Cine y valores
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De dioses y hombres

UNA HISTORIA DE AMOR

De dioses y hombres

Título original: Des hommes et des dieux

Dirección: Xavier Beauvois
País: Francia  Año: 2010
Duración: 120 min  Género: Drama

Reparto: Adel Bencherif, Jean-Marie Frin, Jacques Herlin, Goran Kostic, Farid Larbi, Philippe Laudenbach, Michael Lonsdale, Xavier Maly, Abdelhafid Metalsi, Sabrina Ouazani

 

Silencio. Sobre un sereno horizonte se adivina el amanecer. Unos pasos se arrastran con parsimonia por el pasillo. Una melodía rasga la oscuridad de la humilde iglesia y da comienzo a la oración de la pequeña comunidad monástica: “-Abre Señor mis labios -Y mi boca proclamará tu alabanza”… Sala de lectura: los monjes se entregan al estudio y a la lectio divina. Todo es paz, ordenada rutina de gestos. Con manos temblorosas, el hermano Luc hace acopio de algunos medicamentos mientras a lo lejos se escucha la voz del muecín que despierta a la población aledaña. Comienza la jornada de un día como otros en Tibhirine.

De dioses y hombres

Los monjes de Nuestra Señora del Atlas son parte del pueblo. Como uno más, participan en las ceremonias festivas de sus vecinos musulmanes. Rabbia (Sabrina Ouazani) una joven del pueblo, conversa con Luc. Vive con preocupación sus sentimientos de adolescente. Con la mayor naturalidad pregunta al anciano monje qué es estar enamorado y si él lo estuvo alguna vez. El anciano se confidencia y le habla de los impulsos del corazón, de su juventud y de su llamada, hace ya sesenta años, a un Amor más grande.

La primera parte de la película es un relato exquisito y fiel de la vida diaria de la comunidad cisterciense, formada por ocho miembros, un hermano y siete sacerdotes; su relación de cercanía, respeto, amistad y plena identificación con sus vecinos del pueblo, las circunstancias que precedieron a su martirio.

Los monjes dedican su vida a la oración y viven del trabajo del campo. La huerta, unas colmenas, el modestísimo puesto médico atendido por el entrañable hermano Luc (espectacular trabajo de Michael Lonsdale)… Es el Ora et labora de la primitiva regla benedictina. Xavier Beauvois, más bien próximo a la izquierda política, no se considera religioso, pero su mirada es limpia y ha sabido captar como pocos en el cine lo nuclear de la vida monástica. Sin estridencia alguna (el bien no hace ruido), haciendo que el silencio y la cotidianidad cobren protagonismo.

Surge la violencia

Súbitamente irrumpe el fanatismo: Un grupo terrorista degüella a doce trabajadores croatas, católicos, en una cantera cercana a Tibhirine. Diez días después, vigilia de Navidad, los terroristas asaltan el monasterio con intención de llevarse consigo a Luc. El prior, Christian (Lambert Wilson, en el papel de su vida), se niega con firmeza y serenidad a ello. Ali Sayyat Attiya, líder del grupo, queda impresionado por la actitud de los monjes. Por esta vez se retiran, pero el asalto deja un dramático impacto en el ánimo de los hermanos.        

A partir de entonces la amenaza se cierne angustiosa y cerca a la pequeña comunidad. El gobierno insiste en que los hermanos se marchen. El temor saca a relucir la disposición de cada uno. Algunos dudan seriamente si deben irse. Varios de ellos, en una escena memorable, se entrevistan con los consternados jefes del pueblecito. Éstos no confían en la protección del ejército: “-Nos protegen ustedes, porque el pueblo ha crecido con el monasterio. -Puede que nosotros nos marchemos pronto. -¿Por qué? -Somos como pájaros sobre una rama. No sabemos si nos iremos. -No, los pájaros somos nosotros, y ustedes la rama. Si se van, ya no sabremos donde posarnos.”

De Dioses y hombres describe la realidad de la entrega de los monjes, el mensaje de paz y de amor tangible que desean compartir al quedarse con sus hermanos musulmanes, y la posibilidad de un terreno fraternal y espiritual compartido entre la cristiandad y el islam.

De dioses y hombres
“- Durante toda mi vida he tenido que verme con gente muy diferente, entre ellos con los nazis. Incluso con el diablo. A mí los terroristas no me asustan, y el ejército menos, tampoco me asusta la muerte: Soy un hombre libre.”

