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Cómo hacer bien las tareas de cada día

Consejo de Beppo Barrendero, el amigo de Momo

Cómo hacer bien las tareas de cada día
La lección de Beppo no dice que es mejor ignorar todo lo que tenemos que hacer. Eso sería un disparate. Su consejo es que no podemos hacer a la vez las mil tareas pendientes. Una después de otra y sin mirar hacia los lados.

La doble lección moral que se nos transmite en este sencillo texto es de una actualidad rabiosa y su aprendizaje y puesta en práctica de una urgencia inexcusable.

Beppo Barrendero, así se llama el amigo viejo de Momo, es un hombre bajito y entrañable. No miente nunca porque como dice en el texto “todas las desgracias del mundo nacían de las muchas mentiras, las dichas a propósito, pero también las involuntarias, causadas por la prisa o la imprecisión”. Su candidez está henchida de sabiduría. Cuando le plantean una pregunta nunca responde a la ligera, por eso se toma el tiempo necesario hasta aburrir al interlocutor. Sólo Momo le entiende, porque sabe que su respuesta pausada estará llena de lucidez.

Si hoy sirve en apariencia cualquier respuesta es porque no escuchamos, ni atendemos y en el fondo nos da igual la afirmación que su contrario. Es lamentable lo que ocurre en nuestros días. La mentira oficial está al cabo de cada día y en medio de nuestras calles. Se nos miente porque nadie tiene en cuenta nuestra dignidad. Se nos miente con engaño doloroso, porque se nos considera estúpidos. Incluso cuando se utilizan mentiras piadosas se nos está tratando como a niños, por creciditos que parezcamos. Se nos miente porque se ha perdido la confianza en la verdad. Qué más da, si total… Llamo moral a la segunda lección porque hacer bien todo lo que se nos ha encomendado implica estar sometido ese “todo” a una ley suprema de moralidad. La perfección del mundo depende del trabajo bien hecho.

Nuestro tiempo exige todo inmediatamente. Pero las prisas no van de la mano con ninguna obra bien acabada. En alguna ocasión he comentado que hacer una tortilla francesa como Dios manda exige destrezas y saberes no improvisados. Claro que de ese modo reconocemos la dignidad del comensal, por humilde que sea; pero al mismo tiempo mostramos las potencialidades de un huevo, que precisamente fue creado para alcanzar su plenitud y ofrecérsela a los humanos. De lo contrario nunca hubieran sido reconocidas. Lo mismo digo de una acelga, cuidar a los enfermos o educar a los niños. Y así con todo. El trabajo bien hecho es impagable; por eso tiene como recompensa la satisfacción interior.

Beppo nos va a aleccionar sobre otra faceta vinculada a las prisas. Los peligros del estrés y del desaliento. De un lado para otro, siempre corriendo, siempre con la sensación de no llegar y siempre con la impresión de tener que echar las manos a la cabeza porque lo mejor o se te ha olvidado o no has podido ni comenzarlo. Y así un día tras otro “hoy como ayer, mañana como hoy y siempre igual”. Tarde o temprano nos rompemos. No podemos más.

La lección de Beppo no dice que es mejor ignorar todo lo que tenemos que hacer. Eso sería un disparate. Su consejo es que no podemos hacer a la vez las mil tareas pendientes. Una después de otra y sin mirar hacia los lados.

Si miras el total de la larga calle es imposible que no te sientas abrumado. Lo mismo que si consideras la tarea que todavía te queda por realizar. Por ello Beppo desaconseja mirar la larga calle que has de barrer. Las mil tareas nos desbordarán: “-Y entonces te empiezas a dar prisa, cada vez más prisa. Cada vez que levantas la vista, ves que la calle no se hace más corta. Y te esfuerzas más todavía, empiezas a tener miedo, al final estás sin aliento. Y la calle sigue estando por delante. Así no se debe hacer”. Su consejo no puede ser más simple pero tampoco más práctico y certero. Paso a paso y poco a poco o como con gracejo repite Beppo: “Paso-inspiración-barrida” “Paso-inspiración-barrida”. Lo decía ya nuestro viejo refranero: “Poco a poco hila la vieja el copo”.

“Algunos opinaban que a Beppo Barrendero le faltaba algún tornillo. Lo decían porque ante las preguntas se limitaba a sonreír amablemente y no contestaba. Pensaba. Y cuando creía que una respuesta era innecesaria, se callaba. Pero cuando la creía necesaria, pensaba sobre ella. A veces tardaba dos horas en contestar, pero otras tardaba todo un día. Mientras tanto, el otro, claro está, había olvidado qué había preguntado, por lo que la respuesta de Beppo le sorprendía.

Sólo Momo sabía esperar tanto y entendía lo que decía. Sabía que se tomaba tanto tiempo para no decir nunca nada que no fuera verdad. Pues en su opinión, todas las desgracias del mundo nacían de las muchas mentiras, las dichas a propósito, pero también las involuntarias, causadas por la prisa o la imprecisión.

Cada mañana iba, antes del amanecer, en su vieja y chirriante bicicleta, hacia el centro de la ciudad, a un gran edificio. Allí esperaba, con sus compañeros, en un patio, hasta que le daban una escoba y le señalaban una calle que tenía que barrer.

A Beppo le gustaban estas horas antes del amanecer, cuando la ciudad todavía dormía. Le gustaba su trabajo y lo hacía bien. Sabía que era un trabajo muy necesario.

Cuando barría las calles, lo hacía despaciosamente, pero con constancia; a cada paso una inspiración y a cada inspiración una barrida. Paso-inspiración-barrida. Paso-inspiración-barrida. De vez en cuando, se paraba un momento y miraba pensativamente ante sí. Después proseguía paso-inspiración-barrida.

…Después del trabajo, cuando se sentaba con Momo, le explicaba sus pensamientos… -Ves, Momo -le decía, por ejemplo-, las cosas son así: a veces tienes ante ti una calle larguísima. Te parece tan terriblemente larga, que nunca crees que podrás acabarla.

Miró un rato en silencio a su alrededor; entonces siguió: -Y entonces te empiezas a dar prisa, cada vez más prisa. Cada vez que levantas la vista, ves que la calle no se hace más corta. Y te esfuerzas más todavía, empiezas a tener miedo, al final estás sin aliento. Y la calle sigue estando por delante. Así no se debe hacer.

Pensó durante un rato. Entonces siguió hablando: -Nunca se ha de pensar en toda la calle de una vez, ¿entiendes? Sólo hay que pensar en el paso siguiente, en la inspiración siguiente, en la siguiente barrida. Nunca nada más que en el siguiente.

Volvió a callar y reflexionar, antes de añadir: -Entonces es divertido; eso es importante, porque entonces se hace bien la tarea. Y así ha de ser.

Después de una nueva y larga interrupción, siguió: - De repente se da uno cuenta de que, paso a paso, se ha barrido toda la calle. Uno no se da cuenta cómo ha sido, y no se está sin aliento.

Asintió en silencio y dijo, poniendo punto final: -Eso es importante”.


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