Escuela de padres
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Educar en la reflexión (II): Enseñar a pensar es el principio de la moral

“Irreflexión e inconstancia guardan entre sí estrecho parentesco. Ambas engendran la mediocridad. El superficial, por no hacerse profundo reflexionando, se queda siempre en la apariencia, en la espuma de las cosas, personas, palabras, decisiones, actitudes.”

Enseñar a pensar

Reflexionar es saber utilizar la capacidad de comprensión, de juicio, valoración y razonamiento. Es lo que diferencia a quien quiere ser plenamente ‘persona' de quien se limita a ser ‘gente'. La reflexión y la constancia son el pilar y fundamento donde se asientan los demás valores humanos. La grandeza humana no está en los actos, sino en la manera reflexiva de realizarlos, sin la cual el amor no los ennoblece. Vivir sin pensar es abdicar de la racionalidad con la que Dios ha querido diferenciarnos del animal. (T. Morales)

En un mundo lastrado de superficialidad y altamente hedonista y erotizado, la tarea educativa, llamada a fomentar la unidad interior en la persona, ha de fomentar de manera prioritaria la capacidad de reflexión y discernimiento desde los momentos más tempranos de la evolución del carácter. Dejar que los niños se acostumbren a dejarse llevar por sus caprichos y verlos satisfechos de forma inmediata es una trampa mortal que les hará débiles y vulnerables en el futuro.

Muchos niños, jóvenes y no tan jóvenes, a la hora de decidir, en lugar de pararse a pensar y considerar qué es lo importante en cada caso, qué valores están en juego, qué consecuencias se pueden seguir de lo que se decida, simplemente se dejan llevar por las apariencias, los estados de ánimo, el ambiente, las ganas y las desganas.

Formación de la conciencia

Enseñar a pensar
Reflexionar es saber utilizar la capacidad de comprensión, de juicio, valoración y razonamiento. Es lo que diferencia a quien quiere ser plenamente ‘persona’ de quien se limita a ser ‘gente’. La reflexión y la constancia son el pilar y fundamento donde se asientan los demás valores humanos. La grandeza humana no está en los actos, sino en la manera reflexiva de realizarlos, sin la cual el amor no los ennoblece. Vivir sin pensar es abdicar de la racionalidad con la que Dios ha querido diferenciar

Frente a la tiranía de los deseos, de las ganas y del gusto por lo fácil y atrayente, es fundamental enseñar a pensar. Es este un arte que los padres y educadores deben utilizar tempranamente. Los niños están muy necesitados de referencias morales que les ayuden a distinguir en la práctica lo que está bien de lo que está mal o de lo que simplemente resulta atrayente. Todos estamos convencidos de que para ser feliz es más importante ser buena persona que tener un cuerpo atlético, ser célebre, guapo o saber mucho inglés.

Es necesario, por tanto, enseñar a distinguir el bien del mal y para eso hay que “enseñar a pensar”. Por ejemplo, es bueno acostumbrarse a pensar si es correcto hacer algo antes, durante y después de haberlo hecho. Ayudarles a hacerlo es especialmente adecuado sobre todo si lo hecho no era bueno, o si puede servir como criterio de actuación en el futuro.

Al llegar a los 6 ó 7 años (con el uso de razón) el niño descubre que es libre y nota la ‘llamada del bien', de modo que se crea en él una notable ‘necesidad moral', ya que esa llamada tiene un sabor de absoluto, porque es la llamada de Dios a la conciencia. Entre los 9 y los 12 años, se inicia un interés por verdades profundas y de sentido último de la vida. Si queremos ayudar al desarrollo de la conciencia moral y de una personalidad equilibrada hemos de ayudarles a pensar con criterio sobre lo que está bien y lo que está mal.

Atendiendo a las circunstancias podremos ayudarles haciéndoles reflexionar:

“- Si te gusta hacer algo ¿es suficiente razón para pensar que eso es bueno?

- Si a mucha gente le gusta algo ¿eso lo hace bueno?

- Si prefieres las manzanas a las naranjas ¿significa que las manzanas son mejores que las naranjas

- Cuando no quieres hacer algo ¿es porque piensas que eso es malo? ¿Es posible que aun sabiendo que algo es malo nos guste?

- ¿Puede algo ser valioso aunque nadie lo valore? ¿Qué preferirías: algo sin valor que todo el mundo quiere o algo valioso que casi nadie quiera?

- Cuando dices que una película (o una serie de televisión) te gusta, ¿qué quieres decir exactamente?, ¿sabes por qué te gusta? A veces dices que te gusta leer ¿por qué? …”

Enseñar a pensar

Estas u otras muchas preguntas similares, en esas edades, pueden ayudar mucho a descubrir el verdadero camino que conduce al bien. Hemos de facilitar que el niño se mueva libremente hacia el bien: "hacer las cosas porque entiendo que son buenas", no porque me apetece o lo hacen los demás. Las apariencias a menudo son engañosas y nunca debemos por ello dejarnos llevar por las primeras impresiones.

Pero tampoco se deben hacer las cosas sólo por estricto sentido del deber. El puro sentido del deber es capaz de mover en ocasiones, y a veces es conveniente actuar así para vencerse a uno mismo. Pero quien obra sólo por deber tiende, por un lado, a quedarse en la mediocridad y a tener poca iniciativa, y por otro, a menudo, a juzgar rígida y severamente a los demás, porque para él lo esencial es el exacto cumplimiento del deber. Eso lleva a veces a no saber ponerse en el lugar del otro y a hacerse orgulloso, rigorista, inflexible, duro.

Desmontar falacias

Dentro del arte de enseñar a pensar a nuestros hijos es muy importante la ardua pero fructífera labor de desmontar las posibles falacias que irán saliendo al paso en la vida cotidiana. Las falacias son razonamientos persuasivos pero incorrectos, y a menudo manipuladores. Las hay de distintos tipos:

Enseñar a pensar
Enseñar a pensar es un arte que los padres y educadores deben utilizar tempranamente. Los niños están muy necesitados de referencias morales que les ayuden a distinguir en la práctica lo que está bien de lo que está mal o de lo que simplemente resulta atrayente

- Una muy común es el argumento ad hominem, en el que en lugar de refutar la verdad de lo que se afirma se ataca a la persona que hizo la afirmación. Siempre puede darse una postura emocional que nos predisponga contra lo que pueda decir otro, pero es fundamental que eso no nos impida juzgar lo que dice con un mínimo de objetividad.

- Otro tipo de falacia es la se llama argumento ad populum, en la que se justifica una determinada acción porque "todo el mundo lo hace". Se supone que algo está bien si lo hace todo el mundo, con lo que pasamos a utilizar el engañoso criterio de "normalidad" como pauta de nuestra conducta. Mucha ‘gente' no aspira a ser buena sino "normal", es decir, simplemente como todos.

- Muy utilizada por una publicidad omnipresente es la falacia de apelar a la autoridad equivocada. Es el caso de los futbolistas que promocionan ropa, de las estrellas de cine o de las modelos que anuncian las ventajas de un determinado perfume o refresco. Ya nos entendemos... No estará de más un cambio de impresiones con los hijos cuando surja el tema en la conversación: ¿crees realmente que el hecho de que tal futbolista anuncie la marca X garantiza la calidad de ese producto?, ¿si la mayoría dice que hacer X está bien, te parece que es suficiente argumento?

Como escribía Blaise Pascal, “toda nuestra dignidad radica en el pensamiento, en la reflexión. Esforcémonos en pensar bien: ese es el principio de la moral.”

Enseñar a pensar

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