Escuela de padres
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Educación (familiar) y unidad de vida

La unidad de vida se alcanza cuando el espíritu se deja llenar por un ideal capaz de dotar de sentido a la vida.

La formación integral de la persona y el sentido de la vida
La unificación de la persona ha de realizarse en función de los valores de sentido, de la dimensión trascendente de la naturaleza humana, en la que se juega su felicidad. No hay que desentenderse de las demás dimensiones, pero sí tener clara su jerarquía para establecer prioridades

Decía Maritain que toda labor educativa debe esforzarse por fomentar en la persona la unidad interior y la coherencia, aunque para ello sea preciso cultivar diferentes capacidades, cualidades y valores humanos. Es una paradoja, pero no una contradicción. A través de diferentes caminos se puede y se debe llegar a la misma meta.

No sólo eso. Todos los valores humanos y virtudes guardan entre sí una interrelación profunda, incluso se ha llegado a decir que todas las virtudes crecen con el ejercicio de una, porque en realidad y en el fondo, la virtud es única, es la disposición estable de toda la persona para obrar el bien. Lo que sucede es que este bien se manifiesta y se especifica según nuestras diferentes capacidades y necesidades. Santo Tomás de Aquino insistía en que en todas nuestras decisiones voluntarias, por distintas que sean, lo que perseguimos es en el fondo una única y la misma felicidad.

Por ello, el pleno desarrollo de la personalidad en nuestros hijos exige que las finalidades y expectativas de nuestra labor educativa como padres, lo mismo que la de los centros escolares y las distintas influencias que llegan del exterior (calle, amigos, cine, medios de información, etc.) concurran en una misma dirección. De lo contrario, como observaba Víctor García Hoz, la educación “corre hoy el riesgo de convertirse en una suma de actividades y de aprendizajes inconexos e incompletos que, en lugar de integrar a la persona humana, la disgregan, oscureciendo el sentido de la vida y debilitando la capacidad de ordenarla en medio de una multitud de solicitaciones”.

La unidad de vida es la columna vertebral de una personalidad madura y, por lo tanto, una condición imprescindible para la formación humana de la persona, para la educación como tal. Se trata, así pues, de educar la personalidad de nuestros hijos para que sean capaces de distinguir y de apreciar el bien y de orientar hacia él su vida.

Un proyecto de educación familiar compartido

La formación integral de la persona y el sentido de la vida

Una de las quiebras de la cultura dominante es precisamente la confusión acerca de los valores, fruto en buena medida del relativismo que todo lo impregna y de la pérdida de sentido inherente al olvido de la dimensión sobrenatural de la vida.

Por esta razón es indispensable que en una familia el padre y la madre tengan claro cuál es su proyecto de educación familiar. Se trata de un asunto que debe ser planteado ya desde el noviazgo, con el fin de que esté muy claro lo que ambos entienden que es educativo y lo que no, y lo que en consecuencia quieren para sus hijos. Han de tenar claro para ello cual es su modelo y concepto de persona, para apuntar siempre en esa dirección, con tacto y según las etapas de la vida de sus hijos, o de las circunstancias, pero sin claudicar en sus prioridades fundamentales.

No tener claro este punto, equivocarse acerca de él, o esperar a que vengan los hijos para planteárselo, es navegar sin rumbo, y como decía el viejo Séneca, “si el marino no conoce el norte, todos los vientos le son adversos”. El precio será la infelicidad de sus hijos y la suya propia.

¿Qué significa ser persona?

Toda educación que pretenda ser integral e integradora, ha de tener muy claro qué es una persona. No es un asunto menor, la dignidad de la persona es la referencia para el valor moral de las acciones humanas. Una persona es un ser único e irrepetible en sí mismo, y no sólo por lo que hace o tiene; está dotado de intimidad, es capaz de asumir el sentido y el contenido de su propia vida y por lo tanto es responsable de ella: es alguien y no algo, un ser “más grande por dentro que por fuera” (Chesterton), un ser llamado a la autodonación. Los cristianos sabemos que eso, ser personas, el ser hijos suyos, es lo que nos asemeja a Dios.

La formación integral de la persona y el sentido de la vida

Valor o precio

En ocasiones he preguntado a los padres de mis alumnos si prefieren que sus hijos sean honestos o ricos. Y la expresión de muchos de ellos era de azoramiento. No falta quien contesta que son posibles ambas cosas a la vez… Pero la pregunta no va por ahí. ¿Qué valoramos más en una persona?

En su precioso y profundo libro El Principito, Saint-Exupéry, contrapone la mirada asombrada y en apariencia ingenua del niño y la mentalidad utilitarista y pragmática de las “personas mayores”: “Las personas mayores aman las cifras. Cuando les habláis de un nuevo amigo, no os interrogan jamás sobre lo esencial... Os preguntan «¿Qué edad tiene? ¿Cuántos hermanos tiene? ¿Cuánto pesa? ¿Cuánto gana su padre?» Sólo entonces creen conocerle. Si decís a las personas mayores: «He visto una hermosa casa...» Es necesario decirles: «He visto una casa de cien mil francos.» Entonces exclaman: «¡Qué hermosa es!»”.