El combate interior

Beauvois acierta rotundamente al filmar las reacciones de estos hombres, sus dudas vitales frente al más que probable sacrificio. La narración adquiere ahora una extraordinaria intensidad dramática. Sin apenas palabras, con los rostros, los gestos y el propio silencio, se adentra en la lucha íntima de cada monje, en su miedo, sus dudas interiores, su fe sin estridencias, sus enfados, su nerviosismo. ¿Deben continuar o marcharse? El trabajo de los actores es sencillamente impresionante, dando forma física y expresión a la angustia. Seguir a Cristo, dar la vida… ¿sí o no? ¿Dejarse matar? ¿Para qué, pudiendo evitarlo?

Luc es junto con el prior el centro de gravedad moral de la comunidad. Hablando con el prior, le confesa: “-Durante toda mi vida he tenido que verme con gente muy diferente, entre ellos con los nazis.  Incluso con el diablo. A mí los terroristas no me asustan, y el ejército menos, tampoco me asusta la muerte: Soy un hombre libre.” Con un gesto entre bondadoso y pícaro, pugnando con su asma y con una casi segura artrosis (magnífico, una vez más, Lonsdale), se levanta de la silla: “-Bien, deja paso al hombre libre…”

Algo más adelante, se acerca en el silencio de su habitación a una pintura que muestra a Cristo con el torso desnudo, atado a la columna del tormento. El monje aproxima su mejilla lentamente al pecho de Jesús. Apoya su frente en él y lo acaricia delicadamente. Es la íntima aceptación del sacrificio, la unión de los propios sufrimientos a la pasión de Cristo.

Bien distinta y terrible es la situación del hermano Christophe (Olivier Rabourdin), que es quien más desolación y temor experimenta. Gime en su plegaria ante las lágrimas de sus hermanos, que respetan y acompañan su combate interior. Se le ve orar a solas ante el sagrario de la humilde iglesita. Paseando por la huerta, en otro de los momentos álgidos del film, se confidencia filialmente con su superior, Christian: “-Duermo mal. El menor ruido me despierta. Me replanteo mi vida, mis elecciones. De niño quería ser misionero, así que morir por mi fe no debería quitarme el sueño. Pero morir aquí, ahora, ¿es realmente  útil?... Ya no lo sé. Me estoy volviendo loco. -Es cierto. Quedarse aquí es una locura como la de hacerse monje. Pero recuerda, tu vida ya la has entregado. Se la entregaste a Cristo cuando decidiste dejarlo todo: tú…, tu vida, tu familia, tu país, la mujer y los hijos que quizá habrías tenido. -No sé si eso es verdad. Rezo. Pero ya no oigo nada. No lo comprendo. Somos mártires, ¿por que?, ¿por Dios?, ¿por ser héroes?, ¿por demostrar que somos los mejores? -No, no, no. Uno se hace mártir por amor, por fidelidad. Y la muerte, si llega, será a pesar nuestro, porque hasta el fin intentaremos evitarla. Nuestra misión aquí  es ser hermanos de todos. Y recuerda que el amor todo lo espera, el amor lo soporta todo…”

Uno de los aspectos más sutiles de la película será la transformación que a partir de este momento experimentará Christophe, plasmada en su mirada, en sus sonrisas, en la paz que brilla en su semblante. “-Eres Tú el amigo, quien llama pidiendo refugio en mi. Tú me envuelves, me estrechas, me rodeas, me abrazas… y te amo.”

El padre Chrisitan vive su responsabilidad como superior de forma atroz, pero nunca exterioriza su sufrimiento con grandes gestos. Le vemos rezar, pasear reflexionando entre los bosques, gemir bajo el aguacero, pero será ancla de serenidad y de firmeza para sus monjes. Es impresionante su testamente espiritual, reproducido en off al final de la película. En el momento en que toman su decisión los miembros de la comunidad, en un momento extraordinariamente intenso, realiza una honda profesión de fe: “Las flores silvestres no cambian de lugar buscando los rayos del sol. Dios se encarga de fecundarlas, allá donde se encuentren.”

De dioses y hombres
“Lo único que podíamos hacer era seguir viviendo… Y luego, lo que nos salvó fue el tener que asumir todas nuestras realidades cotidianas: La cocina, el jardín, los oficios, la campana… día tras día. Y así seguimos, desarmados, resistiendo a la violencia. Y día tras día, hemos descubierto aquello a lo que Jesucristo nos invita: ¡a nacer! Nuestra identidad de hombre va de nacimiento en nacimiento. Así llegaremos a hacer nacer al hijo de Dios que somos."

