Escuela de padres
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Educar en la reflexión (I): Enseñar a pensar, enseñar a ser libre

“El cultivo de la reflexión en la juventud es indispensable para formar hombres que desarrollen ambiciosamente su personalidad, potencien y enriquezcan ese yo íntimo, peculiar y característico que Dios da a cada uno.”

Educar en la reflexión
Reflexionar es siempre un acto disciplinado en el que no solamente entra en juego el pensar sino también el querer. En una educación integral es nuclear la formación de una voluntad reflexiva, expresión sintética en la que se condensa buena parte del pensamiento pedagógico de éste

Reflexionar, afirma Abilio de Gregorio, es siempre un acto disciplinado en el que no solamente entra en juego el pensar sino también el querer. En una educación integral, tal como la concibe el P. Morales -añade- es nuclear la formación de una voluntad reflexiva, expresión sintética en la que se condensa buena parte del pensamiento pedagógico de éste.

Aunque no queremos ceñirnos aquí sólo a la visión educativa del P. Morales, no podemos pasar por alto la extraordinaria importancia que él concede al cultivo de la reflexión como uno de los pilares esenciales de la formación humana integral. Puede decirse incluso que en nuestros días -tan proclives al emotivismo pedagógico- pocos han insistido como él en este aspecto. En esa “voluntad reflexiva” se condensa, en efecto, para el padre Tomás Morales, la sustancia de la libertad humana. Muchos, “ni saben lo que quieren, ni quieren lo que saben. No lo saben porque no piensan. No lo quieren porque no tienen voluntad. Viven a lo loco. Navegan a la deriva.” (Ovillo de Ariadna, pág. 109)

Reflexión es discernimiento

La reflexión, el ejercicio prudente y lúcido del pensamiento, es discernimiento de lo que es verdadero y bueno, es luz que ilumina los criterios del actuar, es puerta de acceso a la interioridad. Todo buen educador -profesor o padre- sabe que un aspecto fundamental de su tarea es fomentarla, porque sólo con ella se pueden descubrir y apreciar la verdad y el bien sobre los que se puede construir libremente un proyecto personal que valga la pena. Si no hay reflexión y criterio propio no habrá libertad responsable. Estamos hablando también de la formación de la conciencia moral en el niño y en el joven. La reflexión marca el rumbo: una persona sin rumbo es una persona perdida.

Educar en la reflexión

Los padres, especialmente, tienen que encontrar el tiempo y el momento adecuado para hablar con los hijos sobre todos los temas y fomentar en ellos la capacidad de discernir. Se intentará que poco a poco aprendan a pensar por sí mismos, a decidir por sí mismos y a actuar por sí mismos con rectitud, de forma que sus criterios de juicio, sus actitudes y sus decisiones sean positivas y valiosas. Que aprendan a reconocer lo que es auténticamente valioso en la vida y a distinguirlo de lo que no lo es, aunque aparente serlo; que reconozcan la importancia de hacer el bien y evitar el mal, aunque sea con esfuerzo.

Todo ello, frente al confuso bombardeo de estímulos ambientales y sabiendo que es preciso combatir la pereza que se experimenta al afrontar tareas costosas. A menudo, incluso los cristianos, olvidamos el lastre producido por las heridas del pecado original en nuestra naturaleza. Hay en ella una tendencia al desorden, a la flaqueza moral, que repercuten en la visión que se tiene de las cosas. Ello explica, entre otras cosas, que “el que no vive como piensa, acaba pensando como vive.” Se hace imprescindible la educación en el esfuerzo para superar las dificultades y tendencias desordenadas, y una apertura a la acción de la gracia, impulso decisivo en el camino hacia el dominio de sí mismo y hacia la plenitud del amor.

Educar en la reflexión

Algunas actitudes en las que se concreta

Todo valor humano puede y debe traducirse en actitudes en las que se hace más concreto y visible, y que dan pistas para su cultivo por medio de una oportuna formación. Tales actitudes y hábitos pueden fomentarse a través de actividades, de modelos y pautas de comportamiento y sirven de patrón para la intervención del educador.