Si no tenemos claro lo que significa ser persona y cuál es su orden de perfeccionamiento, casi todo en la educación estará confuso. Educar es ayudar a ser personas, a completarlas. Es esencial comprender a fondo la índole y la fuente de la dignidad de la persona para establecer los fines y los medios adecuados para su formación.

Una educación personalizada y personalizadora concibe al ser humano como constituido por una naturaleza abierta, por un modo de ser que presenta una necesidad inicial, abierta no obstante a un perfeccionamiento, el cual tiene lugar mediante el cultivo y fomento de sus capacidades. Una actuación es educativa si hace crecer en humanidad al ser humano y le acerca a su plenitud, incrementando su capacidad de verdad, de bien y de belleza. Se trata de un proceso de maduración, de formación paulatina de la personalidad humana, de formar hombres y mujeres en quienes se pueda confiar.

El papel del educador

Pero este desarrollo no es algo añadido desde fuera (algo así como “inculcar los valores”), sino un crecimiento desde dentro cuyo protagonismo ha de ir asumiendo, según su capacidad, el propio sujeto humano que se educa. La acción educativa es sólo una ayuda encaminada a suscitar y fortalecer las potencialidades de la persona mediante el cultivo de valores y de hábitos virtuosos. Maestros y padres tienen un papel subsidiario. A los animales se les adiestra, es decir, se les marcan líneas de conducta según la voluntad de sus amaestradores. Pero al ser humano se le educa, se le ayuda para que aprenda a hacer un uso responsable de su libertad. No tiene amaestradores, tiene maestros.

El sujeto humano no debe ser sustituido en el proceso de su formación más que cuando no puede valerse por sí mismo; el educador hace posible la autonomía del educando y va haciéndose poco a poco prescindible. Padres y maestros han de dar claves para orientar la vida, deben mostrar con su propia vida que dichas claves son verdaderas, ya que niños y jóvenes labran su personalidad según modelos de identificación. Pero no pueden sustituir a sus hijos o a sus alumnos en las decisiones que ellos deben aprender a tomar.

Por eso una de las cuestiones fundamentales en la educación de la personalidad es la cuestión del sentido de la vida. Abilio de Gregorio insiste a menudo en evitar peligrosos reduccionismos, nefastos en educación, que hacen olvidar que el ser humano es una unidad indivisa en la que se dan cita las dimensiones biológica, psicológica, social, racional y trascendente, y que esto supone una jerarquía natural en el hombre y la mujer.

La unificación de la persona ha de realizarse en función de los valores de sentido, de la dimensión trascendente de la naturaleza humana, en la que se juega su felicidad. No hay que desentenderse de las demás dimensiones, pero sí tener clara su jerarquía para establecer prioridades y para que, en caso de conflicto, los valores menos importantes se subordinen a los más importantes.

Educar en la unidad de vida

El objetivo de la educación es integrar vitalmente la inteligencia, la voluntad y la afectividad, fomentando la unidad interior, el orden moral, el equilibrio y la creatividad en el dinamismo vital de la persona. La unidad de vida evoca una vida armónica, en la que no hay desequilibrio o división, ya que los afanes están debidamente ordenados y se aspira a una plenitud o meta que unifica y dota de sentido al conjunto del vivir.

La formación integral de la persona y el sentido de la vida

Para ello es preciso alimentar la inteligencia con el conocimiento de los valores de tal modo que se fomente en el niño y en el joven un sano espíritu crítico. Mostrar que la verdad es la meta del conocimiento. Enseñar a reflexionar, para reconocer la verdad y la justicia en los acontecimientos, formar la conciencia moral para que sepa distinguir la realidad de la apariencia, el bien del mal, lo esencial de lo accidental...

Por otra parte, debemos fortalecer la voluntad, hacerles descubrir el valor educativo del esfuerzo y la superación, la constancia y la verdadera naturaleza del amor humano. Hacerles saborear la satisfacción que se experimenta en el deber cumplido, en la obra bien hecha, en el logro de las metas, en la ayuda prestada a los demás, en la superación personal.

Es necesario además atender al desarrollo de la afectividad. Mostrar la importancia que tienen los afectos en la vida, y también conocer sus límites. Tener nobles y firmes sentimientos facilita el desarrollo de la voluntad para el bien y esclarece la mirada del entendimiento. Los sentimientos grandes e ilusionantes, el optimismo y la ilusión, aportan la energía que lleva a la recta acción moral. Y no sólo eso. Los afectos sólo se cultivan y se educan mediante relaciones de afecto.

Conclusión… por el momento

De todo esto seguiremos hablando, pero lo primero es tener claro qué es lo que hace que la persona lo sea de verdad. Los medios y los procedimientos deben estar siempre orientados al fin. Y el fin de la educación es ayudar al perfeccionamiento integral de la persona. La unidad de vida no se construye a porrazos, se alcanza cuando el espíritu se deja llenar por un ideal capaz de dotar de sentido a la vida. Y conocer y tratar cercanamente a Cristo, no lo olvidemos, es el supremo y más integrador de los ideales.


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