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La mujer en la modernidad

Andrés Jiménez

El acceso de la mujer al escenario público

A principios del siglo XIX, como ya se ha dicho, el panorama deja mucho que desear para la mujer, en la vida pública, escenario de la autorrealización del homo faber moderno. Las mujeres no podían votar ni acceder a cargos públicos ni tener propiedades, debían transferir al marido los bienes heredados, no podían ejercer la mayor parte de las profesiones fuera del hogar y se las discriminaba en el ámbito educativo, ya que, además de ser analfabetas en mayor número que los varones, no se permitía su acceso a la enseñanza superior. (Cfr. Figueras, J., 2000, 25)

La mujer en la modernidad
Para que la mujer se realice, parece indispensable que asuma el papel reservado al varón y las mismas reglas de juego impuestas por éste en el marco del modelo economicista. Se acepta implícitamente que sólo es propiamente trabajo el trabajo productivo remunerado, realizado fuera del hogar. Para esta generación, la independencia económica y el poder adquisitivo son el contenido más representativo de la libertad posible. Ambos justificarán a su vez la independencia sexual.

Poseían, eso sí, una influencia indirecta en la sociedad, puesto que estaba en sus manos la animación de la vida privada, sustento moral a la postre de la pública, ya que a través de la educación de los hijos y de su influjo como consejera de su cónyuge eran las que aportaban referentes de identidad, afecto, equilibrio y elevación moral a la sociedad.

Paulatinamente, ya en el siglo XX, la actividad de movimientos feministas en distintos lugares propicia el acceso de la mujer a la enseñanza superior, la independencia económica, el voto en las urnas y el acceso a algunas profesiones. En la II Guerra Mundial muchas mujeres se incorporan a los puestos de trabajo que habían dejado vacantes los hombres que luchaban en los frentes de batalla. Con ello se demostró que no faltaba en ellas el talento y la capacidad para ejercer puestos de responsabilidad en el ámbito profesional y público, de forma que al término de la contienda su presencia en casi todos los trabajos empezó ser habitual.

En los años 60 las demandas feministas extienden la idea de que la vida familiar resulta un obstáculo para la equiparación de derechos y tareas de la mujer con el hombre y que la anticoncepción es el camino de la liberación femenina. A este respecto cabe afirmar que la disociación entre sexualidad y reproducción ha supuesto un acontecimiento histórico para el cambio en la condición de la mujer y la relación entre los sexos. El divorcio ya fue una de las reivindicaciones primeras del feminismo del XIX y paulatinamente se fue introduciendo en las legislaciones a lo largo del siglo XX. En las tres últimas décadas de éste veremos introducirse también ampliamente la anticoncepción y el derecho o la despenalización del aborto. La equiparación de derechos jurídicos y sociales entre el hombre y la mujer da paso a una afirmación tajante de la igualdad de los sexos mediante el rechazo del matrimonio, la familia y la maternidad. Hacia los años 60 empieza a divulgarse también el estereotipo del ama de casa como una mujer no realizada, y la reivindicación de funciones y de oportunidades para la mujer, en este momento, equivale a asumir que sólo la vida profesional y el ejercicio de la actividad pública, fuera del hogar, conducen al éxito y la autorrealización, visión aportada por la mentalidad burguesa.

En otras palabras, para que la mujer se realice, parece indispensable que asuma el papel reservado al varón y las mismas reglas de juego impuestas por éste en el marco del modelo economicista. Se acepta implícitamente que sólo es propiamente trabajo el trabajo productivo remunerado, realizado fuera del hogar. Para esta generación, la independencia económica y el poder adquisitivo son el contenido más representativo de la libertad posible. Ambos justificarán a su vez otro aspecto fundamental de la nueva forma de libertad para la mujer: la independencia sexual.

Esta mentalidad, el afán de “realización personal” concebida en estos términos, y las exigencias económicas del modelo consumista, empujan a las mujeres al acceso generalizado al mundo profesional. También lo ha facilitado el que determinadas tareas domésticas se hayan simplificado y requieran menos tiempo y dedicación, gracias a los electrodomésticos.

La irrupción cada vez más amplia e incisiva de las mujeres en el mundo laboral, además de suscitar un panorama sumamente novedoso y no exento de tensiones en este último y en la vida social en general, no ha dejado de tener una enorme repercusión en el ámbito familiar, incluyendo la disminución drástica del número de hijos, el reajuste de las funciones dentro del matrimonio y la familia para el hombre y la mujer, las dificultades en la educación de los hijos debidas a una menor presencia de sus padres, entre otros temas.

