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El coloquio de los perros - 2

Miguel de Cervantes

BERGANZA.- «Digo, pues, que yo me hallaba bien con el oficio de guardar ganado, por parecerme que comía el pan de mi sudor y trabajo, y que la ociosidad, raíz y madre de todos los vicios, no tenía que ver conmigo, a causa que si los días holgaba, las noches no dormía, dándonos asaltos a menudo y tocándonos a arma los lobos; y, apenas me habían dicho los pastores ''¡al lobo, Barcino!'', cuando acudía, primero que los otros perros, a la parte que me señalaban que estaba el lobo: corría los valles, escudriñaba los montes, desentrañaba las selvas, saltaba barrancos, cruzaba caminos, y a la mañana volvía al hato, sin haber hallado lobo ni rastro de él, anhelando, cansado, hecho pedazos y los pies abiertos de los garranchos; y hallaba en el hato, o ya una oveja muerta, o un carnero degollado y medio comido del lobo. Desesperábame de ver de cuán poco servía mi mucho cuidado y diligencia. Venía el señor del ganado; salían los pastores a recibirle con las pieles de la res muerta; culpaba a los pastores por negligentes, y mandaba castigar a los perros por perezosos: llovían sobre nosotros palos, y sobre ellos reprehensiones; y así, viéndome un día castigado sin culpa, y que mi cuidado, ligereza y braveza no eran de provecho para coger el lobo, determiné de mudar estilo, no desviándome a buscarle, como tenía de costumbre, lejos del rebaño, sino estarme junto a él; que, pues el lobo allí venía, allí sería más cierta la presa.

«Cada semana nos tocaban a rebato, y en una oscurísima noche tuve yo vista para ver los lobos, de quien era imposible que el ganado se guardase. Agachéme detrás de una mata, pasaron los perros, mis compañeros, adelante, y desde allí oteé, y vi que dos pastores asieron de un carnero de los mejores del aprisco, y le mataron de manera que verdaderamente pareció a la mañana que había sido su verdugo el lobo. Pasméme, quedé suspenso cuando vi que los pastores eran los lobos y que despedazaban el ganado los mismos que le habían de guardar. Al punto, hacían saber a su amo la presa del lobo, dábanle el pellejo y parte de la carne, y comíanse ellos lo más y lo mejor. Volvía a reñirles el señor, y volvía también el castigo de los perros. No había lobos, menguaba el rebaño; quisiera yo descubrirlo, hallábame mudo. Todo lo cual me traía lleno de admiración y de congoja. ''¡Válgame Dios! -decía entre mí-, ¿quién podrá remediar esta maldad? ¿Quién será poderoso a dar a entender que la defensa ofende, que las centinelas duermen, que la confianza roba y el que os guarda os mata?''»

CIPIÓN.- Y decías muy bien, Berganza, porque no hay mayor ni más sutil ladrón que el doméstico, y así, mueren muchos más de los confiados que de los recatados; pero el daño está en que es imposible que puedan pasar bien las gentes en el mundo si no se fía y se confía”


El coloquio de los perros
¡Cómo narra y describe Cervantes! Sentimos el aliento, la fatiga, su exhaustiva búsqueda, nos duelen sus pies abiertos por los salientes duros de las ramas tronchadas y comprendemos su decepción. Tendrá que ser la astucia quien le revele el misterio.

Berganza, el perro compañero de Cipión ha cambiado de amo. Si escandalosa y cruel resultó su experiencia en un matadero, horrorizado del comportamiento de matarifes y amantes; conocer la malicia de un grupo de pastores rudos y asilvestrados le obligará de nuevo a huir. Peligraba su vida. Esta es la trama de la novela, de amo en amo, hasta encontrar reposo y compañero en el Hospital de la Resurrección en Sevilla.

Ha encontrado Berganza colocación en el monte entre cuidadores de rebaños de ovejas. Como en todas sus aventuras, nos llevará Cervantes de las buenas impresiones iniciales, a la amarga realidad que las apariencias ocultan. Otra vez apariencia y engaño que es necesario desentrañar para no vivir confundidos. Estamos en la concepción barroca de la existencia. Los sentidos nos pueden engañar. Desengañarnos, desvelar la verdad oculta, será la tarea del hombre prudente –hombre y mujer-. Frente al optimismo ingenuo del renacimiento, la discreción y prudencia del hombre barroco.

Si leemos la aventura en clave moral, la antropología que subyace es la de la contradicción en que se mueve el ser humano entre un bien que conoce; pero que, en este caso, solo le sirve para camuflar la mentira y el desorden moral, y dar apariencia de ingenuidad y bien a sus contradicciones y comportamientos amorales. Mundo salvaje, pensarán algunos. Somos animales peligrosos, dirán otros: el hombre es lobo para el hombre. Es así; pero no necesariamente tiene que ser así. ¿No habla San Pablo del hombre viejo y del hombre nuevo? ¿No nos enseña la Buena Nueva del Evangelio el camino para una nueva humanidad? ¿Se nos olvida la doctrina del pecado original? El comportamiento de los astutos pastores es paradigmático. Lo inquietante es que, cambiadas las circunstancias y accidentes, en nuestros días no parece que nos encontremos alejados de estos comportamientos y probablemente peores.

El arranque de la aventura no puede ser más aleccionador: el ocio es la madre de todos los vicios y el trabajo ganado con el sudor de la frente causa de alegría y satisfacción personal, aún con el turno cambiado: descansar durante el día y desarrollar sus tareas durante la noche. La narración de la aventura nocturna intentando perseguir inútilmente a los lobos imaginarios es literariamente hablando magistral. ¡Cómo narra y describe Cervantes! Sentimos el aliento, la fatiga, su exhaustiva búsqueda, nos duelen sus pies abiertos por los salientes duros de las ramas tronchadas y comprendemos su decepción. Tendrá que ser la astucia quien le revele el misterio. “Agachéme detrás de una mata, … y desde allí oteé, y vi que … le mataron de manera que … Pasméme... -cuando vi que los pastores eran los lobos y que despedazaban el ganado los mismos que le habían de guardar”. La burla se repite una vez tras otra.

Lo descorazonador es que una vez tras otra, la reacción es la misma, como si se tratase de un ritual establecido. Palabras, palabras, palabras y castigos para los que menos culpa tienen.

La pregunta del narrador pone el dedo en la llaga: “¿quién podrá remediar esta tremenda verdad de la observación de Cipión: “es imposible que puedan pasar bien las gentes en el mundo si no se fía y se confía”.


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