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Mente y cerebro: preguntamos por el hombre

Jesús Luis Hurtado

Cientificismo y reduccionismo

Pretender que sólo la neurociencia puede ofrecer una visión cabal del hombre nos pone ante un serio reduccionismo: Que el ser humano “no es más que” biología, un organismo evolucionado y más complejo, no diferente en el fondo del resto de los animales. Pero eso dejaría sin explicación las evidencias de la subjetividad y espiritualidad del ser humano.

Para evitar este tipo de reduccionismos se impone la apertura a otros acercamientos serios al estudio y conocimiento del ser humano, con el fin de comprenderlo mejor. Esto implica, entre otras cosas, un rico diálogo interdisciplinar y una visión integradora.

Piénsese en el progresivo abandono de la psicoterapia en favor de la psicofarmacología, que supone considerar a la persona cada vez más como puro ser biológico que como persona capaz, cognitiva y emotivamente, de dirigirse por un sentido de la vida.

Pero un diálogo interdisciplinar sólo es posible cuando quienes se proponen dialogar admiten la competencia del interlocutor.

La filosofía reconoce el ámbito autónomo y válido de las ciencias experimentales, aunque no siempre se ha interesado como debiera por sus resultados. Por su parte, la ciencia moderna tiende a negar validez a cualquier saber no empírico-material. Y así como suele decirse que dos no pelean si uno no quiere, tampoco dos dialogan si uno no quiere. O los dos.

Las neurociencias poseen hoy un prestigio auténticamente deslumbrante pero a menudo los investigadores no ven necesidad de un diálogo con otras áreas del saber. Brotan por doquier las grandes preguntas, no sólo sobre el ser humano sino también sobre la naturaleza misma de la ciencia experimental.

Así, entre éstas últimas, se pueden mencionar por ejemplo: ¿qué ciencias pueden y deben entrar en diálogo?, ¿sólo las ciencias experimentales entre sí o también otras formas de saber (como la filosofía, la psicología e incluso la teología) que en otro tiempo y sentido fueron consideradas asimismo como ciencias?; en el fondo, ¿a qué llamamos ciencia?, ¿qué significa saber?, ¿qué tipos de experiencia podemos considerar como fuente de saber, sólo la empírica de laboratorio o además otras?, ¿hasta qué punto es fiable, e incluso más segura, la intuición común que la demostración experimental?, ¿son dos modos de conocimiento realmente excluyentes o cabe a su vez una relación que favorezca la cooperación de los distintos modos del conocimiento?...

Todo esto podría parecer una discusión simplemente académica o de matiz, pero está en juego cómo comprender la racionalidad y cómo tratar el objeto de la neurociencia y de las ciencias humanas: a saber, el hombre, la persona. Como botón de muestra, dentro del campo de la psiquiatría (donde son insoslayables los dramas vitales y existenciales), piénsese en el progresivo abandono de la psicoterapia en favor de la psicofarmacología, que supone considerar a la persona cada vez más como puro ser biológico que como persona capaz, cognitiva y emotivamente, de dirigirse por un sentido de la vida.

El hombre y la civilización necesitan una concepción unitaria y orgánica del saber. Éste es uno de los cometidos que el pensamiento deberá afrontar a lo largo del futuro inmediato. El aspecto sectorial del saber –la tremenda especialización que se viene produciendo en el ámbito de las ciencias y de sus aplicaciones-, en la medida en que comporta un acercamiento parcial a la verdad con la consiguiente fragmentación del sentido, dificulta acceder a la unidad interior del ser humano y fomenta la tentación de absolutizar de forma incorrecta sólo determinadas parcelas del conocimiento en detrimento de las demás, con lo cual la visión de la realidad y de lo humano será inevitablemente sesgada, y las decisiones que se tomen al respecto seguramente serán poco congruentes con la dignidad del ser humano en su integridad.

Observa a este respecto Benedicto XVI: “Hay un nivel más elevado que necesariamente supera todas las predicciones científicas… La libertad, como la razón, es una parte preciosa de la imagen de Dios dentro de nosotros, y nunca podrá quedar reducida a un análisis determinista. Su trascendencia con respecto al mundo material tiene que ser reconocida y respetada, pues es un signo de nuestra identidad humana.” (A la Academia pontificia de las ciencias, 6-11-2006)


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