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Encrucijadas de la carne y del espíritu

CONSECUENCIAS: EDUARDO CARRANZA

Os presento dos poemas estremecedoramente humanos del escritor colombiano Eduardo Carranza, apasionado conocedor de España y por formación y escuela, discípulo de Juan Ramón Jiménez. En Colombia formó parte del grupo “Piedra y Cielo”, libro de Juan Ramón, que marcó su trayectoria poética tanto en los temas como en la estética. En 1939 abandona un lenguaje típicamente modernista y entra en la poesía pura, más intelectual pero no menos humana. Su hija María Mercedes Carranza, gran poeta también, clasificaba la obra de su padre en dos etapas. Una primera en que canta la naturaleza de Colombia: ríos, llanuras, montes, barrancos y quebradas y en la que aparece, como tema dominante, la exaltación de la mujer. Ocupan, así mismo, un lugar destacado los poemas en que desde el recuerdo, regresa a su infancia y evoca momentos familiares. Es una etapa juvenil optimista y gozosa que muy bien podemos sintetizar en dos versos de su poema “Interior” “El tiempo nada puede. Todas éstas son cosas inmortales”.

La segunda etapa de su obra es la escrita en los últimos 15 años de su vida. Sobresale Epístola Mortal, en que Carranza expone sus sentimientos ante la vejez, la tristeza, los recuerdos y la muerte. Lo publicó en 1973 y es quizás su libro más pleno, pero desolador y sombrío, como el desengaño barroco, pero sin esperanza. Curiosamente el libro está bajo la advocación de Quevedo. Un verso nos lo dice todo: “Desangrados de azul yacen mis sueños”.

Los dos poemas seleccionados me hacen sentir un escalofrío ante el testimonio de un hombre que nos abre su alma y nos permite ver su desazón y angustia. El soneto encontraría un contraste más directo con San Juan de la Cruz, el poeta de una naturaleza que actúa como mensajera de Dios y no Dios mismo. Ambos poetas coinciden en ponderar la belleza y plenitud de toda la creación. Disienten en que el poeta colombiano le pone un pero: todo está bien menos el corazón del hombre. En todo el poema resuena el juicio que le mereció a Dios la creación al acabar su obra: “Todo está bien” El poeta en la enumeración selectiva confirma la belleza y bondad de todo. Destaca la descripción del primer cuarteto con pinceladas impresionistas como esa rama dibujante en el aire, o la clara sinestesia del silbo de diamante, y la luz haciendo que suba hacia arriba la palmera. Bien el rojo en la amada y en la rosa, como bien el viento en la bandera, bello el azul en enero, bien el mundo todo en armonía y plenitud.

No lo tiene tan claro al contemplar el corazón humano. Su misterio no encuentra concordancia ni armonía con nada de lo creado. El ser humano sigue estando solo y sigue siendo un misterio no fácil de resolver. En el ocaso del renacimiento, como el poeta denominaba a su tiempo, aquel hombre prometeico que iba a ser la medida de todas las cosas con su voluntad, cuatrocientos años después se encuentra desencantado y solo, no encuentra razón a su existencia y sigue sintiendo inquieto su corazón.

El segundo poema pone, todavía con más claridad, el dedo en la llaga. Es un credo laico que va contraponiendo su convicción con creencias básicas de la fe cristiana. Pero dejando un testimonio lacerante del vacío existencial en que se mueve. Tiene la honestidad de confesar su “dolorido vivir” su desolado vacío vital, como consecuencia de la pérdida de su fe primera. “Si tocas las palabras anteriores te quedará la mano ensangrentada.”

El poema, temáticamente se organiza en torno a dos ideas. Una primera: no hay otra vida posterior ni otra existencia que la que desarrollamos en este planeta. No hay más corazón que el que recorre nuestro ser como un fantasma, transparente o siniestro No hay otro pan, en clara referencia a la eucaristía, que el pan de nuestros sueños, el vino soñador, la música embriagadora por la belleza, y el amor y la muerte. Aquí podía haber terminado su poema. Pero continúa con un testimonio aleccionador para cualquier creyente. El poeta añora aquella época de su vida en que existía una campana con sentido que ya no convoca a nadie aunque repique como antaño, y una puerta con su llave por la que entrar, hermosa puerta que ya no existe. La conclusión es estremecedora: “No tenemos sino eso: es decir nada. Mejor dicho: no tengo nada. Y punto.”. Y ante este precipicio que pone punto final al camino, el corazón no puede acallar su amargura. “No tenemos sino eso: es decir nada. Mejor dicho: no tengo nada. Y punto.” Comprenderéis por qué aconsejo siempre volver a Teresa, llegar a Dios por el camino interior del espíritu quizás el regreso nos permitiría atender la llamada de las campanas y abrir la puerta que nos presenta el maravilloso mundo escondido en el templo.

SONETO CON UNA SALVEDAD A Pedro Laín

Todo está bien: el verde en la pradera,
el aire con su silbo de diamante
y en el aire la rama dibujante
y por la luz arriba la palmera.

Todo está bien: la frente que me espera,
el agua con su cielo caminante,
el rojo húmedo en la boca amante
y el viento de la patria en la bandera.

Bien que sea entre sueños el infante,
que sea enero azul y que yo cante.
Bien la rosa en su claro palafrén.

Bien está que se viva y que se muera.
El Sol, la Luna, la creación entera,
salvo mi corazón, todo está bien.

EL DESDICHADO
24 de diciembre

No tenemos sino este planeta
hermoso y triste.
No tenemos sino esta única vida
hermosa y triste.
No tenemos sino este corazón
que recorre un fantasma a veces transparente,
otras veces siniestro. Y esta punzada de la música.
Y este sorbo de vino soñador.
No tenemos sino esta pan terrestre,
infernal o celeste de amar y de esperar
o morir...
Yo no tenía sino una campana
que llama y llama ahora para nadie
y la llave que abría aquella hermosa puerta
que ya no existe.
No tenemos sino eso: es decir nada.
Mejor dicho: no tengo nada. Y punto
No tenemos sino eso: es decir nada.
Mejor dicho: no tengo nada. Y punto.


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