Saber mirar
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El Señor me ha hospedado en este mundo

Dulce María Loynaz, luz para nuestro tiempo

Dulce María Loynaz

“El Señor me ha hospedado en este mundo
hecho por sus propias manos.
Ha puesto un fino aire transparente para que yo pueda
Respirarlo y ver al mismo tiempo a través de él los
hermosos paisajes, los rostros amados, el cielo azul.
El Señor ha puesto el sol que alumbra mis pasos en el día,
y la luz mitigada de las estrellas que vela mi sueño por
las noches. Ha sujetado el mar a mis pies con una cinta
de arena y la montaña con una raíz de flor.

El Señor ha soltado, en cambio, los ríos y los pájaros
que refrescan y alegran el mundo que me ha dado, y ha hecho crecer también la blanda hierba, los flexibles arbustos, los buenos árboles, prendiéndoles collares de rocío, racimos de frutas, manojos de flores, para regalo de mis labios y mis ojos.

Todo esto ha hecho el Señor. Y, sin embargo, Yo, como huésped rústico,
me muevo con torpeza y con desgana, sigo extrañando vagamente otras cosas…
No sé qué intimidad, qué vieja casa mía…”

Dulce María Loynaz

Dulce María insiste en una idea clave para situarnos en este mundo. Es el Señor quien nos lo ha dado. Y selecciona dos motivos “alegrarnos” y “refrescarnos”. ¿Verdad que en esa frescura de los ríos hay mucho más que el poder zambullirnos en sus aguas? ¿Verdad que esa alegría de los pájaros resume la grandeza de toda la creación?

Vuelvo una y otra vez a mis temas predilectos. En boca de otros, oigo el canto de acción de gracias que yo también debo entonar por tantos dones recibidos: la vida, mis sencillos padres campesinos, el don de la fe, mi amor a la Iglesia, mi familia, mis maravillosos amigos y más maravillosas amigas, mi formación, mi apasionado entusiasmo por la belleza del Universo, por la belleza, venga de donde venga. Me brotan lágrimas cuando veo el bien, en la vida o en la ficción, y me quedo mudo de entusiasmo cuando escucho la Verdad. Me admira que en estos tiempos me haya educado en la confianza misericordiosa de un Corazón divino que tanto ama a la Humanidad y que lo haya convertido en norma de conducta con todos. Me encuentro en la hora del “Te Deum Laudamus” y todo sin ningún mérito por nuestra parte. Don, don, don. Gracias, Señor.

No oculto mi admiración por esta poetisa. Dulce María Loynaz es, por muchos motivos, luz para nuestro tiempo. Ella sabe interiorizar lo que contempla. Incluso sabe descubrir en su experiencia interior matices que delatan un alma observadora y profunda. Los hitos de la cultura occidental impregnan su palabra, como si no ocurriera nada. Platón o San Agustín se insinúan discretamente o el mismo San Juan de la Cruz, pero tan sabiamente enunciados que parecen inspiración directa del poeta.

Eran años en que el existencialismo más negativo y ciego para lo Trascendente proclamaba que el Hombre había sido arrojado a una tierra inhóspita, como desterrado, no como heredero, extranjero en un exilio insoportable. Angustia, sed, desierto, sufrimiento y sin otro horizonte que el de estar abocados irremisiblemente a la muerte y no siendo cada uno de nosotros más que una pasión inútil.

Los acontecimientos históricos no facilitaban una mirada más halagüeña. La II Guerra Mundial había derrumbado otra vez todas las esperanzas de un mundo feliz. El hombre con sus solas fuerzas solo ha traído la destrucción y la muerte. Los nacionalismos de la raza y la deificación de la nación, caían a la par que los edificios bombardeados y los estruendos de los cañones. Pasarían años de dolor hasta que los mesianismos terrenales del materialismo marxista se vinieran abajo. Y mucho me temo que las crisis que nos agobian nos anuncian el hundimiento del imperio del individualismo y del materialismo como soporte de la libertad. Tarde o temprano, con dolor y sufrimiento, toda la tierra reconocerá que la paz y la justicia vienen de la mano de Cristo, el Mesías, el Señor. Tengo la impresión de que la Tierra entera está esperando la plenitud del Reino de Cristo, paz, justicia, vida, amor. Tu Reino, Señor.

A pesar de todo, este mundo no es la prisión de los seres humanos, aunque tampoco es su destino definitivo. Dulce Mª lo dice con acierto “me ha hospedado”. El verbo “hospedar” está cargado de todo tipo de connotaciones positivas. Dar posada al peregrino, El “me” se alza con fuerza. No ha cobijado a la masa humana. Nos ha acogido uno a uno, en una casa, en un mundo que ha hecho el mismo Dios con sus manos.

Pasa revista a cada uno de los elementos de nuestro entorno cotidiano. El aire en su doble función como componente indispensable para seguir viviendo y como transparencia para contemplar en una triple gradación selectiva “los hermosos paisajes, los rostros amados, el cielo azul”. Todo el poema, prosa poética, está impregnado de la mirada cándida del Himno de las criaturas de San Francisco de Asís. El sol, la luz de las estrellas. Uno guía mis pasos. La luz vela sus sueños.

Dos imágenes oníricas muy bellas le permiten presentarnos en pincelada rápida la belleza del mar y de las montañas. ¿No pertenece a la mejor escuela del arte expresar con hermosura una realidad común y cotidiana? Al mar siempre bravío e indómito ¿cómo domeñarlo para ponerlo a los pies de los humanos sino con una cinta de arena? Ni armas, ni cadenas para aherrojar al mar. Una hermosa cinta es suficiente para ponerlo a nuestros pies. ¿Verdad que las montañas son hermosas y a veces inalcanzables? La poetisa nos desvela la razón oculta de su esplendor y de su cercanía. Las montañas son tan esplendorosas porque su raíz es una flor, germen de belleza y de humildad. Aunque nos cueste creerlo, es tan verdadero como las sabias explicaciones de los geólogos.

Como si fueran globos, Dios al crear los ríos y los pájaros los ha soltado claro que para alegrar y refrescar el mundo que nos ha dado. Insiste Dulce María en una idea clave para situarnos en este mundo. Es el Señor quien nos lo ha dado. Y selecciona dos motivos “alegrarnos” y “refrescarnos”. ¿Verdad que en esa frescura de los ríos hay mucho más que el poder zambullirnos en sus aguas? ¿Verdad que esa alegría de los pájaros resume la grandeza de toda la creación? Como en día de fiesta el Señor suelta los ríos y los pájaros.

Dulce Mª es una mujer realista. Está muy bien eso de la belleza. ¡Que me lo digan a mí! Pero no menos admirable es todo lo que se nos ha dado como un don cotidiano para poder saborear y contemplar: “ha hecho crecer también la blanda hierba, los flexibles arbustos, los buenos árboles, prendiéndoles collares de rocío, racimos de frutas, manojos de flores, para regalo de mis labios y mis ojos”.

Pero los humanos estamos de paso. El mundo que Dios nos ha confiado es hermosísimo. Pero no es nuestra morada definitiva. La poetisa lo sabe. En medio de tanta grandeza su corazón echa en falta algo más profundo. Platón hablaba de la nostalgia de una vida anterior. San Agustín repetía que el corazón del hombre no descansa hasta que no encuentra al Señor. San Juan de la Cruz pedía que no le enviaran más mensajeros “que no saben decirme lo que quiero”. De sus nostalgias arranco esta flor, para seguir percibiendo su aroma: “No sé qué intimidad, qué vieja casa mía…” Intimidad ¿Con quién? Con Dios sería.


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