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El greco y Toledo



La presencia de El Greco en Toledo aparece documentada por primera vez en 1577 en el contrato para la realización del cuadro de El Expolio (1577-79) destinado a la Sacristía de la Catedral de Toledo. Esta obra, de tema poco tratado en la iconografía cristiana, pero especialmente apropiado para el lugar al que se iba a destinar, supuso un certificado de maestría para el artista recién llegado a esta ciudad. Ello, no obstante, a pesar de los desencuentros con el cabildo acerca del fondo y la concepción de una obra tan singular.

Su primer gran trabajo serían, sin embargo, los retablos de Santo Domingo el Antiguo (1577-1579), cuya temática giraba en torno a la Redención de los hombres por Cristo y al papel de María como intercesora, acorde con el carácter funerario del presbiterio, dedicado a doña María de Silva y de Don Diego de Castilla (deán del cabildo catedralicio) y su hijo.

Además de numerosos retratos y las dos series de apostolados (que se encuentran en el Museo Nacional del Greco y en la Catedral de Toledo, respectivamente), El Greco trabajó un género poco común en la España del momento: el paisaje.

Con todo, la relación de El Greco con Toledo no es clara y con el tiempo ha cobrado fuerza la idea de que sus contactos se ceñirían a una élite cultural en la línea italiana, logrando sus encargos principales gracias a la protección de un círculo reducido de eruditos y humanistas quienes, debido a su formación intelectual, estaban en disposición de comprender su arte y los intereses intelectuales y estéticos sobre los que se fundaba.

Prueba de ello es que durante los primeros quince años en la ciudad tan sólo recibió un encargo que permitiera el despliegue de sus facultades artísticas, El Entierro del Conde de Orgaz (1586-1588), para la Iglesia de Santo Tomé. Durante este tiempo su producción se limitó a obras menores, cuadros de devoción y retratos, pero la monumental obra de Santo Tomé consagra su genialidad. En ella se representa el entierro de Gonzalo Ruiz de Toledo, señor de la Villa de Orgaz, en la misma iglesia, a manos de San Esteban y San Agustín en recompensa por su humildad, su devoción a los Santos y sus obras de caridad hacia diversas instituciones eclesiásticas.

A comienzos de 1591 se compromete a realizar un nuevo retablo para la Cofradía de nuestra Señora del Rosario de Talavera la Vieja, para la que pinta un San Andrés y un San Pedro, destinados a las calles laterales del cuerpo principal, y la Coronación de la Virgen, para el ático.

En los últimos años del XVI, El Greco recibe el encargo para los retablos de la Capilla de San José de Toledo (la primera consagrada a este santo en toda la cristiandad), y más adelante, dos retablos más: uno para la Capilla del Colegio de San Bernardino en la misma ciudad y otro para el Hospital de la Caridad de Illescas.

Además de numerosos retratos y las dos series de apostolados (que se encuentran en el Museo Nacional del Greco y en la Catedral de Toledo, respectivamente), El Greco trabajó un género poco común en la España del momento: el paisaje. Su Vista de Toledo (1595?/1600?), acusa un marcado carácter expresionista, con claro predominio del negro y colores terrosos, además de un celaje de tormenta, que confieren gran dramatismo a la composición.

Más clásica es, por el contrario, su Vista y plano de Toledo (1597-1607). Posiblemente relacionada con Pedro Salazar de Mendoza, administrador del Hospital Tavera, que podría explicar el hecho de que el Hospital, idealizado, aparezca sobre una nube. Una imagen que se completa además con la representación antropomórfica del río Tajo, o el retrato de su hijo mostrando el plano al espectador.

Los últimos años de El Greco se verán marcados por dos grandes conjuntos. A finales de este año de 1607 el Ayuntamiento de Toledo encarga al Greco la decoración de la Capilla fundada por Doña Isabel de Ovalle en la Iglesia de San Vicente. Y más tarde los retablos mayor y laterales de la Camila del Hospital de San Juan Bautista de Afuera o Tavera de Toldeo, donde destaca la insólita Visión del Apocalipsis.

Como síntesis y colofón de su poética, la enigmática obra inacabada de El Laocoonte (1610-14) recupera el tema clásico del sacerdote de Apolo y sus hijos atacados por serpientes.

El Laocoonte. El Greco

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