Buscar la verdad, el bien y la belleza en lo que se hace, se conoce, se emprende…

• Distinguir la diferencia entre el valor aparente y engañoso de ciertas acciones, a pesar de ser agradables o fáciles de realizar, y el valor auténtico de otras más costosas

Pararse a pensar antes de actuar para apreciar el valor de lo que se va a hacer, la intención que lo mueve y sus posibles consecuencias. Previsión y planificación de las actividades

Percatarse del valor que a corto y largo plazo pueden tener pequeños gestos, acciones, detalles o comportamientos

Reflexión habitual acerca de lo ya realizado, para valorar la finalidad o intención, el contenido y rectitud de lo que se hace, el logro de los objetivos, el esmero en la realización, las consecuencias que se han seguido…

Coraje para asumir con sencillez y lealtad las consecuencias desagradables de las propias decisiones

Defender las propias opiniones y convicciones con argumentos y razonamientos adecuados, y estar dispuestos a cambiarlas si se comprueba que está equivocadas

Tomar decisiones sin dejarse llevar por el propio interés, o dejarse arrastrar por los demás, por el deseo inmediato o el estado de ánimo, y juzgando con sentido del deber

Adquirir sentido crítico ante los mensajes consumistas que presentan la publicidad y los medios de comunicación…

Hablar con los hijos… y escucharles

Educar en la reflexión
Los padres tienen que encontrar el tiempo y el momento adecuado para hablar con los hijos sobre todos los temas y fomentar en ellos la capacidad de discernir. Se intentará que poco a poco aprendan a pensar por sí mismos, a decidir por sí mismos y a actuar por sí mismos con rectitud, de forma que sus criterios de juicio, sus actitudes y sus decisiones sean positivas y valiosas. Que aprendan a reconocer lo que es auténticamente valioso en la vida y a distinguirlo de lo que no lo es, aunque aparent

Los padres tenemos que encontrar tiempo y momentos adecuados para hablar con los hijos sobre todos los temas. Tal vez hablar despacio con ellos con ocasión de una excursión en la que vemos la grandeza y la belleza de la creación, o de un acontecimiento familiar importante, con ocasión de una lección de ciencias naturales que el chico está estudiando, o de los temas que surgen en la clase de Religión, de la película que acabamos de ver con ellos, del comportamiento de ciertos compañeros…

Puede haber momentos muy propicios, como las sobremesas, cuando salen a colación acontecimientos vividos, o temas de conversación. Pero también hay ocasiones no buscadas: al ir juntos en el coche, al salir de compras. En cualquier oportunidad que nos brinde la convivencia diaria puede surgir una reacción, una actitud, un juicio, una pregunta, un comentario de incalculable valor formativo.

En primer lugar es preciso escuchar les, para hacernos cargo de cómo está su cabeza por dentro. Si no, corremos el peligro de soltarle un "rollo" bien intencionado, pero poco útil para él.

Es bueno animarles a comentar, ‘tirarles de la lengua' con tacto, y escuchar con paciencia a que terminen sus explicaciones y preguntas, hacerles preguntas y observaciones, o plantear cuestiones para ver cómo son capaces de argumentar (porque pensar es relacionar y argumentar, encadenar ideas y juicios): “Lo que dices ¿se apoya en...?, ¿estás suponiendo que...?, ¿qué te hace pensar que...?, ¿ y por qué piensas que esto es así...?” pueden ser preguntas que obliguen a razonar más sólidamente, a no precipitarse o a no dejarse llevar por un simple prejuicio.

Es muy conveniente no cortar y corregir de manera tajante o airada, sino adaptarse a la situación y al clima de la conversación, a su capacidad de comprender; valorar sus puntos de vista aunque no siempre se les dé la razón. Si la conversación se acalora y vemos que no están receptivos a nuestras apreciaciones, dejar que pase algún tiempo y cuando haya un clima de tranquilidad, volver al asunto con tacto: “A propósito, ¿sabes que el otro día me quedé pensando en lo que dijiste…?”

Pero de esto hablaremos en un próximo artículo.


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