Saber mirar
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Claves para comprender la necesidad de recuperar una mirada de misericordia

3. ALGUNAS IDEAS AL VOLEO

La predicación del Evangelio de Cristo supuso una nueva visión del hombre. Ni ser judío ni ser griego ni siquiera esclavo o libre era la causa de ninguna dignidad. La virulencia de las primeras persecuciones se justificaba por el peligro que corría el Imperio con la nueva concepción del hombre y de la mujer. De Grecia y de Roma todo seguía en pie, menos el nuevo fundamento de la dignidad de cada ser humano, ni su vocación ni su destino. Un nuevo orden moral configuraba la vida humana y la búsqueda de la felicidad. Desde la época apostólica, la persecución ha surgido contra el nuevo hombre, ciudadano de la tierra y del cielo. Hoy, desde la nostalgia idealizada de aquel ciudadano del Imperio.

El historiador francés René Rémond en un escrito póstumo, en réplica a los ataques contra la fe católica de Michel Onfray, autor del Tratado de ateología, Lo reprodujo Alfa y Omega 10-V-2007.

¿Alguien podía aceptar que no existía diferencia entre vencedor y vencido, cuando el triunfo de la espada era la garantía de la pervivencia de Roma?

“En cuanto a la reflexión, yo la definiría como neopagana. Por la nostalgia de la antigüedad pagana que parece inspirarla. Un mundo antiguo idealizado. considerado feliz y próspero, rico en sabiduría y en alegría de vivir, habría sido sustituido, gracias a la fe cristiana, por un universo de pesimismo, oscureciendo un horizonte de sentido con su insistencia en un hombre pecador, y haciendo profundamente infeliz a esa Humanidad que tiempo atrás gozaba de felicidad y despreocupación”.

“En general, toda esta tradición de pensamiento invoca la liberación de las cadenas impuestas por la fe cristiana, que ha robado al individuo su derecho a la felicidad. Es la crítica que hace André Gide, quien defiende que, para poder gozar de todos los placeres y experiencias de la vida, hay que liberarse de la vieja moral judeocristiana.” Esta es la cuestión.

La conocida novela de Sienkiewiz “Quo vadis” presenta de manera sagaz la contraposición entre el ideal cívico de Roma y del cristianismo. ¿Alguien podía aceptar que no existía diferencia entre vencedor y vencido, cuando el triunfo de la espada era la garantía de la pervivencia de Roma? ¿Cómo que no existe diferencia entre ricos y pobres, esclavos y señores, ciudadanos romanos y “devicti” ciudadanos que deben tributar a Roma por haber sido vencidos?

Un romano no podía entender ni la compasión ni la misericordia. Cristo para los judíos era locura, pero para Roma era necedad. Admitir la misericordia de Cristo era propiciar la mayor de las revoluciones que ha tenido lugar en la Historia. Dice textualmente en la novela “concluye el gobierno, concluye el Cesar, concluye la ley y el orden del mundo concluye. Y sobre todo esto, surge Cristo, lleno de una misericordia jamás conocida y de una bondad contraria a los instintos del hombre y a nuestros propios instintos romanos”. Esto fue así.


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