La mujer en la modernidad
Los abuelos, en tendencia creciente, ya no forman parte del núcleo familiar y se quedan solos o son atendidos por instituciones y centros especializados. Los hijos, a pesar de buscar sus referentes fuera de casa –amigos, medios de comunicación...-, tardan más en marcharse de la casa paterna y retrasan el momento de fundar una familia, porque es más cómodo y porque sólo están dispuestos a dar el salto con todas las seguridades.

Existen aún serias lagunas; se habla todavía de un “techo de cristal” que impide a muchas mujeres acceder a puestos de alta responsabilidad, a muchas se les niega el acceso al puesto de trabajo o a determinadas funciones ante las perspectivas de un embarazo y, en no pocos casos, las percepciones económicas de la mujer son inferiores a las del varón en puestos de trabajo similares.  Por otra parte, a la mujer que decide permanecer en el hogar para dedicarse en exclusiva a la atención a su familia se le considera menos capaz y productiva que a las demás, tanto en la estimación ambiental, generada por los medios de comunicación, como en el tratamiento legal relativo a las ayudas fiscales a las amas de casa y a las familias, por ejemplo.

Los abuelos, en tendencia creciente, ya no forman parte del núcleo familiar y se quedan solos o son atendidos por instituciones y centros especializados. Los hijos, a pesar de buscar sus referentes fuera de casa –amigos, medios de comunicación...-, tardan más en marcharse de la casa paterna y retrasan el momento de fundar una familia, porque es más cómodo y porque sólo están dispuestos a dar el salto con todas las seguridades. El individualismo generalizado explica también el descenso de las tasas de nupcialidad.

Simultáneamente se advierte que la mujer empieza a dejar un vacío en el hogar, ya que su proyección al exterior no se ha visto compensada por una dedicación del varón a las tareas domésticas, al menos por el momento. Se echa en falta una mayor “simetría”, pero también se reconoce que el camino que el varón tiene que recorrer es escarpado, precisamente por la mentalidad economicista dominante. También se ha dejado sentir otro “vacío”, que se ha visto reflejado en una fuerte crisis de autoridad; se trata de la ausencia del padre en la familia. No es simplemente una carencia de afecto y de compañía para sus hijos y su mujer, es desconocer la certeza tangible de una presencia física que ofrece seguridad emocional, y para los hijos carecer de un modelo masculino positivo, de identificación para los niños varones, y de contraste y apoyo para las niñas. La madre no siempre puede compensar adecuadamente esta carencia. Cada vez es más frecuente y exigente la “delegación” educativa de las familias en las instituciones y en los centros escolares.

De momento, para la mujer que trabaja fuera de casa se presenta el dilema de hacer compatible la atención a la familia con el trabajo profesional. El afán de llegar a todo con la misma competencia –el tópico de la superwoman de los años 80- empieza a flaquear. Y se buscan alternativas: la corresponsabilidad del varón en las ocupaciones del hogar y la educación de los hijos, medidas de flexibilización en las empresas que permitan una atención adecuada de las madres y de los padres con hijos pequeños, el auxilio de guarderías u otras figuras que suplan temporalmente la falta de atención directa de los padres, hombre y mujer, a sus hijos...

Entre tanto, no son infrecuentes los desajustes conducentes a situaciones de desestructuración e inestabilidad en muchas familias, de falta de comunicación en el hogar, de pérdida de autoridad en la educación familiar, la configuración de una familia con nuevas necesidades y exigencias derivadas de la falta de dedicación de tiempo entre sus miembros, la presencia de otros referentes morales y educativos como los medios de comunicación social, el impacto de la publicidad en los estilos de vida... En una sociedad en la que de un modo u otro sigue vigente la ley del más fuerte, tampoco son extraños los malos tratos a las mujeres en un ámbito doméstico que acusa con fuerza la actual crisis de valores de sentido.

Es digno de mención que también la radicalización de ciertas posiciones feministas, así como otras iniciativas de índole política –propiciadas por grupos de presión de enorme influencia- ha llevado a reclamar para la mujer un mayor grado de autonomía al margen del varón. La reivindicación de derechos específicos para la mujer, que ha llevado a intentos de modificar la Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948 (cfr. Vega, A., 1998), hace especial hincapié en los llamado derechos sexuales y reproductivos, término que forma parte de toda una constelación terminológica –sexismo, salud sexual, nuevos derechos, maternidad segura, orientación sexual y estilo de vida (lifestyle), homofobia, contracepción de emergencia, empoderamiento de la mujer, impacto de género, deconstrucción, etc.- que persigue una visión de los acontecimientos proclive a provocar el cambio de estructuras sociopolíticas. Los derechos reproductivos incluyen el exclusivo “derecho al aborto libre y gratuito por parte de la mujer, el derecho a tener hijos mediante el recurso de las técnicas de reproducción asistida sin cortapisa legal alguna, o el derecho a la esterilización y a la elección de cualesquiera métodos anticonceptivos” (Vega, A., 1998, 44).

