Abilio de Gregorio
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Educación para la realidad. Ética de la aceptación

Una educación para la realidad, supone poner más los acentos en la aceptación activa que en la acción. Se trata de identificar la voluntad humana con la voluntad divina

Educación para la realidad
Si una “vida lograda” en la previsión del Creador es una vida conforme a su Voluntad, sustituir a Ésta por el autónomo querer del hombre será un seguro fracaso. El Génesis pone en el arranque de esa sustitución de voluntades el comienzo de todas las disfunciones en la historia del ser humano

Uno de los rasgos que caracteriza nuestras actuales vigencias culturales es un tono general de instalación en el cambio, en lo provisional, en el “transitivo permanente”, en el fluir del “panta rei”. Sin embargo, cuando se tiene la suficiente quietud como para mirar la actual realidad humana en planos largos, se comienza a tener la sensación de “déjá vu”, de que, a pesar de las evidentes mutaciones que nos afectan, hay algo que permanece como condición humana y que, como la melodía, la armonía y el ritmo en el bolero de Rabel, se repite y se repite aunque sea con distinta orquestación. Quien sea capaz de captar eso que permanece a pesar del cambio, podrá saborear (“sapere”) lo que verdaderamente importa, pues sólo se puede saborear lo que dura, y, entonces, comenzará verdaderamente a “saber” y a acceder a la “sabiduría”. Así nacen los grandes mitos y libros sapienciales de la cultura universal.

Leo el Génesis, revelación para el cristianoatura sapiencial para otros, y no es la historia del origen lo que me apela, sino el señalamiento de la condición humana. Y por esa descripción psicológica, se nos da cuenta de lo sucedido y, al mismo tiempo, se nos anticipa una narración, historia que se repite en una suerte de eterno retorno puesto que de lo que trata no es de un hecho, sino del sujeto de esa historia, de la entraña psicológica del mismo ser humano.

El hombre (el varón y la mujer: dos formas de ser hombre), dice el Génesis, es un ser con una existencia dada, pero no cerrada. No nace de sí mismo. En realidad lo define como un ser de cara a su Autor. Dios se trata con él. Tiene una existencia encomendada que ha de llevar a término, en contraste con los demás seres de la creación. Le da garantías de que esa existencia “funcionarᔠarmónicamente, proporcionará felicidad (el paraíso), en la medida en que se desenvuelva de acuerdo con los “protocolos de uso” proporcionados por el Constructor. Protocolos, normas derivadas de la naturaleza y fines de lo creado, no de la ocurrencia arbitraria del Creador. Normas que suponen el libro de instrucciones sobre el armónico funcionamiento de esa existencia entregada. Eudemonía que no es sino la aceptación de lo dado en su naturaleza y sus fines de acuerdo con la Voluntad de Quien así lo ha dado. Voluntad no arbitraria, sino Voluntad enamorada, es decir, Voluntad que busca el máximo bien del hombre.

Frente a esa eudemonía (el espíritu armónico) los antiguos sitúan al “cacodaemon” (el espíritu o demonio malo que enloquece o hace infeliz). El riesgo del cacodaemon está dentro del paraíso, está en la misma médula de la grandeza humana: el hombre desea ir más allá en su felicidad, en su autonomía, en su grandeza. Porque es inteligente cree no necesitar el libro de instrucciones y decide él la dirección de su naturaleza cultivando el frondoso “árbol de la ciencia”. No le será suficiente con cultivar la naturaleza para hacer artificios, artefactos, que le ayuden a dominar la tierra. Desea incluso utilizar los artefactos para hacer naturaleza. Quiere ser dueño de la vida. Narración anticipada de la historia.

No le será suficiente con disfrutar lo dado con los fines que le han sido dados. Pretende ser él quien establezca los criterios “del bien y del mal”. Si atrevido es rediseñar el funcionamiento de la creación por la ciencia al margen del proyecto del Autor, y querer meter las manos de la ciencia en la vida, es de locura pretender dotarla de nuevos fines a la medida de los alcances humanos. “Seréis como dioses”. No ha cambiado nada desde entonces. La estampa es de absoluta actualidad. Es perenne. Es pecado original.

