Abilio de Gregorio
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La familia, espacio sagrado de personalización

Móstoles (Madrid), 08-05-2010

Bienser y bienestar

Fijemos nuestra atención sobre ese carácter sagrado de la familia. Si venimos afirmando que el destino del hombre es construir su propio destino en la dirección de su ser; si, con Artamendi Muguerza afirmamos que “en el fondo de nosotros mismos, siempre que no estamos marchando hacia eso que somos, surgirá una de las situaciones más trágicas de la existencia del hombre: el hastío, el aburrimiento, la sinrazón, la frustración, el sentimiento de fracaso…”, entonces tendríamos que preguntarnos dónde se juega verdaderamente ese destino y esa realización del hombre. ¿En la economía? ¿En la política? ¿En los foros internacionales en los que se discuten y se negocian las más sesudas y trascendentes cuestiones? Sin duda, en cualquiera de esos ámbitos se podrán llevar a cabo tomas de decisiones en dirección humanizadora o en dirección deshumanizadora. Pero el verdadero destino de la personalización se lleva a cabo en la familia.

La confrontación ideológica del siglo pasado y del actual ha gastado sus mejores esfuerzos intelectuales en definir estructuras y superestructuras macrosociales dentro de las cuales el hombre se pudiera desalienar más eficazmente. Todas ellas, a pesar de los paraísos prometidos, no han venido sino a constituir nuevas enajenaciones. Y es que, al fin y al cabo, como nos recordará Marcuse, no es lo mismo el Estado del bienestar que el Estado del bienser. Reducido el hombre a simple objeto de producción y de consumo, o reducido a simple elemento del sistema social pastoreado por el Estado, no puede aspirar más que a estar, como puede estar cualquier objeto o cualquier elemento subordinado. Su mayor y única aspiración queda reducida a estar bien, al bienestar.

Pero solamente ‘estar’, supone cosificación, objetivación. Los objetos o las cosas están ahí solamente. Son un producto hecho, un “arte-facto”. Su manera de ser es la de estar. Si no reconocemos sustantividad al ser humano puesto en la existencia, lo reducimos a un producto de las circunstancias históricas, culturales, económicas, etc. No es, pues, de extrañar que la mirada se centre en las circunstancias  a las que se apela como si fueran dioses que pueden disponer caprichosamente del hombre: se las teme, se las responsabiliza del destino del hombre, se las reta con actitud trágica.

No importa ser libre, sino estar libre. Y estará libre el que tenga más poder. Por eso al poder siempre le estorban los demás poderes, aunque sea el pequeño poder familiar.

El bien del estar es el bienestar, regido por el principio del deseo. Todo cuanto se oponga al deseo –al placer- se considerará represivo. Será necesario consensuar toda norma. Encerrados todos en una estancia sin salida, pongámonos de acuerdo para no molestarnos. No podemos ir más allá de la tolerancia, que emana, en este caso, lógicamente, del nihilismo y de la indiferencia al ser del otro.

Desde el estar no es posible la convicción, sino la postura, la “posse”. No se pregunta hoy “¿cuáles son sus convicciones acerca de…?, sino “¿cuál es su postura acerca de…”?. Pero sabido es que las posturas que se mantienen un tiempo prolongado cansan y deforman. Será preciso entonces cambiarlas con frecuencia, relativizarlas, para sentirse cómodos. Por ello se sustituirá la ética por la estética.  La excelencia será monopolizada por la “gente guapa”. No importa hacer el bien, sino quedar bien.

Así el cuerpo pasará a cobrarse su revancha por el tiempo que permaneció esclavo del alma y se erigirá en centro. Si solamente estoy en el mundo, es que solamente soy un cuerpo, y este cuerpo precisa ser cultivado como centro: asistimos a una cultura absolutizadora del cuerpo. La fibra muscular, las medidas armónicas, el disimulo de la arruga… Pero el cuerpo, cosa entre las cosas, se desalma, se des-anima y pierde capacidad de lucha, de perseverancia de ascesis.

Estar únicamente como cuerpo en un espacio, es carecer de intimidad y, por lo tanto, no se puede aspirar sino a la di-versión. No habrá lugar para la concentración ni para la intimidad.

Si el hombre, pues, ha nacido para estar, no le resultará imprescindible la familia. Las funciones de ésta pueden ser asumidas por el Estado del bienestar. Papá y mamá Estado.

Sin embargo, se quiera o no, el hombre ha nacido para ser. El compromiso de los padres es ese: los hemos traído al mundo para que se realicen como personas. Y por ello, afirmamos que el ámbito natural e insustituible de la personalización es la familia.


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