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Documentación / Bioética y acción social / A la búsqueda de un método
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 DOCUMENTACIÓN

BIOÉTICA Y ACCIÓN SOCIAL

Cómo afrontar los conflictos éticos en la intervención social (Nota 1)

José Carlos Bermejo

 

4. A la búsqueda de un método

4.1. Metodología de la deliberación (Nota 40)

Antes de dedicar estas páginas a encontrar una metodología adecuada para la acción social, hablemos brevemente de la deliberación moral. Siguiendo a Diego Gracia decimos que el objetivo de la deliberación es resolver los problemas concretos, respetando los sistemas de valores, a base de argumentaciones racionales. Deliberar no evita los conflictos, ni supone llegar a un acuerdo siempre sobre el modo de proceder. Sin embargo, deliberar en común es ese intento racional por afrontarlos (Nota 41).

Para deliberar necesitamos un procedimiento, aunque deliberar no es solo el procedimiento. Como dice Gracia: “deliberar es una práctica, una habilidad, que se aprende con el ejercicio. Y, sobre todo, es una actitud, un estilo de vida, que debería aprenderse y ejercitarse desde la niñez” (Nota 42).

En la búsqueda de una metodología para la toma de decisiones en caso de conflicto ético en la acción social, hemos de arrancar de la base de que el trabajo social es también un saber sobre lo particular.

Diego Gracia hace referencia a la política, a la ética y a la clínica médica como saberes sobre lo particular; y por tanto, no científicos, sino técnicos y prudenciales. La prudencia no alcanza sino probabilidad. Por tanto, la toma de decisiones tiene lugaren condiciones de incertidumbre. Esto constituye la “teoría de la decisión racional” de la que habla entre otros Amartya K. Sen.

Desde esta perspectiva, diremos que el/la agente social es también un hombre/mujer que se encuentra en la encrucijada de la decisión. Si establecemos esta premisa, uno de los elementos básicos en la formación sobre trabajo social, creemos que poco avanzado, es el aprendizaje sobre la toma de decisiones inciertas pero racionales (Nota 43). Entre ellas hay decisiones de carácter técnico y otras de carácter ético. Hoy nadie discute ya la importancia de la formación de los profesionales en la toma de decisiones morales (Nota 44).

Una vez que admitimos este previo, hemos de buscar un método, que significa buscar un mapa que indica cuál es la ruta a seguir en orden al logro de un determinado objetivo (Nota 45). Nuestro objetivo es tomar decisiones racionales ante situaciones de conflicto ético en el ámbito del trabajo social. Iluminados por esta búsqueda, no estudiaremos todos los procedimientos de decisión, pero haremos un recorrido por los que nos resultan más atractivos para hallar algún día, y en base a la experiencia, una metodología encarnada desde la deliberación, en torno a los conflictos que surgen en el trabajo social. Repasamos así la teoría de la decisión racional, el principialismo y el método propuesto por Diego Gracia.

Hacemos notar que en el campo de la biomedicina, que es nuestra referencia en este trabajo, los orígenes en la búsqueda de un procedimiento de decisión se remontan a la deontología médica clásica, la ética de situación, los comienzos de la enseñanza universitaria en bioética y la aplicación de la teoría de la decisión racional a la ética médica, de la que uno de los principales exponentes es Howard Brody (Nota 46).

 

4.2. Teoría de la decisión racional (Nota 47)

H. Brody, en su obra Ethical Decisions in Medicine (1981), realizó uno de los primeros intentos de aplicar los principios de la teoría de la decisión racional a la ética médica. En ella tienen gran peso las consecuencias de las decisiones que se confrontan con los valores de las personas y de las sociedades, de forma que no exista disonancia entre ambos.

El primer paso de su procedimiento es percibir que existe un problema moral e identificarlo. Un problema ético constará de dos ingredientes:

1. La posibilidad real entre cursos de acción distintos.

2. Que la persona involucrada sea capaz de valorar de modo significativamente distinto cada curso de acción o sus consecuencias.

