VOLUNTARIADO Y COOPERACIÓN
Responsabilidad personal y social
José Carlos García Fajardo
Voluntariado social
El auge del voluntariado social es uno de los síntomas de una transformación ante unos modelos de vida injustos. Los datos de la ciencia, la experiencia de la peripecia de los pueblos, el creciente diálogo intercultural están presentes gracias al desarrollo de las comunicaciones que nos permiten ser testigos del ocaso de unos modelos de desarrollo que, junto al mito del progreso ilimitado, han llegado a un punto de saturación sin retorno porque ha alcanzado el techo de su contradicción.
Asumimos la globalización como un hecho pero denunciamos la gestión de la misma por el ultraliberalismo ciego y apostamos por propuestas alternativas. De una vez por todas, dejen ya de insultarnos como antiglobalizadores cuando lo que buscamos es una sociedad más justa, más libre y más solidaria. No un totalitarismo mental ni etnocéntrico sino un mundo en el que quepan muchos mundos.
Ignorarlo es no saber escrutar los signos de los tiempos, y silenciarlo es convertirse en cómplices. Algo no va bien cuando la vida se transforma en espera, muchas veces sin esperanza. Lo malo es cuando no se actúa por temor a equivocarse o por creerse incapaz de hacer algo por los demás. Durante mucho tiempo nos han presentado como personas extraordinarias a aquellas que supieron ayudar a otros. Son seres como nosotros que supieron descubrir la radical indigencia de toda criatura y comprendieron que, en el reconocimiento de la propia debilidad, están las raíces de la auténtica fortaleza. Un día caemos en la cuenta de que nos agobiábamos por problemas que dejaban de serlo ante las desgracias que se descubren cuando nos asomamos a los umbrales de la marginación. Uno se pasma de haber pasado tantos años junto al dolor y junto a la soledad de los que estaban ahí, "a la vuelta de la esquina" y tendían sus manos hacia nosotros con sus gritos de silencio y desamparo. No y mil veces no, hay que afirmar que es posible la esperanza porque todo ser humano es único e irrepetible. Para que, en el atardecer de nuestras vidas, no tengamos que lamentarnos al contemplar lo que pudimos haber hecho con nuestras vidas al servicio de los demás y del mundo que habitamos como “tierra que camina”.
La gota que se sabe océano tiene una actitud radicalmente distinta a las de las gentes manipuladas por el consumismo, la inseguridad y el miedo. No hay que calentarse la cabeza buscando ocasiones extraordinarias para hacer cosas grandes que quizá nunca lleguen. Aquí y ahora es preciso transformar el derecho de resistencia en deber de alzarnos contra el tirano: persona, ideología, sistema o cualquier poder que explote e ignore la grandeza del ser humano y de la tierra que habita.
Los voluntarios sociales no pretenden cambiar al mundo, ni sustituir unos sistemas o modelos por otros. La revolución como las ideologías se les han colado como agua en un cesto o como arena entre los dedos. No quieren seguir arando en la mar ni se avienen a trazar surcos en el cielo. Asumen su condición de rebeldes ante cualquier orden impuesto por la fuerza ya que vulnera la justicia. Ante la violencia se rebelan porque siempre es una violación de la dignidad.
Es preciso alzarse ante la explotación de unos pueblos por otros, de unos seres por otros, de unas tradiciones culturales o concepciones de la vida sobre otras. De unas religiones sobre otras, como si hubiera una única tradición religiosa verdadera. Nadie es más que nadie ni superior o inferior a nadie. No hay unos pueblos "desarrollados" ni otros "en vías de desarrollo". Esto es una falacia perversa. Existen unas sociedades industrializadas y otros pueblos que se sostienen en otras concepciones de la vida con sus correspondientes formas y expresiones. Es falso presentar el modelo de desarrollo de los países industrializados como un paradigma imprescindible para la maduración y expansión de otros pueblos. No todo crecimiento económico es sinónimo de bienestar para la mayoría de la población. Menos aún cuando este crecimiento se hace a costa de las materias primas y de la mano de obra barata o forzada de los pueblos empobrecidos del Sur. Si hay que llamar a las cosas por su nombre, es preciso denunciar unos sistemas económicos transnacionales y globalizados que ocasionan el empobrecimiento, la falta de salud y de acceso a la cultura de tres quintas partes de la humanidad. A este precio, no es justa, por inhumana, la transacción.
La solidaridad nace de una experiencia de soledad poblada y es la respuesta que interpela a toda desigualdad injusta. No se puede pactar con la muerte. Se vive. Y vivir es transformarnos al hacernos uno con todo lo que existe. Entonces, ya no hay lucha ni agonía - no lucha -, se celebra la fiesta de la vida en comunión con todos los demás seres. Ya no es preciso optar por nadie ni alzarse contra nadie: las olas nos encontrarán en la roca o en la arena de la playa. Con el poeta Waldo Leyva hay que gritar "Cuando las aguas anunciaban el derrumbe del muro, puso su hombro contra la piedra para cubrir la retirada”.
De ahí que muchos voluntarios solidarios de la primera hora sostengan que son torpes los criterios de magnitud en las organizaciones, por la cantidad en las cifras de la cooperación y por pretender valorar una actividad por el número de sus proyectos, o de un "balance" de resultados. La actitud de las organizaciones humanitarias define su naturaleza. En estos momentos, en el seno de muchas ONG, se corre un serio peligro de implicación en proyectos de desarrollo con criterios propios de un modelo inhumano que ya ha superado los parámetros de la injusticia. Cooperar en un sistema injusto es aumentar la injusticia. Por muy buena intención que se tenga.
El orden económico propio del socialismo real o el del capitalismo salvaje, que anima el neoliberalismo de pensamiento único, son violaciones flagrantes de la dignidad humana. Por eso son recusables y se impone la insumisión y la rebeldía de la comprensión, de la solidaridad y de la entrega en una búsqueda consciente de una sociedad nueva donde la paz sea tan natural como el aire para el vuelo. Algunas asociaciones están creando un nuevo tipo de cooperante ajeno al voluntario social y sin práctica alguna de la acción solidaria.
Naturalmente, que ya han sido criticadas, comenta Acuña. ¿Por qué se arrogan el derecho de saber que es lo bueno para el bien público? ¿Quién elige a sus miembros? ¿Son verdaderamente no gubernamentales con tantas subvenciones de los estados? Algunos gobiernos se irritan. Tras su campaña contra los ensayos nucleares en el Pacífico, Francia llegó a calificar a Green Peace de asociación "sin fe ni ley". Ahora bien, las ONG internacionales son ya más de 30.000 e incontables las locales, según informa la revista "Fuentes" de la Unesco. Nacen siempre de la combinación entre la necesidad y la solidaridad. No tienen el poder de los gobiernos o el dinero de las multinacionales, seguro que no, pero sí una patente fuerza moral, la fuerza de la razón: hay que contar con ellas, se han vuelto imprescindibles.
Se multiplican ofertas de masters, graduaciones y hasta titulaciones para hacer carrera en el mundo de la cooperación. Si ese es el destino del voluntariado social, mejor es devolver al Estado la responsabilidad de las relaciones económicas, culturales y sanitarias internacionales. Mientras tanto, trabajaremos para conseguir una acción política más justa y solidaria que haga innecesaria la actuación de estos nuevos yuppies de la cooperación. La sociedad civil no puede abdicar de su responsabilidad más auténtica sin arriesgarse a perder su razón de ser.
|