Una de las líneas de avance de esta visión es la reciente y apresurada promoción de modelos de convivencia fáctica, incluidas las parejas homosexuales, que se pretenden equiparar a todos los efectos a la familia basada en el matrimonio, incluidas la paternidad y la adopción.

Este modelo de vida, pensado para permitir a las mujeres occidentales una mayor libertad de movimientos en su carrera profesional o en su independencia del varón, se ha exportado a los países en desarrollo con otra finalidad: frenar el crecimiento demográfico y la amenaza que éste supone para los países ricos. Esta visión, denunciada por los movimientos de mujeres del Sur (cfr. Elósegui, M., 2002, 143) ha puesto en marcha numerosos programas de planificación familiar en países en vías de desarrollo, que esconden en realidad políticas de control de población diseñadas por grupos financieros como el Banco Mundial, grupos de presión como IPPF (International Planned Parenthood Federation) o el Lobby Europeo de Mujeres, gobiernos como los de Bill Clinton y Obama, organismos internacionales como el FNUAP y la OMS, y la propia Unión Europea.

En dichas políticas se prescinde absolutamente de la voluntad de la mujer, o se utiliza su ignorancia y analfabetismo para imponerle tratamientos de control de natalidad sin su información y consentimiento. (Elósegui, M., ídem, 126)

Otro asunto que conviene considerar es la situación social y legal de la mujer en los países del Este, especialmente los de la órbita soviética, y que en la ONU y en otros escenarios políticos son denominados países de “economía en transición”. Tras la caída del comunismo, y una vez que se ha producido una considerable aunque desigual apertura política, muchos de estos países, que han entrado a formar parte del Consejo de Europa, han puesto de manifiesto un proceso generalizado de desestructuración de la familia. Esto justifica el hecho de que las peticiones e intervenciones de estos países en dicho Consejo vayan en dirección inversa a las reivindicaciones del feminismo radical (cfr. Elósegui, M. 2002, 26). En ellos la mujer hace tiempo que se vio “liberada” de las cadenas del hogar: batieron el récord de los mayores índices en divorcio, del mayor número de abortos, de madres solteras, de hogares monoparentales, de niños que no conocen a sus progenitores varones... Estos países no hacen uso de la palabra en las conferencias internacionales acerca de los derechos reproductivos, ya que han dispuesto de las legislaciones más permisivas del mundo al respecto. Su interés, ahora, tras la deconstrucción, es la reconstrucción. (Cfr. Idem)

El rostro de la mujer occidental se ve reflejado en muchos espejos, que le devuelven una imagen fragmentada, inquieta, tensa... Quien en otros momentos constituía el centro equilibrador de la vida a su alrededor –y lo sigue siendo aún en muchos ámbitos a pesar de grandes inconvenientes-, se ve necesitada en estos momentos, a su vez, de equilibrio y de sosiego.

Algunas de las más destacadas activistas en movimientos impulsores de la emancipación femenina, como Betty Friedan, Susan Brownmiller, Germaine Greer, Cristiane Collange, Alexandra Bochetti o Antonietta Macciochi, entre otras muchas, han revisado sus posturas iniciales y, ante el vacío de valores femeninos en la vida salvaje del economicismo exacerbado, reclaman una valoración de la diferencia, de la feminidad, de la maternidad, de la corresponsabilidad e, incluso, una vuelta al hogar. Escribe así una de ellas: “Quiero volver al hogar no necesariamente todo el tiempo. Quiero volver al hogar con mayor frecuencia, mucho más tiempo, con libertad. Quiero volver al hogar porque allí se sitúa mi sitio de amarre, mi centro de gravedad. El enchufe de amor donde cargo mis baterías de energía. No quiero pasar mi vida yendo y viniendo a otros sitios para buscar mi identidad. No acepto morir a lo largo de los años de aburrimiento doméstico ni de fatiga profesional. No creo ni en el trabajo liberador ni en el sacrificio femenino incondicional. Quiero todo a la vez. Estoy harta de ser una mujer cortada en dos”. (Collange, C., 1979, citada en Figueras, J. 2002, 36)


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