Y sucedió lo que tenía que suceder. Utilizar un ingenio tan complejo como es la existencia humana sin tener en cuenta el libro de instrucciones del Inventor, usarlo al libre arbitrio de la voluntad del usuario, es casi seguro que produzca el malogro del invento que se tiene entre manos. Si una “vida lograda” en la previsión del Creador es una vida atenida a su Voluntad, sustituir a ésta por el autónomo querer del hombre había de ser un seguro de fracaso. Así, la avería supone la pérdida de la armonía, de la felicidad, del paraíso. El Génesis pone en el arranque de esa sustitución de voluntades el comienzo de todas las disfunciones en la historia del ser humano: desorientación, dolor, odio, vergüenza, existencia errante.

Educación para la realidad

Una existencia humana en estas condiciones solamente es soportable desde el perdón y la promesa. Y, a pesar de que la condición humana parecería estar marcada por ese deslizamiento permanente a la rebeldía, Dios promete al hombre la restauración, si la quiere, de esa condición desgraciada. Pero no será una intervención mágica; no será el efecto fetiche o lumínico de una presencia sagrada que se impone por el desbordamiento de lo inefable. Tendrá que ser un retorno hacia la Voluntad original. Tendrá que ser mediante un querer positivo del hombre del querer de Dios. Esta es otra historia que ahora acontece y se nos narra como un nuevo tiempo. Y comienza con parecidos parámetros a los del Génesis. Se le ofrece a una sencilla doncella de aldea una misión contra toda lógica, incomprensible, extravagante, socialmente escandalosa. La historia que ahora se inicia arranca precisamente desandando los pasos errados: “Hágase en mí según tu palabra”.

De lo que se trata es de identificar la voluntad humana con la voluntad divina. Esto me parece nuclear en el mensaje evangélico, mensaje de la redención. Pocas, muy pocas cosas se dicen de María en la narración bíblica, pero todo ello parece destinado a poner de relieve esta conformidad de voluntades. No parece entender el comportamiento del muchacho Jesús en su visita al templo, pero, ante el “desplante” (“¿No sabías que debo ocuparme de las cosas de mi Padre?”), guarda en su corazón sin rebeldía. Fiat.

Incluso tendrá que escuchar de su Hijo que, en la lógica de Dios, la maternidad en la sangre es irrelevante. La auténtica familiaridad, el parentesco de Dios se fundamenta en relaciones de otro orden: “mi madre y mis hermanos son los que hacen la voluntad de mi Padre”. Es precisamente eso lo que nos enseña cuando nos indica cómo dirigirnos a Dios: “Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo”. Hasta en los momentos límite en que parecería no caber otra preocupación más que la perentoria supervivencia: “Padre, no se haga mi voluntad, sino la tuya”.

Y las mínimas palabras de María en toda la narración evangélica van en esta dirección: “Haced lo que El os diga”.

Humanizarse, pues, consiste en entrar en el mismo vórtice de la Voluntad del Creador de la existencia humana. Querer lo que El quiere. Querer con El. Ser lo que se es, según el proyecto original del Proyectista. Pero para estar en disposición de aceptar su Voluntad divina será preciso disponer de un gran dominio de nuestra voluntad humana. En alguna otra ocasión he mantenido que es mucho más heroica y humanizadora la épica del “fiat” mariano que la épica de Prometeo. En consecuencia, una educación para la realidad, supone poner más los acentos en la aceptación activa que en la acción. Para ello, quizás haya que ir descubriendo al educador lo que hay debajo de señuelos actuales como el de la “educación emancipadora”, del “cultivo del espíritu crítico”, “cultivo de la creatividad”, “pedagogía activa”, etc. etc.


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