Frente a frente: el poder y el amor

Mientras las amenazadoras hélices de un helicóptero militar se baten con estruendo sobre la pequeña iglesia del monasterio, los monjes se hallan en oración. Temerosos al principio, se levantan y entonan un himno, abrazándose fraternalmente con creciente entusiasmo y valor: “Oh Padre de las luces, Luz eterna y fuente de toda luz. Haz brillar en medio de la noche el destello de tu rostro. Las tinieblas, para ti, no son tinieblas. Para ti, la noche es tan clara como el día… ¡Que mi oración se eleve ante ti como el incienso, y mis manos como la ofrenda de la tarde!” Un mismo plano enfrenta la violencia amenazadora de las armas, y el coraje de la fe y la oración confiada. La aclamación final del himno -que se repite en los créditos finales- se alza como un grito de victoria mientras la nave, con su ruido ensordecedor, se aleja entre los árboles.

El prior resume la situación: “Lo único que podíamos hacer era seguir viviendo… Y luego, lo que nos salvó fue el tener que asumir todas nuestras realidades cotidianas: La cocina, el jardín, los oficios, la campana…  día tras día. Y así seguimos, desarmados, resistiendo a la violencia.  Y día tras día, hemos descubierto aquello a lo que Jesucristo nos invita: ¡a nacer! Nuestra identidad de hombre va de nacimiento en nacimiento. Así llegaremos a hacer nacer al hijo de Dios que somos. Porque el misterio de la encarnación es dejar que la realidad filial de Jesús se encarne en nuestra humanidad. El misterio de la  Encarnación reside en lo que vamos a vivir, así es como se enraíza lo que ya hemos vivido aquí y lo que nos queda por vivir aún.”

La última cena: ‘Hágase’

El momento culminante del film es la “última cena” de la comunidad. La película está pensada como un camino que lleva hasta esta cumbre dramática, de reconciliación y de ofrenda. “Es como contar toda la película sin decir una palabra”, en expresión del director. Tras haber compartido la Eucaristía (“En aquella noche uno será llevado y el otro será dejado…”), la comunidad se dispone a cenar. Todos son conscientes de que tal vez sea la última vez que lo hagan. Luc adorna la modesta mesa con dos botellas de vino. Introduce en el viejo aparato una cinta cassette que ambientará la sobria colación. Los compases trágicos de El lago de los cisnes van acompañando gestos y miradas, en unos primeros planos impresionantes, de unos rostros arrugados en los que se van sucediendo el gozo, las lágrimas, la paz más dulce y verdadera, el amor de quien asocia la ofrenda total de su vida a la de sus hermanos. El dramatismo del momento muestra el hágase del gozoso abandono en la Voluntad de Dios. Será difícil expresar más bellamente la honda realidad de la comunión de los santos y del amor fraterno, que como lo hace la cámara de un presunto agnóstico como Beauvois.

El rostro de la persona humana

Impresiona el silencio. Ese silencio intenso, pleno de sonidos y de luminosa oscuridad, acompasado por los himnos litúrgicos y la salmodia gregoriana. Impactan las prodigiosas interpretaciones, tan veraces, matizadas y profundas. Los personajes son monjes reales, sin afectación, cuando rezan y cuando ríen, cuando dudan, cuando trabajan y cuando discuten. Espectacular mirada que retrata el alma de los religiosos, a través y no a pesar de su humanidad. Una humanidad de una calidad inconmensurable.

No hay condenas, no hay estereotipos. La lectura se hace universal, trasciende los hechos concretos y a la vez tiene el valor del documental. Se condena el mal, diabólica tentación de poder bajo capa de orden social o de religiosidad. Se ensalza la vida sencilla de quien convierte la cotidianidad en alabanza, y ama. Cuánto ama.

De Dioses y hombres es una reverencia a la persona humana -hija de Dios-, a su capacidad de autodonación, al respeto y la amistad, a la sencillez orante, a la vida arraigada firmemente en Dios. Una magnífica historia de amor. La consagración monástica es así. Ciertamente así.

De dioses y hombres

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De Dioses y hombres es una reverencia a la persona humana -hija de Dios-, a su capacidad de autodonación, al respeto y la amistad, a la sencillez orante, a la vida arraigada firmemente en Dios. Una magnífica historia de amor. La consagración monástica es así. Ciertamente así.

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