabor de la novedad, de lo que no agota ni se agota.

El ocio es una experiencia, un tipo de actividad, gustosa y libremente elegida. Es algo más que tiempo libre; es una ocupación que libera y brinda la ocasión de percibir y reconocer sentido a lo que se hace y a la propia vida en su conjunto y trayectoria. Una de las tareas más decisivas de la familia, como ámbito educativo por excelencia, es ofrecer claves de sentido para la vida de sus miembros.

Por su parte, el trabajo está llamado a ser también, ante todo, una actividad de cuidado y de cultivo, de cultura; a través del esfuerzo y de las obligaciones que acarrea, tiene por misión ser una colaboración consciente y creativa para elevar el mundo y la existencia a la mayor positividad posible; pero esta misión se aprecia de manera consciente precisamente en los momentos de ocio, a través una gozosa contemplación de la belleza, del sentido y de las posibilidades del vivir.

El trabajo y el disfrute no son incompatibles, ya que se puede trabajar gustosamente; y, por otra parte, el aburrimiento y la insatisfacción pueden esconderse tanto en el trabajo como en la diversión. Una misma actividad se puede realizar como trabajo y como disfrute, y con independencia de ello puede ser gozosa o penosa.

Lo decisivo en muchos casos está, más que en la índole de la actividad como tal, en la actitud y en la intención con las que se viven tanto el trabajo como la diversión. El trabajo puede vivirse con actitud amorosa y festiva, incluso con el talante de quien disfruta estética y anímicamente de lo que hace. Y por eso no cansa tanto ni despersonaliza; al contrario, impulsa frecuentemente hacia la creatividad y el entusiasmo. A veces, por el contrario, hay quien se entrega a la diversión de forma mecánica, utilitarista o irracional, y eso deja vacío, harta, y fácilmente despersonaliza, propiciando conductas y actitudes gregarias, masificadoras y pasivas. Más tarde o más temprano, aturde y cansa, aburre,deja de producir satisfacción y demanda dosis de estimulación más fuertes y cuantiosas o excitantes, creando dependencia hacia los estímulos que producen reacciones agradables. Quien vive el trabajo o la diversión como una fuga, como un huir de uno mismo, acaba insatisfecho, porque ese género de actividad vacía interiormente y nunca llena.

El verdadero tiempo libre es tiempo de libertad creativa, no mero tiempo muerto o tiempo de sobra. El tiempo de sobra, la mera no-dedicación al trabajo, no es garantía de diversión y de gozo; puede significar también aburrimiento. El ocio auténtico es esparcimiento del espíritu, ámbito para el encuentro de las personas, actitud festiva interior y momento en que alma y cuerpo se recrean. Es un tiempo y una actividad que no cansan; en él hay siempre algo de novedad, de frescura, de creatividad, de mejora. Desde esa fecundidad disfrutada, contemplada y vivida, el ocio verdadero se muestra como un tiempo en el que el ser humano puede encontrarse a sí mismo y sentirse a gusto, sin necesidad de huir de sí mismo o de su vacío.

Divertirse, para algunos, significa sólo “pasarlo bien”, huir de las propias responsabilidades y obligaciones, actuar superficialmente. Pero eso no basta para que se dé el gozo. Cualquier persona dotada de una cierta sensibilidad habrá experimentado más de una vez un profundo hastío en medio de la diversión. El aburrimiento aparece ante lo viejo, lo gastado, lo que ya no nos sorprende. Supone un estado anímico de saturación, en el que el tiempo duele y se hace pesado en su lento transcurrir. Al igual que el esfuerzo trabajoso cuando carece de un sentido suficiente, produce una sensación de tedio y de vacío, de empobrecimiento anímico y moral. Hace falta lo esencial.

En nuestra época nos hallamos sumidos en una mentalidad eminentemente pragmática, dominada por la importancia del “nec-otium”, por el utilitarismo. El pragmatismo, en todas sus manifestaciones,es una mirada febril hacia el mundo en la que, bajo una actividad a menudo frenética, está ausente el sentido. Según esta moral se vive para trabajar, el tiempo es oro y no se puede perder en algo inútil; ha de invertirse de forma rentable. No se permite regalar el tiempo. El tiempo es para ganarlo. Y, así, ganar tiempo es hacer buenos negocios, producir más, tener más cosas, vivir deprisa. Se trabaja y se descansa para trabajar más. El valor de las cosas y del tiempo mismo se confunde con su precio, creando una ficción que nos permite tasar tiempo y vida en los mismos términos que cualquier bien de consumo.


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