Conocidas las alternativas ha de elegirse una de ellas como el curso de acción más correcto. Esta decisión inicial ha de someterse a un análisis metódico, y ser rechazada si no supera la prueba. La elección que se ha realizado se formula con la estructura de un juicio ético. “En la situación X, la persona Y, debe hacer Z”. Sus tres ingredientes fundamentales son:

1. Qué es lo que se debe hacer.

2. Quién lo debe hacer.

3. Las condiciones bajo las cuales el juicio es aplicable.

El siguiente paso será determinar las consecuencias que se siguen de la decisión, caso de ser llevada a efecto, y estas consecuencias pueden ser próximas y remotas. Sabiendo que no podremos evaluar todas las consecuencias, nuestra misión será reducirla incertidumbre a proporciones manejables, y siempre tener en cuenta que hemos considerado las principales consecuencias.

El momento posterior es comparar cada consecuencia con el propio sistema de valores: ¿me provoca malestar emocional?; ¿a qué se debe? El método busca poner en evidencia si existe discordancia entre la decisión tomada y los valores guía de la persona que decide.

Aquí no acaba el procedimiento, ya que no estará completo hasta que investiguemos todas las alternativas posibles y busquemos las inconsistencias de la decisión que hemos tomado. Se trata de ponderar, y dicha ponderación tratará más sobre las consecuencias, que nos dan más indicios de objetividad, que sobre los valores, que están más sometidos a la subjetividad.

 

4.3. El principialismo como método para deliberar (Nota 48)

T. L. Beauchamp y J. F. Childress, con su obra Principios de Ética Biomédica (1979) querían ampliar la aplicación de los principios al campo de la práctica clínica y asistencial, para liberarla del enfoque propio de los códigos y juramentos. Estos autores establecen un procedimiento para la resolución de conflictos éticos, basado en cuatro principios de los que hemos hablado ampliamente en el capítulo anterior. En resumen, proponen la siguiente metodología ante las decisiones éticas:

1. Existen unos principios prima facie (Nota 49); ¿se respetan en la decisión? Estos principios son:

    • Autonomía.
    • Beneficencia.
    • No maleficencia.
    • Justicia

2. Principios reales y efectivos:

    • Hay que jerarquizar los principios prima facie en conflicto, a la vista de la situación concreta.
    • Para esto no hay reglas, por lo que conviene llegar al consenso de todos los implicados.
    • Ese es el objetivo de los llamados Comités Institucionales de Ética (Nota 50).

Debemos puntualizar que los principios, tal y como los formulan Beauchamp y Childress, son muy generales. Es necesario especificarlos y ponderarlos para que sirvan como orientaciones concretas para la vida moral (Nota 51).

La especificación consiste en la necesidad de desarrollar a través de normas, los principios, de manera que se puedan conectar con la vida moral práctica (Nota 52). La ponderación supone deliberar y equilibrar la importancia de las normas (Nota 53). Como dicen Jorge Ferrer y Juan Carlos Álvarez, la especificación y ponderación son fundamentales para la vida moral y aparecen en todos los sistemas jurídicos y morales (Nota 54).

A pesar de las muchas críticas y debilidades de su teoría, podemos afirmar que los cuatro principios definidos por Beauchamps y Childress representan, hoy por hoy, “los ‘juicios ponderados’ más sólidos y generales, con un amplio consenso social, para fundar el edificio de una teoría ética (Nota 55).

En la búsqueda de una metodología de la deliberación es interesante establecer una jerarquía entre los principios. Ferrer y Álvarez recogen las aportaciones de Diego Gracia y apoyan el siguiente orden lexicográfico: no-maleficencia, justicia, respeto a las decisiones autónomas y beneficencia. Este orden se basa en la propuesta de Diego Gracia de considerar que hay dos niveles en la vida moral: público y privado. En el primer nivel estarían los principios de no maleficencia y justicia, cuyo cumplimiento puede ser exigido incluso de forma coactiva, mientras que en el segundo se incluyen los principios de beneficencia y autonomía (Nota 56).

Ferrer y Álvarez argumentan que la no maleficencia impera sobre los demás, ya que los males físicos u ópticos siempre han de ser justificados. La justicia, en segundo lugar, supone que jamás se puede quitar a nadie su legítimo derecho; y cualquier limitación de los derechos de las personas exige una estricta justificación moral. En los principios del ámbito privado, el respeto por la autonomía debe tener prioridad sobre la beneficencia, de tal manera que hacer el bien a un adulto competente en contra de su voluntad, podría ser un acto de maleficencia (Nota 57).

 

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